Por Jimena Introcaso Irazabal

¿Por qué somos La Plaza del Amor? Me permito escribir esta carta para quienes como yo, sentimos y luchamos por lo mismo. Cientos y miles que coincidimos en este rico suelo llamado Argentina: la militancia. Entonces, me brota el oficio, y tengo activo el ejercicio de la pregunta, busco el empleo de esa herramienta fundamental, que tenemos quienes a diario, intentamos ser periodistas. Me invadieron muchas preguntas. En algunas, tan solo me fui aproximando, y logré esbozar un puñado de ellas. Después aparecieron las respuestas posibles; sólo posibles, no pretendo más.

Me acordé de mis referentes y referentas emocionales; soy tercera generación de una familia militante peronista, y hasta me animaría a decir casi cuarta. Y me atrevo a decirlo, porque mi bisabuela al final de sus días, ya más cercana políticamente con mi abuela, la acompañaba habitando el peronismo. Hoy me doy cuenta que me empoderaron desde pequeña, porque el peronismo indefectiblemente es empoderamiento. Y aún en mi caso hasta entrada la adultez, ser consciente de ello; con algunos lapsos de adolescente; y mal que le pese a cualquiera: “peronista se nace, aún sin saberlo”. Llegué a la militancia más tarde por una gran perdida; tal vez como refugio, tal vez incluso como respuesta. Y fue entonces cuando comencé a caminar… a militar.

Hago esta introducción para empezar a preguntarme: ¿Caminamos con los mismos pensamientos en esas marchas a La Plaza? Quienes militamos en las calles, con los pies inquietos y los brazos en alto, (sin desmerecer el rol de las redes sociales…), ¿razonamos exactamente igual? Claro que no, las organizaciones son distintas pero lo que las guía es idéntico. La idea brota superadora, late igual, empuja igual; es vertiente de compromiso, es generadora. Sin lugar a dudas, hay distintas facciones, distintas miradas o pareceres; pero todos convergen del lado de la misma vereda, los bulevares que las puede separar, en ocasiones, son los mismos que al llegar a la esquina, las unifican. Ese punto interseccional, se ensambla en una sola dirección posible: la defensa de los Derechos Humanos.

Y en esto con firmeza no me equivoco, quienes marchamos en esas filas, entendemos que el camino no es el odio irracional, y me atrevo a decir, ese que cuando se pretende poner en palabras, ni siquiera encuentran los motivos cabales del por qué. Aparece así y suena titubeante. Por momentos en conceptos incongruentes, y al tratar de darles discurso, cae estrepitoso el insulto, el copiado recurrente del mismo latiguillo, cíclico este, y a veces lamentablemente sin retorno. Sin más, ese es “el odio”, “su discurso”, su característica fundacional. Tal vez solo el daño, en este caso, sea motor suficiente. Para entender, en ocasiones, prefiero tomar la senda de la ingenuidad. Todo indicaría que más allá de los agravios, para el deseo de muerte o el de un ostracismo eterno, no hay fundamento. Lejos, y distante a esa inmediatez que acecha, no queda nada: un vacío profundo.

¿Preocupa saber por qué lloramos pronunciando un nombre, el de Él, el de Ella? ¿Anidado en la piel tal vez? ¿Por qué nos emociona encontrarnos bajo esas banderas, con las mismas consignas? ¿Por qué sonreímos y nos abrazamos entre personas “desconocidas”? Así es ese encontrarse, tal cual surge la charla cálida, y ya el otro, la otra, se convierte en la compañera o el compañero, para cantar y caminar lo que falte del recorrido.  Y en una nueva marcha, otra vez, ¿porqué nos volvemos a enlazar en un abrazo inmenso y universal? Una comunión que se transforma en el mismo abrazo que el anterior. Especulo con que en otras plazas (con minúscula) no pasa lo mismo; por esto, y en este caso, interpreto que invade el asombro de tantos y de tantas. No existe conexión espiritual que asista la descripción, desde este lado “El Amor”, rozando lo infranqueable del recuerdo.

Mientras tanto, por acá tenemos Conducción Política que enseña, tenemos también a La Gloriosa Juventud que guía esas cañas multitudinarias, cubriendo como un manto las avenidas, las diagonales. Qué distinto todo. Cada día estoy más convencida, sí hay odio entonces no hay nada, la contestación va surgiendo sola. Es ese odio, refrendado en la intolerancia; el hecho de repudiar, por el repudio mismo. Producto de una inconformidad eterna, los años me lo demuestran.

