Crédito foto portada: Infobae.

Durante la mañana del 14 de marzo de 1978, el Servicio Penitenciario Federal desató una cruel represión en el pabellón séptimo de la cárcel de Devoto, en la Ciudad de Buenos Aires, en represalia a una insolencia que uno de los referentes de los presos había cometido la noche anterior. Hubo palos, gases, balas y fuego, y el saldo fueron más de 65 muertos. De esta manera, el Estado cometía la mayor tragedia de la historia  penitenciaria de nuestro país.

El hecho fue bautizado por el gobierno militar y la prensa como “El motín de los colchones”, pero en 1985, Elías Neuman, con su libro “Crónica de muertes silenciadas”,  y Daniel Barberis, con el texto “Testimonios del otro país”, denunciaban que no había sido un motín, sino una masacre planificada.

En 2011, la abogada Claudia Cesaroni, con su Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (CEPOC), impulsó una investigación junto a un grupo de estudio del Centro Universitario de la Cárcel de Devoto. Habían accedido a la causa judicial, ya archivada, los diarios de la época, y ahora contaban con un testimonio fundamental, testigo y víctima de los hechos: Hugo Cardozo, y también la palabra de algunas presas políticas que estaban detenidas en Devoto en aquel marzo del 78. Con toda esa información, lograron que la justicia federal (el juez sorteado fue Daniel Rafecas) no solo reabra la causa, sino que la declarara imprescriptible, porque no había sido una masacre, sino un crimen de lesa humanidad.

Rafecas, en 2020, elevó la causa a juicio oral, y los sobrevivientes, familiares de las víctimas y los abogados querellantes, están esperando la fecha de inicio (estaba pautada para febrero de este año).

Kranear conversó vía telefónica con Hugo Cardozo, sobreviviente de la masacre, y pilar de la nueva investigación penal, para conocer de primera mano los sucesos que terminaron con la vida de 65 presos (se sigue sospechando que pudieron ser más), y también su historia de vida, antes y después de la represión del Servicio Penitenciario Federal, aparte de una mirada sobre el estado actual de las cárceles y la tarea que debería realizar el Estado para facilitarle la reinserción a las personas privadas de su libertad.

¿Por qué estabas preso en Devoto en aquellos primeros años de la dictadura?

A los 12 años me quedo solo viviendo en Villa Jardín (Lanús oeste), ya que no me banqué más a un padrastro borracho y golpeador. Me convertí en un pibe de la calle y para sobrevivir lustré botas. La ayudaba a mi vieja, pero el dinero no alcanzaba. Robé a un par de repartidores, luego un micro para un amigo que había fundido el motor. Resultado: terminé preso en el Agote (Centro de Régimen Cerrado Dr. Luis Agote). Luego caí un par de veces más, hasta que en enero de 1977, caí en Villa Caraza por robo automotor, y me mandaron a la cárcel de Olmos (Servicio Penitenciario Bonaerense). Nunca supe por qué, pero a los pocos meses me trasladaron al pabellón séptimo de Devoto (Servicio Penitenciario Federal).

¿Qué pasó la mañana del 14 de marzo de 1978?

La noche anterior estábamos mirando televisión en el comedor. Teníamos autorización para ver más allá del horario habitual, sin embargo desde la pasarela interna que daba al comedor (un entrepiso) desde donde vigilaban pabellón, baños y comedor, un guardia llamado el “Karateca” dio la orden de apagar la tevé, para dar listado de los que al día siguiente irían a los tribunales. Normalmente se bajaba el volumen y listo, pero éste insistió que lo apagáramos, y el Pato Toloza, un preso conocido en Devoto le respondió: "¡Dale pasa la lista y listo!”.

Se genero una discusión, nos perdimos parte de la película, así que levanté mi mate y fui a dormir. A la madrugada, una patota de 7 u 8 vigis vinieron a sacar al Pato. Antes de irse, en tono amenazante, dijeron: mañana van a ver.

La mañana del 14 comenzó normal, pase de lista a las seis de la mañana, pero alrededor de las 7:45 se produjo un silencio total, hasta que pronto sonó el conocido silbato: se venía una requisa.

Enseguida nos dimos cuenta que no era una requisa común, ya que había el doble personal,  70 aproximadamente, repartiendo palos, a lo gritos, como una horda salvaje. La rutina de una requisa común era correr al fondo del pabellón, con las manos en la nuca, a esperar la orden de girar mirando al piso y así ir hasta el primer uniformado libre para empezar a desvestirte y entregar cada prenda; luego juntabas la ropa y desnudo corrías por las escaleras hasta el patio, pero no, ellos vinieron a romper cabezas, así que los mas jóvenes giramos con las manos cubriéndonos la cabeza y fue allí donde creyeron que los iríamos a atacar, y entonces recibieron la orden de salir, y cerraron la reja a su paso. Jamás tuvimos esa intención, imagínate tratar de amotinarte en plena dictadura. Solo tratábamos de parar la golpiza, tal es así que por miedo y para que no volvieran a ingresar hicimos barricadas con las camas.

