¿Hasta qué hora se puede mirar reels de los festejos? – ironizó un amigo en uno de los cinco grupos de Whatsap en los que estaba enviando y contestando contenidos de manera frenética a las 11.45 de la noche de ayer. Me desprendí del teléfono, con la intención de escribir algunas líneas sobre la emocionalidad colectiva que nos tenía a todos atrapados en una red tipo medio mundo de las que utilizan los pescadores amateurs en uno de los descascarados muelles de la Costa Atlántica, pero no logré. En la cama, estuve varios minutos dando vueltas, con la cabeza tomada por el griterío desaforado de los goles, los videos, la manija generalizada, hasta que, finalmente, me dormí.
Al otro día, con las emociones sosegadas y la cabeza despejada, o si se prefiere, ya sin una confusión mental, o estado de confusión, que es cuando deliramos, me animé a bajar algunas ideas a la computadora.
Primer apunte: qué maravilla es el fútbol, el juego más lindo que inventó el hombre, tal como lo definió un amigo con el que jugué –él de 9, yo de 5- durante varios años. Qué cruce espléndido entre el talento para dominar una pelota y la capacidad física para correr un campo de casi cien metros de largo por cuarenta de ancho. Y nosotros, que tenemos tan arraigado el juego desde que somos chicos, lo vivimos de un modo especial, por supuesto. Alcanza con recorrer algunas cuadras de cualquier barrio o pueblo de nuestro país: hay clubes de fútbol y canchitas por todos lados.

Segundo apunte: las lágrimas de Messi, en el final del partido de ayer, denotan que el partido contra Egipto fue dramático. Y por eso, en el final, épico. Si hubiésemos ido ganando durante el desarrollo del juego, con holgura, como muchos esperábamos, no habría lágrimas, ni gestos de desahogo y alivio. Pero una remontada como la de ayer, en pocos minutos, te sacuden el cuerpo como una ráfaga de viento lo hace con las hojas de un árbol. Y el terror que nos cortaba la respiración hasta el minuto setenta, cuando el Cuti Romero le venció la mano al arquero egipcio en el primer gol, tenía que ver un sensación que se convertía en realidad: nos quedábamos sin mundial, había que despedir a Messi, y se terminaban las juntadas.
Tercero: la juntada para ver un partido en fase de eliminación empieza a saborearse un par de días antes del juego. Dónde te juntás y con quién, qué se lleva, cuántas horas antes del partido de juntas para preparar el asado, beber, fumar, escuchar música y bailar. Son juntadas memorables, experiencias que conforman ese manto cálido de recuerdos de nuestra vida. Tenemos muy frescas las de Qatar, y los que andamos por los 50, varios mundiales más, en especial el de México 86, pero más todavía los dos de los 90 con Diego como protagonista. También el 98, en Francia, con los amagues de potrero –y el cabezazo - del Burrito Ortega. Juntarse con los amigos, la familia, y transitar esas dos horas de partido frente al televisor, es impagable. Se sufre y disfruta como muy pocas otras situaciones. Y son millones los que transitan en simultaneo esta vivencia social.
Cuarto: puede que se trate de una idea trillada y hasta incómoda, teniendo en cuenta el presente de nuestro país, tal como dijimos en esta nota, pero tiene mucho de cierto: cuando la selección produce hechos heroicos como en el partido contra Egipto, se pierde cualquier frontera o línea divisoria. El gol de Messi con el que garantizábamos el alargue, y más aún con el precioso cabezazo del gardeliano e hincha de River Enzo Fernández, fuimos un puño apretado, como eternizó Víctor Hugo, y en el cierre del partido, agarré a los dos pibes de ocho años que teníamos en casa –uno es mi hijo-, y nos fuimos al parque con la pelota debajo del brazo y la camiseta en el pecho. Allá, bajo un cálido sol de invierno, cruzamos sonrisas y palabras con todos los que vestían celeste y blanco y habían salido a dar una vuelta con la misma intención que nosotros: encontrarnos para compartir la emoción y la euforia.
Quinto apunte: esa misma alegría y euforia que nos vapuleó durante toda la tarde, se dio en el marco de un tiempo de tristeza y dolor. Mientras Argentina avanza por su llave, el presidente, su hermana y sus socios siguen rifando a la Argentina y hambreando a nuestro pueblo, el mismo pueblo y país que dicen amar con forzadas piezas publicitarias que elogian a Messi, sus compañeros e incluso ofreciéndoles, por anticipado, la Casa Rosada para celebrar el bicampeonato mundial. Y para muestra alcanza un botón: el periodista Fabián Waldman, acreditado por FM La Patriada en la Casa Rosada, contó que a los empleados de la casa de gobierno no les permitieron ver el partido.

Y poder judicial no quiere perder posiciones en el podio de los enemigos públicos del pueblo argentino, al fallar, en Río Gallegos, luego de cinco meses de juicio, que el hundimiento del ARA San Juan, en 2017, fue responsabilidad de un ignoto capitán, y que Macri, que ahora se pasea con su nueva novia por los fastuosos palcos de los estadios mundialistas, no tuvo ninguna responsabilidad, al igual que Oscar Aguad, el entonces ministro de Defensa.
Para el cierre: Llegamos a este mundial desconectados, porque la realidad en nuestro país es asfixiante, porque los yanquis le ponen consumo capitalista a todo, porque teníamos un grupo aparentemente sencillo, porque acá el invierno no da respiro, pero ahora estamos en la puerta de un partido de cuartos de final, con ganas de juntarnos con los seres queridos, gritar goles, y hasta sufrir –solo un poco-. Nos sabemos distraídos, o mejor dicho, abstraídos de la realidad, pero son solo unos días, y tiene sentido, porque estamos escribiendo, otra vez, recuerdos imborrables, esos que se viven en estado de confusión, en pleno delirio colectivo.