La crisis se presenta como el horizonte insuperable de nuestro tiempo. En los términos de preocupación y zozobra en los que nos acostumbramos a vivir, todo paso en falso, toda agitación imprevista, podría significar una caída al abismo. Andar con cuidado, sin embargo, no es garantía de nada, porque la falta de certezas es casi total. No estamos frente a un hecho de la voluntad, que podría modificarse con algo de determinación. Nos encontramos en el estertor de un proceso de agonía en el que la guerra mundial, el desastre ecológico, la escasez, la hiperinflación y el fascismo son las consecuencias más probables. Sabemos lo que está mal en el mundo, pero no sabemos cómo evitar que el mundo se consuma en la catástrofe.

Nuestro país, por supuesto, atraviesa una situación particular, delicada, grave. La poca claridad para entrever y ofrecer un rumbo político que permita dejar atrás el malestar que carcome a nuestro pueblo desde hace años no se resuelve con la mera enumeración de los problemas. Una descripción no es una explicación y una explicación carece de energía política si no cuenta con una plena conciencia del riesgo que corremos. No se puede hacer política en la Argentina sin un sentido absoluto del peligro. Aquí no se trata de abonar el pesimismo existencial de los agoreros del desánimo, sino de enfrentar las disyuntivas que, además de apremiarnos, nos comprometen y responsabilizan.

Eso es precisamente una crisis. Para los antiguos griegos, que usaron la palabra en el ámbito de la medicina, la misma tenía una doble acepción. Primero, como indica su etimología, crisis refiere a la decisión o al juicio del médico que se dispone a curar una enfermedad, obligado a escoger entre opciones no necesariamente compatibles, muchas veces antagónicas. En segundo lugar, crítico es el estado, el interregno (de tal modo la define Gramsci), en el que el enfermo se debate entre la vida y la muerte, dependiendo del tratamiento que reciba pero también de la fuerza que proponga para sortear las inclemencias del destino. El remedio o pharmakones lo que el organismo ingiere para neutralizar la enfermedad. Solo que los griegos conocían su carácter ambivalente. Pues el pharmakon es lo que cura y, a su vez, lo que mata. En semejante indefinición se juega la crisis.

La enorme proliferación de crisis económicas sucedidas en las últimas tres décadas no prescinde de las metáforas clínicas. Se habla de la solvencia o la disciplina fiscal como del rigor con el que debemos cumplir el régimen que el médico nos prescribe. ¿Qué otra cosa hace el Fondo Monetario Internacional que “ayudar” a sanear “economías enfermas”, “descompensadas”, “perturbadas”, mediante la aplicación severa y puritana de un recetario inflexible? Desobedecer la orden médica equivale a perder su asistencia y quedar desamparado ante las contingencias de la globalización capitalista. Por eso uno tiene la sensación de que reproducimos el lenguaje del enemigo cuando planteamos la necesidad de “tranquilizar la economía”, como si esta fuera un paciente inquieto, asustado y resistente, que requiere de anestesia para poder ser intervenido quirúrgicamente.

Se dice economía como también se dice “los mercados”. Según el intérprete, el rótulo contendría a todos los agentes que toman decisiones económicas (las exportadoras que no liquidan, los supermercados que remarcan precios, la empresa que solicita divisas para importar, el ahorrista que compra dólares en el mercado paralelo para “guardarlos debajo del colchón” o el trabajador que destina al consumo los pesos que le quedan para que no se desvaloricen, etc.) o sería representado, en especial, por los grandes jugadores que, por propio peso, son capaces de inclinar la balanza, más allá de lo que hagamos o dejemos de hacer todo el resto. ¿Qué se espera de un ministro o ministra de Economía? Que calme los nervios, la ansiedad, la excitación de los mercados; que ordene las expectativas, para que los precios se estabilicen, el tipo de cambio se vuelva previsible y competitivo (y no se agrande la “brecha cambiaria” con una presión devaluatoria insatisfecha) o se generen las condiciones para que los empresarios inviertan en el país.

Un Ministerio es un servicio. ¿A quién sirve el de Economía? ¿Al pueblo sobre el que tiene responsabilidades de gobierno o al capital que es imperioso seducir y atraer? ¿A quién es necesario tranquilizar, conformar, llevar soluciones? ¿Con quién debe congraciarse para que todo marche? ¿Con el Fondo Monetario Internacional? Estas incógnitas deben dirigir nuestra atención hacia el verdadero centro de gravedad, que es la naturaleza de la economía con la que tenemos que lidiar. La economía no es la “administración de la casa”. Nuestra primera victoria conceptual ocurrirá cuando terminemos con la ilusión de que es posible administrar la economía. Ilusión que se apoya en la idea de que la economía es la ciencia de la escasez y que, entonces, consiste en hacer bien las cuentas, en función de “lo que hay”. Si hay escasez en Argentina-un país con abundantes recursos naturales- es porque partimos de una base de injusticia y desigualdad que nos negamos a poner en cuestión. Administrar la economía, en efecto, es administrar la escasez derivada, cumplir con las metas del FMI, entregarse a un ajuste sin fin y sin gracia. “Restricción presupuestaria” es el nombre “políticamente correcto” de la impotencia. Este es el camino del fracaso, del derrotismo, de la rendición incondicional.