Desde el entrepiso comenzaron a disparar gases y tiros con la ametralladora. Hirieron a algunos, entonces para quitarles visión, empezamos a clavar colchones entre los barrotes. Subieron más efectivos y disparaban para matarnos, así que comenzamos a tirar con papas, cebollas, pilas de las radios, calentadores, lo que tuviéramos a mano, obviamente, en una lucha desigual. Pero ya ahí sabíamos nuestro destino.

Vi como le clavaron un disparo de gas al “Francés”, un compañero de rancho de Toloza. Le apuntaron de arriba y ¡blum!, el cartucho se le clavó por la clavícula. Humeaba y gritaba como loco. Ese día teníamos que recibir la comida en la proveeduría y el kerosene para los calentadores. Un de esos tambores lo tenían ellos en la pasarela. Y vi cuando una bota lo empuja, las chispas de los gases y un calentador que vuela, y al toque una delgada llama baja por los colchones, y cuando llega al piso se produjo la explosión. Lenguas de fuego vinieron de adelante hacia el fondo por el hollín del techo. Gritos, alaridos, no se podía respirar. El día se convierte en noche, buscamos aire, del calor la piel se ampolla, todo quema. El infierno estaba sobre nosotros.

Me cuelgo de una ventana que daba hacia la cancha de Vélez, pero fue peor, porque el humo y calor me envolvían desde atrás. Vi unos vigis disparando a las ventanas. Sentí como picaban las balas, no me importó, quería aire, y salté al piso, escuchaba lamentos y pedidos de ayuda por todos lados. En otra ventana, vi como a un compañero apodado “Guampa”, le daban un tiro en la frente. Fue un helicóptero, del que disparaban para adentro.

Sobreviviste al incendio gracias a algo que habías leído en una revista, porque según contaste en otra entrevista, leías mucho. 

Con un trapo sucio mojado con yerba y agua sucia me cubrí la boca y la nariz. Había leído en la revista Readek ´s Digest Selecciones que en un incendio en los EEUU se habían salvado haciendo eso y tirándose boca abajo, porque el oxigeno queda a dos centímetros del suelo. Cayeron cuerpos sobre mí, todo mi ser era un enorme dolor y de repente me vino una paz como nunca sentí, me muero, pensé, estoy muriendo, vi que me elevaba dentro de una luz blanquísima.

Me desperté tres horas después, rodeado de cadáveres. Tres cuerpos me saqué de encima. Yo solo quería agua. Las camas del pabellón aun estaban al rojo vivo. Llegué al baño, pero habían cortado el agua. Bebí agua sucia y jabonosa que flotaba en una de las piletas en la que lavábamos la ropa.

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Al rato, los penitenciarios les ordenaron a los pocos presos que todavía estaban con vida, que salieran con las manos en la nuca. Hugo estaba escondido en el baño, desesperado por un trago de agua que le apagase el fuego que le comía el cuerpo. Se infiltró en la fila, y al salir del pabellón, como al resto, lo esperaba un cordón de penitenciarios e integrantes de otras fuerzas de seguridad, con garrotes, cadenas y fierros, con los que le dieron con alma y vida. Él se cubrió la cabeza y corrió primero hacia abajo, tres pisos, y luego a lo largo de un pasillo, unos cien metros, hasta un calabozo, donde por fin cesaron los golpes, y en la que había otros tres hombres, dos a los gritos, desesperados, y el otro, el mayor de todos, desvanecido en el piso con toda la piel chamuscada.

Un rato después les tiraron un balde de agua y un jarro de aluminio, y Hugo tuvo un acto de bondad –a pesar de haber perdido casi todo rasgo humano – y ante el pedido del viejo, le pasó el jarrito con agua, y al otro, al beberlo, la panza se le rajó como un cartón: estaba al rojo vivo por dentro y con la piel chamuscada, por fuera. Pasaron un par de horas, con el cadáver del hombre en el piso, hasta que la puerta se volvió a abrir, pero ahora del otro lado había personal vestido de blanco. Lo cargaron en un carro y lo trasladaron al Hospital Salaberry, en Mataderos. Estuvo internado nueve días en coma, y recién el día diez pudo ver a su madre. Un mes después, lo llevaron al hospital de la cárcel de Devoto.

Después del mundial, lo volvieron a trasladar a la cárcel de Olmos, y la recepción, de parte de los penitenciarios, que habían sido avisados de que Hugo era uno de los amotinados, le dieron la bienvenida en un corredor muy estrecho, con palos, golpes de puño y patadas, y tuvo la mala suerte que uno de los golpes le inflamó muy feo uno de sus testículos, y luego, al no recibir la atención médica adecuada, lo terminaría perdiendo.

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¿Tenían relación con las presas políticas? ¿Qué mirada tenían vos, ustedes, en el pabellón, de la lucha política de aquellas militantes?

Teníamos una relación excelente con las detenidas políticas. Yo milite en la antigua Juventud Peronista. Pero caí por robo y no pude seguir. Hoy muchas de aquellas presas políticas son testigos en la causa.

En 1985 entraste a trabajar en el Ministerio de Acción Social de la Provincia de Buenos Aires, y luego, en la Secretaría de Niñez, como chofer, para trasladar menores en conflicto con la ley. ¿Qué balance haces de aquella experiencia? 

