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El esquizoanálisis bien puede ser presentado como una postura alternativa al psicoanálisis cuando, en lugar de a las neurosis, toma la psiquiatría como campo de investigación para así ofrecer una concepción política del inconsciente que transforma por completo, y a todo nivel, las reglas del juego.
Sumergirnos en la lectura de El Antiedipo resulta una experiencia tan embriagante como desconcertante. No sólo porque obliga a lidiar con la dificultad de su prosa y del asunto sumamente técnico en cuestión, sino porque nos enfrenta sobre todo al dilema propio de una apuesta que no se coloca al mismo nivel de las proclamas universalistas pero que, al expresarse de manera crítica, debe correr necesariamente el riesgo de caer también ella bajo la pretensión de ofrecerse en cierta forma, a su vez, como verdadera. Es este mismo el riesgo que asume el lector cada vez que se pregunta para dónde va entonces la cosa que allí se propone y descubre sólo que necesita sofrenar el constante impulso de querer hacer otra vez del sujeto esquizo un nuevo héroe cuando éste se deshace, sin embargo, ante cada torpe intento suyo de etiquetarlo. Porque, como avisan si bien crípticamente Deleuze y Guattari, el esquizo no tiene principios: no es más que siendo algo distinto.
La mera crítica al encuadre típico del psicoanálisis no resultaría sino una consecuencia mas bien de tipo discursivo. Aunque importante sin duda por sus consecuencias teóricas, corre sin embargo el riesgo de ocultar que el cometido de una propuesta esquizoanalítica es ofrecer mas bien, y por sobre todas las cosas, una concepción del sujeto diferente al del psicoanálisis. Si Freud había elaborado una teoría clínica partiendo de un sujeto que por, estar cerrado sobre sí mismo, arrastra la culpa de relacionarse con lo que estaría supuestamente fuera suyo sólo por interés, el punto de partida propuesto por Deleuze y Guattari resulta, en cambio, el de un sujeto de corte nietzscheano que no se define nunca a partir de la culpa sino, básicamente, a partir de su potencia.
La propuesta de El Antiedipo resulta política no sólo por saber apuntar como problemático que el deseo desee, paradójicamente, su propia represión. Su propuesta es eminentemente política sobre todo porque su mismo enfoque se muestra indistinguible entonces de esa 'gran política' nietzscheana que apunta a revertir la tendencia por la cual los débiles han triunfado de manera sistemática siempre por sobre los fuertes. Una gran política que resulta sin embargo preciso reformular, para Deleuze y Guattari, en términos que ellos denominan 'minoritarios' ya que el desafío de nosotros, los fuertes, no pasa nunca por lograr ser mayoría sino, al contrario, por poder concebir de otra manera lo común.
El repudio a esa instalada reducción familiarista en función de la cual fuera considerado el inconsciente por el psicoanálisis no agota por lo tanto de ninguna manera su propuesta. Porque, a diferencia de esa vieja y pequeña política entonces que, desde una perspectiva meramente institucional, plantea la incuestionable necesidad de asegurarse un sujeto capaz de tomar el poder como medio indispensable para un cambio social, la cuestión que a una propuesta de corte postnietzscheano anima se dirime, en cambio, netamente como una producción alternativa de subjetividades. O como lo dicen ellos con sus palabras, hacernos un cuerpo sin órganos, es decir, desregularnos, y acostumbrarnos a no buscar más nuestro origen sino exclusivamente nuestros afectos.
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Bien podría decirse que, desde el esquizoanálisis, la conocida fórmula nietzscheana de “Dionisio contra el crucificado” necesita ser entonces revisitada y, a la luz de la contienda contra esa suerte de nueva iglesia laica del s. 20 que, para Deleuze y Guattari, resulta el psicoanálisis, pide ser reformulada como 'Dionisio contra Edipo'. Se trataría de una versión del mismo problema identificado entonces en su tiempo por Nietzsche pero que, a semejanza de la formula original, se presenta como una oposición que no puede ser leída en términos puramente teóricos. Tomada como una apuesta eminentemente práctica, con ella tampoco se pretende, por supuesto, reemplazar sólo una norma por otra: más bien, su asunto consiste deslindar simplemente ese mágico ámbito por y para el cual la norma misma, como tal, quedaría fuera de lugar.
