Por Víctor Sudamérica
Los analistas políticos comienzan a hablar de un cambio de época a partir de los triunfos electorales de sectores identificados con la 'derecha' en América Latina, para quien suscribe no serían más que expresiones semicoloniales. Sin embargo, en el registro electoral, pocos se detienen en dos elementos que merecen especial atención. Por un lado, la escasa diferencia de votos entre la primera y la segunda fuerza. Por otro, y quizá el más preocupante, las crecientes dudas sobre los mecanismos de conteo y fiscalización de los votos en una era atravesada por la tecnología.
En lo que tiene que ver con el registro de lo político, lo que acaban de decir los procesos electorales de Perú y Colombia es que la sociedad latinoamericana está partida exactamente por la mitad, que ninguno de los dos bloques tiene suficiente fuerza para imponerse sin que el resultado despierte suspicacias, así el orden político dominante sólo puede reproducirse por el filo traducido a décimas de punto porcentual, no por consenso. Primera conclusión: la sensación de sociedad partida, lo cual podríamos señalar como un triunfo de la derecha, ya que gran parte del electorado de ésta no necesariamente se corresponde en términos de clase con su opción electoral, o sea que observamos como la derecha logró ampliar su base social.
En Perú, la segunda vuelta del 7 de junio enfrentó a Keiko Fujimori con Roberto Sánchez Palomino: con el 99,99% de las actas contabilizadas, Fujimori obtuvo el 50,13% frente al 49,87% de Sánchez, una diferencia de apenas 49.244 votos sobre más de 18 millones emitidos. En Colombia, el 21 de junio, Abelardo de la Espriella, abogado barranquillero, empresario con triple ciudadanía colombiana, estadounidense e italiana, derrotó al senador Iván Cepeda por 250.830 votos: 49,66% contra 48,70%, la diferencia más estrecha en toda la historia electoral colombiana con segunda vuelta. Dos países, dos elecciones, dos victorias de la derecha por el mínimo imaginable. En cualquier manual electoral esto no es triunfo, sino que es un empate.
La geografía del voto, o el mapa que no miente
Lo primero que hay que leer no es el número sino el mapa. En Perú, Sánchez Palomino ganó en 17 de las 25 regiones: arrasó en la sierra sur y centro, Puno al 86%, Ayacucho, Apurímac, Huancavelica, Cajamarca, en la selva nororiental, en las zonas rurales donde el 67,8% del voto campesino fue para la izquierda.
Fujimori ganó en la capital con el 64% y en la costa norte. La diferencia la construyó Lima: nueve millones de electores que pesan más que todas las regiones andinas juntas. Sin Lima, Sánchez era presidente. Con Lima, Fujimori fue presidenta, el centralismo manda y la periferia lo sufre. La concentración demográfica de la capital operó como el mecanismo técnico de reproducción del orden colonial.
En Colombia, la fractura fue similar: Cepeda ganó en 19 de los 34 departamentos, todo el Pacífico con Chocó al 81%, Nariño al 76%, Cauca al 75%, además del Caribe y la Amazonía, mientras De la Espriella construyó su mayoría sobre Antioquia, el Eje Cafetero y los Santanderes, sí la zona que debe su nombre a Santander quien había traicionado a Bolívar. El candidato de la izquierda ganó más territorio; el de la derecha ganó más densidad poblacional, nuevamente el centralismo prima sobre la periferia.
No hace falta forzar la teoría para ver aquí lo que Víctor Raúl Haya de la Torre llamaba el espacio-tiempo histórico latinoamericano, la cual indicaba la condición de heterogeneidad estructural donde la modernidad capitalista se instaló en ciertos enclaves mientras dejaba vastas zonas en formas de despojo y exclusión, en términos Trotsky una forma geográfica de expresar zonas de desarrollo desigual y combinado.
