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Cuando se argumenta que la filosofía no sirve para nada es con la intención de señalar la importancia de parar la pelota, otear el horizonte, y ponerse a pensar con cierta prescindencia respecto del mundo que habitan quienes miden las cosas, mezquina y solamente, en función precisamente de su mera utilidad. Que la filosofía no sirva para nada resulta entonces una afirmación que, lejos de desmerecerla, apunta a destacar la naturaleza de un pensamiento que pretende, irrespetuosamente, un tipo de comprensión de las cosas capaz de trascender el criterio de medio/fin como parámetro exclusivo de todo punto de vista.
Semejante independencia del pensar respecto de la práctica, sin embargo, por el sólo hecho de irrumpir de forma tan provocativa ofrece una perspectiva tal que, aún sin proponérselo de manera expresa, abre siempre la posibilidad de una serie de causalidades que resultan inversas a las del sentido común. Paradójicamente, y en definitiva, termina siendo de esta forma más útil aún, entonces, que las propuestas de pensamientos que siguen a la utilidad ciegamente como principio. Y un cabal ejemplo de ello sería, como propone Diego en su Nihilismo con piel de lobo, la ocasión de señalar en el neoliberalismo o en el neofascismo - pues, para el caso, hoy resulta lo mismo - esa forma de gobernabilidad que, antes incluso de facilitar y legalizar la desigualdad económica, se asienta y se sostiene imponiendo sin mas la completa economización de la vida.
Nihilismo con piel de lobo no es por eso un estudio estrictamente sobre Nietzsche sino, antes bien, sobre nuestro tiempo. O mejor, y en todo caso, no es otro estudio más sobre Nietzsche, sino sobre el inicio del análisis crítico cultural de Occidente. Porque todos los clichés a partir de los cuales se presenta generalmente a este pensador – como enemigo del cristianismo, como apólogo del nazismo, o como promotor del relativismo - han ocultado el hecho de que él fue quien, por vez primera, explícitamente se propone analizar lo que nuestra civilización hizo de sí misma y recién, a partir de las conclusiones que extrajéramos de eso, pensar en las consecuencias que podrían o deberían entonces evitarse a futuro.
La interesante perspectiva que abre entonces Diego en su libro es la de este privilegio que Nietzsche otorga al análisis cultural, aún por sobre sus novedosos conceptos del hombre y la moral. Esto resulta algo que caería sin embargo por su propio peso, por supuesto, dado que es sólo un prejuicio intelectual suponer que se rechaza, simplemente, lo que no encaja con lo que arbitrariamente se ha supuesto en primera instancia arbitrariamente como verdadero. Y justamente, el mérito de este Nihilismo consiste por eso animarnos a jugar - al menos por el tiempo que podamos soportarlo - a ver nuestro presente con sus ojos más salvajes. O con su piel, como anima desde su título.
Cubiertos con una piel de lobo, lo primero que descubrimos es un Nietzsche agazapado con piel de cordero brindando hoy un curioso y falso manto de legitimidad a la explotación del hombre sobre sí mismo. Esta piel de cordero sería justo la que, irresponsablemente, hace de lo público el enemigo de cualquier manifestación, por definición supuestamente individual. Pero la vuelta de tuerca que realiza Diego, respecto del clásico planteo de M. Foucault, es la posibilidad de abrir así el análisis de una subjetividad, entonces, que no tiene sólo a la razón calculadora y a la capitalización de las propias potencialidades como sus criterios específicos sino, de igual manera, al nuevo ideal de ser diferente como único norte.
De manera expresa, este ideal parece ser hoy, a nivel motivacional, más importante incluso que el éxito mismo. Pero el enfoque que se permite concluir Diego es que, aún cuando dicho ideal puede llegar a estar primero hoy como criterio motivador, lo que permite medir la diferencia de cada uno, en última instancia, resulta por supuesto la validación o invalidación que reporte el mercado. Y aquí es donde realmente se destaca la importancia de una crítica nietzscheana a la cultura, ya que la distinción entre pieles de lobo o de cordero, en definitiva, no tiene como objetivo rescatar académicamente un Nietzsche tergiversado por versiones neoliberales - como la que populariza el hijo del gran Leon Rozitchner en nuestro país – sino profundizar afirmativamente, muy por el contrario, una caracterización política de nuevo tipo sobre el presente.
Si la crítica a la subjetividad neoliberal más difundida, por no decir exclusiva, interpreta que dicha subjetividad atribuye a su constitución como tal el odio a lo colectivo, el texto de Diego nos permite al menos intuir, sin embargo, que en realidad dicho odio es más un efecto propio de la debilidad de carácter que una actitud de violencia deliberada contra quienes aún persisten en sostener que nadie se salva solo. Al revés de una caracterización política de corte indudablemente marxiana, en consecuencia, la de corte nietzscheana que somos capaces con la piel de lobo nos libra así automáticamente y como un rayo del resentimiento nostálgico que lamentablemente anula, todavía, cualquier pensamiento que se pretenda emancipatorio.
