¿Libertad condicional sin condiciones?; ¿libertad condicional sin arrepentimiento?; ¿libertad condicional sin la condición de que diga dónde están?; ¿libertad condicional sin que rompa el silencio?; ¿libertad condicional sin aportar información de lo que sabe de las personas que secuestró e hizo desaparecer? Sí, el genocida Eduardo Ruffo, condenado a prisión perpetua por crímenes cometidos en el centro clandestino Automotores Orletti y sentenciado por la apropiación de Carla Rutila Artés y los hermanos Victoria y Julien Grisonas, consiguió la libertad condicional.
La buena conducta no puede establecerse sin la evaluación debida de que el genocida de 80 años no haya mostrado condición alguna para insertarse en la vida democrática en sociedad. La condición esencial para un hombre que cometió crímenes de lesa humanidad y desea la libertad debería ser la de arrepentimiento, confesión. Porque al no decir dónde están las personas que secuestró, torturó y desapareció, esos crímenes que cometió se perpetúan en el tiempo, y eso debería haberse establecido como acción de buena conducta, y nada de eso Ruffo cumplió.
“Ambas estamos en modo rabioso. Más que nada por este sentimiento de impotencia y de injusticia que no sólo ataca al caso de mi madre, sino que ataca a casos de un montón de compañeros y compañeras de Automotores Orletti”, expresa indignada Graciela Artes consultada desde España donde ahora vive, acompañada junto a su hermana Anahí, que lleva el nombre de la nieta —a quien todavía se sigue buscando— de la fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, María Isabel Chorobik de Mariani conocida como “Chicha”. “Antes de venirme a España tuve una audiencia exponiendo que no se debía brindar la libertad a alguien que se ocupó de privar la libertad de los demás y de arrebatar vidas”, recuerda Graciela.
En España. A la izquierda, Graciela, a la derecha, Anahí.
Lo que relata, sucedió tres días después de un nuevo aniversario del golpe de Estado cívico-militar del 24 de marzo de 1976, cuando Graciela María Frías Artes recibió por correo electrónico la notificación de que el represor y apropiador Eduardo Alfredo Ruffo había solicitado la libertad condicional en 2024. “Si tanto quiere la libertad, pues que me diga dónde está mi abuela”, fue la respuesta de Graciela. Ese fue uno de los motivos por los que decidió volver a vivir en España. Emprendió por temor el mismo camino que su madre Carla Artes, nieta restituida en 1985, que huyó a España en 1987, cuando su abuela, después de recuperarla, intentó resguardarla de los genocidas sueltos, luego de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que les daba impunidad.
“Agradezco haberme venido a España, si hubiera estado en Argentina todavía hubiera expuesto tanto a mis hijas como a mi esposo a un peligro”, dice Graciela. El 27 de marzo de 2024, en el marco de la ley 27.372 —de derechos y garantías de las víctimas— por la que les corresponde el derecho a ser informados y expresar su opinión antes de cada decisión de los jueces que implique disponer modificaciones en la modalidad del cumplimiento de la pena, fue cuando Graciela recibió el correo de la Secretaria de Derechos Humanos por pedido del Tribunal Oral Federal 1, para consultarle sobre la libertad condicional solicitada por el apropiador y abusador de su madre y quien se encargó de la desaparición de su abuela, Alfredo Ruffo. Graciela se negó rotundamente.
“No, no quiero que salga”, la razón fue clara: “Porqué brindarle la libertad a quien nunca la brindó”, dijo sin titubear. “Es alguien que probablemente mató a mi abuela. Encima fue quien mantuvo cautiva a mi madre perpetrándole abusos no solamente psicológicos sino también físicos. Y tiempo después cuando mi madre —Carla Artes— era mayor lo seguía padeciendo”, expresa Graciela. Y precisa que: “Mi voz como hija de una víctima directa de éste monstruo, no fue escuchada”. Dice con pena: “Mató a mi abuela, de eso estoy segura. Mató a mi madre, de cierto modo. Y ahora la justicia argentina me está matando a mí a nivel emocional”.
