Fotos: gentileza Faroni Producciones

La celebración está en marcha. Un best seller y su autor, ‘el éxito literario más grande del momento’, son la razón convocante a una cena que debería ser coronación, síntesis y camino de llegada. Pero algo no cierra. Hay una incomodidad que se filtra entre dudas, una sospecha persistente: ¿qué es aquello que huele a insatisfacción cuando todo indica que debería oler a maldito éxito?

“Maldita Felicidad” —escrita por Agustina Gatto y dirigida por Daniel Veronese— se presenta en el Teatro Metropolitan y despliega, desde la comedia y el desenfado, un dispositivo tan ágil como entretenido: un matrimonio editor celebra a su autor estrella, mientras la maquinaria de la consagración —esa que incluye editoriales, monopolios, competencia y contratos que firmar— se presta a complejizar toda relación humana. La fabricación del próximo gran suceso está ahí, expuesta, casi obscena en su eficacia. Sin embargo…

En escena, Pablo Echarri, Paola Krum, Carlos Portaluppi e Inés Palombo establecen un intercambio a pura química, donde las circunstancias vinculares se abordan con ligereza aparente y precisión rítmica. Las estrategias empleadas para convencer —a veces dramáticas, a veces ridículas— se despliegan sobre el escritor centro de todas las miradas y dueño de un narcisismo a flor de piel que la obra no oculta: lo expone, lo exagera, lo vuelve material de juego.

¿Dónde se encuentra la cabeza del genio de las letras en medio de todo esto? El autor celebrado —excéntrico, lúcido y seductor— es también un creador de universos, curioso por antonomasia, pero atrapado en su propia encrucijada. Un gran observador de los demás que, sin embargo, incurre en mentir, incluso cuando intenta definirse. ¿Todo sea por ganar terreno y conservar su imagen? Su ego gigante convive, al mismo tiempo, con una suerte de bancarrota mental y moral, con el bloqueo creativo y con la imposibilidad de habitar del todo ese porvenir que otros auguran para él.

La obra empuja la crisis, entonces, hacia zonas más filosas: ¿triunfar es para elegidos? ¿cuál es el fin último —y posterior— de un escritor? ¿qué queda después del primer gran éxito? En medio de cenáculos literarios, validaciones cruzadas y miradas ajenas que pesan o liberan, la dimensión ética del oficio aparece como una tensión constante. El compromiso más grande, acaso, no sea con el mercado ni con el lector, sino consigo mismo… y ahí es donde todo empieza a resquebrajarse.

La obra se puede ver en el Teatro Metropolitan hasta el 6 de junio.

Hay, en la construcción del personaje principal (un magnético Echarri) una identidad inestable, múltiple, siempre al borde de desarmarse. Como si el escritor —y por extensión, su persona- actuara una versión de sí mismo que nunca termina de coincidir con lo que es. No obstante, nada de esto se presenta con solemnidad. La comedia sostiene el pulso, habilita el desvío, permite que las preguntas más apropiadas circulen sin volverse discurso cerrado. “Maldita Felicidad” -con funciones en el Metropolitan hasta el próximo 6 de junio, antes de comenzar una gira nacional- trabaja a gusto en ese equilibrio: entre la risa y la fisura, entre el brillo del éxito y su reverso menos confesable.

La pregunta fundamental excede la materia literaria e insiste, como un ruido de fondo: ¿la felicidad es natural o una decisión? ¿Estamos conformes con lo que tenemos o simplemente activamos mecanismos inconscientes para justificarlo? Las respuestas aparecen, sí, pero son honestas a medias, atravesadas por el deseo, por la necesidad de validar un relato propio. Porque, en última instancia, cada quien narra su vida como puede.

A fin de cuentas, la felicidad —si es que realmente existe— no sea más que una construcción en disputa, un aroma difícil de identificar y una escena que siempre está a punto de desarmarse, rumbo a encontrar la mejor de sus formas.