Juntar no es unir claramente porque la unión es algo más profundo; es permanencia, es conexión, y es sin lugar a dudas: Organización. Un grupo de personas reunidas en un mismo lugar no necesariamente están unidas. Incluso llevando esas postas de un terror pasado, esos elementos de torturas y dictaduras. No interpela en ella esa Comunidad Organizada, no es que pertenezcan, tampoco es que hermanen con el Otro, ni lo será.

No solamente dijeron que nos odiaban, cómo militantes, cómo peronistas; sino que durante décadas y sistemáticamente llevaron ese odio a la práctica. Las modalidades fueron siempre variadas: persecuciones, despidos, estigmatizaciones, proscripciones, exilios forzados, desapariciones forzadas; y todas ellas salieron de ese mismo discurso por casualidad y efecto. No fue una simple expresión y nos desearon la muerte, verborrágica y vociferada, sino que la ejecutaron. No solo pidieron por vejaciones sobre nuestros cuerpos, sino que en manos de muchos, nefastos(as) todos, las consumaron. No es el rencor lo que habilita estas líneas, muy por el contrario, es un cuidadoso ejercicio del recuerdo, y el espíritu activo sembrando presente. Se resume en una frase robada al Maestro Pérez Esquivel, pero muy oportuna: “Un pueblo sin memoria está condenado a ser dominado”.

¿Por qué no hay ira, odio o un enojo visceral hacia quien agravia? Y sí a alguien le cabe dudas, que no hay odio o enojo, y cree que sí sé imprime en los hechos, tan solo pienso en las Abuelas. En ellas no cabe el deseo de muerte, en el espacio más íntimo; manifestándose junto a las Madres, jueves tras jueves, ronda tras ronda. Claman por Justicia, buscan nieto por nieto, nieta por nieta; muy por el contrario, esquivan al tiempo, lo desafían para que inmóvil, no se extinga nunca, Nunca Más.

¿Por qué esquivamos a menudo mencionar a la muerte? ¿Por qué eludimos ese mensaje, que pregona que El Otro muera? Será por qué nos alejamos, en realidad, de aquella tirana que se llevó a tantos y a tantas de nuestras columnas. Será por qué la tuvimos siempre tocándonos los talones, en las barriadas, en las ausencias y carencias, en los centros clandestinos, en los excesos policiales. ¿Será por qué la conocemos cara a cara, en la sangre que hemos puesto arrebatada? ¿En los Hijos e hijas que apropiaron? ¿Será que hemos llorado? ¿Qué seguimos reclamando? No es lo mismo. Y aquí pongo un freno, y recurro a la Memoria, cómo herramienta.

Esa muerte que es “mala palabra” (como las define El Negro), que se llevó de nuestras filas a 30 mil presentes, 30.400 también presentes, y muchos más. Nunca menos. ¿Fue acaso por manifestarse colectiva y políticamente? ¿Por tener ideales y expresarlos? ¿Por haberse organizado en centros de estudiantes y no detenerse? Esos lápices que escriben eternos. Viene a mí la nostalgia viva, será por soñar un mundo más justo, adolescencias y juventudes irreverentes, cargadas de sueños de igualdad… Solo cabe la afirmación tajante: faltan en esas marchas, a esas familias; en los cumpleaños, en las navidades. ¿Será por pensar distinto? ¿Por permitirse dudar?

¿No te preguntaste por qué pasaron más de 70 años, que tanto duelen parece, y desde ese odio, no hay una canción? ¿Ningún cántico heredado? ¿Unas estrofas qué miles victoreen con una consigna? Otra vez me invade la reflexión: ¿No tuvieron tiempo de pensarla? ¿No tuvieron quienes las hicieran? ¿No les importó? Pero si molestan las de Otros. Es muy extraño ese cristal con el que se mira. Mientras tanto, la boca con rapidez, estalla en palabras con la ofensa alistada.

Y aquí, furiosa y enérgica, aparece una primera conclusión: Somos la Plaza del Amor, porqué La Patria es el Otro, y a todo le ponemos ese condimento: creatividad, alegría, empatía, hermandad, colectividad; vida y corazón.

