Miami, ciudad capitalista por antonomasia. Lindas playas pero lo que prima son los shoppings. Jamás un tipo que va a Miami te dice de la playa o de algún otro accidente geográfico del lugar. Nunca te dicen si el agua estaba tibia, si la rompiente estaba buena para barrenar o si se tiraron de panza al sol mirando el horizonte celeste y el mar turquesa.

- ¿Vas a Miameeee? Traeme tal cosa, tal otra. Remeras, zapatillas, celulares, computadoras, la mar en coche.

Un shopping gigante, en el estado de Florida, le ganó Bush una elección peleada a Al Gore, que permaneció en suspenso por tiempo prolongado, casi como la clasificación argentina. Ciudad de compra, venta, capitalismo y gusanos anticastristas. Se habla castellano con naturalidad y desparpajo. Ahí está Messi hace un par de años, cuando decidió retirarse a una especie de descanso luego de su vida profesional de máxima exigencia durante tantos años. Fue a rascarse los huevos, decimos en el grupo de Whatsapp con los amigos, a relajarse después de una vida en la máxima competencia de los clubes de élite de Europa. El Pechejé (París Saint Germain) fue la última estación antes de desembarcar en el Inter de Miami de David Beckham.

Todo se compra y se vende en Miami, hasta los clubes de fútbol. Dejennos acá a las asociaciones civiles sin fines de lucro, hermanos. Que tienen miles de kilombos económicos, políticos, futbolísticos, pueden funcionar medio hasta como sociedades anónimas disfrazadas, rehenes de representantes y delincuentes. Pero el dirigente por lo menos tiene que ganar las elecciones, qué se yo. Tiene un mínimo de legitimidad, lo votaron los socios, no es que puso una torta de verdes y compró o fundó un club de fútbol.

La camiseta rosa del Inter de Miami, y el astro del fútbol se fue para allá y armó un equipo de amigos prácticamente. ¿Te querés retirar, Lucho?, le habrá dicho a Luis Suárez. Venite a Miami, hermano. Acá no es como allá, ni como en Sudamérica. Te errás un gol debajo del arco, podés perder un supuesto clásico sin animosidad ni bronca entre los equipos rivales y al día siguiente estar caminando por el shopping sin que nadie te registre ni te rompa las pelotas. Casi un club de amigos el Inter de Miami, le sobra igual para predominar bastante en la liga local. Y por supuesto su desempeño llama la atención, sus partidos se analizan en los diarios deportivos argentos y por supuesto merece los comentarios mayormente peyorativos del grupo de Whatsapp de amigos.

El 10 del Inter de Miami.

Por ejemplo, en abril pasado el profesor patagónico comentó que había puesto un ratito (no se puede tolerar mucho más) del partido entre Inter de Miami y Redbull.

Supimos enseguida que se trataba de fútbol solamente por Lionel Andrés Messi, la designación del último equipo nos hubiera remitido fácil y equivocadamente al básquet o al fútbol americano.

- No se puede creer lo mal que juega el Inter de Miami - se expresó de forma lapidaria el profesor patagónico. Debió de haber mirado en el horizonte la montaña, el lago Puelo pero tanto paisaje bello lo aburrió hasta tal punto que lo llevó a sintonizar el fútbol de poca monta del norte.

- Le regalaron ese título falopa a Maschemalo (Javier Mascherano, DT de primeras experiencias fallidas al Norte, al Sur, al Este y al Oeste, pero justo es reconocer que fue un gran jugador de fútbol).

- Está de vacaciones Messi, andá a saber cómo llega para el Mundial - hicimos juego a los comentarios junto al falso ingeniero.

- En realidad - se puso analítico el contador entrando en escena - en los partidos del Mundial Messi debería entrar en los últimos veinte minutos. Frío pensamiento analítico que dos meses después sería completamente desmentido en la cancha. El contador había aplicado la racionalidad común para evaluar a un ser humano que no es normal.

Seis goles en dos partidos completos y un rato hizo en esta maravillosa fase de grupos del Mundial. Se tuvo que meter en un refugio subterráneo el contador por unas jornadas, casi tanto como la Bruja Verón cuando siendo el gran mentor de las sociedades anónimas deportivas cuando lo dejó de garpe Foster Gillett, que no atendía ni siquiera el teléfono celular, promesas de dólares disueltos como pompas de jabón. Después, iba a tener oportunidad de emerger el presidente de Estudiantes de la Plata y también el contador, porque tantas pavadas siguen pasando en el mundo y sobre todo en el grupo de Whatsapp que uno termina por olvidarse.