Abuelas de Plaza de Mayo con notable precisión tituló la mala noticia: “El torturador ladrón de bebés Eduardo Ruffo gozará de libertad condicional sin haber mostrado arrepentimiento por los crímenes cometidos”. Lamentaron que “el genocida Eduardo Ruffo, condenado a prisión perpetua por crímenes cometidos en el centro clandestino Automotores Orletti y sentenciado por la apropiación de Carla Rutila Artés y los hermanos Victoria y Julien Grisonas, haya conseguido la libertad condicional”. Precisaron que la libertad condicional que consiguió fue “sin el más mínimo arrepentimiento de sus actos y sin aportar información acerca del destino de las personas que secuestró, ocultó, torturó e hizo desaparecer”.
“Tampoco —señalaron Abuelas de Plaza de Mayo en el comunicado— mostró remordimiento sobre la apropiación de Carla, o aportó información sobre el paradero de los nietos y nietas apropiados en el circuito represivo bajo su órbita como: Mariana Zaffaroni Islas, Macarena Gelman y Simón Gatti Mendez, todos restituidos gracias a nuestra lucha y al acompañamiento de la sociedad”. En referencia a la madre de Graciela, Abuelas sostuvo en el comunicado: “Nuestra nieta Carla falleció en 2017 sin poder criar a sus tres hijos ni ver crecer a sus nietos, producto de un cáncer fulminante que le arrebató la vida tempranamente. Carla restituyó su identidad en 1985 y se fue a vivir con su Abuela Matilde “Sacha” Artes en el exilio”.
El juez José Michilini.
“No volvió a la Argentina durante muchos años, porque la aterraba la idea de cruzarse a Ruffo en la calle. En 2010, regresó por primera vez al país para declarar contra su apropiador, en la causa Automotores Orletti, donde permaneció secuestrada junto a su madre desaparecida”, expresaron desde Abuelas en el comunicado. Sobre el genocida describieron: “Ruffo fue condenado por primera vez por la apropiación de Carla sólo a diez años de prisión, por eso recuperó pronto su libertad. Pero con la reapertura de los procesos por crímenes de lesa humanidad, volvió a ser detenido. En 2011, lo condenaron a 25 años de prisión por secuestros y tormentos en Orletti”.
Fue entonces, dice la información brindada por Abuelas de Plaza de Mayo, que “Carla decidió volver a vivir a la Argentina con su familia”. Y Ruffo, “en el año 2014, recibió la pena de catorce años por su rol en el plan sistemático de apropiación de niños. En 2020, el Tribunal Oral Federal 1 lo condenó a prisión perpetua en el juicio conocido como Orletti V”. Recordaron que “desde 2021, Ruffo venía pidiendo la libertad condicional, pero no había prosperado porque en las entrevistas para determinar si le correspondía el beneficio, seguía justificando sus actos”.
El comunicado de Abuelas de Plaza de Mayo recuerda que Carla denunció que fue sometida a malos tratos y abusos mientras estuvo con Ruffo. Así y todo, “en las entrevistas Ruffo se jactó de que le ‘salvó la vida’ y hasta se quejó de que la víctima declarara en su contra luego de haberla tenido ‘10 años a su cargo’, al referirse a los años de apropiación”. Precisaron que las voces de “Fiscalía y querellas”, que “una vez más habían pedido que no se le concediera este beneficio, por la dignidad de las víctimas y por la memoria de Carla”, fueron desoídas “al haberse cumplido con los dos tercios de su condena, y ya con 5 años gozando del beneficio de prisión domiciliaria, el Tribunal Oral Federal (TOF) 1, a cargo del Juez José Michilini, otorgó la libertad condicional”.
Michilini consideró “que por haber cumplido con buena conducta los años de prisión domiciliaria, estaría listo para la ‘reinserción social’. Resulta difícil creer que una persona que no mostró real arrepentimiento sobre los crímenes de lesa humanidad que cometió, ni aportó información para esclarecer otros en los que la justicia probó haber sido partícipe, se encuentre listo para la reinserción social. Nos quedamos con que fue juzgado y condenado”, destacaron desde Abuelas de Plaza de Mayo y concluyeron señalando: “Como lo hicimos con Ruffo, seguiremos buscando justicia, por cada uno de los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado y reclamando cárcel común, perpetua y efectiva para los criminales de lesa humanidad”.