Cuesta tomar nota que la gran política no precisa héroes sino más bien de antihéroes que, al decir de Artaud, se solacen en describirse a sí mismos en cambio como los eslabones más bajos de la creación. Y si quisiéramos hacer de El Antiedipo, por ello, una suerte de presentación del glorioso nuevo sujeto político nos veríamos entonces necesariamente frustrados, ya que el sujeto político mismo como tal quiebra, y literalmente se esfuma, desde que la propuesta misma de la igualdad, como principio rector de la acción política tradicional, resulta reemplazada por la de la diferencia. O mejor, por ese deseo de ser constantemente diferentes a nosotros mismos que nos caracteriza cuando, al menos por un rato, ya no nos define la culpa sino la potencia.
Esa es la línea divisoria de aguas a que la lectura de este texto nos enfrenta cuando el desafío principal al que nos sentimos arrojados consiste así en entregarnos, en la medida de las posibilidades de cada cual, a nuestro propio delirio dionisíaco. Cuando en El Antiedipo leemos que el deseo no quiere la revolución, sino que es revolucionario por sí mismo e incluso, de manera involuntaria, por el simple y desnudo hecho de querer lo que quiere, uno pierde automáticamente entonces toda referencia. Porque si el deseo es revolucionario por el mero albur de no estar separado de lo que puede, la revolución propiamente dicha deja de ser en consecuencia algo parecido a una meta y, sobre todo, de ser algo también cuyo valor se defina por mejorar de alguna manera cualquier situación previa.
Pero aunque por definición el deseo resulte revolucionario, no ocurre por supuesto que siempre pueda fluir justo de esa irreverente manera siempre. Por eso uno supondría que el camino abierto por el esquizoanálisis consiste restablecer entonces unas condiciones sociales a partir de las cuales el deseo se recomponga, pero ocurre que para Deleuze y Guattari ésta sería precisamente una manera errónea de plantear el problema porque invierte el orden de los factores y confunde las causas con las consecuencias. Y aquí reside, quizás, la mayor originalidad de un planteo que se propone cambiar, por sobre todas las cosas, lo que resulta militar por un cambio social.
Ya Nietzsche había mostrado que la relación acreedor-deudor no tiene como función recordar al deudor que devuelva en el futuro aquello que se le prestó, sino que dicha relación acreedor-deudor resulta originaria en sí misma y, por lo tanto, que no tendría como finalidad restablecer un equilibrio cambiario roto por un préstamo sino fundamentar, al revés, un deber anterior a cualquier acto de intercambio. Ninguna deuda procede entonces de una supuesta situación original sin deuda, sino que es ella en cambio y al revés la innoble materia misma de todo vínculo social que instaura la moral, y el desafío nietzscheano consistió así en rechazar y combatir este modelo de intercambio que convirtió a lo social, históricamente, en un experimento que tuvo como exclusiva finalidad criar un animal político al que le fuera lícito hacer promesas.
En esta misma línea, así como la deuda no está en nuestra sociedad nunca al final, sino al principio, lo social tampoco resulta lo que debe ser transformado para conectar con nuestro deseo sino, a la inversa, con lo que debemos conectar para aprender a desear. Edipo obviamente resulta, en la comprensión de Deleuze y Guattari, lo que la sociedad precisa instituir para evitar que el deseo, en esencia revolucionario, turbe una supuesta discordia social. Pero aun cuando ellos seguramente admiten que el deseo pone en jaque todo orden establecido al comprometer las estructuras de explotación y jerarquía, de todas maneras nunca es por ello asocial, sino todo lo contrario, lo que lo organiza.
La conclusión en cierta forma feliz que surge del esquizoanálisis es que Edipo no sería así en consecuencia un problema a atacar, ya que no resulta un estado propio del deseo mismo sino mas bien, y simplemente, tan solo una idea que se blande al servicio de la represión. Es la sociedad convertida en una guardería edípica entonces el verdadero problema, y lograr que el deseo deje de desear su propia represión, al menos en su medida y armoniosamente, exigirá de nosotros aprender a habilitar novedosas y originales líneas de fuga.