Messi renuncia a la selección. Una carta en las redes sociales que causa impacto en Argentina y en el mundo. Que a los 39 años el genio, el Aladino del Fútbol en el decir de Víctor Hugo Morales, haya conservado la soberanía de tomar la decisión es un logro tremendo, encomiable. El fútbol no lo retiró como a tantos otros sino que él anunció su retiro de jugar vistiendo la celeste y blanca, la que tan bien le terminó calzando.

Por una cuestión generacional no escuchamos por radio acongojados la renuncia de Eva Perón a la postulación a la vicepresidencia en el grupo de Whatsapp de cuatro amigos que comentamos del palmo a palmo de la vida y el fútbol. No importa cuánto peronismo tengamos en sangre, pero las decisiones que conmueven a la comunidad nacional son así. La biología se impone en ambos casos, la salud deteriorada y los 39 años, pero los que decidieron fueron ellos, soberanos. 

Esos dos millones de personas no podían considerar otra cosa que Evita fuera vicepresidenta en 1951, hoy no podemos imaginarnos que alguien pueda llegar a llevar la Diez argentina que no sea él. Como tampoco podíamos siquiera entender que alguien hubiera podido llevarla después del Diego. ¿Había vida, había fútbol después del Diego? Y lo hubo, vaya que la hubo.

Siempre conmovió a este escriba la actitud del Diego respecto de su heredero: quería que salga campeón del Mundo veinticinco veces, que convirtiera mil goles, a él le chupaba un huevo si derribaba su estatua por hacer grande a la Argentina. Es por ahí, dijo. Lo tuvo de DT, nada probablemente le dolió más que quedáramos afuera cuando nos metieron un baile y cuatro goles los alemanes en 2010.

En el grupo de Whatsapp de amigos somos maradoneanos como todo argentino de bien. Seguimos creyendo que el Diego tuvo que superar un montón de hostilidades e incluso lo cagaban a patadas mucho más en aquel entonces, y que logró en su devenir una identificación con todo lo argentino. Diré también que la comparación no le hizo bien a ninguno de los dos, que una enseñanza debiera ser no cargar a los futuros cracks con la mochila del legado de este monstruo que se retira de representar a la selección argentina en el día de hoy. Al futuro heredero no le dejamos la vara altísima estratosférica, cósmica, tratemos de medir o disfrutar de otra manera.

El Diego siempre habló maravillas de Leo.


Los amigos, cuando comenzó a circular la noticia, comentamos en el grupo de Whatsapp donde hace poco sufrimos y disfrutamos del último Mundial del que perdimos la final pero que prácticamente ganamos después de esa semifinal inigualable en que verdugueamos a los piratas, una de las mayores alegrías que nos dio el fútbol en los últimos tiempos. 

- Bueno, se acaba una era. Lo hemos puteado, lo hemos idolatrado - comentó el falso ingeniero.

Si hay que contar la historia de atrás para adelante, nos hubiéramos encontrado con muchos impugnadores de Lionel Andrés en aquellos inicios, que el camino no fue un lecho de rosas sino que hubo unas cuantas espinas. Miles de comentarios tirados al pasar de forma hiriente: en la Selección arruga, no juega como en el Barcelona. Era tan deslumbrante lo que hacía en el club catalán y en la selección también mostraba calidad, pinceladas, jugadas, asistencia, goles, pero no se veían coronadas por triunfos impactantes o un título. En realidad, si mirás los partidos muchos años después te das cuenta de que el tipo jugaba bien pero no podíamos valorarlo por la vara alta que había dejado el Diego, en un espejo casi autodestructivo. 

Un párrafo el día de esta despedida, de esta renuncia, merece Edgardo Bauza, aquél técnico al que no le fue bien en la Selección pero hizo lo que siempre le tendremos que agradecer: convencerlo de seguir en agosto del 2016, luego de su renuncia después de perder la cuarta final con la albiceleste.

Hoy pasa un mal momento de salud que es de público conocimiento y hay que agradecer el Patón cuando lo primero que hizo ni bien asumió fue sacar un pasaje e ir a hablar con él. No sabemos qué se dijeron, pero Lionel Andrés volvió. Acaso el Patón le dijo: dejá de darles bola a esos pelotudos que hablan. Y hable en la cancha, maestro. 

Porque las condiciones, la calidad la tenía, negarlo era querer tapar el sol con las manos. Entre esos pelotudos que hablaban estábamos por supuesto los del grupo de Whatsapp de amigos. Acaso en esta oportunidad se impuso el criterio racional del contador, que es maradoneano pero no daba crédito a nuestras descalificaciones extremas, burdas, sin fundamento e inventariaba todo el tiempo los goles, las asistencias, la calidad del monstruo que no queríamos reconocer. 

El embrujo, acaso el contraste increíble entre su desempeño en sus clubes y en la selección, se terminó en 2021, cuando Lionel pudo alzar al primera Copa América. De tanto insistir, se tenía que dar. Y había que ver que el Diez no hizo un espectacular torneo, de hecho le costó en el partido final, en la que jugó un partido descomunal De Paul. En una última jugada, Rodrigo condujo un contraataque que dejó atrás a lo que quedaba de defensa brasileña y le sirvió el gol a Messi debajo del arco, con la pelota rodando y el arquero prácticamente vencido.

El Diez controló mal y perdió la oportunidad de liquidar el partido. Pero instantes después, se escuchó el silbatazo final y fue conmovedora la imagen del Toro Acuña, que fue el primero que llegó a abrazarlo. Parecía que el Toro y sus compañeros se alegraban más por Messi que por ellos mismos, celebraba ese grupo de jugadores reparar la injusticia en que se había convertido el fútbol al demorarse en consagrar al genio con la celeste y blanca. Debe ser jodido lograr eso en un grupo, que tus compañeros se alegren más que vos por tus propios logros, y que sientan que te estaban ayudando a consagrar tu revancha contra los descreídos. En ese primer capítulo, el capitán fue conducido por el equipo. 

