La parte oeste del conurbano bonaerense es conocida, entre otros motivos, por ser la cuna de grandes bandas como Los Caballeros de la Quema, Los Piojos y los Divididos. Por un par de clubes del ascenso. Por boliches bailables que hicieron historia. Parillas. La casa-estudio de El Indio. La base aérea de El Palomar. Algunos podrían sumar otros emblemas y banderas, pero el que no puede quedar afuera de esta selección es Leonardo “El Tigre” Oyola, el escritor de Isidro Casanova que creó una buena parte de su obra de ficción inspirado en lugares, personajes y texturas de los barrios de La Matanza.
Hace dos meses, y a través de Qeja Ediciones, Leo publicó un libro de crónicas en las que recupera hechos, espacios físicos y referentes que le marcaron la vida en el oeste, donde está el agite, como dijeron los Divididos: El tren Sarmiento, el viejo cine Achával de Morón, Jesse James, la Plaza Atalaya y el potrero en el que jugó el mejor partido de su vida. Todos los relatos están escritos en segunda persona, dedicados a su hijo Ramón.
Leer, escribir y vos. Son los amores de mi vida, hijo, le dice en el capítulo 1.
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El Tigre se considera un afortunado por poder ganarse la vida como escritor, y esa es una de las emociones que comparte con su hijo en el libro, pero también remarca que en tiempos neoliberales, como el que encabeza de modo descarnado hoy Milei, vivir de la profesión se torna muy difícil.
“Hace unos años yo me dedicaba el cien por ciento de mi tiempo libre a escribir mi obra. El segundo semestre del año estaba reservado para ir de feria en feria, y en esa etapa, a lo sumo, esbozaba algunas ideas en el Word. Pero después yo sabía que me dedicaba el verano y el primer cuatrimestre del año a lo mío. Ese escenario cambió muchísimo de la pandemia para acá. La venta de libros, sacando autores muy específicos, se redujo mucho. Yo tengo la suerte de tener cuatro libros que venden bien, pero nada que ver con la previa de la pandemia. Ese dinero por derechos de autor, con la tiraba hasta cuatro meses, viviendo como vivo de forma gasolera, ahora con toda la furia dura cuarenta días. Nosotros, como escritores, estamos como a principios del siglo lo que fue el momento Náster versus Metallica. El momento en el que cambió la industria musical y que el músico se dio cuenta de que ya no viviría de regalías. Pero de ir a tocar en vivo, sí”.
Leo publicó su primera novela en 2005: Siete y el Tigre Harapiento, un policial situado en la Buenos Aires del siglo XIX en la que los protagonistas son malevos, putas y comisarios. En aquel momento ya era alumno del taller de su maestro Alberto Laiseca. Dos años después publicó Chamamé, una novela negra atravesada por la lealtad y traición de dos amigos, y cuyo escenario es una cárcel de la frontera con Paraguay; con este texto gana el Premio Dashiell Hammett al mejor policial en la XXI Semana Negra de Gijón, y se la publica el gigante editorial Random House. Al año siguiente- él no se había movido del taller de su maestro-, Random le publicó otra: Hacé que la noche venga.

El primer libro de crónicas de Oyola.
Leo sigue hablando (en una pantalla de Zoom) de las dificultades que tiene para llegar a fin de mes como escritor.
“Hoy aparecen laburos de lecturas en vivo, presentaciones con músicos, y los agarro sin pensar porque me gustan, pero eso viene a suplir el dinero de lo que antes eran los derechos de autor y a la vez eso también te aleja de lo que estabas escribiendo. Y me siento re bien escribiendo esos textos que luego leo en vivo, pero a la vez me falta esto que vos comentabas, la convivencia constante con el texto durante meses, cuando te embarcas con una novela.
Ya tenés encima varias de esas experiencias, de esos tránsitos, trances en los que te toma por completo la escritura.
Totalmente, y que si lo hago en este momento, cagué, porque tengo que apelar a los pocos ahorros que tengo para dedicarme a escribir, y nada más, y no estoy en condiciones de hacer eso.
Con este marco, ¿cómo se gestó Érase una vez en el oeste?
Leticia (Martín) y Nazareno (Petrone) venían con ganas de sumarme a su catálogo. Y luego de la FED del año pasado, nos juntamos a comer un asado y a tomar un par de vinos. Ahí fue que les conté que tenía escritas un par de crónicas que se desarrollaban en la zona oeste del conurbano.
Leo había escrito dos crónicas, antes de la pandemia, para la Revista Cordón de la Universidad de Lomas de Zamora, y durante la pandemia, encerrado en casa, sumó otros dos. El hilo conductor: la zona oeste. Dos de esas crónicas estaban dedicadas a su hijo Ramón, a quien no vio, por el Covid, durante un año, porque vivía con su madre en la costa.