Carla Artes, que falleció el 22 de febrero de 2017 de cáncer, cuando tenía tan solo 41 años, volvió a la Argentina en 2011 con sus tres hijos. Su hija mayor, Graciela, lleva el nombre de su abuela, desaparecida el 29 de agosto de 1976; su otra hija —la del medio—, se llama Anahí, como la nieta de la fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, Chicha Mariani. El más pequeño de sus hijos, Enrique —de 22 años— lleva el nombre de su abuelo, asesinado el 17 de septiembre de 1976. Todos volvieron a España. La última en volver fue Graciela, motivada por las políticas reivindicadoras de genocidas de Milei y a sabiendas que Ruffo solicitaba la libertad y era posible que la obtenga, el país se tornaba invivible para ella y su familia.
Graciela tiene bien en claro que la identidad y la memoria son cosas serias en su vida. Cuando en 2023 nació su segunda hija, Graciela le dijo a su esposo que, de ser niña le pondría el nombre de guerra que utilizaba su abuela Graciela, que era Ella, y si era niño, quería ponerle Guillermo, nombre de guerra de su abuelo Enrique. Finalmente, se trató de una niña, que se llama Ella Estrella. Su madre Carla fue víctima del Plan Cóndor. Sus abuelos —Graciela y Enrique—se conocieron militando en la Junta de Coordinación Revolucionaria. Enrique representando al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros y Graciela, haciendo lo mismo con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) boliviano.
Carla nació en Lima, Perú, el 28 de junio del 1975. Sus padres se trasladaron a Bolivia el 11 de octubre, donde se sumaron al ELN. Su madre tuvo su militancia como dirigente estudiantil y participó en actos contra la explotación campesina y minera. El 2 de abril de 1976 asistió a una huelga minera y ese mismo día fueron secuestradas en su domicilio. A su mamá la llevaron al Departamento de Orden Político y Carla fue ingresada en un orfanato. Su padre estaba en Cochabamba. Carla y su mamá fueron trasladadas a la Argentina el 29 de agosto de 1976.
Carla y sus padres.
La dictadura de Hugo Banzer las entregó a la de Videla a través de la frontera Villazón-La Quiaca. Fueron llevadas al centro clandestino de detención Automotores Orletti. Su padre no llegó a saber que fueron trasladadas a la Argentina porque fue asesinado el 17 de septiembre de 1976 junto con otros compañeros en una casa de seguridad en Cochabamba.
Carla fue apropiada por Eduardo Alfredo Ruffo, integrante de la Triple A, y su esposa Amanda Cordero. El matrimonio estuvo prófugo de la justicia hasta 1985. Carla pudo ser recuperada por su abuela Matilde Sacha Artes Company. Se realizaron análisis inmuno-genéticos en el Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG) y en septiembre de 1985 se confirmó que era la hija de Graciela Antonia Rutila Artes y del uruguayo Enrique Joaquín Luca López.
Carla describió el momento que se enteró que la estaban buscando en el libro inconcluso que escribía: “La única foto de pequeña que tenía con mis apropiadores era de la misma niña, solo que, con diferente ropa y diferente locación, estaba sentada en una sillita de comer. Por lo tanto, era imposible que no me reconociera, la misma carita, los cabellos rubiecitos, y sobre todo y fundamentalmente los mismos ojitos”, relató. Carla solamente atinó a preguntar: “¿Qué hacía esa señora con mi foto?”. La respuesta fue una paliza de sus apropiadores acompañada de una inyección de miedo en palabras: “¡Es una vieja bruja que te está buscando para sacarte la sangre!”. Pero cuando recuperó su identidad y abrazó a su abuela Sacha, la bruja fue mágica.
