Una jornada mundialista que merecía narrarse la del 29 de junio de 2026. El día anterior, los canadienses no movieron el amperímetro en el grupo de Whatsapp de los amigos porque el organizador siempre es favorito por poner la tarasca para organizar el torneo. La Copa Mundial se juega desde 1930 y sólo en dos ocasiones los anfitriones no llegaron a octavos de final.
En el primer turno, Brasil enfrentaba a Japón, nuestro caballo sin chapa del grupo, siendo nuestra apuesta audaz a revelación los asiáticos. Se enfrentaban un pentacampeón del mundo contra los supercampeones del animé. El grupo de amigos oscilaba en una contradicción entre la actitud de apoyar al sudamericano que indicaba la geopolítica y el Mercosur o apoyar al más débil futbolísticamente hablando.
Las preferencias se inclinaron por decantación por el más débil, probablemente porque nos hacía identificar fácilmente con lo que eran nuestros equipos en la cancha cuando éramos pibes. Siempre tuve una inclinación a cultivar amistades con quienes compartían como característica las prácticamente nulas habilidades futbolísticas. Entonces, rápidamente te sentís identificado con los nipones frente al favorito de todos, al equipo de Carlo Ancelotti. Salieron los equipos a la cancha, se cantaron las canciones nacionales.
- El himno japonés de tan sobrio y solemne raya con una marcha fúnebre- observó el falso ingeniero, casi como una premonición.
El juego se inclinaba por la izquierda del mediocampo japonés y la tomaba el favorito del grupo, el número 13, “medias bajas” Nakamura, al que los amigos delirantes del grupo se habían quedado a ver como si se tratara de Ronaldinho cuando jugaron hace poco en la madrugada frente a Túnez.
Brasil desperdició un par de oportunidades en los primeros minutos, más bien fueron aproximaciones que no alcanzaron a herir a los asiáticos. Pero el que sorprendió fue Japón, la perdió Casemiro y Sano tomó la pelota y la pisó que parecía sudamericano el tipo, una cosa de locos. Metió un derechazo furibundo, cruzado y bajo que se incrustó en el arco de Alison.
- ¡Qué golazo del que nunca se enferma! - apuntó el profesor patagónico en alusión al apellido del héroe del primer tiempo.
Después del gol, todo Brasil fue desorientación y los nipones la tocaban en territorio brasileño casi sin ser molestados, imponiendo condiciones.
- Esto no puede durar - anunció el contador, como si hubiera pasado revista a las reservas aeróbicas de los futbolistas nipones.
- Es un baile - apunté sin hacer caso, que hay que aprovechar mientras dure. Los supercampeones del animé se floreaban, Brasil confundido, Neymar en el banco de suplentes tomando mate.
Salieron los equipos al segundo tiempo, Endrick por Paqueta el único cambio de los de amarillo.
- Endrick, mentira del fútbol - apuntamos en el grupo -. Se enfrentó un par de veces con San Lorenzo y se lo comió en dos panes Campi, un rústico central azulgrana - intentamos explicar junto al profesor patagónico a los otros integrantes del grupo, que no acotaron nada. Que en la cancha se iban a ver los pingos.
Brasil pasó a octavos de final contra un Japón al que siempre le faltan cinco para el peso.
Brasil mejoró y Japón resignó la pelota, el terreno, todo. Empezaron a tirar centros los de Ancelotti, y en una impactó al gol de cabeza Casemiro.
- Salí a cortar, Suzuki - nos lamentamos cuando vimos en la repetición que el arquero japonés se quedó clavado en la línea del arco como una estaca.
- Se termina la mentira de Japón - dijo y parecía gozar el contador. Probablemente es el único del grupo al que no le molestan que ganen los mismos de siempre, los fuertes, como una suerte de elogio a la meritocracia.
Promediando el segundo tiempo, nuestro pollo Nakamura fue reemplazado.
- El técnico de Japón se cavó la fosa sacando al pibe Nakamura. Otra boludez como la del gol de Casemiro y Japón saca pasaje a Tokio - observó el profesor patagónico.
Entonces, la pausa de hidratación hizo que el acoso de Brasil se interrumpiera unos minutos.
-Me gusta que en la mayoría de los estadios la gente chifla la pausa - observó el falso ingeniero.
Seeeee, aprobamos todos. Que se la banquen, loco, y que la pelota siga rodando sin interrupciones injustificadas. Si tienen calor que se tiren agua en la nuca mientras atienden a uno.
No abrigábamos tantas esperanzas de que los asiáticos pudieran aguantar porque el monopolio de la pelota era de Brasil. Sin embargo, ahí estaban los supercampeones del animé. Otro ataque de los amarillos y la pelota logró ser interceptada por un japonés, al que no se le ocurrió mejor idea que salir jugando cerca del área grande, madre de Dios. Eso causó escozor hasta en el contador, que tiene corazón menottista. Gol de Martinelli, resulta que ahora los brasileños tienen jugando a un tano, como el técnico.
- Lo vaticinamos - se regodearon entonces los que lo habían anunciado.
- Todavía les falta maduración - comprobó el profesor patagónico. Lo mismo que dijimos más o menos cuatro años antes. Vaya a saber cuándo van a madurar siendo que jugaron una sola vez en su historia octavos de final en copas del mundo.
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Los que no la iban a perder por salir jugando en el borde del área propia eran los paraguayos en el segundo turno. Enfrente, Alemania, la gran favorita de siempre. El equipo de Alfaro ganó un córner al minuto y parecía que salía a buscarlo. Duró ciento veinte segundos la sensación, luego de que no pudiera concretar esa chance se replegó de una forma impresionante. Dos líneas de cuatro compactas, con el hombre más adelantado en la posición de un número cinco atrasado.