Muchas veces he oído “vienen en micros, los traen”, “comen choripán en cualquier lado”, “se adueñan de la calle” Me pregunto si algo identifica, si algo distingue ahí. Haciendo coincidir en tiempo y espacio ¿Y gustos? Eso que aman, ¿se pone en voz, irrumpe en felicidad? ¿Es inagotable? Cuando ansían ir a algún lugar, y es poco el resto para viajar ¿No “los llevan”? Indudablemente la vista contempla, las calles hablan, las paredes también. En este punto, y reducido a esa crítica encarnizada, la perspectiva escasea bastante… previsora. Sé que dejo con este comentario, agazapada la calumnia, según a quien se interpela con él. Refuerzo: ¿tienen folklores propios? Entonces, se presenta esa magia llamada IDENTIDAD, algo que comulgar, distintivo, reconocible; y parece preocupar tanto a la vez. A veces, y desde ese odio, la respuesta aparente era un no rotundo, nada identifica, al igual que no une. El individualismo y el “sálvese quien pueda”, es mal consejero para quien(es) se autoproclama(n) arquitecto de la democracia.

Últimamente, y por desgracia, aflora un sí, algo sí identifica: ese odio, la discriminación, la violencia. No solo enmascarada de política. Hasta así Somos, dónde quiera que vayamos, florece la economía popular. Traemos encendidas “parrillas”, en el imaginario colectivo o en la práctica, casi inexplicable, incomprensible, “parrillas” que no se apagan e irritan a otro tanto. Por dónde pasan las columnas acaloradas, que nos engendraron con nombre propio, acercan: changas, estampitas, remeras, Banderas, el mango para ese laburante, “parar la olla” para ese compañero, para esa compañera.

Se precipita en ese sentido, algo que parece otra conclusión: traemos canciones, el pecho lleno de recuerdos de la vez anterior que estuvimos por La Causa, la memoria colmada, sonrisas, fraternidad, y también nos llevamos eso nuevamente. Con la carga de ese olor impregnado a Plaza, que al otro día lavamos de nuestras ropas y nos vuelve a recordar la misa y la procesión, el mismo amor. Remembranza de esas baldosas históricas, con Pañuelos Blancos, tatuados a fuego y sangre con nuestro andar. Porque esas cuadras maravillosas que la rodean nos han visto crecer, perder al amigo, amiga y familia, luchar, verla caer; construirla de nuevo, y volver. Nos autorizamos a decir que “sabemos de lo que hablamos”, porque cuando preguntás, politizando o no, hay amor en el discurso, un amor irrenunciable. Para algunos fanáticos, no importa, no ofende, al contrario dignifica; pero también un amor consciente, un amor pensante e impostergable. Eso también entra en la larga lista de las molestias causadas. Porque los recursos están y las palabras ardiendo, contestamos con ansiedad esperando el interrogante, el mismo para explicar lo que pensamos, con argumento… porque vamos, porque venimos, porque conocemos de debate, de tomar las riendas con lo que tenemos para decir, por que nos viene desde adentro… Porqué también sabemos dar la palabra al Otro, porque tenemos precisión en la contestación, en su construcción y bajamos Doctrina en cada letra, y bajamos contundente y fuerte. Este punto, hay que incluirlo también en la extensa lista de desencuentros. ¿Por qué a La Plaza? Porque fuimos mil veces; porque lo sentimos, y es para siempre. Y claro, cuando te inculcan que lo que vale es el instante, la fluctuación del mercado, lo efímero, lo cambiante, el “siempre” jode, por supuesto que molesta.

¿Siempre fuimos militantes? Saberlo, cuestionarlo: ¿Es algo relevante, que suma a la causa? ¿Entra en escena desde cuándo? ¿Es más importante el cuándo que el por qué? ¿Qué es lo que nos mueve, qué nos inspira? No necesariamente lo fuimos siempre, o sí, es indistinto; es en todos los casos el mismo Amor. Avalado el termómetro “del peruca”, para quien necesite hacer uso, entra la palabra IDENTIDAD nuevamente. “Peruca” palabra que me reconforta, porque con frecuencia la usaba mi papá, preguntaba: “¿sos peruca no?” Cuestiones generacionales y respeto por esas canas ungidas por el tiempo. Tampoco importa quien nos trajo, ni en qué vinimos. Importa que Estamos. Marchando cuando la Justicia Social nos llama, nos requiere; cuando la causa no espera, cuando es urgente… Es cierto que ¿Son “ellos o nosotros”? No. Ellxs o nosotrxs (co)existimos igual, del lado que se prefiera, en gusto del lector o la lectora, habitamos espacios comunes en la sociedad, a veces deseados, otras no tanto.