De ese libro que Carla escribía hablamos mucho. La alentaba a escribir su historia. La conocí cuando todavía vivía en España, a la distancia y a través de una red social. Luego la crisis de ese país la trajo a nuestro suelo en 2011, gracias a las gestiones de Abuelas de Plaza de Mayo. Nos encontramos en el hotel Bauen, nos conocimos y compartíamos lo que desde 2003 estaba cambiando en el país, las políticas de memoria, verdad y justicia eran políticas de Estado. Siempre nos comunicábamos. “Querido Fer, estás ahí”, me preguntó en una charla por chat. “Tengo que contarte algo difícil”, expresó. “Anteayer recibí mis resultados médicos, y estoy con cáncer”.
Era el 3 de marzo de 2016. Carla me explicó que el cáncer estaba alojado en el cuello del útero. Le expresé en qué podía serle útil y respondió con un “ya lo estás haciendo”. Su bondad era proporcional a su valentía. “No quiero que se sepa”, me dijo. No volvió hablarme del tema. Sobre Ruffo era categórica cuando la entrevistaba: “Mis recuerdos son sólo palizas y mucho maltrato psicológico, por no hablar de los abusos sexuales. Me imagino que criar a la hija de la persona que has asesinado y verla crecer pareciéndose cada vez más a tu víctima debe ser jodido”.
Carla tuvo siempre claridad y justeza al narrar con sobriedad la inmoralidad que fue el abuso por parte de su apropiador Ruffo en su niñez. Fue en sus primeras relaciones sexuales donde se dio cuenta de lo que había sufrido. Su cuerpo habló. “La explicación de no querer la luz apagada cuando me iba a acostar, porque no me podía meter en la ducha –sentía pánico a meterme en ella—, siempre recordaba la cara de Ruffo pegada a mi cara y su respiración”, me contó. “Lo he ido asumiendo poco a poco, el hablar con otras personas a las que les ha ocurrido lo mismo, abusos en la infancia. Cuando pasa esto tiendes a querer olvidarte. Y cuando resurge nuevamente es recién cuando uno está preparado para asumirlo. No es fácil, pero creo que es importantísimo que la gente sepa qué clase de gentuza es esta, en todos los sentidos de la palabra”.
Su increíble memoria sobre la niñez fue fundamental para permitirle dar testimonio en el juicio por robo de bebes, acusando a su apropiador y abusador Eduardo Ruffo. Recordaba aquel horror en forma gráfica y detallada. También las torturas cuando era apenas una beba, tras la detención en Bolivia. “Fui llevada muchas veces a las sesiones de torturas de mi mamá, para quebrantar su entereza. Me desnudaban y me agarraban de los pies poniéndome boca abajo y golpeándome sin cesar. La otra era que me pasaban de agua hirviendo a agua helada. Me privaban de comida durante muchas horas”, describió Carla.
Graciela cuenta para esta nota que su bisabuela Sacha, que tiene 93 —casi 94— años no se enteró de la libertad concedida a Ruffo. Prefiere no darle esa mala noticia a su edad, donde la memoria comienza a resentirse. Reafirma su “disgusto con la justicia porque mi madre tuvo que llenarse de coraje y fortaleza para poder enfrentar a quien le arrebató su madre, su inocencia y muchas cosas más. Cosas que yo sé porque hablaba con ella de forma personal. Estoy dolida. Dije en su momento que si Ruffo decía dónde está el paradero de mi abuela, era condición para su libertad”.
“El dolor y rabia vienen porque soy quien activamente busca a Graciela Rutilo Artes. Mi rabia viene a raíz de que un monstruo le arrebató a mi madre cosas que nadie podría volver a restituir, salvo la identidad que fue restituida”, expresa Graciela sobre su madre Carla, que desde 1975 hasta 1985 robaron su identidad. “A mi madre le arrebataron todo: inocencia, sexualidad y muchas cosas más. Quiero que exista justicia, pero dudo que la justicia exista en Argentina. Más que nada porque no sentí que mi voz —como hija de una víctima directa de éste monstruo de mierda— fuera escuchada. Siento que mi voz fue simplemente un susurro que se llevó el viento”, concluyó.