“Mis muertos tristes”, la miniserie de cuatro episodios dirigida por el chileno Pablo Larraín, adapta cuatro cuentos de la escritora argentina Mariana Enriquez: el que da título a la ficción, “Julie”, “Cuando hablábamos con los muertos” y “Un lugar soleado para gente sombría”. En esta propuesta estrenada recientemente en Netflix, Ema (Mercedes Morán) es una médica recién jubilada que puede ver, escuchar y hablar con los muertos. Tras el fallecimiento de su madre Susana (Luz Jiménez), a quien cuidó durante sus últimos meses, vuelve a encontrarse con su hermana Lidia (Alejandra Flechner), con quien mantiene una relación tensa. Recién llegada desde Estados Unidos junto con su esposo Tomás (Carlos Portaluppi) y su hija Julie (Carolina Sánchez Álvarez), una joven incomprendida por sus padres, los tres se alojan en la casa familiar del barrio Comandante Luis Piedrabuena, el complejo habitacional de Villa Lugano donde transcurre buena parte de la serie. Ema enseguida advierte que Julie también tiene el don de comunicarse con los muertos. A los pocos días, la joven desaparece y, ante la inoperancia policial, su tía decide buscarla por su cuenta.

La desaparición funciona como punto de partida para un relato que pronto se abre hacia otros conflictos: el vínculo entre las hermanas, la relación de Ema con Carolina, su hija (Dolores Fonzi), y la vida cotidiana de Piedrabuena, donde lo sobrenatural convive con la violencia, la desigualdad y el abandono. Ema se mueve por el barrio mientras intenta encontrar a Julie y, en ese recorrido, la miniserie despliega una mirada sobre una sociedad en estado de ebullición, siempre al borde.

Vale recordar que “Mis muertos tristes” había despertado cierta expectativa antes de su estreno, entre otras cosas, por un comentario del escritor estadounidense Stephen King, quien celebró en redes la premisa de la miniserie y destacó a Larraín como director. El resultado, sin embargo, toma un camino distinto del que podía imaginarse a partir de aquella presentación. No es tanto una historia de fantasmas como una historia sobre los vivos y la violencia que los rodea. Enriquez, además de ser la autora de los relatos en los que se basa la ficción, participa como co-guionista y productora ejecutiva. En ese sentido, la miniserie respeta su universo, sobre todo en su atmósfera: lo sobrenatural no irrumpe desde un mundo ajeno, sino que se mezcla con una realidad reconocible, amarga y cotidiana.

La miniserie se puede ver en la plataforma Nétflix.

La capacidad de Ema para comunicarse con los muertos forma parte de su vida diaria. Habla con su madre, puede escucharla quejarse y se encuentra con otros muertos sin que esos episodios alteren demasiado su rutina. La miniserie evita convertir ese don en un misterio permanente. Los muertos están ahí, rondando por la vida de los vivos, y justamente por eso resultan inquietantes. Mientras ellos siguen ligados de algún modo al mundo que dejaron, los vivos deben enfrentarse a un entorno cada vez más hostil.

El barrio Piedrabuena es fundamental para construir esa atmósfera. Larraín aprovecha la arquitectura brutalista del complejo —sus líneas rectas, los bloques repetidos y los enormes volúmenes de hormigón— para crear una sensación simultánea de permanencia y encierro. Los edificios parecen pesar sobre quienes los habitan y terminan funcionando como una extensión del estado de ánimo de los personajes.

A partir de allí, la serie pone en primer plano la violencia social, la furia cotidiana, la ausencia del Estado en los barrios populares, la estigmatización y la discriminación. También aparecen los sueños de quienes han quedado relegados o directamente han perdido la vida a manos de otros. La desigualdad no aparece como una idea abstracta, sino como una fuerza concreta que condiciona los vínculos y las decisiones. La violencia se vuelve así consecuencia de ese entorno, pero también una forma de relacionarse con los demás.