No estamos por fuera de nada, me niego a resignarme. Es impostado, es un discurso armado y hasta consensuado por actores del poder, por sus intereses. Y es tan poco verosímil que “nosotros” hemos sido ni “nombrados”, literalmente palabra prohibida, sin participación en las Urnas. Sin embargo, no claudicamos jamás. No hemos entregado los estandartes que nos delegaron, ni las ideas. Al revés, retroalimentada la emoción, sigue inmutable. No se agota, no se acaba, la llama no se apaga ni con balas, ni siquiera con terrorismo de Estado. Entra la reflexión. Y en el extremo de los casos, en esas dos puntas que intentan instalar, y a las que ya sobrevivimos sobremanera, la preocupación quedaría lejos de nuestros territorios; lejos del campo nacional y popular.

Entonces es una gran mentira que son “ellos o nosotros”: “nosotros(as)”, ficticia como esos dos demonios falaces, y hechos mediante, no dejamos de existir. Resistimos los embates, resilientes, “incurables”, y con más fuerza. Esa misma, de quien perdió para luego ganar. De ese discurso, creer que es uno o el Otro en realidad es no entender al Movimiento; y en todo caso también hechos de por medio. Me permito resolverlo en comunidad y que los cuerpos hablen recolectados de experiencias: decanta solo.

Al final de cuentas, este es el sitio más arriesgado (castigado) del asunto. Y sigo, ¿por que ofusca tanto que cantemos, que demostremos felicidad? Será que cantamos porque el recorrido, porque hay sobre que cantar, porque los días más felices fueron, son y serán peronistas… Es tan cierto, que ¿Lo expresamos con elocuencia desde nuestros lugares de militantes? Y sí, es muy probable. Es ahí donde Somos, donde elegimos ser, edificar. No entro en esa trampa porque hay que entender la vivencia del compañero y la compañera. Poner el cuerpo, y no solo metafóricamente; hay que luchar y caer, para luego vencer, y al fin valorar. Y es sólo después, cuando se puede hablar de permanencia, superar el binomio de uno o lo otro, así masculinizante desde el lenguaje, eso que también es hoy (re)construcción y deconstrucción para la militancia.

Molesta qué comemos, ¿qué comemos?, cómo se viaja genera ira, si es en caravana de micros, en multitud. Seguramente en muchas oportunidades desde kilómetros, con la única finalidad de estar, de expresarnos. Tan simple es llevarse los ojos y el alma cargados y renovar el sentimiento. Por qué no vivimos siempre cerca e igual queremos estar allí, en La Plaza, recorrerla, desbordar(la). Porque cuando se invita, se convoca o nos convocamos, caminamos decenas de cuadras y las sabemos andar, damos cátedra sobre el trayecto, angelado de ancestros. Donde el cansancio no se siente, iguales aún con trapos y banderas distintas y envueltos en diferentes tonos; el sol siempre sale, los colores brillan. Algo más profundo guía hacia delante y el final de ese viaje es el mismo, La Plaza. Porque nos (re)armamos, fieles a nuestros cuadros; y eso incomoda. Quizás, “Siempre es preferible molestar, incomodar”, asoma así otra conclusión. Será pués molestando, incomodando entonces, que se perpetuara la mirada al futuro. La mística está intacta, desde hace más de 70 años, la organización venció al tiempo; condenada a muerte tantas veces, y otras proscrita o “destinada al olvido”. Por el contrario, de estos presagios, la realidad (única) crece, se reafirma, milita, agita, canta, recuerda; no perdona, no odia pero no perdona, tiene Memoria, busca Justicia, y cree, cree firmemente en esa Verdad. Avanza, con las convicciones intactas y no se detiene; rueda y camina. Apura el paso, cruza puentes y ríos, quiebra el exilio y acorta las distancias, para entonces alcanzar la inmortalidad. Y finalmente, tan solo se nutre de las nuevas generaciones, de los herederos, de las herederas.

Las preguntas ya están hechas, las respuestas, en definitiva, las tiene la historia; y ésta ya está escrita: “El amor vence al odio”.