Por Víctor Sudamérica
Hay una escena que Leonardo Padura relató en el programa de Ernesto Tenembaum que condensa, con brutalidad cotidiana, lo que está viviendo Cuba hoy. Su madre de 98 años necesitaba atención médica urgente. El problema no era el diagnóstico ni el médico: era conseguir gasolina para llegar al hospital. En una isla que importa del extranjero el petróleo que no produce y que lleva tres meses sin recibir un barril de combustible, hasta una emergencia familiar se convierte en un laberinto kafkiano. El escritor que pública en 32 idiomas tuvo que resolver lo que cualquier cubano resuelve cada día: cómo sobrevivir a la escasez que no se diseñó para matar de un golpe sino para agotar lentamente.
Eso que Padura llama 'policrisis', o sea la acumulación de colapsos energético, alimentario, sanitario y migratorio, no es el resultado de una mala gestión aislada ni el producto natural del socialismo, como repiten los voceros del Departamento de Estado, sino el resultado calculado de una estrategia centenaria que el pensamiento nacional latinoamericano supo identificar mucho antes de que tuviera nombre técnico en los manuales de política exterior. A repensar entonces…
La doctrina que nunca se fue
Jorge Abelardo Ramos lo dijo con claridad: América Latina no es un conjunto de naciones que fallaron en su desarrollo, sino naciones que fueron sistemáticamente impedidas de desarrollarse. El subdesarrollo no es un punto de partida; es un resultado. El éxito del subdesarrollo se explica en la fragmentación económica y política del continente.
La crisis cubana de 2026 comenzó el 3 de enero, cuando fuerzas de ocupación capturaron al presidente venezolano Nicolás Maduro y bloquearon el suministro de petróleo hacia Cuba, declarando el objetivo de producir un cambio político en la isla antes de fin de año. No es una metáfora: es la Doctrina Monroe ejecutada con medios del siglo XXI. Trump no inventó nada. Actualizó el manual. Y esto lo vimos en Kranear.
Scalabrini Ortiz entendió antes que nadie cómo funciona la asfixia financiera y energética como arma de dominación. En su análisis del ferrocarril y el capital inglés en Argentina, mostró que el control de la infraestructura estratégica era el verdadero nervio del poder colonial. Cuba hoy es eso: un país al que se le corta el tendón energético para que caiga solo, sin necesidad de una invasión con botas en el suelo. Trump cortó los envíos de petróleo venezolano tras la captura de Maduro y amenazó con imponer aranceles a otros países que vendieran crudo a la isla, incluyendo a México, que tuvo que interrumpir sus envíos ante la presión arancelaria. El cerco no es nuevo. La novedad es su brutalidad sin disimulo. Esto se llama imperialismo, al cual históricamente fue imposible darle una respuesta si América Latina funciona como un puñado de naciones solitarias.
Mexico es una de las naciones que está enviando ayuda humanitaria a la isla.
La policrisis en números concretos
Lo que Padura describe desde su experiencia personal tiene correlato en datos que estremecen. Un cartón de treinta huevos cuesta 3.000 pesos cubanos —el equivalente a una jubilación completa. Los precios están prácticamente dolarizados mientras los salarios siguen en pesos. Más del 60% del país sufrió cortes de energía durante la semana pasada, con una demanda de 3.000 megawatts frente a una disponibilidad de apenas 1.198, generando un déficit de 1.802 megawatts.
Cuba importa el 80% de los alimentos que consume, y tiene contenedores con frutas, verduras y otros productos paralizados en el puerto de El Mariel por falta de diésel para su distribución. El bloqueo no es una sanción. Es hambre concreta, operaciones quirúrgicas postergadas, medicamentos que no llegan. La situación es de gravedad en la Isla.
El propio Díaz-Canel reconoció que 'hay decenas de miles de personas esperando por una operación quirúrgica que no se puede desarrollar por la falta de energía eléctrica'.