Hace un calor de la gran puta en Miami pero acá en el sur nos estamos cagando de frío, que es lo importante. Y tenemos que convivir con un jefe de gobierno que le reprocha a la iglesia que le dé de comer o abrigue a la gente que lo necesita, madre de Dios. Se ve que hay gusanos en Miami pero también sobreviven en las temperaturas gélidas del sur. Si todos la pasamos mal, no quiero imaginar el profesor patagónico en esas latitudes que están mucho más cerca de la Antártida que del Ecuador. Me lo imagino deambulando con el humo del aliento en la boca, vestido como un esquimal, caminando en la escarcha para ir a enseñar Música en colegios que tal vez se calefaccionan a leña, vaya uno a saber.

En cambio, allá en Miami viven en Narnia, casi como el equipo argentino durante la fase de grupos. Ocho goles a favor, apenas uno en contra para la estadística.

Pero lo que empezó en realidad de forma brusca el viernes 3 de julio fue la posibilidad de que todo termine. De que abras la puerta del placard para ir a Narnia pero ya no se corra el cerrojo, y tengas que volver al aburrimiento y cotidianeidad de los días normales, a los codazos en el bondi, cargando la SUBE todos los días porque el valor del viaje se fue a la estratósfera, y tantas cosas más.

Messi acaba de convertir el primer gol del partido y el séptimo de su cosecha personal en este mundial.

Como supo decir el Patón Bauza, al enfrentar instancias definitorias: si te levantás mal ese día, te volvés. Pero acá entonces vamos a dejarlo emerger al contador de la cueva subterránea donde tuvo que hibernar al pedir que Messi entrara en los último veinte minutos. Hace cuatro años, previo a la definición por penales con Holanda, antes incluso de que supiéramos si íbamos a ganar o perder, dijo no de forma racional, sino emocionalmente:

- Me importa tres carajos que el equipo gane o pierda. Hace mucho no me sentía tan identificado con una Selección como con esta.

Es ese momento en que sentimos que importaba ganar, pero que el equipo ya había logrado mucho. Que nos había hecho hermanar con lo más querido de nuestro pasado recordando su redimiendo al equipazo del 94 por su tenencia de la pelota y su juego, deseando que no nos cortaran nuevamente las piernas. Que nos hacía acordar por juventud y frescura a los del 2006 de Pekerman y su fútbol criollo de toque y habilidad. Este equipo logró identificarnos luego de emerger de las profundidades del lecho marino luego de la derrota con Arabia Saudita.

Y entonces es sentarse, merendar en familia, mirando el grupo de Whatsapp de los amigos con una especie de tranquilidad aún cuando sabemos que puede no haber mañana.

El Mundial hasta este partido fue la curiosidad estadística de cuántos récords más iba a batir Messi. Escuchamos el himno de Cabo Verde en la entrada de los equipos y dijimos en el grupo:

- Ya está, muchachos. Vayan, sáquense una foto con Messi y vuélvanse a su casa con el deber cumplido.

Primeros minutos, no pasaba demasiado. Argentina con algunas chances que no terminaban de poder concretarse en llegadas. Tiros de Messi atajados por Vozinha. Los africanos fueron disciplinados, armando una telaraña difícil de superar. Entonces, bochazo largo de Lisandro Martínez, el genio la paró con la zurda con un control espectacular y definió arriba. Golazo sobre los treinta del primer tiempo. Hasta ahí, seguíamos en Narnia en el grupo de Whatsapp:

- Cómo le mató el efecto - describió el falso ingeniero.

- Cristiano se quiere cortar los huevos en este instante - apuntó el profesor patagónico.

Hasta ahí el Mundial seguía siendo para nosotros continuar contando los goles de Messi y contraponerlo con los otros destacados goleadores de la competencia, algunos cuyos méritos no reconoceremos nunca en nuestro microcosmos.

Entonces, Tiki Tiki hasta el final del primer tiempo y el equipo argentino intentando hacer salir a Cabo Verde, que sin embargo continuaba conservaba su estrategia y esperaba para dar el zarpazo, mientras nosotros seguíamos en Narnia.

Somos locales otra vez.

Segundo tiempo, Messi tiró un pelotazo tremendo para Nahuel Molina en buena posición, que no pudo dominar la pelota.

