Por Nahuel Sánchez Cabanettes

Los núcleos centrales de la prosa argentina actual los encontramos en Mariana Enríquez y Samanta Schweblin. La primera se vale del terror, en ocasiones del horror —la diferencia radica en que el terror está dirigido hacia la psiquis del lector mientras que el horror es algo más concreto que sucede en los cuerpos de los personajes. Así, el terror es psicológico; el horror, no exento de atentar contra la mente lectora, es el horror de los cuerpos—. Pero Enríquez, a la manera clásica (Borges, Cortázar), siempre cierra sus textos; vale decir: no hallamos en ellos huecos semánticos. En una misma vereda generacional, pero con un talento más consolidado, encontramos a Samanta Schweblin. La autora también se sirve del terror (en raras ocasiones, del horror). No obstante, mientras que el género fantástico, a saber: la irrupción de lo sobrenatural sobre un (nuestro) mundo cotidiano, vertebran la escritura de Enríquez, en Schweblin, el terror soslaya (casi siempre) lo sobrenatural; el horror es casi sutil; y el fantástico, siempre de la mano del terror, de alguna manera está presente, pero para enmarcar la obra dentro de una atmósfera de extrañeza, de una atmósfera sobrenatural, y configura un tempo que semeja una respiración mental que inhala hondo y exhala despacio, se toma su tiempo, y descarga toda su intensidad una vez finalizada la lectura. Su libro de cuentos Siete casas vacías ilustran de manera total lo dicho hasta acá.

Cuando nos referíamos, en el párrafo precedente, a “un talento más consolidado” de Schweblin, aludimos a que esos huecos de significado, casi ausentes en la obra de Enríquez, son el eje vehiculizante de la obra de aquella. Es el lector quien debe “completar” los cuentos de Siete casas vacías. La autora calla a los gritos y dice lo que dice pero dice más en aquello que no dice. ¿Por qué los padres del narrador protagonista, en Mis padres y mis hijos, corren desnudos por las ligustrinas y así y todo al hijo le parece una buena idea que sus nietos los vean? ¿Cuál es la desesperación inmanente que lleva a la madre presuntamente insana, en Nada de todo esto, a recorrer casas ajenas, adentrarse en ellas, intentar ¿repararlas?, criticarlas (a las casas y a sus dueñas/os), admirarlas, romper en llantos, arrastrarse por la alfombra y lograr que la hija no la comprenda en lo más mínimo a la vez que pareciera entenderla (o pedir a gritos que otros lo hagan) en su totalidad? ¿En La respiración cavernaria, Lola ve, se imagina que ve? ¿Son reales sus vecinos? ¿La vecina de cuarenta años, que se presume consumida por las drogas, es ella cuando tenía esa edad; es la mujer que había aparecido en ese incidente, que nunca termina de develarse, en el supermercado? Estas son posibles preguntas. Cada lector se hará las suyas y buscará las maneras de responder a sus inquietudes.

Schweblin tiene un talento singular porque, cuando se leen obras en donde hay cuestiones que no encuentran su punto de clausura, muchas veces nos parece, o creemos tener la certeza de que el/la escritor/a no supo cómo llenar esos espacios. Sin embargo, en la autora argentina contemporánea por antonomasia, nos queda la certeza de que todo es deliberado, quirúrgicamente diagramado, sutilmente planificado para que así sea. En Samanta Schweblin, el silencio nunca se queda mudo.