El éxodo habla por sí solo. Entre 2021 y 2024, según los datos que el propio Padura mencionó, 1.200.000 personas (casi el 10% de la población) abandonaron la isla. El escritor define ese fenómeno como 'cansancio histórico': una generación que ya no quiere ser protagonista de la historia sino simplemente tener una vida donde la energía cotidiana no se consuma entera en sobrevivir. Moraleja: es difícil sostener la actualización doctrinaria cuando la panza cruje.
La solidaridad que Washington no puede bloquear
Frente al cerco, la región respondió con la lógica que Alcira Argumedo llamó 'la corriente nacional y popular latinoamericana': la acción colectiva desde abajo y desde los Estados que aún mantienen autonomía relativa. La Comunidad del Caribe (CARICOM), integrada por 15 naciones, anunció el envío de ayuda humanitaria a Cuba (leche en polvo, fórmula para bebés, arroz, frijoles, harina, suministros médicos y paneles solares) coordinado desde Georgetown con apoyo de México.
El convoy 'Nuestra América', con más de 30 toneladas de ayuda humanitaria, llegó a La Habana procedente de México con activistas de 11 países a bordo. Entre los participantes, figuras como Jeremy Corbyn, Pablo Iglesias y la senadora colombiana Clara López. El barco fue rebautizado simbólicamente como 'Granma 2.0'. El gesto político y simbólico importa tanto como la carga material. Alguien tiene que sostener la diatriba revolucionaria
La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum reafirmó que su gobierno seguirá enviando ayuda humanitaria e instó a las Naciones Unidas a hacer lo mismo, reivindicando el derecho del pueblo cubano a su autodeterminación.
El escritor cubano, crítico de la Revolución, decidió poner el cuerpo en este momento tan difícil para el pueblo cubano.
Lo que Padura ve y lo que la historia explica
El escritor eligió quedarse. Dice que quiere usar su literatura como crónica de lo que ocurre. Esa decisión tiene un valor político que va más allá de lo personal: en contextos de crisis extrema, la narración honesta es en sí misma un acto de resistencia. Padura no hace apología del gobierno cubano, sino que critica abiertamente la asimetría que permite a los cubanos del exterior invertir en la isla mientras a los de adentro solo se les permiten pequeñas y medianas empresas, como si se asumiera que son demasiado pobres para más. Pero también señala algo que los analistas de escritorio ignoran: que la realidad cubana 'no golpea la puerta, sino que entra'. El bloqueo no es un dato estadístico; es la gasolina que falta cuando tu madre necesita un médico.
Argumedo nos enseñó que el pensamiento nacional popular no es un romantismo tercermundista sino una epistemología: una forma de leer la realidad desde los intereses de los pueblos que sufren la dominación, no desde los de quienes la ejercen. Desde esa perspectiva, Cuba no es un 'Estado fallido' palabra propia del relato de dominación Trump y Rubio. Al infantilizar al Estado Cubano preparan el terreno para la dominación directa. Cuba es entonces un Estado sometido a lo que el New York Times describió como 'el primer bloqueo efectivo de Estados Unidos contra Cuba desde la Crisis de los Misiles'.
La diferencia no es semántica. Es política. Un Estado que falla lo hace por sus propias contradicciones internas. Un Estado bloqueado enfrenta una guerra económica declarada. Confundir ambas cosas no es un error analítico: es tomar partido, o al menos decir las cosas con claridad.
Cuba tiene problemas estructurales propios y profundos —Padura no los oculta- . Pero la pregunta que el pensamiento nacional latinoamericano nos obliga a hacernos es otra: ¿quién se beneficia de que esos problemas no puedan resolverse? ¿Quién tiene interés en que el experimento cubano fracase de manera visible y dolorosa, justo cuando Trump declara que el 'cambio de régimen' es el objetivo explícito para antes de fin de año?
La respuesta no está en La Habana. Está en Washington.