El nuevo libro del abogado y poeta Julián Axat, “Historia de un juez” (2026, V.V. Ediciones), se publica en el momento justo, con la Corte Suprema de Justicia de la Nación en el centro de las críticas y la desconfianza, no solo por sus fallos, sus silencios y complicidades, sino también por su clarísima inclinación a favorecer a los sectores de privilegio, locales y extranjeros.
El libro cuenta la historia del juez platense Luis Federico Arias, perseguido y destituido de su cargo en la Ciudad de La Plata, en 2018, mientras gobernaba María Eugenia Vidal, porque sus fallos, a la inversa de los cortesanos, eran desfavorables al poder concentrado, y entonces, Axat aprovecha y aparte de escribir un perfil sobre el juez, investiga, revisa documentos, notas periodísticas, operadores del sistema judicial, y profundiza en una problemática que concierne a toda la sociedad: ¿Quiénes son los jueces? ¿Cómo piensan? ¿De qué material humano están hechos? ¿Qué relación hay entre sus decisiones y su concepción del país y el mundo? ¿Se parecen al pueblo al que pertenecen? ¿Hasta dónde pueden llegar en la defensa de sus ideales?
La Corte Suprema de Justicia de la Nación es la institución de la democracia que menos legitimidad tiene en nuestro país. Integrada por solo tres jueces, no solo convalidó la proscripción perpetua de Cristina, luego de un juicio lleno de irregularidades y que no estuvo dispuesta a revisar, sino que aparte cajonea causas muy sensibles para Mauricio Macri o los hermanos Milei, y desde hace unos días está envuelta en un escándalo, que incluye un ida y vuelta inédito en sus posicionamientos públicos, en relación a la Ley de Tierras, y la intención del gobierno libertario de derogarla, otra vez, para que capitales locales y extranjeros se compren el país entero.
El ex juez platense Arias conoce muy de cerca las presiones que el poder judicial es capaz de ejercer cuando se afectan los intereses de sus patrones. En agosto de 2018, mientras Macri gobernaba la Nación y Vidal la provincia más grande del país, fue destituido de su cargo al frente del juzgado Contencioso Administrativo 1 de La Plata, por un jury de enjuiciamiento que encabezó el presidente de la Suprema Corte Bonaerense, Eduardo Pettigiani.
El caso fue conocido y generó mucha polémica y rechazo, porque estaba muy claro que se trataba de una persecución con motivaciones políticas, y no un avance sobre el magistrado por supuestos abusos de autoridad en distintas causas judiciales que tenía a su cargo (inundación en La Plata, en abril de 2013, tarifazos en los servicios públicos durante el gobierno de Vidal).
Un tiempo después, Axat lo fue a buscar, le propuso escribir su historia de vida y su recorrido como funcionario judicial, las causas y las razones por las que lo persiguieron, para de esa manera también narrar la historia, composición e idiosincrasia del poder judicial argentino, una casta intocable que en general vela por los intereses de los poderosos y persigue a los desprotegidos, y que aparte cuenta con sectores abocados, desde el gobierno de Macri, a perseguir y deslegitimar a los dirigentes y militantes del campo nacional y popular.
El caso de Cristina es ejemplificador. Aparte de correrla de la cancha con la proscripción, apuntan a generar un efecto disciplinador sobre el resto. Métodos extorsivos y de diseminación del terror, como en la dictadura.
Historia de un juez arranca con una minuciosa crónica de los minutos previos a la lectura del veredicto del jurado de enjuiciamiento de magistrados de la provincia de Buenos Aires, el 15 de agosto de 2018, una mañana de sudestada en la Ciudad de la Plata. Y luego, a lo largo de 21 capítulos, que van desde la infancia y adolescencia de Arias, su formación y las peleas que dio desde el interior del propio poder judicial, hasta su destitución, desarrolla una historia que hoy resulta tan inquietante como reveladora.

El libro se presenta el próximo 22 de octubre en La Plata.
Kranear conversó con Julián Axat sobre las motivaciones que lo llevaron a trabajar de sol a sol -fiel a su estilo, quizá por ser hijo de desaparecidos, de ir a fondo con el ejercicio de su profesión, con la poesía, la crianza de sus hijas-, y las implicancias que tiene el caso de Arias para pensar a nuestro poder judicial y la implicancia que tiene en el sistema democrático argentino.
¿Qué experiencia, desde lo humano y también lo profesional, te dejó haber trabajado mano a mano con el juez Arias para contar su historia, y a través de ella, el interrogante de quiénes son los jueces de nuestro país?
