Hace una semana atrás, la poeta Patricia González López presentó su quinto libro, Llegué cansada a la felicidad (Concreto), y todavía hoy la satisfacción del trabajo hecho a pulmón –que culmina en la presentación, pero arrancó mucho antes-, se puede constatar en el gesto sosegado que transmite a través de la pantalla de la computadora, en la llamada virtual que realiza con Kranear.

La presentación se realizó en Caledonia, un bar cultural del barrio de Barracas, y la acompañó la periodista y socióloga Eugenia Zicavo. En las fotos se aprecia una buena cantidad de amigas, familia, colegas y lectores, esos afectos que resulta casi indispensable tener cerca cuando se presenta un libro, una experiencia personal y literaria que requiere de exposición y entrega, y que a veces se padece, a diferencia, por ejemplo, con el acto de escribir, cuando uno está despojado de cualquier obligación o formalidad.

¿A vos te cuestan las presentaciones, la exposición, o sos de las que las disfrutan desde de principio a fin?

Fue re lindo, sí, estuvimos charlando con Euge Zicavo de las tres partes del libro, una charla súper amena, y vino mucha gente a pesar de la lluvia, se vendieron todos los libros, que no es poco, y la verdad es que la pasamos re bien. Y con respecto a las presentaciones, me gustan, y más allá de las que haga yo, o las lecturas, me gusta ir a las presentaciones de otros, y también valoro mucho los espacios de soledad, de introspección; valoro las dos cosas. Creo que hay periodos para salir, socializar y vivir, y después hay días para estar guardados y producir, corregir, pensar y borrar.

¿Cómo y cuándo arranca tu relación con la poesía? 

De muy chica, a los 10, 11 años. Le mostraba a las maestras el cuaderno con lo que escribía en ese momento. Me sentaba en primera fila, porque las maestras eran mis amigas, básicamente –y se ríe-, y les mostraba el cuaderno con mis escritos. Esto es poesía, me decían, y me mandaban a la biblioteca a buscar manuales, o me prestaban y hasta regalaban libros, y de esa manera me alentaban a seguir escribiendo, ya que se daban cuenta que yo tenía un interés.

Yo crecí en una casa sin libros, pero sí con televisión, y lo que se valoraba en televisión era para mí una referencia. Recuerdo una escena que capaz es muy bizarra, pero la recuerdo perfecto, que Susana Giménez  entrevista a Emanuel Ortega y le dice “ay cierto que escribís, un don para expresar los sentimientos, y él le dice “sí, el don que Dios me dio la verdad, estoy muy agradecido”, y había una exaltación de la escritura, y ahí dije, ah, bueno, esto es lo mío, y seguí por ahí, y aparte estudié teatro, danza y otras ofertas municipales.

¿En qué barrio creciste? 

En la localidad de Libertad, partido de Merlo, pero la oferta cultural estaba en Morón. Los únicos premios que gané en mi vida fueron en esa época, cuando iba a la escuela, en Ituzaingó. Unos premios bonaerenses para la categoría Poesía. En uno salí primera por la escuela y el otro salí segunda por la municipalidad. Luego competimos a nivel provincial.

En 2013, Patricia publicó su primer libro: Maldad, cantidad necesaria. Durante la entrevista contará que se trató “del primer libro que no pagué”, ya que hasta ahí había invertido en la auto publicación de un libro de narrativa, y otro de poemas. Su primer libro fue publicado por dos sellos, en una coedición: Milena Caserola, de CABA, y Llanto de mudo, de Córdoba. En aquel libro de más de cien páginas, ella volcó un corpus poético, todo lo que tenía escrito hasta ese momento, cuando tenía 27 años.

Patricia escribió sus primeros poemas en Merlo, el barrio de su infancia. Foto: Diego Medina.

¿Qué diferencias notás en cuanto a tu escritura, tu búsqueda literaria, entre aquel primer libro de 2013, y Llegué cansada a la felicidad?