“En realidad esas dos crónicas eran cartas para él, ¿viste?”, retoma el Tigre en el Zoom (está de espaldas a una biblioteca que ocupa toda la pared).
“Yo había quedado con un poquito de resquemor con la primera que me publicaron con la revista, que era la de los cines, porque me apuraron por el deadline y siempre sentí que le faltaba algo. Y cuando me regalan Palacios plebeyos, de Edgardo Kozarinsky, y leí lo que escribía sobre sus propios cines, en otras décadas, en otro lugar, pero con el mismo sentimiento, pude reescribir el final al que siempre le había faltado algo”.
Para armar el libro que publicaría con Qeja, sumó un quinto texto sobre santos populares, y en especial sobre Gilda, que había escrito para una revista que dirigía Juan Diego Incardona (durante la entrevista lo llama El Jefe), y aparte sumó, de cero, otras cuatro crónicas.
Un apunte de color: El Tigre pudo publicar sus textos con Qeja Ediciones (en el primer trimestre de este año) gracias a que la crónica (como género) no está incluido en el contrato que tiene firmado con Random House. Por esa rendija, sí, ambas partes -Qeja y Oyola-, se dieron el gusto de laburar juntos.
De este modo, entonces, volviste a trabajar con un sello independiente, que se milita a puro corazón.
Sí, me encanta. Es otro tipo de trato, otro tipo de laburo sumamente cercano, porque las multinacionales tienen otras exigencias, otros ritmos, y acá, viste, vos sabés, decís, este está apostando a tirar títulos en el año y uno va a hacer el tuyo. Hay otro tipo de dedicación, están muy encima del texto.
¿Y qué balance haces ahora, a dos meses de publicado el libro, con la FED en el medio?
Fueron dos meses hermosos, con todas las devoluciones que me están dando. Siento un deja vu con el momento que salió Kryptonita. Si bien no hay comparación en cuanto a la distribución, por ejemplo, tengo lectores, conocidos y que no conozco, que se identificaron con estas historias no solo porque crecieron en el oeste, sino porque ven ciertos paralelismos. Estoy muy feliz.
En las crónicas del libro el lector probablemente reconozca al narrador del Tigre Oyola, y también a los personajes que construyó a lo largo de su obra el mismo Tigre Oyola, sus modismos, expresiones y verbos de la jerga a los que apela en sus libros, al igual que la cita permanente a bandas, películas, canciones, letras.
Kryptonita es quizá su novela más conocida. La publicó en 2011 y fue llevada al cine y también al Comic, o la Historieta, un género que inspiró muchísimo a Oyola. El protagonista, un ladrón famoso de la zona oeste, a pesar de contar con poderes sobrenaturales -un Súperman mantancero-, cae herido de muerte en el Hospital Paroissiene, en Isidro Casanova, y su banda copa el centro de salud y amenaza a los médicos de muerte si no lo mantienen vivo hasta el amanecer.
La escritura, como modo de vida, es uno de los temas que aparecen una y otra vez en las crónicas de Érase una vez en el oeste. Y no solo como una profesión, sino como una búsqueda, una vocación.

Una lectura en la libreria y editorial Eterna Cadencia.
¿Qué perdiste y qué ganaste con la escritura?
Todo fue ganancia. Lo que perdí es una cierta estabilidad, no solamente económica, sino emocional y uniforme. Y no lo digo de uniforme como algo negativo. Me parece que todos tenemos que hacer cosas que son calcadas, el precio de no hacer eso, algunos lo pueden sostener y otros no. Yo lo vi en el maestro Laiseca, y no quiero vivir como vivía él, y mucho menos terminar como terminó él, pero mantener una obra social, ¿sabes lo que me cuesta? Yo no sé lo que es planificar unas vacaciones. Para mí, cuando todo el mundo está de vacaciones, yo estoy escribiendo.
Con la lectura te debe suceder algo parecido.
Olvidate. Antes leía dos y hasta tres libros por semana, y ahora a dura penas llego a uno.
¿En qué momento de tu vida te sorprendió la certeza de que de ahí en más te dedicarías a escribir historias?
Creo que fueron como dos momentos. Uno, el segundo año de taller con Laiseca, mientras escribía Siete y el Tigre Harapiento. Me acuerdo de haber terminado un capítulo que me gustó muchísimo, y yo volvía de lo de Lai cerca de la medianoche a Morón, y en la esquina de mi casa había un Pancho 24 horas, y esa noche me permití un chori y una cerveza de litro , siendo que el otro día tenía que laburar, y mientras saboreaba la cena me decía a mi mismo, estoy escribiendo una novela, y encima en ese momento supe que la íba a terminar, porque en la cabeza ya veía las flechas que armaban la historia.