El libro nació a partir de mi obsesión con el libro “Un hombre afortunado”, la historia que John Berger y el fotógrafo Jean Mohr reconstruyen del médico a John Sassall, mientras ejercía su profesión en una comunidad rural en 1967. De inmediato que leí eso, dije: “yo quiero hacer lo mismo, pero con un juez”. El tema era encontrar a un juez que me permitiera que lo siga a sol y a sombra, para contar su vida, su trabajo cotidiano, la relación con la gente, su juzgado, etc. Un día conocí a Arias y entendí que esa era la vida que yo quería contar. Entonces me embarqué durante años en escribir sobre él, lo que incluyó en un momento cuando el poder político decidió echarlo del cargo. Al igual que John Berger trato de hacer un perfil del personaje para contar su lado humano, su nivel de entrega y pasión por lo que hace, en el fondo quise escribir una historia sobre la justicia argentina.
Partí de muchas preguntas: ¿De qué material humano está hecho? ¿Cómo llega a ser juez? ¿Qué relación existe entre su biografía y las decisiones que toma? ¿Hasta dónde puede soportar las presiones? ¿Qué significa la valentía y qué significa la cobardía dentro de un Poder Judicial?
¿Qué fue lo que el poder económico y político no le perdonó al juez Arias?
Arias fue el primer juez contencioso con asiento en La Plata, el lugar donde está el domicilio del Estado, por lo que por sus manos pasaban todos los actos y conflictos legales que implicaban a la administración pública provincial. Intervino en conflictos que tenían una enorme sensibilidad política y económica: por ejemplo, la inundación de La Plata, donde cuestionó el número oficial de víctimas en 2013 y desarrolló una investigación propia. Dictó decisiones que afectaron aumentos tarifarios en el gobierno de Macri o en tema basura la relocalización de CEAMSE. Suspendió jugosas licitaciones en las que se evidenciaba manejos espurios, etc. Su compromiso con los casos era intachable e independiente, por eso no se lo perdonaron, esos poderes sentían que ponía palos en la rueda. Un juez así les hacía perder mucho dinero. Cuando llegó María Eugenia Vidal a la gobernación en 2015, encontraron los votos para enjuiciarlo y echarlo.
No creo que haya que convertir a Arias en un santo judicial, pero sí entender su proceso. El libro busca mostrar cómo funciona el mecanismo de disciplinamiento hacia los jueces a partir del sacrificio de un juez en particular: “miren lo que puede ocurrirle a quien atraviesa determinados límites”.
¿Qué análisis haces de la condena y proscripción de Cristina en la Causa Vialidad?
En este artículo digo que el análisis técnico de la sentencia es una aberración.
¿Ser juez hoy en la Argentina es muy distinto a lo que sucedía hace cincuenta años?
Hay enormes diferencias. Hace cincuenta años estábamos entrando en la dictadura más sangrienta de nuestra historia y buena parte del Poder Judicial convivió con un Estado terrorista. No sería históricamente serio equiparar aquello con la democracia actual. Pero existen continuidades culturales y burocráticas que vale la pena pensar: el miedo a hacer algo que modifique el status quo, la distancia con las personas humildes, el lenguaje como mecanismo de poder. La obediencia a las jerarquías. La familia judicial. La tendencia a subordinar las decisiones al poder político de turno y a los poderes fácticos. Las democracias transformaron muchísimo la Justicia, especialmente a partir de la incorporación del derecho internacional de los derechos humanos. Pero democratizar la Justicia es un proceso mucho más profundo que cambiar leyes. Hay que transformar también una cultura judicial, sus prácticas. Los jueces hoy son en general personas ajenas al mundo de la calle, al fragor de los barrios populares, están encapsulados. Por eso el libro que escribí reconstruye una trayectoria dentro de la estructura judicial tradicional, para entender más acabadamente esos procesos generales complejos.
Luis Arias fue destituido de su cargo en 2018.
En 2027, o cuando toque que la Rosada vuelva a ser ocupada por un gobierno popular, ¿la única salida que tenemos para sanear la Corte Suprema es su renovación, como hizo Néstor Kirchner?
No creo que exista una única salida, ni que alcance con cambiar nombres. La experiencia iniciada en 2003 es interesante precisamente porque no consistió solamente en reemplazar jueces. El Decreto 222 estableció un procedimiento público para la selección de candidatos y fijó criterios de idoneidad, trayectoria, derechos humanos, valores democráticos, etc. Todo esto fue derogado por el gobierno actual y debe ser puesto nuevamente en vigencia.
El problema argentino es más profundo que la composición de la Corte. Seguramente que si haya un cambio de clima político (con cambio de gobierno y nuevos aires) estos jueces que hoy están involucrados con el Macrismo y el Mileismo, quedarán demasiado deslegitimados y ellos mismos darán un paso al costado, o no será muy difícil iniciar un jury para removerlos. También eso ocurrió en 2003 con la vieja Corte de Menem. Pero me preocupa que el nuevo gobierno de entrada modifique la estructura subyacente de la justicia: fije nuevos parámetros para seleccionar jueces, cambie el funcionamiento de los concursos, evalúe qué papel desempeñan el Consejo de la Magistratura y el Ministerio Público, y cómo se construyen las carreras judiciales y, sobre todo, cómo impedir que la política y la propia corporación judicial reproduzcan siempre los mismos perfiles, para evitar que se filtre un tipo al estilo Luis Arias, que son una anomalía del sistema (hay otros también).
