Fotos: DIGI CINE.

Benjamín Naishtat y María Alché, compañeros en la vida e incipiente dupla de directores, son los responsables del exitoso film “Puan” (2023), exhibido, galardonado y aplaudido en el marco del último Festival de Cine de San Sebastián y estrenado en salas locales el pasado 5 de octubre. Protagonizado por Marcelo Subiotto, Leo Sbaraglia, Julieta Zylberberg y Mara Bestelli, podríamos definirlo como una comedia filosófica que combina elementos de variados registros a la hora de abordar temáticas de índole social y política que nos interpelan como argentinos.

Para Marcelo (interpretado por Marcelo Subiotto), experto docente de filosofía, la repentina muerte del mentor que lo ha formado y a quien lo une un vínculo de gran admiración, desencadena un duelo de dimensiones y consecuencias impensadas. El trágico hecho, no solo deja a una cátedra acéfala, sino que el desajuste emocional que vive en carne propia el discípulo se confundirá con situaciones no resueltas de su vida familiar. Además, la extraña presencia de un colega proveniente de Alemania (interpretado por Leo Sbaraglia) actuará como detonante, a medida que éste cobra notoriedad y preponderancia, en directa proporción a la incomodidad palpable en la piel de aquel que carga con pesados zapatos que ocupar.

Estreno que se ubica cercano a las próximas elecciones presidenciales, “Puan” cobra una pertinente magnitud de alerta, más aún teniendo en cuenta que su realización culmina cuatro años después de haber sido escrita, con anticipación fidedigna. El relato nos muestra a una Buenos Aires en donde la violencia impera en las calles. La TV se hace eco del clima de descontrol: los noticieros anuncian hiperinflación y un precio dólar por las nubes. Objeto de urgente análisis político y social, el film se entromete en conceptos acuciantes de nuestra coyuntura, con miras a una reflexión respecto a libertades y derechos puestos en duda. Porque, con esencial sentido democrático, el momento de pensar y actuar es ahora.

Canciones de protesta ya casi nadie hace, pero, ni bien arrancado el film, suena un Charly García bien ochentoso, marcando el ritmo de la banda sonora. “Dos cero uno (Transas)” (editada en “Modern Clix”, 1983) se enuncia como leitmotiv, y es así como viajamos al corazón de una facultad en pleno cambio. Afuera, la ciudad arde de protestas. Quizás algunas cosas no cambiaron tanto o es que nos siguen pegando abajo. Tal vez sea ese ‘no sé qué’ de este caótico y pasional país, propicio para crear en medio del tumulto, a diferencia del orden y la pulcritud del primer mundo, tan frío y distante. En “Puan”, las calles se toman para pelear por los derechos, mientras un letrero en los pasillos de la facultad anima a no bajar los brazos y dar batalla.

>Puan fue galardonada en el Festival de Cine de San Sebastián

Mientras los estudiantes reclaman por aquello que les corresponde, un panorama económico y social nefasto amenaza con arrasar sueños de prosperidad y estabilidad. Es así como el universo ficcional define ideas y posturas para transitar la vida y la ciudadanía. En firme defensa de la educación pública que nos debe unir en su prioritario resguardo, se ofrece un retrato emotivo y de gran espesura, efectivo en dialogar sobre una verdad que nos atraviesa profundamente. La sola idea del quiebre y cese de actividades de la UBA coloca el punto de atención en un presente amenazado por discursos totalitarios.

El protagonista de esta historia es Marcelo, un cincuentón que busca encontrar su verdadero lugar en el mundo. Pero, ¿quién es en realidad Marcelo? ¿Aquel otrora estudiante melenudo con deseos propios de ‘ser ahí’ o el profe gordito, con pinta de perdedor a quien en las fiestas nadie registra? Todo depende de la perspectiva y de una abundante cuota de filosofía. Empatizamos, porque es aquel personaje querible por su timidez y su torpeza, quien jamás tomará la voz cantante en un agasajo, pero entonará un tango geografías más lejos, quizás porque no es profeta en su tierra. O, probablemente lo haga, porque cada vez que suene un tango allá, no se sienta un extraño, diría Charly. También, es quien sabe que tiene un legado que honrar.

Con grandes dotes de docencia y una paciencia encomiable, el personaje al que da vida Subiotto, centro convergente del relato, tiene vacíos por llenar, defectos por disimular y angustias por calmar. Parece descolocado, fuera de todo ámbito; podría convertirse en el perfecto protagonista de “El Extranjero”, de Albert Camus. De Sócrates a Platón, la docencia se revela como forma y propósito de vida, y el mundo abstracto que sus clases describen nos hacen la idea de esa estirpe de profesor sumergido en un pensar que nada tiene que ver con los problemas cotidianos. Sin embargo, fuera del ámbito de la enseñanza, le toca lidiar con ellos. También con la figura de su némesis, proveniente de la micro burbuja del Viejo Continente. Entre citas de Spinosa, Hobbes y Heidegger, encuentra su brújula, y cuando no lo consigue, su propio hijo sabe ubicarlo: el niño enseña con locuacidad y aplomo, y no lo hace por experiencia.

En plena lucha existencial consigo mismo, Marcelo se sabe merecedor del privilegiado lugar académico a ocupar…pero, claro, un repatriado hace buenas migas con la decana actual. En el ámbito educativo universitario, dos hombres cultos, cada uno con posturas y conductas muy definidas, competirán entre sí, y las fricciones enriquecerán la trama. Las malas artes y el poder de seducción de uno encuentran eco en la moral y los principios que resguarda el otro. En este punto, el film nos entrega un maravilloso duelo actoral entre Subiotto, una gratísima revelación para nuestro cine, y un cada vez más inmenso Sbaraglia. La dupla Naishtat-Alché no juzga a sus personajes, sino que nos ofrece caracteres de gran riqueza y arco evolutivo. Tramo a tramo, ironía, sagacidad y cierto tono burlesco se combinan con prestancia para transversalizar desigualdades y antagonismos. Congeniando forma y contenido, dos estilos de dirección se complementan a la perfección.

Con celebradas participaciones especiales de Alejandra Flechner, Cristina Banegas, Andrea Frigerio, Claudia Cantero, Damián Dreizik y Héctor Bidonde, la película indaga con profundidad en las grietas de un sistema disfuncional. ¿Cómo definiríamos a un pueblo?, se pregunta el docente, intentando ensayar una respuesta delante de su atenta audiencia. Bajo una noción de equidad más bien utópica como imagen que lo represente, ¿no deberíamos convivir todos en un lugar en dónde el dolor propio sea también el ajeno, y, además, en dónde todos compartan él éxito y la alegría de su semejante? No caben dudas, esta sería la película que le hubiera encantado ver al añorado José Pablo Feinmann.

El mecanismo narrativo posibilita un espacio de debate para generar un válido llamado de atención, superador del estancamiento de toda discusión inconducente. De este modo, el territorio de la ficción se espeja en la realidad para cuestionar convicciones insertas en un contexto de mayúscula crisis. Hacia el desenlace, evidenciamos la debacle social ante nuestros ojos, mientras que el malestar común ilustra la frustración con las propias instituciones: un estado que no pueda garantizar nuestros derechos podría ser la peor de las premoniciones. Con solvencia, “Puan” esboza una Argentina en llamas como didáctica para un aprendizaje superador. Porque hay tanto en juego.