Después, a partir de ahí fue empezar a sacarse la mochila de encima pero una Copa América no es un Mundial y todos lo sabían. Treinta y pico de partidos invicto y perder en el estreno con Arabia Saudita en 2022. No los vamos a dejar tirados, prometió el capitán. El equipo, sin embargo, seguía errático en el segundo juego hasta que apareció él y la clavó cruzado desde el borde del área y abrió la caja de pandora. A partir de ahí, el juego fluyó, el final ya lo conocemos, el principio fue ese latigazo a la ratonera del arco mexicano. Después la fiesta del fútbol, pases, asistencia imposible a Molina, goles. 

- Una mezcla de potrero y jugador de Playstation - apuntó describiendo el día de su despedida el falso ingeniero. 

El Messi de Playstation era acaso el que ponderábamos todos, el de los goles inacabables, las jugadas definidas con una eficacia espeluznante, casi burocrática por lo repetitiva, en el viejo continente y en todos los escenarios posibles: en el Camp Nou, en el Bernabeu, en una final de la Champios hasta metiéndola de cabeza. Era apretar el R2, ese botón del joystick que sirve para el sprint, y en el campo de juego real el genio recreándolo con la misma naturalidad. No lo podían agarrar con nada los rivales, no dejaba de asombrar a los catalanes hasta la adoración, abriendo una herida en el corazón madrileño que todavía supura, como no resignándose a creer que no pudieron nunca contar con el más grande, y que para colmo jugó para tu clásico marcando una era del fútbol mundial imposible de olvidar. 

Pero después, en la etapa gloriosa de la Scaloneta, que le tocó vivir cuando ya era grande, supo compensar las fuerzas físicas que le faltaban por el paso inclemente de la biología con la calidad del potrero, con la técnica demoledora, perpetua y la inteligencia para jugar.

El pase a un espacio imposible a Molina en cuartos de final con Holanda, el baile del enmascarado contra Croacia en semifinales, donde iba dando rodeos, mareando al perseguidor hasta vencerlo más con astucia que con velocidad. Ya era administrar lo que quedaban de fuerzas físicas y compensarlo con un talento que se reveló tan único e irrepetible que la rompió, la dejó chiquita en el último Mundial con 39 años en el lomo. Una cosa increíble, insólita.

En Qatar, para su cosecha, y la alegría del pueblo argentino, pudo levantar la Copa del Mundo.


El desborde tremendo a los ingleses para el centro lanzado con derecha, la pierna supuestamente menos hábil, y que cayó justa por detrás de dos lungos que medían como dos metros, a la cabeza de Lautaro.  Jugadas que se hacen estampa, que se convierten en remeras, en relatos que los padres contarán a sus hijos, a los nietos y así como fue el legado del Diego. 

Embajador de Argentina en el mundo, que cayó rendido a sus pies. El mejor, sin perder nunca la humildad, casi sin perder la corrección salvo que lo buscaran, como el bobo holandés que se tuvo que ir “pa’ allá”. Un caballero con los rivales, en las victorias y en las derrotas. 

Todos le rendimos un homenaje en el grupo de Whatsapp. 

- Se va el mejor - saluda el contador. Y advierte, ante el escepticismo, por lo que vendrá: - cuando se fue el Diego, también creíamos que no veríamos a nadie así. 

Las comparaciones hacen mal, sobre todo con dos incomparables. Pero el final en este caso fue feliz. No lo retiró el fútbol viéndolo derrotado, vencido, que ya no se parecía a él en los últimos contactos con la pelota, envuelto en murmullos sino en su mejor nivel y con el mejor reconocimiento. Nos dio más cuando acaso menos esperábamos de él, provocando también la aparición en este grupo de amigos de ese sentimiento de perpetua empatía con el que parecía acaso más débil o golpeado. Le exigíamos todo al Messi de veinte años, al de veinticuatro, esperábamos menos del Messi de treinta y cinco y treinta y nueve, y fue el que más nos dio. 

El profesor patagónico es más extenso en su mensaje de despedida. 

- Se despide el gran ídolo del nuevo fútbol, el de los miles de millones, el de la globalización total, el estandarte de todas las generaciones de su época que vieron al último campeón mundial en video digital, el único de su generación que pudo con la carga terrible de portar la bandera después del más grande de todos los tiempos, y llevarla nuevamente a lo más alto. El gigante pequeño de cuerpo que habló siempre en la cancha.

Todas declaraciones afectuosas, emocionantes, casi solemnes como si habláramos de San Martín, que se va el gran capitán.

Para descontracturar un poco, no tardamos en proponer un partido homenaje contra un seleccionado de país incógnito para que Lionel Andrés pudiera hacer cinco, seis goles e incluso asistir a sus hijos para que la empujaran debajo del arco. Hágale, Chiqui, si el genio quiere.

Sólo queda agradecer, como Lionel Andrés en su carta, que agradece a Dios por haberlo hecho argentino. Citando a Las pastillas del Abuelo, podemos terminar esta nota así: muchas gracias, señor Dios, muchas gracias señor Diez. Por ser argentino, por no haber deshecho las valijas después de años en el viejo continente como explica en un cuento Casciari, por haberle regalado una y otra vez alegrías al pueblo aún en tiempos de crueldad, en que tu magia con los pies y la pelota nos distrajeron un poco (o mucho) de tanta realidad. Gracias por la fantasía, Lionel Andrés, una vez más. Gracias por el fútbol.