Por Juan Martín Chippano

“La era está pariendo un corazón
No puede más, se muere de dolor
Y hay que acudir corriendo
Pues se cae el porvenir”

La era está pariendo un corazón,  Silvio Rodríguez

El Galpón de Ortúzar es un espacio comunitario ubicado en el barrio cuyo nombre ostenta. Originalmente una cancha de bochas, en el año 1997 y gracias al recordado programa “Sorpresa y media” se construyó su estructura para el funcionamiento del Centro de Jubilados que se reunía ahí. A principios de los 2000 el lugar fue parcialmente abandonado y se convirtió en un espacio peligroso. Entre el 2013 y el 2014, un grupo de vecines, junto con les jubilades que aún quedaban del Centro, nos dimos la tarea de recuperar el lugar, arreglar la estructura y multiplicar sus actividades para uso de toda la comunidad.

El 30 de septiembre recibimos un llamado a las 6:30 de la mañana. Era un vecino que habíamos conocido hacía relativamente poco, que no participaba de las actividades pero se quedaba charlando con nosotres los sábados a la mañana. Nos avisaba que estaban desarmando el galpón. Esas fueron sus palabras exactas: “están desarmando el galpón”.

En 15 minutos ya habíamos llegado al lugar y empezó a sumarse más gente. El Presidente Garcilazo se paseaba por el lugar muy sonriente, contento con lo que estaba haciendo. Les vecines de Villa Ortúzar, respetuosamente, nos dirigimos a la máxima autoridad de la comuna (y, por lo tanto, principal responsable de la gestión del espacio público de nuestro barrio)[1] solicitando explicaciones. 

Garcilazo reaccionó como nos tiene acostumbrados: pararse soberbiamente, mirarnos de costado, no responder y, finalmente huir, tras robar todo lo que había en el galpón y destruir parte de la estructura de funcionamiento. Sin embargo, no logró cumplir con su objetivo, que era el desmantelamiento total. La masividad de la presencia vecinal obligó a la intervención judicial. La fiscalía que recibió el caso ordenó el cese inmediato de las acciones por parte del Gobierno de la Ciudad hasta tanto se concretara una instancia de mediación entre las partes para solucionar el conflicto pacíficamente.

Les vecines de Villa Ortúzar logramos parar dos veces el atropello del Gobierno de la Ciudad. Volvieron a venir el martes 4 de octubre, nuevamente a la madrugada, a pesar de que estábamos esperando la instancia de mediación, para seguir destruyendo el lugar, y otra vez la participación activa y masiva de todo el barrio les puso un freno y tuvieron que retirarse nuevamente sin cumplir su objetivo final.

Inmediatamente, interpusimos un recurso de amparo que actualmente tramita en el Juzgado Nro 10 del Fuero Contencioso, Administrativo y Tributario de la Ciudad, a cargo del dr. Aurelio Ammirato. La fiscalía interviniente elaboró un dictamen favorable a que el amparo siga su curso y recomendó el dictado de una medida precautelar de no innovación en el lugar hasta que se resuelva el pedido de cautelar realizado junto con el amparo. En criollo: el Gobierno de la Ciudad no puede continuar con la destrucción pero les vecines tampoco podemos reconstruir el galpón.

No es común en nuestra Ciudad poder ponerle un freno a los deseos de Horacio Rodríguez Larreta: el poderío económico y mediático de su gobierno, el comportamiento patoteril permanente, los métodos autoritarios son una constante que le permite arrasar con casi todo. Sin embargo, desde nuestra pequeña Patria de menos de 2km2, con alrededor de 22.000 habitantes, pudimos frenar dos veces el ímpetu destructor de quienes gobiernan una Ciudad que odian y a la que quieren transformar de raíz para que no quede ni un vestigio de lo que fue.

Las dos avanzadas del gobierno de la Ciudad sobre el galpón generaron una reacción vecinal que todavía hoy no deja de sorprendernos: el mismo viernes 30 se armó un grupo de Whatsapp que integran más de doscientas personas con el objetivo exclusivo de compartir información vinculada al galpón. 