La sierra que vota por Sánchez no es el Perú del siglo XXI tal como lo imaginan los analistas de Lima o de Washington: es el Perú que aún discute el problema de la tierra, de la minería sin control, del centralismo que succiona recursos y devuelve pobreza, la de un Estado fallido, la de un imperialismo que ejecuta su proyecto, la de un RIGI a cielo abierto. Y la categoría de colonialidad del poder de Aníbal Quijano precisa el mecanismo: la concentración demográfica en Lima no es una decisión técnica neutral, es la sedimentación institucional de siglos de extracción centralizadora, el equivalente al fruto del pacto semicolonial entre oligarquías e imperio. Así, el voto de Cajamarca vale lo mismo en papel y mucho menos en resultado.
En Colombia, Orlando Fals Borda lo habría reconocido de inmediato: el Pacífico que vota por Cepeda al 80% no es un electorado coptado por el populismo, sino que es la expresión de identidades populares enraizadas como afrocolombianas, indígenas, campesinas que tienen su propia memoria del despojo y su propia concepción del Estado. Ese voto periférico encaja en el socialismo raizal que Fals Borda postulaba al cual no lo concebía como doctrina importada sino saber emergido de la tierra.
La impugnación como arma y el orden que se sostiene solo
En Perú, el conteo rápido de la noche electoral mostró inicialmente a Sánchez ligeramente adelante; la inversión del resultado en el escrutinio posterior generó suspicacias que sus militantes no tardaron en amplificar, señalando irregularidades en actas. Los votos del exterior peruanos que no caminan San Juan de Lurigancho fueron favorables a Fujimori por 63% contra 37% y terminaron siendo decisivos, paradojas de la democracia burguesa, emigrados peruanos terminan decidiendo por los compatriotas que sufren día a día la entrega semicolonial.
En Colombia, Petro señaló en redes que el sistema incorporaba formularios sin firma de jurados; Cepeda anunció que reconocería los resultados sólo tras el escrutinio de verificación. El escrutinio confirmó el conteo previo, pero el dato político relevante no fue si hubo fraude técnico: fue que la mitad de ambos países tenía razones sobradas para desconfiar de la institucionalidad que proclamó el resultado.
Aquí reaparece con toda su vigencia el quiebre que Jorge Eliécer Gaitán señaló hace casi ochenta años en Colombia: por un lado, el país político, encerrado en sus propias disputas, sus medios y sus partidos; por el otro, el país nacional, el de quienes viven en los márgenes, en los territorios donde el Estado apenas llega, en las periferias urbanas y en una desigualdad que sigue marcando la vida cotidiana.
De la Espriella no es exactamente el país político clásico; es algo más nuevo, es un operador jurídico-empresarial con triple ciudadanía que supo leer el hartazgo con el petrismo y construir una candidatura antipopulista sin propuesta estructural, cualquier semejanza con la realidad nacional es pura coincidencia. Ganó con votos de una clase media que le tiene más miedo al cambio que esperanza en él, seguramente para la próxima edición de Las Venas de América Latina debería haber un apartado que mencioné la tragedia de las clases medias y sus participaciones electorales.
La incidencia de Estados Unidos en estos procesos no se expresó necesariamente mediante intervenciones directas. Fue más eficaz la capacidad de moldear el escenario político: el respaldo mediático a los candidatos del establishment, la presión de los organismos multilaterales para que las transiciones transcurrieran dentro de los márgenes aceptables de la llamada 'gobernabilidad democrática' y la construcción de las alternativas populares como amenazas para la estabilidad institucional, el señalamiento para el famoso comunismo. Cuando esa arquitectura funciona, Washington no necesita intervenir abiertamente; le alcanza con preservar un orden político compatible con sus intereses, y esto es lo que sucedió en los casos de Perú y Colombia.