Inolvidable.
Si, totalmente, y lo más lindo fue cuando Laisea en ese tiempo una noche me abrió la puerta y me dijo ¿trajo El Tigre?
¿Y tus compañeros de taller?
Sentía de su parte algo más que el silencio: que seguían la historia.
Una tensión.
Sí, o cuando escribís una escena de acción, cuando alguno hace como un movimiento involuntario, o ni hablar los suspiros, las risas contenidas, todas esas reacciones cuando las vas sintiendo ahí son increíbles. El texto está vivo.
Y ahí dijiste, bueno, esto es lo mío.
Quiero toda la vida esto.
¿Cómo llegás a Laiseca?
Con un amigo habíamos perdido el laburo, e íbamos a una sociedad de fomento en la que había una terapeuta que nos dijo que hasta que volvamos a conseguir trabajo, aprovechásemos para hacer aquello que no podíamos hacer por falta de tiempo. Hablamos del post 2001, y como mi amigo quería hacer un taller literario, pero no quería ir solo, lo acompañé. En lo de Laiseca me e sentía como en casa, y escribir para mi era como un juego, pero todavía no sabía que quería ser escritor.
Una de las crónicas de Érase una vez en el oeste está dedicada al gusto por el cine que tenía Oyola cuando estaba en la primaria. La tituló como se llamaba el cine al que iba cuando se rateaba de la escuela: El Achával de Morón. Y si podía ver dos pelis en continuado, mejor.

Chamamé: La novela premiada.
“Mis amigos de la primaria se avivaban cuando yo me rateaba para ir al cine. En el recreo me preguntaban qué había visto y si me había gustado, y yo les contaba. Así empecé a narrar, e incluso me animaba a cambiar o exagerar alguna cosa de la historia.
Habiendo consumido tanto cine a lo largo de su vida, aclara que no tiene entre sus objetivos filmar una, pero que sí le hubiera gustado ser un doble de acción, o riesgo, en especial, en una de esas películas de persecución de autos de los 70, norteamericanas.
“Yo ya sé que pasé mi punto de no retorno”, asume. “Sé que no voy a tener una jubilación, que voy a dar talleres y a escribir hasta que me toque perder, y estoy en paz con eso. Tengo 53 años y no me puedo reinventar para ser masterchef. Cuando puedo, entreno, y cuando paso música y somos varios disc jockey y me toca el último turno, de 4 a 6 de la mañana, me quiero matar, porque el cuerpo me pasa factura”, agrega.
Otra de las aptitudes de Leo es el baile. Dice que “me defiendo y le pongo ganas”, pero se sabe que la rompe en las pistas, en especial, cuando se trata de rocanrol. En una de las crónicas de su nuevo libro resalta sus botas tejanas anaranjadas y las compara con un atardecer del conurbano.
Qué recordás de tu infancia en el Barrio Los Pinos, Isidro Casanova, La Matanza.
Yo al barrio lo vi hacerse. Veníamos de Rafael Castillo, de una zona que se llama Los Eucaliptus. Casi todos los lugares de allá se identificaban con nombres de árboles. El clásico de Los Pinos es contra Los Manzanares. Estaba por empezar el mundial 78, había pasado una tormenta y mi viejo nos llevó, de noche, al terreno en el que se levantaría el barrio: era un lodazal. A medida que crecimos fuimos viendo cómo los vecinos iban levantando su casa y se iban ayudando unos a otros. Cuando iba al secundario arrancaron los bailes en esas mismas casas, jodas en los patiecitos, y todo eso se coló, todo eso está en mi escritura. Crecí con eso, con la música que escuchaba, con los asados que se permitían un domingo, los partidos de fútbol. Y después empezás a hacer tu camino. En la casa de mis viejos no había libros, pero sí tocadiscos. Mi viejo tenía una colección de vinilos muy específica, y eso me encantaba. Vos veías que la gente allá no tenía baño pero sí tocadiscos, y eso me volvía loco.
Ahí hubo una influencia, ¿no? Porque vos sos un tipo muy musical.
Sí, y tenían mucha apertura. Cuando empiezo a bailar de chico y hacer mi gracia, a eso de los diez años, podía sonar el último de los stones, el italo disco que empezaba a sonar mucho en Casanova, y el tema Toda la vida de Emanuel, ¿viste? Entonces en toda esa mezcla algo pasó (se ríe).
