La violencia aparece como límite temprano en un relato de atípico coming of age envuelto en celos y marcado por los ritmos de la vida de barrio que inscribe un concreto devenir. Elementos preponderantes, la marginalidad y las carencias se vuelven común denominador de un país en crisis, donde todo parece estar yéndose al mismísimo diablo. “La Virgen de la Tosquera”, premiado film de Laura Casabé con estreno mundial en la World Cinema Dramatic Competition del Sundance Film Festival 2025 –luego proyectada en BAFICI- y basado en dos cuentos de la consagrada autora Mariana Enríquez (“La Virgen de la Tosquera” y “El Carrito”), posee guion de Benjamín Naishtat (notable realizador de “Puan” y “Rojo”), disfruta, finalmente, de su esperado estreno en salas comerciales locales.
La película, situada en el verano porteño de 2001, en plena debacle económica - consecuencia directa de los procesos y decisiones gestados en la década anterior-, sigue a tres amigas adolescentes (Natalia, Mariela y Josefina) cuyas existencias cambian cuando el amor y lo desconocido irrumpen a raíz de la llegada al grupo de la misteriosa Silvia. Punto de partida para un conjuro que invoca elementos sobrenaturales y nos provee de suficiente reflexión social. En la tranquilidad estival, la historia vincular se despliega entre escapadas diurnas y nocturnas: corren tiempos de cybers y chats, mientras las jóvenes moldean su personalidad, impulsados por el deseo de gustar, el despertar sexual y el acceso a experiencias con estupefacientes. Son períodos formativos en los que la inocencia todavía persiste, aunque pronto será interrumpida.
En pleno conurbano bonaerense, una cuadra parece maldita: una serie de virulentos episodios dejan en claro las intenciones autorales desde los primeros tramos del largometraje. El resquebrajamiento es tanto interior como exterior. A medida que el drama avanza, la sensación de desprotección en el afuera se vuelve constante: inseguridad, cortes de agua y de luz. Argentina a merced, siempre esa herida abierta, mientras daños reverberan como eco de un país privatizado, en proporción directa al empobrecimiento, marcando un contexto donde la degradación se naturaliza y el horizonte se estrecha. Nuestro sangriento bautismo de siglo.
La precisa cámara de Casabé indaga en gestos y rostros, construyendo una poética propia para retratar espacios interiores donde conviven malos pensamientos, hogares quebrados y jóvenes desencantados. Las preocupaciones son de los adultos, pero el impacto recae sobre quienes aún no saben nombrar aquello realmente perturbador. Noticias de TV con sentido de alarma conviven con programas de entretenimiento que dispersan y adormecen, reforzando una sensación de normalidad frágil. Entretanto, la presencia simbólica de la sangre funciona como hilo subterráneo conductor, anunciando el ominoso espectro de la maldad humana que se filtra en lo cotidiano. Centro absoluto de los acontecimientos, el cine nacional da a luz a una gran actriz: Dolores Oliverio irrumpe en la industria local con un rol protagónico consagratorio.
Concatenando un acierto tras otro, Casabé articula lo íntimo y lo social, proponiendo un retrato sensible y áspero donde lo brutal y lo salvaje se gestan lenta e inevitablemente, a través de los ojos de la protagonista, encarnada por la brillante Oliverio. Anclando la experiencia en una memoria generacional precisa, en tiempos de prevalencia de la escucha en formato CD, el rock autóctono –como género de fuerte impronta cultural- conforma la banda de sonido de un film cuyo elenco se completa con las acertadas participaciones de Fernanda Echevarría, Luisa Merelas, Agustín Sosa y la intervención especial de Dady Brieva.
Hacia un trágico desenlace, una cruda secuencia con resonancia metafórica actúa como el eje que traduce la abstracción en literalidad: una jauría de perros negros prefigura un claro presagio de muerte, espíritu maligno de naturaleza folclórica que enlaza el presente con funestas leyendas de pueblo.