Unas palabras sobre el caso de la jueza Laura De Marinis, el ataque que sufrió de parte de la prensa oficialista y el pedido de juicio político de Jorge Macri y compañía.
El caso me impresionó por la similitud con el caso Arias y el asunto del disciplinamiento. Justo cuando estaba terminando el libro. De Marinis declaró inconstitucional, para un caso concreto, una disposición del nuevo Régimen Penal Juvenil, y sobreseyó a un adolescente de 14 años por un hecho delictivo muy menor, que no tenía consecuencias para el régimen penal anterior. Jorge Macri anunció que impulsaría su juicio político. Después, la Cámara revocó la resolución y apartó a la jueza de esa causa. Se puede estar jurídicamente en desacuerdo con De Marinis, pero ella fundó su fallo en Derecho. Perseguir a los jueces por el contenido de sus sentencias, por cómo piensan, es una locura, eso está prohibido en la Constitución. A Arias lo echaron así, porque al poder no le gustaba cómo fallaba. Estamos asistiendo a la naturalización de la destrucción de la independencia judicial, “¡in your face!”.
Esto mismo es lo que me interesaba contar en Historia de un juez: ¿hasta dónde puede decidir un juez contra el clima político dominante sin que se ponga en cuestión su permanencia?
La familia Mahiques, que intervino en este caso, quizá sea la muestra más clara del poder que hoy ostenta la familia judicial, aliados fundamentales de proyectos políticos de entrega como el de Milei. ¿Coincidís?
Yo separaría las dos cuestiones. En el caso De Marinis hay un dato verificable: uno de los miembros que integró la Sala III que revocó la decisión y dispuso el apartamiento de la jueza; sería el hermano del actual ministro de justicia de la Nación, que es quien propone ese régimen penal juvenil. Eso es preocupante, pero hay algo que excede quizás a una familia determinada. Me interesa lo que llamo la reproducción de la familia judicial general: apellidos, vínculos, padrinazgos, universidades, estudios jurídicos, fiscalías, juzgados, cámaras y relaciones políticas que van conformando un universo relativamente cerrado. El problema no es llevar determinado apellido. El problema aparece cuando el sistema de selección y reproducción del Poder Judicial permite que las relaciones personales, familiares o políticas tengan más peso que la construcción democrática de una magistratura plural.
Y esto atraviesa varios gobiernos. Si lo reducimos al mileísmo o al macrismo perdemos parte del problema. La corporación judicial tiene una extraordinaria capacidad para sobrevivir a los gobiernos, incluso los nacionales y populares. Durante los gobiernos de Cristina y Néstor esto se siguió reproduciendo, y esto es lo que debería limitarse para siempre con un nuevo gobierno.
¿De qué se ríen Milei, Mahiques y su sucesor Libarona?
¿Por qué te parece que impregna tanto el discurso de la mano dura?
Porque ofrece una respuesta sencilla a problemas extraordinariamente complejos. Es mucho más fácil decir “bajemos la edad”, “metámoslos presos” o “aumentemos las penas” que discutir pobreza, desigualdad, abandono escolar, violencia, narcotráfico, mercados ilegales, condiciones de encierro o responsabilidad policial. Además, la mano dura sigue teniendo una enorme potencia comunicacional. Trabaja sobre el miedo. Y el miedo pide respuestas inmediatas.
Yo fui defensor de chicos durante muchos años. Vi sus expedientes, pero sobre todo vi sus caras. Cuando uno conoce esas vidas descubre algo que las estadísticas suelen esconder: el sistema penal llega casi siempre cuando antes fracasaron muchos otros sistemas del Estado.
Eso no significa negar el delito ni el sufrimiento de las víctimas. Significa preguntarse si queremos producir seguridad o simplemente producir castigo.
¿Podemos soñar con un futuro en el que la mayor parte de los jueces no sufran “ausencia de pueblo”, según tus propias palabras?
Sí. Y quizás esa sea una de las razones por las que escribí este libro. Hablar de “ausencia de pueblo” no quiere decir que un juez tenga que fallar según encuestas o mayorías. Sería exactamente lo contrario de la independencia judicial. Se trata de otra cosa: conocer el mundo sobre el cual se decide. Cuento en el libro cómo Arias se metía en los expedientes en una suerte de viaje inmersivo, conocía a las partes a fondo, su lado humano, desbordaba los papeles y eso lo colocaba en otro lugar. Se salía de lo abstracto, de la distancia, era un juez le que interesaba los efectos de lo que iba a hacer cuando finalmente estampaba su firma en la sentencia. Necesitamos jueces independientes del poder, pero no independientes de la realidad.
