La Argentina que soñó Domingo Faustino Sarmiento y la que tenemos hoy parecen, a primera vista, dos países difíciles de conciliar. Sin embargo, ciento treinta y ocho años después de su muerte, el séptimo presidente constitucional de la Argentina (gobernó entre 1868 y 1874) regresa para revisar su propia historia y poner a prueba, frente al presente, aquello que quedó de sus ideas. Y lo hace sin la menor intención de ser autorreferencial.
“Sarmiento, la clase”, escrita por Juan Francisco Dasso y dirigida por Nicolás Dominici, imagina el retorno del prócer a nuestros días para ofrecer una ponencia magistral: sus temas predilectos son la educación y el progreso. Entre la fascinación y el espanto que le provoca el contexto actual, intenta ordenar su pensamiento. El singular encuentro con nosotros, la audiencia, avanza entre reflexiones, confesiones y provocaciones que obligan a revisar la figura del prócer. Con inteligencia, el texto confronta las distintas miradas que rodean a uno de los personajes más discutidos de nuestra historia y lo hace, justamente, en boca de su protagonista.
Sarmiento es un personaje histórico sobradamente documentado. Su nombre figura en plazas, escuelas, calles y teatros; su rostro pertenece al imaginario colectivo y su figura forma parte de una iconografía escolar que durante generaciones pareció no admitir demasiadas preguntas. Pero ¿cuántos lo leyeron más allá de la superficie? ¿Cuántos conocen realmente al autor de “Facundo”, al hombre que atestigua lo hecho y lo deshecho en su nación, más allá de las estampas del prócer, del himno que lo ensalza y de las fórmulas repetidas hasta el cansancio?
La dramaturgia parte de esa sospecha: creemos conocer al padre de las aulas porque conocemos su nombre, sus monumentos, su lugar en la historia. Y, quizás, el teatro sea un lugar particularmente fértil para desmontar esa imagen y volver a ponerla en discusión. Porque aquí Sarmiento no es estatua, sino presencia. Un hombre elocuente y no precisamente fino: contradictorio, vehemente, capaz de deslumbrar y también de despertar disidencias.
Juan Leyrado, a la altura de tamaño desafío, comprende que no se trata de imitarlo de manera superficial, sino de encontrar el nervio de un hombre cuya personalidad fue tan poderosa como sus ideas. Su trabajo, formidable, permite conocer el carácter de Sarmiento y, sobre todo, sostener durante toda la función las variaciones de un texto que encuentra en su tramo final una intensidad conmovedora. El monólogo de cierre estremece.
Hay en la naturaleza de una de las personalidades más atractivas de nuestra historia un ejemplo de insistencia y tesón. Sarmiento no vino a moralizar. La puesta tampoco. Lo que hace es invitarnos a tomar posición, a discutirlo y a preguntarnos qué ideales perduran, qué hubo de superador en su pensamiento y qué aspectos de su legado siguen siendo objeto de crítica. Y allí aparece uno de los interrogantes más estimulantes de la obra: ¿qué le preguntaría el pueblo argentino a Sarmiento hoy? ¿Qué pensaría frente al deterioro de la educación pública? ¿Cómo leería la penosa realidad de aquello que alguna vez imaginó como una herramienta decisiva para transformar una sociedad? ¿Qué diría ante lo corroído por el Estado y frente a las discusiones contemporáneas sobre el rol social que cumple la cultura, sus recursos y su futuro? Sarmiento cavila: ¿puede Argentina levantarse? ¿puede siquiera cumplir con sus necesidades básicas?

La interpretación de Leyrado es estupenda.
El prócer no ha regresado para ofrecer respuestas tranquilizadoras, sino para incomodar y poner en tensión ideas que todavía atraviesan la vida pública argentina: el progreso y sus costos, la tradición y las infinitas contradicciones del ser nacional. Sarmiento no busca romantizar su propio modelo y esa es una decisión saludable. Su legado tampoco aparece como un paquete cerrado que debamos aceptar o rechazar en bloque. Hay ideas que perduran, otras que hoy resultan difíciles de sostener y algunas que vuelven a inquietarnos. Hay respuestas heredadas que no siempre alcanzan. El camino elegido es el de leer el correcto sintagma que separa a la civilización de la barbarie.
Dasso no parece haber escrito una pieza para absolver a Sarmiento ni para condenarlo. Menos aún, para reducirlo a una estampita escolar. Lo trae al presente para que se defienda, se contradiga, se exaspere y vuelva a mirar aquello que ayudó a construir. El personaje histórico recupera así una dimensión humana que la iconografía oficial suele borrar. La actuación de Leyrado, plena de inteligencia escénica, resulta decisiva para que esa tensión no se transforme en una conferencia ilustrada. Su prócer tiene cuerpo, temperamento, humor y una evidente capacidad de irritación.
La puesta, mediante un dispositivo deliberadamente austero, juega también con la propia naturaleza y construcción de los relatos históricos. Toca a nosotros creer una parte del cuento: narración que recibimos, interpretamos y volvemos a contar. Hay algo especialmente fértil en esa operación. Sarmiento, lector voraz, un niño autodidacta y hombre que hizo de la lectura y del conocimiento instrumentos de ascenso, no solamente habla: observa. Mira la Argentina contemporánea desde el desconcierto de quien vuelve de otra época y se encuentra con un país que, en algunos aspectos, se parece demasiado al que conoció y, en otros, resulta irreconocible. El escenario, paradójicamente, transforma la clase en teatro y el teatro en una especie de aula pública, para comprender que una sociedad también se define por aquello que decide enseñar.
“Sarmiento, la clase”, con participación especial de la actriz Ana Balduini, se presenta en el Centro Cultural de la Cooperación, con funciones viernes, sábados y domingos a las 19:30.