Pensar la economía es otra historia. Sí, la economía es economía política. Pero el Estado no la dirige a su merced. Porque la economía, como bien la definió el filósofo italiano Maurizio Lazzarato, es la política del capital, es una máquina de guerra que el capital lanza sobre el pueblo, bajo los ropajes del “intercambio limpio” e “igualitario”. Es verdad que la desconfianza en el peso es apabullante y que un Estado sin moneda fuerte es un Estado débil, incapaz de disciplinar a nadie. Mas el peso no es vulnerable por la mala orientación de la política económica, por la demagogia o el populismo, sino porque sobre él se libra una cruzada especulativa que deja al país en una situación de inestabilidad permanente; porque, sencillamente, la política económica es la del capital. Una economía bimonetaria es una economía colonizada.

Cuando la discusión se vuelve un asunto técnico, cuando la norma de la economía se impone, cuando la política renuncia a la conducción de los procesos, por hacer gala de la “complejidad”, de la “racionalidad”, de que no es conveniente “hacer locuras”, el capital celebra. Pero este sigue sediento de sangre, como es su naturaleza. No importa cuánto se le hable a los mercados por televisión, cuántas mesas de diálogo con empresarios se habiliten ni cuánta ortodoxia se simule. De nada sirven las señales en economía si estas se escinden del contexto bélico que es su hábitat. Gobernar una economía salvaje e ingobernable precisa mucho más que de la persuasión amable y decorosa, de planes serios o de acciones firmes y consecuentes, cuyos presupuestos el pueblo no define.

Vivimos en la época del reformismo imposible. Cualquier iniciativa que apunte a redistribuir la riqueza, recibe el mote de anacrónica e inmadura, porque más allá de sus buenas intenciones, acabaría espantando los capitales, que son los que "crean trabajo". Si los capitales se fugan, los países quedan desérticos, infértiles, como Cartago después de su destrucción por los romanos. ¿Desde cuándo es el capital el que crea al trabajo y no a la inversa? Desde que el capital se sintió seguro de su victoria y, globalizado, sometió a sus caprichos a todo lo que se mueve dentro de las fronteras de lo nacional. Hablamos como verdaderos derrotados. No estamos en condiciones de cambiar nada si antes no derrotamos la derrota, si antes no nos derrotamos a nosotros mismos.

Hay intereses que especulan con los beneficios de la crisis. “El caos es una escalera”, dijo con astucia Meñique en la exitosa serie Game of Thrones, y tiene razón. Cuando se desestabilizan las certezas, el pez grande se come al chico y nadie sabe dónde terminará. Es una ruleta orientada, donde los jugadores con más fichas son los que definen las reglas de juego y, por ende, los que menos arriesgan. El Estado, generalmente, les es servicial. De ahí que el Ministerio de Economía, cuando la política deja de mandar, se vuelva “territorio ocupado”. La llegada de un buen funcionario al Quinto Piso no modifica la cultura de la resignación que se respira allí y limita “lo que se puede” a una serie de medidas que ya vienen en paquete cerrado.

Para que la política recupere la primacía, debemos entender la economía y sus variables como correlación de fuerzas, como puntos de acumulación y de disputa. Que la discusión del déficit fiscal sea siempre una obsesión por el gasto (el gasto del Estado, el gasto de los pobres), que hay que reducir y contener, es un signo de debilidad ideológica. ¿Por qué no poner el foco en la recaudación y en el sistema impositivo? No para asfixiar a quienes producen, sino para sancionar y enderezar a quienes, con ganancias extraordinarias, evaden sus obligaciones con el fisco y resisten toda solidaridad con la sociedad que les permite esos beneficios y con el Estado que, muchas veces, socializa sus pérdidas, sin reclamar las ganancias.

Es frecuente escuchar a los economistas hablar de períodos de “vacas gordas” y “vacas flacas”. Tal distinción se remonta a la historia bíblica de José en Egipto, quien mediante una interpretación exitosa de los sueños del Faraón logró anticiparse, en plena abundancia, a los años de sequía y escasez. Los liberales sacan la moraleja de que todos los sufrimientos presentes se deben al “derroche de los recursos” y el ajuste no es más que “pagar los platos rotos” de la “fiesta populista”. Pero lo cierto es que José, cuando le tocó gobernar, no impuso la “economía de guerra” (las “acciones dolorosas” que recomienda el Fondo), los racionamientos y los sacrificios al pueblo llano, sino que se ocupó de que el excedente acumulado por los poderosos fuera capturado y retenido por el Estado, para distribuirlo cuando la ocasión lo requiriera. Es decir, no permitió los esfuerzos desparejos. Para impedir el padecimiento de los de abajo, se metió con los de arriba, que ganaron menos, por el bien común.

