¿Pálpitos para esta noche?, tiramos la pregunta en el grupo de Whatsapp de los cuatro amigos. No creemos ni jugamos a esos Prode que difundió la aplicación de Galperín, acá solo nos interesaba anticipar lo que creemos que iba a pasar con la albiceleste.
- Uno a cero jugando como el orto – abrió el prode de vaticinios el profesor patagónico.
Ya el último debut hace cuatro años se ve que lo llama a la reflexión y a la mesura pero sin caer en el derrotismo. ¿Quién te va a decir que perdemos dos a cero? Sería considerado un ególatra al que le importa sólo tener razón sobre el bienestar general.
- Dos a uno - aportó el falso ingeniero su pronóstico-. Tranqui, pero sin lucir.
¿Pero quién puede estar tranqui ante el resultado corto? Preguntémosle a los suizos, que se erraron tranquilamente varios goles y un centro a la bartola les dio el empate a los qataríes. Si es dos a uno vamos a estar con los huevos en la garganta hasta cuando la domina el central rival a sesenta metros del arco.
- Dos a cero - vaticiné yo. Para no sufrir, que ya tenemos suficiente con arremangarnos para llegar a fin de mes en esta economía que va para atrás como Arabia Saudita en el segundo tiempo con los uruguayos, sin nafta, con la lengua afuera.
- Yo espero una victoria firme - dijo el contador, curiosamente el único que no aporta cifras. En casa de herrero cuchillo de palo, el contador no habla de números. Firmeza interpretaremos que sería más de un gol de diferencia a favor, sin pasar sobresaltos.
Si hay que atenerse a antecedentes de debuts después de salir campeones del Mundo, los pronósticos no eran agoreros. Teníamos un plantel impresionante, un cuadrazo en 1982 de acuerdo a los manuales, la revista El Gráfico, las enciclopedias, que los miembros de este grupo apenas teníamos tres años en el año de ese Mundial disputado enseguida después de la guerra de Malvinas, como si fuera posible jugar a algo después de eso.
Bélgica le ganó uno a cero a ese seleccionado argentino donde jugaban Maradona, Ramón Díaz, Ardiles, Kempes y Bertoni, madre de Dios. Que a veces parece que la suma de individualidades, así sean cracks, no alcanza. Que hay que armar la argamasa de un equipo, que es otra cosa. Casi una máxima gestáltica, que el todo es más que la suma de las partes. Si no, sería todo muy fácil, y España hubiera goleado ocho a cero a un Cabo Verde que consiguió su arquero en una búsqueda por Linkedin.
Qué hazaña la de ese archipiélago de poco más de quinientos mil habitantes, aguantando a las presumibles figuras del fútbol mundial y para colmo pacifistas los africanos, habiendo cometido un solo foul en más de noventa minutos. Encarnando la máxima contraria a lo que pregonaba el querido doctor Bilardo: que nos den todos los premios menos el fairplay. Pero ahí los tenés, un foul y un punto para entrar en la historia.
El segundo estreno después de ser campeones del mundo sucedió como todos sabemos en Italia 90. Y acá todos pelotudeando, que teníamos un rival pintoresco, sin historia. Bu run bun bum, bu run bun bum, este es el hincha de Camerún, se permitía bromear Caloi con Clemente y la mulatona. Nosotros, los amigos del grupo de whatsapp, ya teníamos once años y vivíamos para el fútbol. Una amiga de mi hermana sabía decir de mí, y podía ser de cualquiera de los amigos: juega fútbol, mira fútbol, lee fútbol, habla de fútbol. Fútbol, fútbol y fútbol.
Recuerdo incluso bailes, chicas bonitas y nosotros como pelotudos jugando con una chapita un partido improvisado en el salón al son de la música. Todos boludeando en Argentina, hasta que vimos saltar a Omam Biyik tanto como un basquetbolista sobre el cuerpo sorprendido de un Sensini clavado al piso. Así lo retrató el instante el reportero gráfico de la revista El Gráfico. Los pies del camerunés llegaban al hombro del argentino. Cabezazo, la pelota se le escurre a Pumpido. Gol. Bu run bun bum, bu run bun bum, y Camerún nos partió al medio. Pases del Diego para el Cani, el único que parecía poder correr y los africanos revoleándolo por el aire es la postal que más recordamos. Y nadie se quejó demasiado del juego brusco.
Ahora hasta se refrescan después de correr veinte minutos, madre de Dios. Te podés ir a buscar algo, lavar los platos mientras la generación de cristal se refresca y los auspiciantes se hacen un festín. Después, nos venían a decir que el problema acá era el Fútbol para todos y la pauta oficial, ahora todo se vuelve negocio, hasta tomar agua. El fútbol debe volver a ser para todos.
- Lo que hubiera sido la pausa de hidratación con el mítico y nunca confirmado bidón de Branco – bromeamos en el grupo de Whatsapp.