Hace unos días, en el Coloquio de IDEA, los empresarios aplaudieron de pie al fiscal Luciani. ¿Qué lectura hacés de ese reconocimiento? ¿Se empalagó con el poder?
Yo sería cuidadoso con la palabra “empalagó”, porque implicaría atribuirle una motivación personal que no puedo conocer. Pero la imagen política e institucional sí me interesa: un fiscal convertido en figura celebrada por uno de los principales auditorios empresariales del país.
La independencia no debe reclamarse solamente frente al poder político. También frente al poder económico, mediático y corporativo. Un funcionario judicial debería ser más cuidadoso y sentirse incómodo cuando cualquier poder —sea un gobierno, una corporación empresaria o una multitud— empieza a tratarlo como un héroe.
Porque el fiscal no está para ser popular. Tampoco el juez. Está para cumplir una función constitucional. Ni siquiera Strassera después del Juicio a las Juntas debió ser tratado como héroe, porque en el fondo Strassera era un fiel reflejo de la casta judicial, que en un momento determinado tuvo una oportunidad histórica y supo muy bien cómo hacerla valer.
Escribiendo Historia de un juez, aprendí algo importante: el poder no siempre disciplina castigando. A veces disciplina premiando, invitando, reconociendo, aplaudiendo.
¿Qué aportes realizó para el libro el ex cortesano Eugenio Zaffaroni?
Su aporte está en la contratapa y condensa algo que a mí me llevó muchas páginas desarrollar. Es cómo un haiku, condensa todo en un párrafo. Plantea que la función judicial se ejerce dentro de una burocracia que normalmente enseña a evitar problemas. Mientras uno haga las cosas como siempre se hicieron, el sistema funciona. El problema aparece con quien innova. Y dice que cuando esa innovación busca utilizar el Derecho en beneficio de los sectores más desfavorecidos, ese juez puede convertirse en alguien disfuncional para el sistema. Entonces las cúpulas pueden disciplinarlo y, en última instancia, excluirlo.
Eso es Arias, pero al mismo tiempo deja de ser Arias. Porque ahí la biografía individual se convierte en una pregunta institucional. Por eso Zaffaroni me ayudó a terminar de comprender algo que está en el centro del libro: la destitución de un juez nunca habla solamente del juez destituido. También nos revela qué clase de jueces está dispuesto a tolerar un sistema judicial.
Y esa es, finalmente, la pregunta de Historia de un juez: no si necesitamos jueces heroicos, sino qué condiciones democráticas tenemos que construir para que un juez pueda ser independiente sin necesitar convertirse en un héroe.
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Con Historia de un juez, Axat cierra una trilogía dedicada a uno de los asuntos que mejor conoce y que atraviesa su vida profesional hace treinta años: el mundo judicial argentino. Después de Diario de un defensor de pibes chorros, centrado en la defensa pública de menores, un cargo que ejerció en la Ciudad de La Plata durante varios años, y Abogados del diablo, dedicado a quienes ejercen la abogacía, con su nuevo libro pone el foco en los jueces.
Axat presentará el libro el próximo 22 de octubre, a las 18 horas, en el Centro Cultural y de la Memoria Islas Malvinas, junto Luis Arias, Eugenio Zaffaroni, la jueza Martina Forns y el intendente de la Ciudad de La Plata, Julio Alak. El libro ya se encuentra disponible en preventa a través de Pixel Editora (hay que enviar un correo a la cuenta pixeleditora@gmail.com), y se va a poder comprar en la presentación.
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Julián Axat nació en La Plata, en 1976. Es hijo de Rodolfo Axat y Ana Inés della Croce, secuestrados desaparecidos el 12 de abril de 1977. Fue defensor de Menores en el Fuero Penal Juvenil de La Plata durante los gobiernos de Daniel Scioli, y entre 2014 y 2024 se desempeñó como coordinador del Programa de Acceso Comunitario a la Justicia (ATAJO), del Ministerio Público Fiscal de la Nación, junto a la procuradora general Alejandra Gils Carbó, perseguida por el gobierno de Cambiemos.
Como poeta, publicó: Peso formidable (2003), Servarios (2005), Medium (2006), ylumynarya (2008), Neo o el equipo forense de sí (2010), Musulmán o biopoética (2013), Rimbaud en la CGT (2014), Offshore (2017), Cuando las gasolineras sean ruinas románticas (2019) y Perros del cosmos (2021). También publicó las antologías: Si Hamlet duda, le daremos muerte (2010) y La Plata Spoon River (2014). Hasta 2015 dirigió la colección de poesía Los Detectives Salvajes, de la editorial Libros de la Talita Dorada.