Hay películas que no conseguimos sacarnos del cuerpo. Pasan las horas, los días, los meses y —en los casos más extremos— los años desde que las vimos, pero siguen ahí, acompañándonos, resistiéndose al olvido. Eso es lo que me ocurrió con “Un poeta”, de Simón Mesa Soto, film colombiano estrenado en 2025 y con un paso fugaz por las salas argentinas en marzo de 2026, con dos funciones en el MALBA, y que actualmente está disponible en la plataforma de streaming HBO Max. Si bien puedo intuir algunas razones de esa persistencia, otras todavía se me escapan. Lo cierto es que ese poeta errante de Medellín —una ciudad tan caótica como él— no se va. Intentaré entender por qué.
Como su título anuncia, la película narra el derrotero de un poeta, Óscar Restrepo, un hombre de unos cincuenta años que, allá lejos y hace tiempo, publicó dos poemarios y que ahora habita los márgenes tanto materiales como simbólicos. Su situación económica es precaria, no tiene trabajo y mantiene una relación conflictiva con el mundo literario oficial; es decir, la academia, las instituciones y los llamados “poetas integrados”. Ese universo lo indigna. Sobre todo, porque Óscar es un poeta absoluto: no se trata solamente de una persona que escribe poesía, sino de alguien que vive como poeta, que organiza su existencia alrededor de esa identidad, incluso cuando esa elección lo condena a la soledad y al fracaso.
Pero esa entrega total tiene un costo. Óscar lleva una vida desordenada, marcada -como ya se dijo- por la precariedad económica, pero también por los vínculos rotos y sus problemas con el alcohol. Cuando toma pierde el control, se deja arrastrar por sus impulsos y defiende a ultranza sus ideas sobre la poesía, la historia de la literatura y el mundo que lo rodea. Son momentos en los que entra en discusiones interminables, a veces cómicas, otras trágicas y hasta patéticas. Además, tiene una hija adolescente a la que ve poco y con quien no consigue construir la cercanía que quisiera. Como padre naufraga una y otra vez, pese a sus buenas intenciones, porque parece incapaz de sostener una existencia más ordenada. En esa fragilidad reside también su contradicción: puede ser lúcido y ridículo, generoso y egoísta, noble y autodestructivo al mismo tiempo.
La historia cambia cuando consigue trabajo como profesor en una escuela secundaria. Allí conoce a Yurlady, una estudiante que tiene un talento excepcional para la escritura. La joven guarda en un cuaderno poemas de una sensibilidad inesperada, aunque ella misma no parece reconocer del todo ese don. Óscar percibe inmediatamente aquello que los demás no ven y decide acompañarla.
Entre ambos comienza a construirse una relación de maestro y discípula. Mientras intenta abrirle un camino dentro del campo literario, Óscar vuelve a enfrentarse con aquello que siempre cuestionó: los mecanismos de legitimación, las jerarquías y las reglas de una institución que, según él, muchas veces se aleja de la creación artística.
Sin embargo, uno de los mayores aciertos de Simón Mesa Soto es no presentar esa oposición de manera simplista. La película no plantea un enfrentamiento entre un poeta puro y una institución burocratizada, como si uno encarnara la autenticidad y la otra una forma degradada de la poesía. La realidad es más compleja: ambos territorios están atravesados por sus propias limitaciones.
Restrepo, el poeta que protagoniza la película.
La institución literaria que aparece en “Un poeta” también está lejos de ejercer un poder incuestionable; es precaria, frágil y dependiente de estructuras que muchas veces resultan insuficientes. Sus integrantes luchan por reconocimiento, recursos y espacios de circulación. La diferencia fundamental es que esa institución posee una estructura de la que Óscar carece: cuenta con mecanismos de legitimación, redes, contactos y un marco que permite que ciertas voces sean escuchadas. El poeta marginal, en cambio, está prácticamente solo.