Me jubile en Minoridad, sí. Cuando se cumplieron treinta años de la masacre, un diario de La Plata me hizo una nota, y en el trabajo se conoció mi pasado. Fue complicado, en parte, porque al principio algunos dejaron de hablarme, los jueces me cargaban, pero con los pibes a partir de ahí fue muy positivo. Me preguntaban: "chofer, usted estuvo en cana", y yo les respondía con otra pregunta, "¿sos policía vos?", y luego de un rato les contaba la historia y surgían charlas. Más adelante fuimos organizando encuentros en los institutos para menores con charlas sobre los pibes de la calle y el delito, y otras cuestiones de la vida.

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Hugo vive en La Plata, y está jubilado. Tiene dos hijos y una compañera (su segunda esposa). Si uno busca información sobre su experiencia de vida, notará que le ha dado notas y entrevistas a distintos medios, pero hasta el 2008, no había podido poner en palabras el horror que lo ultrajó en 1978. Tuvieron que pasar treinta años para que contase su historia, en el Diario Hoy, un medio gráfico platense.

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¿Participás de algún tipo de militancia?

Hoy en día y desde hace muchos años milito en distintos colectivos contra la violencia institucional.

¿Conociste a Horacio Santantonín, Pablo Menta y a José Luis Canosa, amigos del Indio Solari, quien los inmortalizó en las canciones "Pabellón Séptimo” y "Toxi-Taxi"? ¿Qué te parece que aportó aquella canción?

Conocí a los tres, sí, y es más, el hijo de Luis María es mi abogado en el reclamo civil. La canción en realidad es la declaración de Horacio que el Indio hizo canción, y fue fundamental para nuestra causa. Horacio se fue en camilla tres días después. Sus compañeros Pablo Menta y Luis María Canosa, murieron.

¿Cómo ves hoy el estado de las cárceles, las condiciones de detención, el endurecimiento de las penas que se realizaron en las reformas del código penal en 2004 y 2017?

Las cárceles son picadoras de carne humana y no sirven para reinsertar a casi nadie. Solo una minoría accede al estudio y al trabajo, pilares fundamentales de reinserción. El estado de los penales en su mayoría invivibles, superpobladas, carentes de atención a la salud.

Las reformas y endurecimiento de las penas hacen que dejes de sentirte una persona, ese clamor de que “los maten a todos” termina siendo un engranaje mas en el sistema punitivo, la gente cree que jamás le tocará estar dentro de ese submundo, y de pronto una bandita de chicos bien, matan borrachos a un pibe de su edad y sus familias, las que pedían más mano dura y balas, tienen a sus hijos condenados a perpetua, perpetua que ellos alguna vez pidieron a gritos para unos pibes que robaron un celular. Ahí es cuando se dan cuenta que la línea es muy delgada.

¿Unas palabras sobre Claudia Cesaroni?

Claudia es fundamental en lo que hizo y sigue haciendo, no solo judicialmente, porque a mi entender vuelca toda su capacidad en defender las condiciones de vida de los presos comunes, sino que además lucha contra un sistema corrupto y violento.

¿Qué le dirías hoy a un pibe de doce que abandona su casa y tendrá que enfrentar la calle?

Es muy difícil hablarle a un pibe de 12 años que solo conoce el hambre. La exclusión social, las borracheras de su padre u padrastro. Los veo cartoneando muy temprano, o pidiendo monedas en las calles, mientras la mayoría de la gente los va estigmatizando. Aun así, les digo estudien, que cuiden su familia, que quieran su hogar, porque la calle te lleva a la droga, a robar, y de ahí a algún instituto y después a la cárcel. Pero como los veo yo, también los ve el Estado, que no hace nada para mejorar la calidad de vida y de sus familias, solo discuten bajar la edad de imputabilidad, para descartarlos más rápido, con el encierro.

¿Qué expectativa tenes para las elecciones presidenciales de este año?

Espero que no vuelva la derecha nunca más. Voy a seguir votando populismo, y si está Cristina, mejor.

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El 13 de septiembre de 2013, el Indio Solari le recomendó a las decenas de miles de almas que copaban el enorme predio en el que se realizaba su recital, que leyeran “Masacre en el Pabellón Séptimo”, el libro en el que Cesaroni reunió todos los testimonios y los resultados de la investigación, que derivaron en la causa que hoy tiene procesados y en espera para el comienzo del juicio oral, al ex director del penal, prefecto Juan Ruíz; el del ex jefe de Seguridad Interna, alcaide Horacio Galíndez; y el ex celador, Gregorio Zerda. El ex jefe de Requisas, Claudio Sovage, murió en 2022.

Acá se puede ver el video de la canción Pabellón Séptimo [Relato de Horacio], que El Indio compuso para su disco solita El Tesoro de los Inocentes. La animación es de Serafín.

https://www.youtube.com/watch?v=Jw-C0-T5z1Q&t=70s

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En este blog, Cesaroni fue colgando toda la información relativa a la investigación sobre la masacre: https://masacreenelpabellonseptimo.wordpress.com