Desafortunadamente, en la crisis que atravesamos no disponemos de grandes reservas, del acopio de riquezas listas para ser repartidas, porque venimos de años de recesión, porque estamos endeudados hasta las tripas. ¿O sí las tenemos? ¿Acaso el crecimiento que hoy se festeja con bombos y platillos, que todavía no llegó al pueblo, no supone beneficios exorbitantes para grupos muy reducidos de la economía? La abundancia y la escasez conviven día a día. Se exigen sacrificios, pero no para todos por igual. Esa es la mirada que pone a la economía por sobre la política, que dice que para combatir la inflación hay que “apretarse el cinturón” y, al mismo tiempo, saca tajadas enormes del proceso inflacionario. Sus voceros sostienen que un salario universal es inviable fiscalmente, mas no se escandalizan por la fuga de capitales, por la evasión fiscal, por los balances desproporcionados, que son los que marcan aquella imposibilidad.

La dinámica histórica de la Argentina tiende a repeticiones estructurales, a períodos de stop and go, a generar ciclos económico-políticos (por emplear la expresión de Kalecki), donde los factores de poder imponen condiciones y explican lo que se puede y lo que no se puede. El macrismo, como observó con lucidez Diego Tatián, fue la continuación de la dictadura por otros medios. La misma lucidez o intuición política manifestó Cristina cuando, hace pocos meses, sugirió la lectura del último libro de Juan Carlos Torre, porque la actualidad huele a alfonsinista. El fantasma de la hiperinflación, que es una prolongación del terror, con sus propias consecuencias psicopolíticas (el individualismo extremo, el “sálvese quien pueda”, la ley de la selva), está al acecho. Los medios echan nafta al fuego y generan una atmósfera irrespirable. Los grupos exportadores especulan con una megadevaluación. El poder financiero atenta contra el valor de los títulos de deuda en pesos que emite el Tesoro. La incertidumbre hace que los grandes y los chicos, para abusar de posición dominante o para “cubrirse”, aumenten los precios, deteriorando aún más el poder adquisitivo de los trabajadores. Y la espiral, si no se la controla, pronto será imparable.

El libro de Torre es la crónica de una muerte anunciada. La falta de un plan consistente (todos los intentos de estabilización fracasaron) y una serie de golpes de mercado sobre un Estado sin espalda financiera, condujeron hacia la hiperinflación.y la destrucción de la moneda. Tal escenario obligó a la adopción de políticas de shock, de ajustes estructurales que transformaron radicalmente la sociedad argentina. Da la impresión de que quien hoy consiga dominar la inflación gobernará el país por la próxima década. La pregunta es a qué precio, quién pagará los costos. Frente a los presentes manotazos de ahogado (medidas de contingencia que no resuelven el problema de fondo ni parecen capaces de detener de forma duradera el drenaje de las reservas), se debate si la salida vendrá acompañada de un plan de estabilización feroz, que cambie las expectativas, de una dolarización o de una legalización del bimonetarismo… En todos los casos, es el pueblo el que sale perdiendo. La política se somete a la “objetividad” de la economía y elige caminos ya trazados, porque “no se puede hacer otra cosa”.

Pero si ya sabemos cómo terminó Alfonsín, si ya sabemos que las repeticiones no son exactamente circulares (porque partimos sobre bases más pobres y endebles), entonces quizás sea prioritario ensayar otra cosa, probar con que, por una vez, la deuda y el ajuste no lo paguen los mismos de siempre. Están bien la prudencia y la sensatez, pero si no se practican por sus propias razones, sino para llevar adelante una estrategia audaz, que haga frente a la crisis y aproveche la oportunidad que hoy se nos presenta. Nadie dijo que sería fácil, ni que no tengamos que luchar. Nuestros enemigos vienen por la aniquilación del peronismo. Si nunca fueron del todo exitosos, si siempre quedó un resto que no pudieron asimilar, es porque hay ecos del pasado que no se silencian, un legado que se resiste morir, experiencias y recuerdos de una vida mejor, que en medio de la tempestad que nos responsabiliza, abre las puertas de la vida nueva. Incluso en el clima de terror que desean instaurar, la memoria de la felicidad, pero también de la opresión que no cesa, permanecen como huellas indelebles, alumbradas por la estrella imperecedera de la justicia.