Por Víctor Sudamérica

El alineamiento de Milei con Washington en la guerra de Medio Oriente

La Argentina de Javier Milei fue el único país de América Latina en celebrar abiertamente los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán. Celebrar la muerte. No fue una reacción de un usuario en redes: fueron comunicados institucionales con membrete y escudo nacional. Una política exterior de Estado firmada con el sello de la Casa Rosada. La escena obliga a mirar más allá de la coyuntura y a preguntarse qué tradición histórica se está abandonando y a qué proyecto se está ingresando.

I. El mundo en llamas

El 28 de febrero de 2026, aviones estadounidenses atacaron las instalaciones nucleares iraníes de Fordow, Natanz e Isfahán. Trump anunció la operación con el objetivo declarado de provocar un “cambio de régimen”. Israel había iniciado días antes una serie de ataques que desencadenaron una respuesta inmediata: misiles y drones golpearon Tel Aviv, Dubai, Kuwait, Jordania e Irak. El episodio más significativo fue el asesinato del líder supremo iraní, Alí Jamenei. La Guardia Revolucionaria iraní advirtió que estaba preparada para “una guerra intensa de seis meses” y Lavrov alertó sobre el riesgo de una Tercera Guerra Mundial. QatarEnergy suspendió producción, el gas europeo se disparó más de un 40% y el secretario de Defensa Hegseth fue explícito: “Si crees que ya has visto algo, solo espera”. Francia, China, Brasil, México y Chile optaron por la cautela o la crítica. Argentina eligió otro camino.

II. Una política exterior firmada con el escudo nacional

El mismo día de los ataques, la Oficina del Presidente difundió dos comunicados institucionales. No fueron reacciones informales en redes: tenían membrete, escudo nacional y firma presidencial. El primero celebraba la operación y la muerte de Jamenei, a quien calificó como “una de las personas más malvadas, violentas y crueles que ha visto la historia de la humanidad”. Concluía con una definición sin precedentes para la democracia argentina: llamó a Estados Unidos e Israel “nuestros países aliados”.

El segundo comunicado encendió la paradoja: el gobierno elevó el nivel de alerta de seguridad a ALTO en todo el territorio nacional, reforzando vigilancia en embajadas, infraestructura crítica e instituciones de la comunidad judía. El escenario era difícil de ignorar: un gobierno que celebra una guerra ajena y debe blindar su propio territorio como consecuencia de haberla celebrado.

La respuesta más llamativa llegó desde Israel: el canciller Gideon Sa’ar celebró los bombardeos con el eslogan de Milei, “¡Viva la libertad, carajo!”. Horas después, el presidente reposteó un mensaje en hebreo que instaba a Netanyahu a bombardear la provincia de Buenos Aires. El texto fue borrado, pero las capturas ya circulaban. La oposición presentó un pedido de juicio político. La pregunta que quedó flotando fue la misma de siempre: hasta dónde puede llegar el alineamiento de un gobierno sin comprometer la seguridad y los intereses del propio país. El último episodio en esa dirección fue la participación de Milei el 7 de marzo en la cumbre “Escudo de las Américas” convocada por Trump en Miami, donde subió al escenario junto al mandatario norteamericano ante once líderes regionales. Argentina no era un invitado: era parte del proyecto.

El gesto más explícito llegó durante una intervención en una universidad Yeshiva en Nueva York, allí Milei dejó de hablar como jefe de Estado de un país latinoamericano y se expresó como parte del bloque agresor imperialista sosteniendo: “vamos a ganar la guerra”, ante el auditorio, en referencia al conflicto en Medio Oriente. La frase no fue menor. No describía una posición diplomática ni una condena puntual: implicaba asumir la guerra como propia, como si Argentina formara parte del bando combatiente. En términos simbólicos y políticos, el desplazamiento es profundo. Un país que históricamente se mantuvo al margen de los conflictos entre grandes potencias pasa a hablar en primera persona del plural dentro de una guerra que ocurre a más de diez mil kilómetros de su territorio.

Teherán bombardeada por Israel y los EEUU.

III. La tradición diplomática que se abandona

La neutralidad argentina frente a los conflictos internacionales no es una improvisación. Es una tradición diplomática construida a lo largo de más de un siglo y sostenida, en cada caso, como un principio de soberanía: Argentina decide su política exterior en función de sus propios intereses, no de los de las potencias en pugna. Durante la Primera Guerra Mundial, Yrigoyen resistió presiones enormes y mantuvo la neutralidad hasta el final. En 1918, el país había atravesado la guerra sin comprometer una sola tropa. La Segunda Guerra Mundial planteó un escenario más complejo: Washington exigía la ruptura de relaciones con el Eje, impuso sanciones y embargó armamentos, mientras reforzaba militarmente a Brasil para aislar a Buenos Aires. La neutralidad argentina no implicaba simpatía por el nazismo —buena parte de la opinión pública se inclinaba hacia los aliados— sino la convicción de que aceptar la presión norteamericana significaba ceder la política exterior a manos ajenas. Argentina finalmente declaró la guerra en 1945, cuando el resultado ya estaba definido. Nunca envió tropas. La postura tuvo costos, pero consolidó una tradición diplomática basada en la autonomía y la prudencia.

IV. Proyecto nacional o proyecto ajeno

La pregunta que surge frente a la actual política exterior es inevitable: ¿qué lógica histórica expresa este alineamiento automático? Una clave aparece en el libro Proyecto Umbral, donde se identifican distintos proyectos de país que atravesaron la historia argentina. El último de ellos —abierto con la dictadura de 1976— se caracteriza por la integración subordinada al orden internacional dominado por las potencias centrales. No es solo un modelo económico: implica también una política exterior alineada, la reducción de los márgenes de autonomía y la aceptación de conflictos definidos en otros centros de poder. El orden oligárquico de fines del siglo XIX subordinó la economía al mercado británico. Las reformas neoliberales de los noventa culminaron en la crisis de 2001. Malvinas mostró el costo trágico de actuar sin estrategia nacional propia. En cada caso, la lógica fue la misma: vivir dentro del proyecto de otro.

El episodio actual se mueve dentro de esa misma lógica. Argentina adopta la narrativa geopolítica de otras potencias, celebra decisiones militares tomadas fuera de sus fronteras y se ve obligada a reforzar sus propios dispositivos de seguridad como consecuencia. La paradoja es evidente: el gobierno que afirma que el conflicto “no involucra directamente a la Argentina” decide tomar partido público en él, asumiendo los riesgos políticos y de seguridad que esa posición implica. La tradición diplomática argentina, construida durante más de un siglo, buscaba precisamente evitar ese escenario. No por indiferencia moral ni por neutralidad abstracta, sino por una convicción estratégica: los conflictos de las grandes potencias rara vez benefician a los países periféricos que deciden involucrarse en ellos. Por eso la neutralidad fue, históricamente, una forma de soberanía. Lo que está en juego hoy no es una declaración presidencial aislada. Es la capacidad de la Argentina de sostener una política exterior propia. Porque cuando un país deja de pensar su propio proyecto, inevitablemente termina viviendo dentro del proyecto de otro. Y la historia argentina —con demasiadas crisis, demasiadas subordinaciones y demasiadas tragedias— ofrece pruebas de sobra de que los proyectos ajenos rara vez terminan bien para quienes los adoptan como propios.