El encuentro con Yurlady le permite asumir un rol de guía y acompañamiento, pero no modifica su propia situación: su obra sigue sin contar con una red capaz de sostenerla. Por eso, incluso después de cuestionar durante años los mecanismos de legitimación literaria, Óscar termina recurriendo a la misma academia que tantas veces criticó.
La película trabaja esta tensión de manera magistral al mostrar que, aunque Óscar cuestiona a la institución y se distancia de ella, también recurre a ese espacio para buscar una legitimación para Yurlady. Su vínculo con la academia no nace de una adhesión, sino del deseo de que su discípula sea valorada y encuentre allí un lugar que hasta entonces le había sido negado o, en todo caso, desconocía.
La institución, a su vez, también necesita de figuras como Yurlady —y, por extensión, de Óscar—, ya que su incorporación le permite proyectar una imagen de apertura sin renunciar al prestigio académico. El talento de la joven se convierte así en un capital simbólico que fortalece el prestigio de la academia y contribuye a sostener los recursos de los que depende, entre ellos las becas que recibe.
En consecuencia, entre ambas partes se establece una relación de dependencia mutua atravesada por una inevitable cuota de cinismo. Óscar cuestiona un sistema del que, sin embargo, espera una validación capaz de modificar la posición de Yurlady dentro de él. La institución, por su parte, incorpora aquello que desafía su propio orden para reafirmar una imagen de pluralidad y renovación, sin abandonar los intereses materiales que orientan su funcionamiento.
Sin embargo, ocurre un acontecimiento decisivo que modifica para siempre la relación entre Óscar, Yurlady y la academia. Sin revelar demasiado para preservar la experiencia de quien todavía no haya visto la película, ese hecho instala una pregunta incómoda acerca de la responsabilidad del protagonista. A partir de ese momento, Óscar ya no puede refugiarse únicamente en sus convicciones sobre el arte o en su rechazo hacia las instituciones: debe enfrentarse también con sus propias acciones y con las consecuencias de sus decisiones.
Allí aparece una de las dimensiones más interesantes del personaje. Óscar puede ser irresponsable, impulsivo y contradictorio; aun así, hay ciertos límites que no está dispuesto a cruzar. Existen gestos y maniobras que rechaza de manera tajante: la especulación, el abuso de poder, el sometimiento y la manipulación.
Esta faceta del personaje se manifiesta en una de las escenas más potentes y conmovedoras de la película, que no conviene contar acá. Lo interesante es que el film de Mesa Soto no presenta a Óscar como un personaje ejemplar ni busca absolver sus contradicciones, sino que construye una figura compleja: alguien que puede enfrentarse a las instituciones y, al mismo tiempo, sostener principios que exceden la mera rebeldía. Esa tensión entre sus contradicciones personales y aquello que no está dispuesto a aceptar evita reducirlo a un simple renegado.
El joven director Simón Mesa Soto.
“Un poeta” también es una película sobre el fracaso. Primordialmente, sobre el fracaso artístico. Óscar siente que su poesía nunca fue valorada y que el mundo literario lo dejó de lado injustamente. Esa sensación de invisibilidad alimenta su resentimiento y profundiza su enfrentamiento con quienes sí lograron ingresar en los espacios de reconocimiento. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿Óscar es un narcisista? Sería aventurado dar una respuesta definitiva. Sin embargo, no deja de ser significativo que, cuando habla de poesía, tienda a descalificar las opiniones ajenas y se muestre convencido de poseer una comprensión superior del arte. Del mismo modo, está seguro de su propio talento y parece incapaz de aceptar una mirada crítica sobre su obra.
Aunque Óscar puede resultar arrogante, también es cierto que casi nadie lo escucha. Es un hombre que vive desplazado, que va a contramano del resto y que nunca termina de encontrar un lugar. Un poeta no ofrece una respuesta concluyente acerca de si estamos frente a un gran artista ignorado por el sistema o frente a alguien incapaz de aceptar sus propios límites.