Al principio yo siento que gritaba, que eran poemas más de declamación, de denuncia, mucho dolor a flor de piel, en un momento que transitaba mis primeras experimentaciones de pareja, y entonces el libro tenía un poco de amor y otro de condición de clase. El libro tiene un poema que se llama La patrona te ama, que lo leí varias veces en público y del que después me decían, che, qué violento es esto, la gente no lo entendía, y no era mi voz sino una que yo tomaba de la opresión y la violencia que a veces se ejerce sobre las empleadas de casas particulares, ya que mi mamá es una de ellas. Yo jugaba mucho a repetir eso que escuchaba.

Ahora yo estoy hablando con un lenguaje que es mío, estoy en una etapa donde puedo mirar para atrás sin lamentarme tanto; hoy habla la voz de la experiencia y desde un lugar donde hay un poco más de bienestar, de equilibrio, con más lectura y reflexión. Los poemas de Maldad fueron están escritos en mi casa de Merlo.

Poemas más crudos, más feroces. 

Sí.

Y hoy tenés un estilo más elaborado. 

Y corregido.

Llegué cansada a la felicidad, editado por el sello Concreto, está dividido en tres partes. En la primera, Los efectos, se nota el uso de un yo poético íntimo, en primera persona, con el que Patricia realiza un repaso de algunas experiencias vitales de la infancia y la adolescencia. Las de Merlo. Abrazar caballos se llama la segunda parte, y ahí el yo poético se planta con un manifiesto político, cargado de sentencias en relación a su mirada del mundo del trabajo, la política, o las relaciones de poder. Y en la tercera,  En territorio virgen, parece brotar, por medio del uso de una segunda persona, el registro afectivo, de pareja, en la que el yo poético despliega su ternura, pero también su crudeza.

¿Por qué dividiste el libro en tres partes? 

La primera es una carta de presentación de mi infancia, sí, con toda la carga emocional con la que a mí me tocó crecer. Al tener cierto origen es más probable que te pasen cierto tipo de experiencias, ¿no? Yo siempre hago el chiste de qué se siente tener papá, ¿no?

En el poema Rehenes de Llegué cansada a la felicidad, decís “Hijos son los que se quieren parir, el resto son rehenes”.

Sí, se trata de una marca y origen, y tiene que ver con las problemáticas que me tocaron atravesar de chica.

Y después sí, está la parte de la manifestación política y el mundo del trabajo, que también está presente en mis libros anteriores, aunque en aquel momento lo hacía con respecto al trabajo de mi mamá, o de los obreros en general, más de una perspectiva externa, y acá recupero los aspectos del trabajo propio, lo que mí me tocó vivir, y sus relaciones de poder. Siempre atravesada por mi mirada de clase, y qué nos pasa con el bichito del progreso, quiénes permanecen leales, quiénes se venden, quiénes abandonan sus convicciones. Algo de eso aparece en el poema Tercerización.

Y la tercera parte es más íntima, sí. Y con toda la carga de lo anterior. ¿Cómo se dan las relaciones si venís de cierto lugar? ¿Y cómo se complementa con el lugar de origen de la otra persona, con la vivencia de la otra persona? ¿Qué dificultades se pueden dar?

No hay en mis otros libros este tipo de poemas, hiper nuevos en estilo, en palabras, en todo, y se dio así, con esta carga, con esta carta de presentación de la infancia, y un manifiesto político, y con una mirada profundamente crítica de la propia oscuridad o de las propias dificultades que uno puede llegar a tener al entrar a la intimidad, o a una pareja, porque me gusta explorar, no señalar con el índice; preguntarme ¿cómo estoy yo acá? ¿cuál es mi contribución? Creo que hay ciertas experiencias de vida que te forman una estructura mental que hace que interpretes la realidad de determinada manera, y entonces con la escritura pones a prueba esas percepciones, ciertas formas de sentir y de vincularte.

Patricia presentó el libro en Caledonia, el bar y espacio cultural de Barracas.


