Habría que pedirle a un sociólogo o a una historiadora que rastree las posibles respuestas: ¿desde qué mundial los argentinos y argentinas ponemos nuestra bandera en balcones, terrazas, ventanas, puertas, rejas y techos de los autos? ¿Se trata de un fenómeno que creció en los últimos años? ¿Sucede en otros países?

Y otras preguntas: ¿Se ven más banderas durante los mundiales que en las fechas patrias como el Día de la Bandera, el Día de la Revolución de Mayo o el mismísimo 9 de julio? Ahí no hace falta la palabra de los profesionales: sin dudas, sí. Y otra: ¿es este mundial de 2026 en el que más banderas, banderines, gorros, camisetas, buzos y hasta abrigos para mascotas vemos por la calle? Otra vez sí. Y la razón es evidente: somos los campeones del mundo y arrancamos el nuevo  mundial con el pie derecho de la mano de un Messi imparable.

Ahora bien: esta masiva argentinización del espacio público, en especial entre los comerciantes, que decoraron con celeste y blanco vidrieras, mostradores, mesas y hasta los pómulos de las camareras, ¿no les hace ruido, un adorni atorado en la boca del estómago?

A mí sí, por lo menos en este tiempo espantoso, marcado en especial por el maltrato y el despojo un gobierno cruel y deshumanizante, pero también por la falta de representación,  la idea bastante generalizada -y por eso irrumpe Milei-, de que la política no sirve para resolver los problemas de la gente sino para acceder a una serie de privilegios, y una crisis económica brutal, que está haciendo pelota a millones de compatriotas frente a nuestros ojos.

Una nueva década del noventa, pero recargada y caracterizada por la falta de empatía y sensibilidad de una buena parte de la población.

Es cierto que cada vez que hubo un mundial, este nacionalismo futbolero se expresó de modo masivo, gobierne quien gobierne, una ola que nace desde el pie y que con el paso de los partidos nos va llevando puestos, a los que somos futboleros y a los que no también, pero ahora, en este 2026, es distinto, y la incomodidad, adentro nuestro, hace toc toc toc, se hace sentir.

Pienso en la canción Que me pisen, compuesta por Luca Prodan, y que forma parte del disco Llegando los monos, editado en 1986, cuando una buena parte del pueblo argentino transitaba un estado de ánimo en el que convivían el vértigo del destape alfonsinista, con la toma de conciencia de que en nuestro país se había cometido un genocidio. En ese marco, el rock tenía su protagonismo, y Luca ya expresaba sus críticas a una sociedad que se mostraba superficial con respecto al nacionalismo –también estaba fresca la dolorosa experiencia de la Guerra de Malvinas -, o como lo habían llamado un grupo de pensadores de la izquierda y el peronismo, unos años antes, el ser nacional.

La bandera, planchadita, la mamadera, calentita. Todo en su lugar, a no romper el molde, las formas, qué eso de hacerse los locos, que a nadie se les ocurra volver a jugar a los revolucionarios. Lo verdaderamente patriótico es hacer desfiles militares sobre la Avenida del Libertador.

Otro que también ya despuntaba letras mordaces, desde escenarios húmedos, oscuros y con un pésimo sonido, era Carlos Solari, quien al frente de Los Redondos, había editado dos discos de estudio: Gulp! y Oktubre.

Una argentinidad futbolera afloró en la calles de la mano de la Scaloneta.

Hoy hay mucha bandera planchadita en los balcones. Planchaditas y adormecidas. Planchaditas e hipócritas. Planchaditas y cómplices. Y también rotas. Nos quebraron. Los dueños del país transitaron la Década Ganada haciendo mucho dinero, pero sin ejercer un control sobre La Rosada, donde no había un empleado, sino un gobierno del pueblo. Y el antiperonismo, fortalecido por el PRO –una fuerza política que también nació después del 2001-, volvió a inflar el pecho, a manifestar su horror por la patria sublevada y la redistribución del capital, y a comprar voluntades para desplegar en la cancha su plan maestro: derrotar al cuco con todos los recursos que hagan falta, con la persistencia de una gota que horada la piedra, y el invaluable aporte del sistema de medios opositor al peronismo de Cristina, más el poder judicial.