Así quedó el Galpón luego del avance del gobierno porteño.

Tanto el 30 como el 4, les vecines se enfrentaron a las autoridades para exigir la detención inmediata de la destrucción. Desde entonces, todos los días se realizan actividades en la plaza, en las inmediaciones del galpón, para visibilizar lo ocurrido y generar comunidad: son actividades que proponen vecines del barrio y se llevan adelante pacífica y amorosamente. En todos los casos, muches de les participantes (del grupo de whatsapp, de la defensa física del galpón y de la creación de actividades) son vecines que nunca habían pisado el espacio ni interactuado con quienes lo habitamos cotidianamente.

¿Cómo fue posible que todo un barrio se involucrara en la defensa de un espacio que, en mayor medida, desconocía?

No hay una sola respuesta. Lo primero que hay que tener en cuenta es que el trabajo sostenido y coherente en el tiempo da sus frutos: la coherencia garpa. Son ocho años de construcción colectiva (y casi imperceptible) en El Galpón de Ortúzar: la recuperación de un espacio abandonado por el Gobierno de la Ciudad (desarmando, además, un foco de inseguridad en el barrio), la autogestión con actividades a la gorra o gratuitas (para que todes puedan participar), la reconversión durante la pandemia (con la asistencia alimentaria para familias que estaban en situación de vulnerabilidad), la participación activa en los conflictos barriales (la articulación con delegades y vecines de la traza de la ex autopista 3, los aportes al trabajo del colectivo “Somos de Ortúzar” para proteger el barrio de la masacre que el nuevo Código Urbanístico genera, o la colaboración en el conflicto de la plaza Malaver a través de la articulación con el colectivo “Somos la Malaver”), la respuesta a demandas sociales, principalmente para las personas adultas con deseo de terminar sus estudios secundarios (funcionó una sede del Plan FINES y actualmente funciona el Bachillerato Popular Berta Cáceres), sosteniendo, además, el funcionamiento del histórico Centro de Jubilados que existía en el lugar. Les vecines vieron cómo un grupo de personas, vecines como elles, de forma amorosa y voluntaria, nos dimos la tarea de recuperar, día a día, un espacio abandonado para ponerlo al servicio de toda la comunidad.

El segundo punto relevante es el significado simbólico de lo ocurrido: sentimos que nos pasaron por encima a cada une de nosotres. De forma inconsulta y violenta, el Gobierno de la Ciudad vino a destruir algo que es parte de nuestra identidad, de nuestra historia y, en cualquier caso, quienes deberíamos tomar la decisión de que el lugar no funcione más, o se desarme, somos les propies vecines. 

Si esto ocurriera sólo con el galpón, vaya y pase. Pero la embestida del Gobierno de la Ciudad contra el barrio de Villa Ortúzar es total: el nuevo Código Urbanístico incrementó más de 500% la constructibilidad, generando que un barrio que históricamente se caracterizó por las casas bajas, los comercios de cercanía, los mates en la vereda, progresivamente se vaya transformando en un territorio anónimo, igual a cualquier otro, desconocido. Como respuesta, en el barrio se construyeron dos colectivos que impulsan la modificación del Código Urbanístico, que hace más de un año se reúnen, se forman en la temática, evalúan las alternativas y realizan acciones de concientización y difusión acerca del impacto en la vida cotidiana de esta normativa. Este nuevo Código implica también un avance feroz contra les habitantes de la traza de la ex autopista 3 (quienes hace más de 20 años se organizan y luchan por el cumplimiento de una ley que les garantiza la solución habitacional definitiva en su vivienda actual, en Villa Ortúzar) generando presiones y herramientas para expulsarlos de la zona.