En “Mis muertos tristes”, el agua ocupa también un lugar significativo. Es un elemento esencial para la vida que aquí adquiere una dimensión inquietante: puede incidir en las conductas de las personas. Sin entrar en detalles que revelarían aspectos de la trama, la serie encuentra allí una de sus ideas más potentes: aquello que todos necesitan también puede convertirse en una fuente de perturbación.

A su vez, Ema es el verdadero centro del relato. Mercedes Morán construye un personaje de gran presencia, en el que la firmeza y el cansancio conviven con un humor ácido que aparece incluso en las situaciones más extrañas. Su capacidad para comunicarse con los muertos no es para ella ni una tragedia ni una rareza de la que deba presumir: convive con ese don con absoluta naturalidad. Lo que sí tiene perfectamente claro es aquello que detesta: los garcas, los especuladores, los cobardes que amenazan en patota. Es una mujer directa, sin demasiados titubeos frente a aquello que considera injusto. 

También resulta significativo el lugar que ocupan las mujeres en el desarrollo de la historia. Ema, Lidia, Julie y Carolina son quienes buscan, deciden y se protegen. La relación entre Ema y Carolina introduce, además, un conflicto distinto: el de una madre y una hija que intentan entenderse pese a sus diferentes maneras de mirar el mundo. Los hombres, en cambio, suelen mostrar falta de coraje y, sobre todo, son los portadores de la violencia.

El chileno Larraín y la argentina Enríquez.

Uno de los problemas de “Mis muertos tristes” es que, aunque tiene una mirada muy definida sobre aquello que quiere contar, por momentos esa claridad se vuelve demasiado enfática. Hay pocas zonas grises y, por lo tanto, escaso espacio para la ambigüedad. De alguna manera, la ficción de Larraín evita trabajar ahí, lamentablemente. La crítica social aparece de manera explícita y, en algunos pasajes, la serie parece más preocupada por señalar lo que quiere decir que por dejar que la historia lo revele por sí misma.

Eso la distancia, por ejemplo, de “El club”, la notable película del director chileno estrenada en 2015. Larraín es sin dudas uno de los mejores cineastas latinoamericanos de la actualidad, y aquel film es una muestra particularmente clara de su capacidad para construir conflictos complejos sin agotarlos en una única lectura. Frente a esa ambigüedad, “Mis muertos tristes” plantea sus tensiones de una manera más directa y menos matizada. 

Las interpretaciones, en cambio, son uno de sus puntos fuertes. Además del extraordinario trabajo de Mercedes Morán como Ema, Alejandra Flechner, en la piel de Lidia, aporta una presencia sólida y convincente.

El problema más importante está en la dirección que toma la historia. “Mis muertos tristes” funciona especialmente bien como una experiencia de clima: los bloques monumentales, los pasillos, los muertos que irrumpen en la vida cotidiana, la violencia latente y el agua convertida en una presencia extraña construyen un universo reconocible y perturbador. Larraín consigue que muchas de esas imágenes permanezcan en la memoria. Lo que cuesta es saber hacia dónde conduce todo eso.

Y no es la convivencia entre el mundo de los muertos y el de los vivos lo que falla. Por el contrario, ese cruce es uno de los mayores aciertos de la miniserie. La frontera entre ambos planos está casi borroneada: Ema puede escuchar a su madre muerta quejarse o conversar con otros muertos con absoluta naturalidad, mientras la verdadera amenaza parece estar del lado de quienes siguen vivos. La ficción de Larraín encuentra allí una relación fértil entre lo sobrenatural y lo cotidiano, y no necesita convertir a los muertos en entidades acechantes para producir inquietud.

La dificultad aparece, entonces, en otro lugar: en el rumbo que toma la historia. No faltan ideas; lo que falta es una dirección capaz de sostenerlas hasta el final. Mis muertos tristes tiene una premisa más que interesante, actuaciones destacadas y una crítica social clara, aunque demasiado subrayada en algunos momentos. Hay personajes y situaciones que perduran, pero la historia pierde fuerza a medida que avanza. Como un muerto que de a poco abandona este mundo.