“Que el viejo árbol de los estallidos no tape el oscuro bosque en el que miles de implosiones están flameando de manera incontrolable” Leandro Barttolotta e Ignacio Gago
El morocho mira al notero de TN, le sostiene la mirada en todo momento mientras dura la entrevista. Frunce el ceño, y en esos ojos se ve cómo la bronca no aflora, porque ya está ahí, gestándose hace rato. La escupe, la exhibe.
Hace un montoncito con los dedos y dice “¿qué hace acá?. Me parece mal”. Se refiere a Javier Milei, que el miércoles por la noche encabezó un acto de cierre de campaña de las elecciones legislativas bonaerenses del próximo 7 de septiembre, en el club Villa Ángela, en el barrio Villa Trujui de la localidad de Moreno.
“¿Sabés a dónde tenía que ir? A Bahía Blanca, con los inundados. Ahí tenía que estar”. El notero lo quiere encerrar, busca hacerle pisar el palito, le pregunta si le parece bien que haya agresiones, piedrazos. Pero el morocho tiene una contundencia y una claridad arrolladoras. No deja de mirarlo, y le contesta que claro que no está bien agredir, pero que la presencia de Milei en un barrio es una provocación.
El morocho tiene otros vecinos alrededor suyo que desde atrás insultan al gobierno, a Karina, hablan del 3%, putean, hacen con las manos el gesto de una pistola. Ese barrio, el que se ve a través de la tele, es un clásico escenario del conurbano bonaerense. Detrás hay una verdulería que ocupa una esquina entera, en el medio de la calle hay un pequeño boulevard con palmeras, la luz cálida de los postes de electricidad de madera, una vereda en la que asoma pasto, pintadas políticas en los paredones, y pasacalles de polipropileno con mensajes variopintos.
Quienes transitan esos territorios, lo que se ve a través del móvil televisivo, son en apariencia vidas precarizadas, descuidadas, fatigadas.
Se adivinan vidas desbordadas por el desempleo, el subempleo, el pluriempleo, o el empleo informal. Vidas que ya perdieron la batalla por el bien más suntuoso, más preciado: vidas sin tiempo. Tiempo para el ocio, para descansar, para salir a pasear, para hacer deporte, o participar políticamente de un espacio, de un sindicato, de la cooperadora del colegio de los chicos. Se percibe, allí, un clima de descontento, de hastío, de impotencia. Un asomo a una coyuntura frágil y endeble que pareciera quebrarse de un momento a otro.
Ya es de noche, y el promedio de edad de los que quedaron ahí dando vueltas después de que el Presidente se retirara con la delegación oficial en camionetas, no supera los 20 años. La cámara de TN sigue de cerca, cerquísima, a un grupo de gurrumines que tiran piedras con unas gomeras. Les hacen tomas de sus caras, que están descubiertas. Pero ya estamos en un vale todo que empieza en el momento exacto en que quien ocupa la primera magistratura de un país no tiene ningún prurito en desplegar toda su virulencia y su crueldad contra los sectores más postergados de nuestra sociedad. Los niños, los viejos, las personas con discapacidad, las mujeres, los laburantes. No solo eso, sino que además se mofa de todos y de todo, cuando en medio de un acto que sin dudas está atravesado por el escándalo de corrupción que rodea a Karina Milei, y sin ponerse colorado, afirma que el gobierno provincial “te rompe las piernas, compran las muletas con sobreprecio, y te exigen que les des las gracias”.
En “El rengo yeta”, César González, hace un relato salvaje de su caída en un instituto de menores en los primeros años del siglo XXI, cuando en Argentina la crisis todavía estaba a la vuelta de la esquina. César, nacido y criado en la villa Carlos Gardel, buscó plasmar en este libro, y el anterior -”El niño resentido”- su propia experiencia, pero la volvió colectiva. Habló sin pelos en la lengua de cómo es la vida en los márgenes, las juntancias, la droga, la delincuencia juvenil, la búsqueda desesperada por pertenecer, la lealtad en los códigos tumberos, el riesgo, la calle, la brutalidad. La falta de oportunidades.
Había muchos Césares en ese móvil televisivo. Muchos pibes que están creciendo bajo un gobierno que insiste en seguir empujándolos a esos márgenes que el autor relata con una crudeza y una potencia irrefutable. Pibes que ven a sus padres batallar contra un monstruo imposible.
En marzo explota, repetíamos como mantra después de que el gobierno devaluara en un 118.3%, y pulverizara salarios y precios en una sola jornada. Pero no explotó.
En “Implosión. Apuntes sobre la cuestión social en la precariedad”, de Leandro Bartolotta e Ignacio Gago, los autores indagan sobre el axioma de que, a diferencia de las explosiones, las implosiones no se vienen: se viven, “sin alerta roja”. Los estallidos suelen ser intensidades ardientes. No se pueden sostener mucho encima de los cuerpos y se lanzan al aire como fuegos artificiales. Las implosiones son intensidades frías. Fuego frío que quema y no necesita nada exterior para combustionar, dicen los autores. Pero afirman también que no es una u otra, implosiona y puede estallar también: “Si el estallido puede pasar como excepción, la implosión es en la normalidad precaria.”
Cuando la voz flotante de Cristina se reproduce en una acto en la provincia, y menciona que este contexto le recuerda al 2001, es porque efectivamente se siente cómo algo de esa implosión carbura. Es el morocho que le habló al notero de TN, con indignación pero firmeza. Son los pibes tirando piedras. Son los chicos con discapacidad y sus familias reclamando frente al Congreso, es la imágen de una señora con bastón que un policía tira al piso, es la censura y Pablo Grillo peleando por vivir, son los científicos bastardeados y demonizados, una vez más, cuántas más. Es el Presidente burlándose por Twitter de Ian Moche, un nene de doce años con autismo. Todo eso es una implosión en marcha que pareciera sentirse un poco más de cerca cada día.
Porque el estallido se da sobre lo implosionado en marcha.
En el libro, los autores encomiendan a la sociología política la tarea de “darle existencia y dignidad”, a los silenciosos dramas populares, o al decir de Bourdieu, como ellos mismos citan, atender a los diferentes niveles de sufrimiento social, y a lo que estos pueden engendrar. Ahí hay que poner el foco, afinar la lente.
El ajuste se presenta como un gran intensificador de la implosión social, plantean los autores. La implosión está en marcha, y no hay forma de frenarla si no es recuperando una capacidad transformadora que, como ya se demostró en otras etapas políticas, corra de lugares anquilosados a las víctimas y los damnificados de siempre, les devuelva potencia y acción a través de un modelo económico que los contemple, los incluya, los cuide. El resto vendrá solo.