Esa ambigüedad es una de las mayores riquezas del personaje. La aparición de Yurlady modifica parcialmente esa dinámica. Por primera vez, su atención deja de estar puesta únicamente en su propia trayectoria y se dirige hacia otra persona. Sin embargo, la película vuelve a introducir una duda incómoda: ¿la ayuda nace realmente de una preocupación por ella o de la necesidad de encontrar, a través de la joven, una forma de reparar su propio fracaso y alcanzar una redención personal? La película no responde. Apenas deja abierta esa pregunta.
Pero el fracaso de Óscar no se limita al ámbito literario, también atraviesa su vida familiar. Es un padre (casi) ausente, un hijo problemático (recordemos que es un cincuentón que todavía vive con su mamá y le pide dinero: como mínimo, un huevón) y alguien que parece no encontrar la manera de construir vínculos duraderos, más allá de sus buenas intenciones.
A su vez, la relación entre Óscar y Yurlady abre preguntas más amplias sobre el lugar del arte en el mundo contemporáneo. ¿Qué significa vivir como poeta en una sociedad dominada por la productividad, la competencia y la necesidad constante de ganarse la vida? ¿Existe todavía un espacio para una actividad que no responde a una lógica de utilidad inmediata?
“Un poeta” recupera así una discusión antigua: ¿para qué sirve el arte? ¿Tiene alguna función concreta o su valor reside justamente en escapar de cualquier finalidad práctica? La película no intenta responder estas preguntas mediante un discurso cerrado. Las deja surgir de la experiencia de sus personajes, de sus frustraciones y de sus contradicciones.

La película se puede ver en la plataforma HBO-MAX.
Otro mérito de Mesa Soto es justamente esa mirada compleja. Como se sugirió más arriba, no hay una defensa ingenua del artista marginal ni una condena absoluta de la institución. Lo que aparece es un choque entre distintas formas de precariedad: la del poeta que vive completamente desamparado y la de una estructura cultural que, aunque cuenta con herramientas de reconocimiento, también lucha por sostenerse. Es necesario remarcarlo porque es, precisamente, en esta tensión donde “Un poeta” muestra sus mejores cartas. El film colombiano retrata además esa disputa sin caer nunca en el miserabilismo. Todo parece atravesado por la decadencia, pero esta surge de manera lógica a partir de las acciones de los personajes y de sus condiciones de vida. No hay golpes bajos ni situaciones construidas únicamente para generar compasión.
En ese sentido, el trabajo de Ubeimar Ríos resulta fundamental. Su interpretación de Óscar Restrepo es memorable porque logra transmitir todas las contradicciones del personaje sin convertirlo en una caricatura. Su cuerpo desgarbado, la barba de varios días, los anteojos caídos, la ropa desordenada y su forma de moverse construyen la imagen de un hombre derrotado, pero todavía aferrado a sus principios.
El dato de que Ríos nunca había actuado profesionalmente antes de esta película vuelve todavía más sorprendente su trabajo. En la vida real es profesor de filosofía, y esa experiencia parece aportar una comprensión profunda del personaje. Hay en su actuación una mezcla precisa de fragilidad, inteligencia, obstinación y dolor que permite creer en cada una de las situaciones que atraviesa Óscar.
“Un poeta” es, en definitiva, una película sobre el arte, el fracaso y la dignidad. Pero también es una película sobre la dificultad de sostener una forma de vida cuando el mundo parece haber dejado de reconocer su sentido. Simón Mesa Soto no construye un retrato romántico del artista incomprendido ni convierte la poesía en una salvación automática. Por el contrario, muestra sus contradicciones, sus renuncias y sus límites. Quizás por eso la película permanece con nosotros, porque no ofrece respuestas tranquilizadoras. Plantea preguntas sobre el arte, la responsabilidad, la posibilidad de ayudar a otros y el lugar que todavía puede ocupar la creación artística en un mundo que se empeña en relegarla. Seamos desobedientes y volvamos a la poesía.