- La paró como nosotros - apuntó el falso ingeniero risueñamente.

- Qué pase - supo admirarse el contador.

- Estamos perdonando - avisó el profesor patagónico.

Cabo Verde salía de vez en cuando y avisó con un tiro de media distancia que controló con solvencia Dibu Martínez, pareciera que ya no le molestara el dedo de la mano. Entonces, avanzaron sobre la izquierda de la defensa argentina pero parecía una jugada sucia, que no  insinuaba peligro. Y sin embargo le quedó a uno de ellos que lanzó un derechazo punzante, cruzado que se incrustó en el arco del Dibu Martínez. Golpazo, nos reventaron la burbuja en que vivíamos, ya nadie se acordaba de cuántos goles tenía Messi sino que implorábamos que hiciera otro ahora él o el aguatero.

- La puta madre - me lamenté y del otro lado un rato de silencio. Como asimilando en golpe, volver a tomar aire después de un roscazo al estómago.

- Está difícil, marcan mucho, equipo jodido - aportó el profesor patagónico reconociendo méritos del rival casi como no queriendo mancillar a la querida Scaloneta.

- Estamos jugando como el orto. Ellos corriendo ya nos complicaron - apuntó implacable el contador, y lo asistió bastante la razón.

No nos avergüenza desear sobre el final del segundo tiempo que terminen los noventa, que cualquier error nos podía dejar afuera, que estábamos embarrados hasta los huevos luego de haber pensado que íbamos a llegar inmaculados a esa altura.

Comienzo del alargue, pelota detenida y qué golazo clavó Lisandro Martínez. Asistencia, gol, más no se le podía pedir, por ejemplo que lo terminara en ese instante el partido.

Pero aún así parecía volver cierta tranquilidad en el país y en el grupo de Whatsapp, tanto que pensábamos cambios para la próxima instancia.

- Hay que sacar a Lautaro y a Molina - acordamos todos. No pueden jugar más.

Entonces, la dominó un africano con la marca de un sacrificado Mac Alister encima, que despunta en el Liverpool de creativo pero acá juega de cinco retrasado, posicional, se pone el overol. La dominó sobre la izquierda del ataque y la derecha de la defensa argentina el tal López Cabral y clavó un furibundo, tremendo chutazo cruzado que se clavó como un misil en el segundo palo del querido Dibu.

Lo cortés no quita lo valiente, y el grupo reconoce los méritos del rival durísimo.

- Tremendo golazo y se fue a chapar a su novia a la tribuna - apuntó el falso ingeniero. Un crack.

Veíamos el equipo casi parado en la cancha, con pocas respuestas. En ese momento casi que podía emerger el contador desde la cueva para decir que el fútbol country de Miami no servía para nada y Messi y De Paul debían jugar un ratito.

Pero Lionel Andrés tiene licencia para jugar hasta que él lo decida, se ganó el derecho sobradamente a sentarse sobre la pelota si tuviera ganas. Y entonces un córner, y el diez le pegó y saltó el Cuti Romero conectando al gol.

- Gooooool, carajo, y la puta que lo parió - nos liberamos en el grupo.

- Cuti viejo y peludo - apuntó el profesor patagónico.

El Cuti Romero convirtió el gol del triunfo argentino.

Últimos minutos pidiendo la hora ante Cabo Verde y festejando los últimos quites de Paredes como si estuviera trabando a Mbappe. Como una reminiscencia del 90, el que consideramos un poco estos cuarentones el último Mundial. Jugar como el orto y pasar carajo, y continuar vivos. Silbatazo final, sentir que nos bajaban los huevos de la garganta.

- Por fin terminó este partido de mierda - se congratuló el contador con cierto espíritu crítico.

Fueron hermosos los primeros tres juegos del Mundial, tanto que nos tenían relajados. Se cerró la puerta secreta del placard de la fantasía que nos llevaba a Narnia, ciudad de ensueños. Nos embarramos, nos salieron granos en la cara, todo eso que es la vida, y un Mundial el día en que volvimos a sufrir de verdad.

- Me pongo de pie - propusimos con el profesor patagónico-. Aplaudamos a Cabo Verde carajo. Gran rival.

Y así se hizo en el grupo de Whatsapp. El rival que nos hizo sufrir, esforzar, curtir el cuero y que nos vino a enseñar que ya no vivimos en Narnia.