La autocrítica que no puede esperar
Hay una crítica que la izquierda latinoamericana se resiste a hacerse con la dureza necesaria. El Pacto Histórico llegó a esta elección cargando el peso del gobierno de Petro: cuatro años de reformas prometidas y parcialmente ejecutadas, coaliciones fragmentadas, relación deteriorada con las comunidades del Pacífico que igual volvieron a votar por Cepeda con el 75% y el 80%. La reforma agraria, la madre de todas las batallas colombianas, la promesa incumplida que alimentó décadas de conflicto, avanzó a paso de tortuga. La economía política de Antonio García Nossa ayuda a entender por qué: en una formación semicolonial, el Estado existe en función de la articulación con el capital externo y la burguesía nativa actúa como clase intermediaria. Cuando la izquierda llega al gobierno dentro de esa estructura sin haberla cuestionado en serio, termina administrando el mismo sistema que prometió transformar, y lo hace con mayor sensibilidad social pero dentro de los mismos parámetros que la hegemonía neoliberal considera inamovibles: equilibrio fiscal, confianza inversora, integración subordinada. Este ciclo de falta de profundidad podría llamarse la piedra en el zapato izquierdo
En Perú el problema es de otra naturaleza, pero igualmente estructural: el fantasma de Castillo, la irrupción electoral sin cuadros, sin programa real, sin burocracia leal, planeó sobre toda la campaña de Sánchez. Mariátegui escribió en 1928 que el socialismo peruano no podría ser calco ni copia: tendría que ser creación heroica, o no sería. La izquierda peruana logró movilizar el voto de los de abajo con una intensidad que sorprendió; no logró demostrar que sabía qué hacer con el gobierno si ganaba. Y esa es, aplicando la reducción sociológica de Guerreiro Ramos, también una trampa conceptual: cuando la izquierda acepta jugar con las reglas de la gobernabilidad burguesa sin cuestionarlas, cuando define su éxito en términos de gestión y no de transformación, ya cedió el terreno más importante antes de llegar al poder.
Lo que el empate deja abierto
Lo que muestran estos dos procesos no es el triunfo de la derecha: es la confirmación de un empate hegemónico que, por el filo, cayó del lado del orden establecido. Las mayorías indígenas, afrodescendientes, campesinas, tienen la potencia numérica para ganar el territorio y lo ganan, en 17 de 25 regiones peruanas, en 19 de 34 departamentos colombianos pero no tienen todavía los instrumentos políticos para traducir esa potencia en victoria electoral dentro de las reglas que el centralismo les impone. La Patria Grande permanece inconclusa no porque el sueño fuera irrealizable sino porque las condiciones para realizarla siguen siendo boicoteadas, desde adentro y desde afuera, un enfoque revisionista indicaría que la organización sociodemográfica es la consecuencia dos siglos después de los procesos de fragmentación impulsados por las oligarquías al finalizar las guerras por la Independencia. El ALBA, la UNASUR, la CELAC mostraron lo posible cuando hay voluntad; la velocidad con que se deshacen cuando cambian los gobiernos muestra cuán frágil es esa voluntad cuando no está sostenida por transformaciones estructurales.
¿Pueden las mayorías latinoamericanas quebrar el empate hegemónico dentro del marco institucional existente, o ese marco es precisamente el dispositivo diseñado para que el empate siempre se resuelva del mismo lado? Los ballotages instrumentos venerados por los institucionalistas se convierten en la peor pesadilla del campo popular. El instrumento político que esa energía necesita, es decir, uno que sepa ganar elecciones y gobernar, articular el interior con las ciudades, construir programa sin copiar recetas ajenas todavía está por construirse y urgen esta necesidad, cada período gobernado por experiencias semicoloniales seguirá abriendo venas de dependencia. El país nacional sigue ahí, vivo en los territorios, en el Pacífico que vota al 80% por la izquierda, en la sierra que vota al 86% y pierde por Lima. ¿No será tiempo de reformas constitucionales que dinamiten las segundas vueltas?. Mientras tanto, el filo sigue ahí, invisible, cortando al medio, pero afectando a los condenados de la tierra.