Finalmente, el contexto global y nacional también enmarca lo que pasó. La crisis económica y financiera del 2008, cuyos efectos aún se sienten, y la pandemia de Covid-19 aceleraron los tiempos históricos: el mundo se encuentra entre la descomposición de lo viejo y la (no) aparición de lo nuevo. Los nuevos fascismos leyeron este contexto y proponen una alternativa: la construcción de una comunidad basada en el aniquilamiento de lo diferente, estimulando las pasiones tristes de los seres humanos. Sabemos que esta alternativa ni es nueva ni es una salida posible -su concreción implicaría la destrucción de cualquier forma de vida humana, todes somos le otre de alguien- pero, con la ayuda invaluable de poderosos sectores económicos y mediáticos, logran que su discurso sea verosímil. Sobre la realidad concreta de que vivimos en caos, tenemos miedo y estamos angustiados, construyen la idea de que la culpa de lo que ocurre es de le otre y que la salida es la destrucción de la diversidad, estimulando el odio y el resentimiento entre personas y colectivos.

En tiempos en los que parece que el único sueño que se puede soñar es la pesadilla, mientras se exacerban hasta extremos inimaginables los discursos y prácticas del egoísmo e individualismo, cuando los sectores que históricamente han propuesto alternativas solidarias parecieran vivir más en la nostalgia del pasado que en un proyecto de futuro, aparece, en el territorio que habitamos todos los días, una causa digna de ser defendida, una lucha que merece ser dada, la esperanza de que podemos construir algo mejor.

Pasado, presente y futuro son los factores explicativos de lo que ocurre en El Galpón de Ortúzar. Un pasado de construcción y compromiso, un presente de violencia y avasallamiento, un futuro en el que una vida comunitaria y solidaria es posible y está al alcance de la mano.

Desde hace más de un mes, Villa Ortúzar se enfrenta frontalmente al Gobierno de la Ciudad a partir de propuestas que son propias de la idiosincrasia del barrio: actividades culturales, artísticas, deportivas que generan un ámbito de encuentro comunitario, en el que les vecines confluimos cotidianamente a tomar mates, charlar de las cosas de todos los días: sabemos nuestros nombres, dónde vivimos, cuál es nuestra mascota, a qué nos dedicamos, qué nos gusta y qué no, cuál música preferimos escuchar, qué talento oculto (o no tanto) tenemos.

Compartimos la comida, nos preocupamos por le otre, si tiene frío, si necesita un baño, si está cansado, si está bajoneado. Soñamos, creemos y construimos una respuesta alternativa a la (no) socialización neoliberal: nuestra individualidad, nuestro yo, alcanza sus mayores potencias, su mejor rendimiento, cuando lo desplegamos conjuntamente con les otres. Le otre, les otres, sacan lo mejor de mí. Y yo sacó lo mejor de les otres.

Entrega de diplomas del programa Fines, en 2019.

La gente no se vuelca a los neofascismos porque se haya vuelto fascista: las opciones neofascistas proponen un sueño (la pesadilla) en un mundo donde pareciera que ya nada se puede soñar (y donde casi nadie se atreve a hacerlo). Entonces, la tarea es construir sueños: construir esperanza, algo en que creer, que nos confirme que tenemos la potencia creativa de inventar algo mejor, más justo, más humano y amoroso: en el territorio, en las calles que habitamos todos los días, en les vecines con les que conversamos, en la pequeña magia del encuentro fraterno está la respuesta al futuro mejor que debemos y nos merecemos construir. Ortuzar demuestra que incluso en lo más micro, en la plaza del barrio, se puede crear entusiasmo comunitario y volver a soñar. Ortuzar nos invita al futuro.


[1] Según la Ley N° 1.777 de la Ciudad, “las Comunas tienen a su cargo en forma exclusiva: a. La planificación, ejecución y control de los trabajos de mantenimiento urbano de las vías secundarias y otras de menor jerarquía, según normativa vigente. b. La planificación, ejecución y control de los trabajos de mantenimiento de los espacios verdes, de conformidad con la Ley de Presupuesto. c. La elaboración participativa de su programa de acción y anteproyecto de presupuesto anual, su ejecución y la administración de su patrimonio. d. La iniciativa legislativa y la presentación de proyectos de decretos al Poder Ejecutivo. e. En general, llevar adelante toda acción que contribuya al mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes y al desarrollo local, en tanto no implique menoscabo de la ciudad en su conjunto y/o de las demás jurisdicciones Comunales.”