Patricia cumple 40 años en unos meses. Es hija de paraguayos, y creció sin padre. Tuvo una infancia y adolescencia con muchas carencias, pero también mucho amor de parte de su madre, que durante toda su vida se ganó el mango como trabajadora de casas particulares. Luego de hacer el secundario, y seguir abrazada a su temprana vocación por la escritura, se anotó en la Universidad Nacional de La Matanza para estudiar Relaciones Públicas, pensando también en una salida laboral. Y fue un acierto, porque desde hace varios años tiene laburo en el gremio de la comunicación y prensa. Aparte, ganó dos hermanos de parte de la pareja de su madre.

En el prólogo, Beatriz Vignoli te llena de elogios, y dice que lográs un milagro de estilo, por condensar lo lírico con lo satírico. Y esto se nota en la experiencia de lectura. 

No caigo, sí, ya está el libro impreso, y no caigo. Beatriz es una poeta que admiro muchísimo, y yo trabajé el libro con ella, dos veces. Un día le escribí y pregunté si daba taller, me dijo que no, pero que si me armaba un grupo, lo hacía. Junté a otras tres amigas, cada una tenía como un proyecto y lo fuimos corrigiendo con ella. Tenés el libro, me dijo cuando terminamos el taller, y yo lo dejé reposar, porque creo hay que dejar que los textos reposen.

¿Cuánto tiempo duró ese reposo? 

Dos años.

Mucho tiempo.

Sí. Lo volví a agarrar en 2024, y en el medio escribí poemas nuevos, los agregué, y aparte en ese corte me di cuenta que el orden tenía que ser otro, empecé a sacar poemas y en el medio a hablé con la editora de Concreto, que me había pedido un libro en 2019, pero en aquel momento tenía solo tres poemas, y le dije ahora sí, tengo algo bueno, ¿siguen interesados? Me dijo que sí, y se lo mandé. Le volví a escribir a Beatriz el año pasado, después de revisarlo con un grupo de amigos lectores de confianza, y le digo, ¿te acordás que lo trabajamos? ¿Podemos volver a trabajarlo?, y me dijo que sí.

Ahora sí en un mano a mano.

Sí,  y le metimos duro durante un mes y medio, y fue una poda bárbara. Fue mágico. Ninguna concesión,  y el proceso me ayudó a decir, bueno, listo, este poema ya está, ya lo re trabajé,  entonces yo también llamo a este libro como los poemas con tiempo, quizás en los otros libros que yo estaba en trabajos que eran mucho más demandantes, de doce horas, de acá para allá, y por eso capaz yo tenía poemas más cortitos, y ahora digo, claro, ¿cómo no iba a tener poemas cortos si no tenía tiempo? No tenía tiempo para pensar en un poema durante una semana. Entonces, bueno, ahora me pude dar ese lujo de pensar en un poema.

¿Qué poetas vas a la biblioteca a leer una y otra vez?

Mi poeta de cabecera que es Juana Bignozzi: me encanta, me interpela, vuelvo siempre a sus libros. Otro es Roberto Juarroz, un poeta más de pensamiento, me acuerdo haberlo leído y decir, ah, esto es poesía. Leopoldo María Panero -español-. Beatriz Vignoli, una de las poetas más importantes del país. Elena Aníbali, una poeta de Córdoba que me fascina. Otra que leo mucho es Dorothea Lasky –estadounidense-.

En todo el libro, el yo poético se hace muchas preguntas, porque para eso también está la poesía: para indagar y seguir buscando. Y en ese sentido, en muchos versos está mencionado el silencio, como una manera de callar.

Algunos versos de Patricia en su último libro:

Libertad es lo que se decide

después de comer

En la hoja recuesto las lágrimas.

En vez de llorarlas, las bordo, las

subrayo, las arropo con signos

de admiración.

Qué placer se puede alcanzar

con esta fatiga, leo lenta,

leo tarde, leo mal. Confundo

un poema suicida con amor.

Patricia González López es autora de Maldad, cantidad necesaria (2013, Milena Caserola & Llanto de mudo); Doliente (2016, Cospel. 2019, Liliputienses, España), Otro caso de inseguridad (2018, Santos Locos) y La Trahison (La Traición) de la colección bilingüe de autores franceses y argentinos de RAZ editions, Francia (diciembre 2021).