Al género negro algunos le bajan el precio, dicen que solo sirve para entretener.
Siempre dije que soy un escritor de policiales. Después, si el texto se vuelve más híbrido, es otro tema, pero yo me siento un escritor de literatura de género. Las pocas veces que hice autoficción, o que me fui hacia otro lado, quedé contento, y aparte lo que quería contar ahí estaba pidiendo ese tipo de registro, pero repito, donde más me encuentro es en el policial. Jamás voy a ser un llorón con esto de que quisiera que me trataran de escritor y punto. Gente conocida de acá, o los editores en España, me decían, dejate de presentar como escritor de policiales, presentate como escritor y punto, lo otro te va a volver medio de nicho y vos sos más que eso.
Leo en la Feria del Libro (2025)
Entiendo que no hiciste caso a ese consejo.
Si tengo que dejar de ser yo, no sé si escribiría; no es por hacerme el abanderado de la integridad, sino que creo en cómo me salen las cosas. Me decían, che, la próxima novela la podés hacer un poco más neutra, menos coloquial, y la siguiente novela me salió hiper coloquial, bien argenta en cuanto al argot y todo lo demás, y no es que se los hacía a propósito, sino que era para mí eso era lo que pedía la historia.
En las crónicas está presente ese registro.
Me alegra, pero ellos me decían no solo perdés lectores acá sino perdés posibilidades de traducción, y yo les decía y bueno, va a salir lo que tenga que salir. Cuando vos escribís y te pasan cosas, obvio que le van a pasar cosas similares a quien te lee. Yo escribí textos para distintos medios, con deadline, y tuve que guardar ciertas formas, que son las de esos medios, entonces, lo correcto, queda para el laburo, para los textos míos, tengo que ser yo.
En un pasaje del libro le contás a Ramón que en un momento de tu vida descubriste que a través de la escritura eras vos mismo. Y se lo decís a él dejando claro que ahí está la llave de tu vida, en lo genuino, lo auténtico.
Yo siempre pensé a Kryptonita como metáfora, mi forma de contarle a él por qué no pude ser un padre tradicional, que el domingo iba a estar cocinando, que llevaba el diario bajo la axila o andaba en pantuflas, y no porque fuera un reventado o un bohemio, que es lo primero que aparece en el imaginario popular con respecto a quien se dedica de lleno a leer y escribir, pero que que mi vida pasaba por ahí, y yo no quería asociar la insatisfacción a algo tan bello como lo es un hijo. No hay manuales para ser hijo o padres, las relaciones se van forjando y bueno, por suerte, la nuestra transitó hasta tener esta vuelta, este momento en el que sí estamos conviviendo -cerca del Congreso de la Nación-, y quería que él entendiera que es uno de los grandes amores de mi vida, y que hoy lo estoy dejando todo por él, pero que también, cuando me llama la escritura, desaparezco.
¿Se puede adelantar algo de tu nueva novela?
Sí, cuando tenga tiempo lo que quiero escribir es una novela que se va a llamar 101 y que es un nene que crean con inteligencia artificial en una escuela técnica de San Justo. El Astroboy de La Matanza, ponele.
Por otro lado, y en relación todo lo que fue la experiencia de la Colección Identidades Bonaerenses, y el retroceso casi medieval al echar una persecución hacia textos como el de Dolores Reyes, Cometierra, y todo lo que vino después, es algo sobre lo que quiero escribir. Y lo mismo sobre los vínculos en esta época. Y también estoy escribiendo un texto para una presentación en vivo que vamos a tener el 25 de septiembre en Rosario con unos músicos de allá, y con los que que estoy escribiendo mucho sobre de volver a enamorarse de los trenes, el Sarmiento, que siempre estuvo presente, el tren como metáfora.
Y por último, creo que por fin voy a poder cumplirle a Leandro Donoso del Gourmet Musical (el sello editorial), y entregarle un libro por el que hace siglos me pagó un anticipo, y fui oscilando entre distintas cosas y nunca pude hacerlo. Me parece que me hizo muy bien haber escrito las crónicas como para salir del formato narrativo de ficción y volver a encarar este spaghetti western, que son italianos que sonaron en Isidro Casanova.

En Ultratumba, dos facciones de internas se disputan el control del penal.
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El último libro de ficción que publicó Leo, en 2020, se llamaUltratumba (Random House), la historia transcurre en una cárcel demujeres, e introduce un elemento noveoso en la literatura nacional:los zombies. Antes también publicó cuentos, poesía y una sagapolicial y villera, con títulos como Santería y Sacrificio, en lacolección Negro Absoluto que dirigió un colega que se llenó laboca y la pluma de elogios: Juan Sasturain.