Por Agustín Garay
Abril vuelve a ordenar algunas discusiones. Hace apenas unos días se cumplieron diez años de aquel 13 de abril de 2016, cuando Diego Armando Maradona decidió decir lo que muchos evitaban en un contexto cargado: Cristina iba a declarar en Comodoro Py y empezaba a desplegarse con claridad una etapa de persecución contra quien había encabezado uno de los procesos más importantes de ampliación de derechos en la Argentina reciente.
En ese escenario, donde abundaban las dudas y los cálculos, Diego fue directo:
“Yo sé que a muchos no les gusta que hable de política. Pero quiero decirles que hoy me siento más cristinista y justicialista que nunca… Todo mi apoyo a Cristina y aguante La Cámpora.”
No hubo matices. Hubo definición.
Y eso es, justamente, lo que vuelve a ponerse en juego hoy.
Porque lo que está atravesando al peronismo no es solamente una disputa de nombres ni un reacomodamiento electoral. Es algo más profundo: la dificultad (o la decisión) de asumir posiciones claras en momentos donde la historia no admite demasiadas ambigüedades.
Ahí es donde la frase de Diego deja de ser recuerdo y se vuelve una vara: gris no voy a ser en mi vida.
Porque cuando se intenta sostener todo al mismo tiempo, lo que termina pasando es que no se sostiene nada. Las tensiones no desaparecen: se acumulan. Y tarde o temprano, explotan.
La experiencia argentina lo muestra con claridad: los momentos de avance siempre estuvieron ligados a decisiones firmes, no a equilibrios frágiles ni a especulaciones de corto plazo.
Sin embargo, lo que empieza a aparecer es otra cosa.
Comunicados, posicionamientos calculados, efemérides usadas como excusa, frases históricas recortadas para encajar en el clima del día. Mucho gesto hacia afuera, pero con una particularidad que no pasa desapercibida.
Falta lo principal.
Falta la referencia política.
Falta quien hoy está enfrentando las consecuencias, quien puso el cuerpo en los momentos más duros y quien sigue siendo, le guste a quien le guste, un punto de referencia ineludible para amplios sectores de la sociedad.
Y cuando eso no está, no es un descuido. Es una decisión. Y en esa decisión también se empieza a jugar otra discusión, menos evidente pero igual de profunda.
Tampoco alcanza con usar su nombre para tirar piedras. No alcanza con envolverse en su figura si no hay capacidad política para reivindicar lo que representa. Porque no es una consigna, no es una foto, no es una excusa.
Es historia viva.
Una historia que está en cada uno de nuestros compatriotas. En quienes vieron cómo, junto a Néstor, se dio vuelta un país que estaba en llamas. En quienes pudieron volver a proyectar una vida digna sin que eso implicara sufrimiento permanente. En quienes volvieron a sentir que laburar de lunes a viernes y comerse un asado el domingo con la familia no era un lujo, sino la representación más concreta de lo que significa el peronismo.
Reducir todo eso a una herramienta de disputa interna no fortalece nada.
Lo debilita.
Y en ese marco, muchas de las discusiones actuales terminan girando más en función de quién las plantea que del contenido que tienen. Se habla mucho, pero se dice poco. Se opina desde lugares alejados de la realidad concreta, mientras quienes sostienen la vida diaria (trabajando, organizándose, empujando como pueden) quedan fuera del centro de la escena.
Ahí aparece otro problema de fondo.
Es más simple bloquear al otro que conducir procesos complejos. Es más fácil marcar distancia que construir síntesis. Es más cómodo señalar errores ajenos que hacerse cargo de las propias decisiones.
Mientras tanto, se repiten escenas conocidas: intendentes pensando en la re-re-re como si fuera un trámite, sin frenar a discutir qué modelo de país están construyendo, armados que empujan candidaturas como si todo se resolviera en una elección y equipos que ordenan cada movimiento en función de posicionamientos personales más que de objetivos colectivos.
Pero sin asumir ese nivel de responsabilidad, no hay dirección posible.
Y conducir, inevitablemente, implica equivocarse.
Implica revisar, corregir, volver a intentar. Algo que incomoda, sobre todo en un escenario donde muchas veces se construyen posiciones rígidas para no mostrar debilidad.
Sin embargo, negar el error no fortalece: estanca.
Ahí es donde la discusión pierde espesor.
Porque deja de tratarse sobre hacia dónde ir y pasa a ser quién llega primero.
Y en ese corrimiento, lo que se diluye es la capacidad de representar cada vez mejor a una sociedad que necesita respuestas concretas, no disputas abstractas.
Cuando la ansiedad por “ser” se vuelve el motor principal, el resultado es previsible: se posterga lo importante.
Y en ese contexto, intentar correr del medio a quien expresó con mayor claridad un rumbo no responde a una diferencia de proyecto, sino a una lógica de conveniencia.
Eso no ordena. Desordena.
La Argentina no necesita más zonas grises. No necesita dirigentes pendientes de su propio recorrido ni entornos que funcionan como caja de resonancia de intereses individuales.
Necesita claridad.
Necesita coherencia.
Necesita dirigentes capaces de sostener lo que dicen incluso cuando no es lo más cómodo.
Porque hay momentos donde no alcanza con administrar tensiones ni con especular con los tiempos.
Hay momentos donde hay que elegir.
Y elegir, inevitablemente, implica dejar algo de lado.
Por eso, si hay algo que sigue vigente de aquella definición de Diego, no es solo la frase, sino lo que implica.
Porque hay momentos donde no alcanza con acomodarse.
No alcanza con esperar.
No alcanza con ver cómo se ordena todo.
Hay que decir dónde se está parado.
Y bancarlo.