El pensamiento reaccionario suele basarse en una serie de falacias simples que se transforman en realidad a través de su repetición constante, en particular desde nuestros medios serios. Es tal el poder de la repetición que muchas veces integramos esas letanías en nuestro propio discurso, comprando de esa forma ideología disfrazada de sentido común.


Los amantes del pensamiento reaccionario son críticos, por ejemplo, con las iniciativas que mejoran el presente de las mayorías porque se trataría de “pan para hoy y hambre para mañana”, y prefieren a los gobiernos serios que, al menos en ese sentido, son mucho más expeditos. El hambre para hoy parece ser un sinónimo de buena administración. Por supuesto no se trata de hambrear virtuosamente a todos, solo a las mayorías. Las minorías más ricas sí requieren de ventajas inmediatas para incentivar su capacidad de invertir y, de esa forma, “derramar" hacia abajo.


Estas ideas son falsas pero lo suficientemente atractivas como para ser presentadas como verdades bíblicas que no requieren ser debatidas. Entre ellas hay algunas que, además de ser falsas, tienen la particularidad de incluir una visión mezquina de quien las profesa. Como el librecambismo criollo -doctrina que consiste en denunciar cualquier política proteccionista salvo las del resto del mundo- esas ideas descreen de cualquier virtud o grandeza local. Forman parte del pensamiento abichado, un pensamiento miedoso y bobo, carente de generosidad pero, sobre todo, de ambición.


Otro aspecto de ese pensamiento abichado se destaca en la xenofobia selectiva impulsada a través de los medios. Se trata de un trabajo de orfebre que determina cual es el buen extranjero y cual el malo. Es, además, una realidad dinámica: el venezolano puede ser el prototipo del buen extranjero hasta que afirme no ser antichavista y transformarse de inmediato en un extranjero malo.


La falacia en este caso consiste en explicarnos que esos extranjeros vienen a robar nuestro trabajo o son holgazanes que viven de planes sociales. Ambas afirmaciones pueden ser dichas en la misma frase, denunciando así al asombroso colectivo de los holgazanes ladrones de trabajo.


Pero los extranjeros no solo saquean nuestro trabajo sino también nuestras universidades. Con precisión de metrónomo suelen aparecer en los medios, informes o columnas de opinión sobre los colombianos o chilenos que asisten a nuestras universidades gratuitas sin pagar un centavo, algo sin duda indignante. Hace unos años, Jorge Lanata y Maximiliano Montenegro presentaron un supuesto informe sobre el “costo” que generaban esos extranjeros en la Universidad de Buenos Aires (UBA).


No deja de ser paradójico que los nietos de la “chusma ultramarina” que tanto denunció Leopoldo Lugones hace cien años se encarguen hoy de perseguir a la nueva chusma venida de los países vecinos. Pero lo más asombroso es el pensamiento abichado que emergía de aquel informe. No sólo porque contabilizaba el supuesto “gasto” que nos generaría cada estudiante sin incluir lo que aporta (gasto en alquiler de vivienda, consumo de alimentos, ropa, libros, turismo, pago de impuestos), sino porque parte de un razonamiento erróneo al hacer creer que a esos alumnos les “corresponde” un gasto específico, cuando en realidad, el presupuesto de la UBA no se reduciría ni un centavo, aún en el delirante caso en el que expulsáramos a todos los extranjeros de sus claustros. De la misma forma, porque estudien acá no quitan ni desplazan a estudiantes argentinos dado que no hay cupos, como algunos quieren hacer creer.


La miseria de este tipo de informes, panfletos del pensamiento abichado, radica en que ocultan que una red regional de profesionales formados en el país es una enorme ventaja para la Argentina, algo elemental que los países que tanto admiran Lanata o Montenegro han comprendido hace décadas.


La Fundación Ford, la Alianza Francesa o el Instituto Goethe, por ejemplo, gastan fortunas para hacer eso que tanto indigna a nuestros periodistas: formar estudiantes y profesionales extranjeros. Esa relación no solo genera “gasto” sino conocimiento, redes de contactos con futuros profesionales, empresarios o políticos, interacción con empresas locales, afinidades con el país y todas las ventajas relacionadas a la llamada “hegemonía blanda”.


Como antídoto al pensamiento abichado de estas letanías reaccionarias conviene releer lo que escribieron en 1853 unos tipos con mucha generosidad y, sobre todo, mucha ambición: “…asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.