No se trata, por supuesto, de negar la existencia del odio como una característica de la subjetividad contemporánea, sino de ubicarlo en su justo lugar entre otras, mas bien, identificándolo como una consecuencia obligada y casi secundaria de una forma de ser reactiva que no tiene, entonces, otra realidad que la que le confiere la esclavitud a la que nos somete a todos el mercado, seamos o no perdedores. Y la conclusión práctica que podemos sacar de este punto de vista es que una resistencia realmente efectiva al odio debería estar enmarcada, entonces, dentro de este marco interpretativo que da esa Gran Política propuesta genialmente por Nietzsche.
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Las pieles del cordero y del lobo son, no cabe duda, las figuras que asumen dos tipos de hombres con los que Diego quiere graficar la entera propuesta nietzscheana. En primer lugar, con ella muestra que llamamos ‘hombre’ a algo que no existe: porque debajo de la piel no hay ninguna esencia aguardando. Por otra parte, si bien para el sentido común el cordero se deja comer y el lobo abusa de su semejante, aquí resultan todo lo contrario claramente: la del cordero es en todo caso la piel de quien se acomoda al espíritu de rebaño tanto para ser comido como para abusar, mientras la del lobo es en cambio la asumida por quien se siente parte de una manada salvaje. Y es esta misma contraposición entre rebaño y manada la que definirá, en última instancia, la civilización que merezcamos.
Recuperando esa pregunta retórica acerca de la utilidad o inutilidad del filosofar, entonces, la puesta en cuestión del espíritu de rebaño en el progresismo, que aparece en las últimas páginas del texto de Diego, es donde mejor podría apreciarse la calidad de un enfoque como éste que, por su propia y deliberada falta de prejuicios y objetivos fijados, se demuestra capaz de despejar naturalmente esos obstáculos ante los cuales el movimiento del pensamiento emancipatorio se detiene y gira torpemente, todavía, una y otra vez sobre sí mismo. Y es con la intención de rescatar el lado vital de lo político que esta lectura filosófica resulta imprescindible.
La única objeción que cabría hacerle a Nihilismo con piel de lobo sería no haber comenzado esta tematización nietzscheana del neoliberalismo, entonces, desde un cuestionamiento expreso sobre la forma como se pretendió enfrentarlo. Porque para una perspectiva que se pretende nietzscheana, el nihilismo con piel de cordero termina siendo, finalmente, una caracterización que aplica tanto a posturas de derecha como de izquierda. Si la subjetividad neofascista puede describirse a partir del ideal de ser diferente, la progresista en cambio se constituye como defensora irrestricta de un igualitarismo hoy ya muy poco convocante. Y ninguno mejor que Nietzsche para advertir el denominador común entre ambas posturas.
Más allá del hecho que, como señala Diego, durante su vida Nietzsche se enfrentó tanto al incipiente fascismo como al izquierdismo de su tiempo, lo que le importaría hoy al nuestro es poder considerar que dicho enfrentamiento no representa una crítica a la política como tal sino el intento de superar esa consideración inocente de la política, antes bien, que se nutre de ocultarse a sí misma la imperiosa necesidad de insertarnos de forma activa en una lucha permanente de fuerzas. Porque cuando el igualitarismo se presenta como esa bandera capaz de aglutinar por sí sola a los seres humanos, en cambio, se pierde de vista la fundamental relevancia de ese principio jerárquico que distingue a quienes afirman la vida de quienes, al contrario, se refugian en su zona de confort.
Existen dos formas claras de negar la vida: querer ser arbitrariamente diferente de los demás, o rehuir todo conflicto desde la postulación de una homogeneidad forzada. La primera resulta la típicamente neoliberal, mientras la segunda sólo pretende resistirla con un sueño colectivista: pero ambas posturas parten de la misma ilusión metafísica de que hay objetiva y efectivamente hechos, y no meras interpretaciones que dependen de nuestra práctica. Muy lejos de resultar la de Nietzsche una consideración apolítica o directamente antipolítica, entonces, ella demuestra poner a la práctica en primer plano, en cambio, por considerar que la afirmación de la vida supone implicarnos, permanente y personalmente, en su manifestación.
Vestir una piel de lobo, en nuestra época insustancial, significa por supuesto quedar inmediatamente expuesto. Quien sostenga y se rija incondicionalmente en su vida por un principio jerárquico y esquive, al mismo tiempo, tanto al relativismo como al colectivismo, inevitablemente hará que sus gestos y acciones resulten incomprendidos en un ámbito donde, la inmensa mayoría, viste aún inocentes pieles de cordero. Aunque, por supuesto, ese sería el menor de los problemas para quien habita esta clase de piel cuando lo que está en juego consiste, sin mas, el futuro mismo del hombre.