- Bien los paraguas - elogiamos en el grupo.
El contador apuntó que si Alemania lograba convertir, le metería cinco. Pero eso no iba a ocurrir, por suerte. Esta vez, todos hinchábamos por los guaraníes porque Alemania es dueña de un resentimiento añejo para todo argentino, la de habernos vencido en dos finales del mundo y en una por el penal robado de Codesal.
Un despliegue paraguayo conmovedor cubriendo el ancho de la cancha y metiendo una multitud de humanidades dentro del área, que la pelota rebotaba en todos lados pero ninguna iba prácticamente hacia el arco de Orlando Gill, el guardameta guaraní y arquero de San Lorenzo. En ese momento, los cuervos del grupo empezamos a especular con que el club pudiera pagar unas cuantas deudas si lográbamos cotizar a nuestro arquero para luego venderlo como pan caliente, como el costarricense Keylor Navas luego de su gran mundial 2014.
Cada diez o quince minutos, el seleccionado paraguayo lograba esquivar el asedio alemán y los tiros libres y córners ganados se festejaban como un penal.
Ahí, empezamos algunos a poner en cuestión la supuesta superioridad del fútbol europeo defendida a rajatabla por el contador. Que siempre se dice por ahí: ohhh, el Bayern Munich, qué máquina.
- Pero en ese fútbol no marcan, parece una exhibición de volcadas en la NBA - toreábamos al contador junto al profesor patagónico y el falso ingeniero. Que superaran esa telaraña guaraní, si eran tan buenos.
En uno de esos córners milagrosos ganados por los paraguayos, en una segunda jugada hermosa cabeceó Enciso al gol y lo festejamos con los amigos. Excelente la jugada de Almirón y genial el centro de Galarza Fonda, jugador que acá la rompió en Talleres y dio lástima en River. El seleccionado paraguayo te da la familiaridad de lo conocido, con varios jugadores desempeñándose en la liga argentina.
Paraguay celebra su gol, durante los 90.
Y así se fue el primer tiempo, nos chupaba un huevo las estadísticas de la posesión de la pelota, de remates: los alemanes en realidad casi no patearon al arco con chances serias de gol porque hicieron toques lánguidos, en la misma línea, ninguno atreviéndose a gambetear ni romper el cerco. Y ni Gómez ni Canale iban a salir jugando en su propia área como los japoneses, de eso no había chances y podían revolearla hasta La Habana si hubiera sido necesario y sin ponerse colorados.
Segundo tiempo, y los alemanes empezaron un poco a dedicarse a lo que siempre toda la vida supieron hacer: tirar centros. En uno de esos envíos, cabeceó Havertz al gol.
- Fíjense - observó el contador -. Ávalos (el nueve paraguayo), que estaba sentido por haber pisado mal, no fue a marcar al que tiró el centro.
Nos pareció una desmesura que el nueve fuera el responsable de marcar a un volante izquierdo, pero así es el equipo de Alfaro solidariamente replegado. Que García Fonda la rompió, le tiró un caño a Musiala incluso, pero en la posición del tres, por supuesto. Todos defienden de manera perpetua, como su última fortaleza el Mariscal Solano López.
Uno a uno, y casi los alemanes metieron el segundo otra vez de cabeza, por supuesto. Pero el VAR lo anula por foul al portero cuervo, Orlando Gill, qué partidazo. Porque había mucho tránsito en el área y había que tener reflejos a veces o una buena vista para saber por dónde carajo venía la pelota. Corría el tiempo, se fue el suplementario y penales. Y acá, sucedió lo increíble, porque curiosamente el profesor patagónico tenía allá en el sur mejor wifi que nosotros, estando adelantado a los demás.
- Vamoooo - celebró la atajada de Orlando Gill cuando en nuestra casa ni siquiera había pateado el alemán.
- Gooolll - se congratuló ante la primera conquista paraguaya en la definición y todos lo celebramos.
Se alternaron goles para cada lado, hasta llegar el momento casi definitorio. Pateó el falso Rudi Voller, como bautizamos al alemán Nick Waltemade, ingresado en el segundo tiempo, y atajó Orlando Gill. Vamooooo, festejamos en el grupo. Triple match point para la garra guaraní. Entonces, el profesor patagónico dijo en el grupo, cuando iba a patear el jugador paraguayo:
- Añamembui.
Entonces, supimos que era un improperio en guaraní, lamentablemente.
- La concha de tu madre - de pronto se castellanizó el lamento del profesor patagónico cuando el seleccionado paraguayo desperdició la que parecía la última oportunidad.
El triple match point se disolvió como un terrón de azúcar y ya dudamos seriamente de que fuera posible para los guaraníes ganar.
- Parecen San Lorenzo - aludí a una definición perdida recientemente con River.
- Tienen miedo escénico - apuntó el falso ingeniero.
El grito del final. Histórico.
Entonces, la colgó de la tribuna Tah. El cuarto match point no lo iba a fallar Canale. Gritamos, celebramos, como los vecinos de casa. La carrera del festejo. Alfaro celebró, en algún lugar Chilavert se tragó su veneno y nos alegramos, tan amigo es de los libertarios de acá. Una victoria épica, hazañosa, inolvidable de los albañiles del fútbol. Lo inesperado se hizo realidad y celebramos casi como cuando los borrachos se congratulan gritando: ¡Viva Perón! ¡Viva el Mariscal Solano López! Porque la garra no fue charrúa, fue guaraní.