Ya lo dijo un seguidor de El Indio, frente a un movilero, en el funeral masivo que se realizó en Villa Domínico: los grandes medios de comunicación son los responsables, junto a la justicia federal, y el PRO, los radicales y la Coalición Cívica de Carrió, entre otros miserables, de haber dividido a la sociedad.

Y si bien Milei es también parte de un fenómeno de época  que se empieza a explicar con la pandemia, nuestro padecimiento y retroceso es tan injusto como innecesario. Al panelista -que habla con los perros muertos y que ve en el Estado a un nene envaselinado- que le pusieron la banda presidencial, no tiene patria ni corazón. Dos gobiernos malos  no justifican semejante drama.

¿Por qué está planchada y mansita la bandera si tenemos presa a Cristina, la dos veces presidenta que encabezó los mejores años para las mayorías y también para el país? ¿Por qué no está sucia, embarrada, rasgada de tanta piña y cabezazo para impedir que nos caguen en la cabeza, que nos choreen en la cara, que nos colonicen?

La entrega de los recursos naturales y de nuestro patrimonio estatal, el despido de miles de trabajadores y la posterior celebración con asados, el desprecio por las instituciones de la democracia, la subordinación con el FMI, los viajes y la fascinación por Israel y los EEUU, que no hayan inaugurado una sola obra en nuestro país, la motosierra sobre los discapacitados, el personal del Garraham, los jubilados, las universidades, tratar a la oposición de enfermos, a los periodistas de ratas, perseguir a nuestros artistas, y que aparte ellos sean estafadores, coimeros, chorros y socios de narcos, ¿no es suficiente?

Ayer martes 30 de junio el gobierno despidió a cientos de trabajadores de la estratégica CONEA.

El que pone la bandera argentina enfrente de mi casa, o el de la inmobiliaria que ploteó la vidriera con cintas y bonetes celestes y blancos, votantes de Milei, no solo en el 23, sino también en el 25 –en CABA metieron en la urna la boleta violeta con la cara de Adorni-, y que todavía hoy lo defienden, ¿qué Argentina alientan? ¿Con ese voy a fundirme en un abrazo en la esquina céntrica del barrio si volvemos a dar la vuelta olímpica?

Recuerdo que luego del triunfo de Milei en el balotage del 23, muchos nos acordamos del éxtasis colectivo que transmitamos solo unos meses antes, en diciembre de 2022, con las calles llenas de pueblo, enfiestados en un momento histórico, y nos miramos, y dijimos: tres de cada cinco de los que estaban a nuestro alrededor, de todas las clases sociales, edades y profesiones, votaron a este energúmeno.

Quizá el votante de Milei que puso la banderita de argentina en su ventana, o enfundó a su perro con una frazadita de lana, no era un ser odiante, ni un tipo temeroso, prejuicioso, lleno de resentimiento, pero le inculcaron tanto veneno en las venas, que eligió a un desequilibrado y también odiante para administrar el destino del país, y ahora se enfunda en un celeste y blanco que no tiene nada que ver con uno de los cimientos de cualquier nación: la soberanía, que los hermanos Milei rifan y venden todos los días.

Banderas planchaditas se despliegan en las calles.

Me gusta mucho Sumo, y siempre me puso de buen ánimo la canción Que me pisen, pero mucha más potencia me contagia el tema Se viene, de La Bersuit. Con la Scaloneta, ojalá que sigamos conquistando alegrías colectivas (que ni se les ocurra ir al balcón de La Rosada si ganamos la cuarta), no les vamos a pedir más que eso, y a nosotros, el pueblo, nos queda construir un nuevo estallido y respuesta política para salir de esta pesadilla. Somos cada día más los que andamos llenos de bronca, disconformes, desilusionados. Con o sin bandera en el balcón.

El viernes, vamos con todo, Argentina.