Una cosa es tomar un poco de agua del bidón mientras se atiende a algún jugador después de recibir un planchazo junto a la línea de cal, y otra cosa tener dos minutos para tomar agua de forma ininterrumpida. Hubieran suspendido el partido, qué sé yo.
Noche fría en Buenos Aires, ya en la hora previa el ruido de tráfico se va haciendo espaciado hasta convertirse en silencio expectante. La expectativa previa a abrirse el telón, el público abajo, los artistas en el escenario, esa distancia que a veces se achica tanto cuando lo interpretan los artistas emociona. Salen los jugadores a la cancha. La picadita lista para degustar frente a la tele. Los nostálgicos de este grupo extrañamos entonces corear la parte instrumental del himno. Oh oh oh oh, esa costumbre fantástica que comenzó en 2006, otro país, otro equipo con los que habían sido pibes de Pekerman. Sólo genios dispuestos a hacer magia pueden tararear la parte instrumental de una canción solemne y convertirla en fiesta.
La hinchada argentina, única en el mundo.
Primeros minutos. Un gol para cada lado anulados por offside, el de Argelia un poco más fino.
- El lado de Montiel es un colador - apuntó el profesor patagónico analizando nuestras flaquezas defensivas.
El fútbol es tirar una sentencia casi inapelable al aire por una jugada. Después, se iría aflojando la verdad efímera con tres buenas trabadas del lateral derecho. ¡Bien cachete!, no tardamos en aprobar.
El equipo africano, ordenado, quiere ser una masa compacta en la mitad de cancha, disciplinados. Pero el equipo argentino no tarda en filtrarse con un preciso pase de De Paul para Lionel, los dos amigos que juegan en el intercountry, al decir de este grupo, en esa liga muy glamorosa pero menos competitiva de los del norte. Y le das dos unos metros a este hombre y ya sabemos que es capaz de todo, tanto que el chutazo al ángulo ya deja de llamar la atención. Golazo, el anulado y el que valió, con una naturalidad y una frialdad para marcar goles como otras personas ponen sellos en una oficina. La burocracia de la efectividad, de la magia, del éxito que bate récords casi por decantación.
El falso ingeniero no tarda en advertir que hasta parece más joven el diez. The last dance, apunta. Que no sea la última danza, hermanos, rogamos, que es una cosa de locos. Una película feliz que no queremos que termine. Uno a cero y el equipo argentino toca tanto la bocha que gambetea al cooling breake, si no era por un mal control del Cuti hubieran tenido que hidratarse en el entretiempo. Posesión de la pelota, que corra la redonda mientras se cuida las piernas el equipo, acaso pensando en un torneo largo. Ojalá, nos dijimos en el grupo.
El contador evoca al equipo del 94 del Coco Basile, el del toque asegurando la posesión ante Nigeria una vez conseguida la ventaja. Toque, toque, el reloj corre, las piernas se guardan, el rival se desgasta corriendo detrás de la pelota.
Los once que ingresaron a la cancha en Kansas.
El Dibu venía con un dedo fracturado pero se dio el lujo de tirar un pase largo al pie del diez. Pase a Nico González, rebote. Alexis al arco, no puede retener Zidane y el genio que la empuja con la derecha, que supuestamente es la de palo, Dios mío. Qué más decir. El profesor patagónico preguntándose por qué Zidane dejó que su hijo jugara al fútbol, hubiera sido ingeniero en sistemas. El que parece ingeniero es su verdugo, que con una eficacia conmovedora lo fulmina ni bien le dan la última ventaja para estampar el tercero.
La última conquista inapelable hasta despierta risas en los compañeros del diez, en las tribunas, en casa, en el grupo de amigos de Whatsapp. “Este loco diez bajito llenó de risas la Tierra”, como cantaron Las Pastillas del Abuelo en su homenaje al Diego. Y un país entero se termina riendo, no es poco. Hasta nos permitimos bromear de que no serian nada cuatro años más. Que para este hombre el tiempo no pasa, sólo la pelota corre después de que sacara la mochila de ser campeón luego de levantar aquella primera Copa América. Que después se desató para hacernos felices.
Ya está, se lo recuerda señalando a los suyos una vez conquistada la Copa del Mundo en 2022. Que antes era joven pero llevaba una mochila enorme encima. Ahora juega suelto parece. Y lo disfrutamos. Y nos hace reír, que es un montón.
Primer partido, primera función ojalá que de ocho, si nadie nos abrocha antes. Las sensaciones fueron muy buenas y el país se recrea y deja de pensar un poco en la coyuntura del cobre que no alcanza. Que mañana hay que ir a laburar, se dirá. O a buscar el conchabo para parar la olla, para salir del paso, para seguir. Eso nadie lo arregla, ni esos muchachos que estando ocho mil kilómetros al norte nos tienen pendientes a los del sur. Cada día habrá que levantarse abandonando el abrigo de la frazada cuando febo asoma. Eso que nadie puede remediar, pero qué lindo cuando el fútbol contribuye a hacerlo con una sonrisa en la boca. Gracias a estos muchachos y al diez por hacernos reír.