En San Berné, el fútbol es apenas la superficie de una historia atravesada por la lealtad, la violencia y el destino. Emiliano Díaz, protagonista de la obra, encarna a Chelo en una tragedia donde un error mínimo —un mensaje que no llega— desata todo y donde la mística de la tribuna convive con vínculos cargados de humanidad. En esta entrevista, habla sobre el proceso de creación, el universo del ascenso y el desafío de correrse del cliché para contar algo más profundo que un partido.

Con más de dos décadas de trayectoria en teatro y cine, y formado junto a Norman Briski, Emiliano Díaz construye un Chelo que escapa al estereotipo del mundo futbolero para explorar su dimensión más sensible. En San Berné, interpreta a un ex líder de barra que regresa del exilio tras un episodio violento y se reencuentra con su pasado, su amigo Mambo y una historia marcada por el amor, la pérdida y una decisión que llega demasiado tarde. Entre la mística de la tribuna, la presencia de un perro que condensa la fe popular y un destino trágico que se activa por un mensaje que no llega a tiempo, la obra construye un relato donde la pasión, la violencia y la culpa se entrelazan. En este marco, el elenco construye un universo coral donde la lógica de la tribuna se vuelve cuerpo, ritmo y tensión compartida.

En esta entrevista, dialogamos con el actor sobre su vínculo con el proyecto, la construcción del personaje, la relación con el público y las lecturas que fueron profundizando la obra más allá de su primera aproximación.

Para empezar, como actor: ¿cuándo entraste en contacto con la obra y qué fue lo primero que te entusiasmó?

A esta altura de mi vida, lo que más me convoca de un proyecto es lo humano: quién me lo acerca. En este caso fue Francisco González Gil (autor y director)  con quien ya tenía una relación previa de amistad dentro del ámbito teatral, aunque nunca habíamos trabajado juntos. Cuando me propuso el proyecto y me dijo que faltaba el personaje de Chelo y que ya estaba Franco Moix, una persona con la que quería trabajar, prácticamente dije que sí antes de leer.

Después leí el material y me interesó, pero en esa primera lectura no percibí la profundidad que hoy tiene. En ese momento trabajamos más en la superficie: construir un Chelo sin clichés, más sensible, y generar vínculo con el personaje de Mambo. Eso fluyó muy fácil, porque ya teníamos una dinámica previa entre nosotros.

Además, Francisco nos dio mucha libertad para crear. El proceso de ensayo fue fragmentado: primero escenas entre personajes, después las de tribuna y finalmente el ensamble general. La obra tiene tres espacios que se van enlazando, y ahí apareció una construcción más compleja.

¿Cómo fue la construcción del personaje de Chelo?

Tiene mucho que ver con mi propia observación. Yo voy mucho a la cancha y también al casino, y en ambos lugares me pasa algo similar: soy parte de ese mundo, pero al mismo tiempo lo observo desde afuera.

Como actor, intento mirar y escuchar. Esa mirada más “sociológica” me permitió construir el personaje. Y es algo que sigue en proceso: no es que uno lo construye y queda fijo, sino que sigue evolucionando.

Después de empezar a interpretarla, ¿qué descubriste de la obra que no habías visto en la primera lectura?

La profundidad la empecé a entender con la devolución del público. Al principio me entusiasmaba el mundo de la tribuna, la intensidad física y ese universo tan masculino.

Pero la dimensión trágica apareció después. A partir de lo que la gente decía, entendí que la obra funciona como una tragedia: hay algo que está latente todo el tiempo, una sensación de que algo va a pasar.

Uno de los elementos más fuertes es que todo se desencadena por un mensaje que llega tarde. Si ese mensaje hubiera llegado antes, la tragedia no ocurría. Esa estructura, muy bien armada desde lo dramatúrgico, es algo que terminé de comprender con el tiempo.

También está la contradicción del personaje: alguien duro, incluso cercano a lo delictivo, que a través del vínculo con un perro muestra una sensibilidad muy profunda. Ese contraste lo humaniza mucho.

La obra se puede ver en El camarín de la musas, Almagro, CABA.

¿Recordás alguna devolución puntual del público que te haya marcado?

Sí, una muy fuerte fue la comparación con Romeo y Julieta: la idea de que la tragedia se produce por lo que no pasa, por el mensaje que no llega.

También me dijeron que era muy potente el momento en que el personaje cambia de registro y conecta con una sensibilidad más profunda. Esa transformación, sobre todo en relación con el perro, es algo que el público percibe mucho.

Como actor y como hincha, ¿cómo sentís que la obra dialoga con el fútbol argentino actual?

Para mí dialoga más con la pasión del hincha que con lo coyuntural. Todo lo otro —dirigentes, corrupción, internas— me queda lejos como hincha, no es lo que me atraviesa cuando estoy en la cancha. Siento que muchas veces eso aparece más para dividir que para otra cosa.

Lo que sí está muy presente es esa lógica del hincha “veleta”. En el mismo partido podés pasar de odiar a un jugador a amarlo en segundos. Lo puteás todo el partido y si mete un gol lo gritás como si fuese un ídolo histórico. Y no es una contradicción, es parte de la misma intensidad.

