Por Norma Kisel, psicoanalista. Imagen: Marco Autuori.

En las ultimas semanas llegaron a la consulta profesional adolescentes con similares pedidos

de ayuda y sufrimientos. Hijas que tienen a cargo padres mayores y la consecuente preocupación por su salud, sobrecarga en las tareas de cuidado, hijos e hijas que de pronto se han convertido en madres sin estar preparadas. Describen un estado emocional que va desde la ira hasta la depresión mas profunda, en muchos casos con asistencia psiquiátrica e indicación de medicamentos

La preocupación por el futuro, dificultad para conciliar el sueño, relaciones sociales que se han interrumpido, temor a salir a la calle por temor a contagiarse del virus que ataca sin contemplaciones. La soledad, el aislamiento, el miedo, la perdida de incentivos, la decepción, el duelo, la falta de comprensión de sus pares, el sentirse fuera de todo.

Estas son algunas de las manifestaciones que se repiten una y otra vez ante la interrupción de la vida cotidiana tal como la conocíamos.

La pandemia produjo una suspensión de todos los parámetros previsibles y conocidos, alteró el ordenamiento de todo lo establecido. Adquirió protagonismo la incertidumbre, que si bien es condición de lo humano en situaciones de ”normalidad”, corrido el velo hace más de un año, hay conciencia de que lo que sostiene la existencia pierde solidez, y los ataques de pánico dan cuenta del miedo al derrumbe.

El aumento significativo de los estados depresivos son una clara manifestación de esta situación traumática. Sentimientos de tristeza y dolor por lo perdido y por lo que no pudo concretarse. El futuro es percibido con profundo pesimismo, y caen las ilusiones.

Hoy son moneda corriente reflexiones o afirmaciones como no entiendo nada, para qué vivir, no le encuentro sentido a levantarme cada mañana, no puedo dormir, tengo miedo, me falta el aire, qué hago si le pasa algo a mis padres, no me puedo concentrar, me siento sola, dónde voy a conocer a alguien que me quiera, mis amigas me dejaron de lado, o no me imagino otra vida que no sea esta.

Un concepto freudiano proporciona instrumentos para abordar la comprensión de estas manifestaciones tan penosas. Se trata del concepto de lo siniestro, un sentimiento de terror emerge en los sujetos frente a lo que no se conoce. El peligro que aparece desde afuera mueve los cimientos mas reprimidos. El otro, los otros, tan familiares, se vuelven al mismo tiempo extraños y potencialmente peligrosos. Lo siniestro es lo familiar, lo cotidiano, que de pronto se vuelve extraño. Imposible de soportar sobre todo cuando se trata de estructuras frágiles, y por lo tanto con escasos recursos simbólicos para procesar la angustia.

Si algo caracteriza esta época es el clima de pesadilla en el que vivimos, una pesadilla de la que es difícil despertar para que se interrumpa. La realidad se cuela al encender la radio, sintonizar las noticias en la tele, leer el diario o conectarse a las redes sociales.

Se cuentan los muertos cada día, la falta de disponibilidad de camas, el agotamiento de los trabajadores de la salud, las vacunas que escasean en todo el mundo, las nuevas cepas, las mutaciones. Un aquelarre dantesco que no puede producir otra cosa que angustia y terror.

¿Qué hacer entonces?

Tratar por todos los medios de estimular el deseo, acompañar con la escucha amorosa y atenta el sufrimiento pero al mismo tiempo proponer alternativas para conectarse con lo vital, construir algún proyecto que permita romper el circuito de la asfixia y el aislamiento.

Mientras escribo estas líneas y me pregunto cómo ayudar, suenan sin parar sirenas de ambulancias que rompen el silencio de la noche.

(Aclaración: estas reflexiones nacen del recorte de unas consultas que llegan derivadas por una obra social, o prepaga. Debe quedar claro que cada persona que acude a la consulta tiene que ser escuchada en su singularidad y su padecimiento particular).