Eso la obra lo agarra muy bien: esa locura, esa forma extrema de sentir. Esa capacidad de amar y odiar en simultáneo, en el mismo tablón, en el mismo minuto. Yo lo veo todo el tiempo cuando voy a la cancha, y es algo muy difícil de explicar si no lo vivís.

También hay algo del clima colectivo. No es solo lo que le pasa a uno, es lo que pasa con los otros, ese contagio emocional. Y eso es lo que tratamos de construir en escena: que el espectador entre en ese estado. Por eso muchos futboleros se sienten tan identificados, porque no es una representación del fútbol, es una experiencia.

Mencionabas que la obra no está contada desde un lugar machista. ¿Cómo se construyó eso?

Eso está en la dramaturgia. Estructuralmente, la obra no pone el foco en lo machista ni en esos clichés.

Hay lenguaje y formas propias de ese mundo, pero lo importante son los vínculos. La relación entre los personajes, especialmente entre Chelo y Mambo, es el centro.

Cuando aparece una mujer, lo hace desde un lugar más romántico, porque el personaje está atravesado por una herida emocional. Además, el director nunca marcó una línea machista, y como actor tampoco me interesa ir hacia ese lugar.

Creo que es una combinación de dramaturgia, dirección y enfoque actoral.

¿Qué puede encontrar en la obra alguien futbolero y alguien que no lo es?

El público futbolero se conecta directamente con la experiencia: la tribuna, la emoción, el penal errado, la identificación con su propio equipo.

Pero alguien que no es futbolero también entra. De hecho, varios espectadores llegaron con prejuicios y se sorprendieron. Se encuentran con una obra que funciona más allá del fútbol: con actuaciones sólidas, un uso preciso del espacio, la iluminación y una narrativa que atrapa.

La teatralidad está muy presente, no es una representación literal del fútbol sino una experiencia escénica.

¿Qué te gustaría que se lleve el espectador?

Que se lleve una hora de pasión, de locura, de intensidad.

¿Cómo es hacer teatro hoy en el contexto político actual y frente a las políticas hacia la cultura?

Ser actor nunca es fácil, esté quien esté. Siempre fue un lugar incómodo, inestable. A veces hay más trabajo, más producción, más apoyo; otras veces no. Pero la dificultad es constante.

Dicho eso, hoy el contexto es más duro. Hay menos herramientas, menos acompañamiento y una sensación de retroceso. Y en ese sentido, siento que la llamada “batalla cultural” la estamos perdiendo.

También hay una autocrítica. Nos quedamos hablando del pasado mientras otros avanzaron sobre el presente. Se perdió terreno en redes, en el vínculo con los jóvenes y en la capacidad de interpretar lo que estaba pasando.

Además, hay una dificultad para la unidad en los sectores más progresistas, mientras que otros sectores logran organizarse más rápido y con más eficacia.

Y hay algo más amplio: un clima social donde ciertos discursos de odio encuentran terreno fértil. Eso no es solo local, es algo más global.

Igual no lo veo como algo definitivo. Esto es cíclico. Tengo casi 50 años, viví distintos momentos, hice teatro en contextos muy difíciles, y sé que esto también va a cambiar.

Ficha técnico-artística

Libro: Francisco González Gil

Dirección: Francisco González Gil

Actúan: Hernán Altamirano, Ignacio Bresso, Emiliano Díaz, Franco Moix, Néstor Navarría, Lucas Wainraich

Iluminación: Sofía González Gil

Fotografía: Jerónimo Leniek

Diseño gráfico: Sofía González Gil

Asistencia de dirección: Emilio Zinerón

Duración: 60 minutos

Clasificación: Teatro – Presencial – Adultos

Funciones: Jueves, 21:00 hs

Entradas: desde $15.500

Sala: El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960, CABA. Tel: 4862-0655)

Instagram de la obra: https://www.instagram.com/clubatleticosanberne/


Sobre Emiliano Díaz

Actor de cine y teatro, inició su formación a los veinte años en la escuela Caliban de Norman Briski, donde estudió durante cinco años y formó parte del grupo de teatro popular Brazo Largo. Complementó su formación con estudios de expresión corporal junto a Elvira Onetto y danzas contemporáneas con Natalia Caporale.

Con más de dos décadas de trayectoria, desarrolló una carrera en el circuito teatral independiente, y participó en obras de Susana Torres Molina, Laura Névole, Lucía Laragione y Jorge Ricci, entre otros. Recibió el premio mayor en la XXI edición de los Premios Teatro del Mundo, fue nominado como revelación masculina en los premios ACE 2015/2016 y obtuvo el premio Paoli como mejor actor en el Segundo Festival de Teatro Independiente de Larroque (2018). En cine, participó en películas como Natural (2003), Mi Terruño (2007), Miren a ese perro (2010), Ivi (2013), Moisés (2014), Pescador (2016) y Lucy en el infierno (2016).