¿Alguna vez te detuviste a sentir el olor del jazmín?
¿por qué tiene ese aroma tan maravillosamente dulce?
¿Será cierto que ayuda a combatir la ansiedad?
¿Y si plantamos jazmines en cada cuadra del barrio?
¿O solamente las podremos apreciar al cruzar por el frente divino de algún edificio del centro urbanizado?
Fragmento del poema Tormenta, de Soledad López, vecina de la Villa 31.
Fotos: Catriel Remedi.
El día que el villero más famoso de la tierra hubiese cumplido 66 años, un colectivo de poetas, músicos y bailarines villeros de la Ciudad de Buenos Aires, realizó una emotiva y potente intervención artística en el salón más aristocrático de la legislatura porteña. La iniciativa fue de otro villero, que desde hacía muchos años quería representar a los suyos en la casa política, y que desde hace un año es legislador por el peronismo porteño: Alejandro “El Pitu” Salvatierra.
Luego de las palabras de bienvenida que ofreció el locutor de la legislatura, El Pitu, con una flamante remera negra que tenía estampada una imagen del Diego en el pecho, se plantó detrás del atril, agradeció la presencia del legislador y compañero de bloque Juan Modarelli, las legisladoras Guadalupe Tagliaferri, Patricia Glize y Claudia Neira, los comuneros Nayla Loitegui, Lautaro Eviner, “su hermano” Facundo Roma, ex comunero en el sur de la Ciudad, la diputada nacional Paula Penacca, sus hijos, su mentora y madrina en los medios de comunicación Julia Mengolini, el escritor y cineasta villero César González, y el Padre Toto, entre otros.
“Es un orgullo llenar esta casa con vecinos de los barrios”, tiró para arrancar, y avisó que no iba a hablar, porque se iba a emocionar, pero que sí iba a leer. Y eso hizo con el prólogo del Poemario villero que los organizadores de la actividad dejaron sobre las cien sillas que había desplegadas en el salón y que ahora en su mayoría de los vecinos y amigos de los barrios, hojeaban.

El Pitu lleva la agenda villera en la legislatura.
“Son chicos y chicas que escriben desde el medio de esa cosa espesa que es la vida cuando te toca nacer del lado de los que no tienen nada”, leyó El Pitu; y también: “Este libro pone en acción la palabra cuando todo empuja a callarte”, y que “en estos poemas está el aprendizaje de sobrevivir y de ayudarse entre vecinos”. También leyó:“Este libro es un testimonio y un desafío. Un testimonio de que la vida en la villa no es una sola historia, sino muchas y entrelazadas. Y un desafío a los que creen que la poesía es un lujo de gente con tiempo y plata. Estos pibes y pibas escriben entre una requisa y otra, entre una garrafa y otra. Escriben porque es la única forma de no romperse del todo”.
Al Pitu, aunque leyese, se le atoró una emoción en la garganta, y tuvo que parar. Recibió un aplauso, arengas, silbidos, y continuó hasta el punto final. Luego del aplauso, arrancó la intervención villera del Salón Dorado.
Uno detrás del otro, a lo largo de cuarenta minutos, los y las poetas del colectivo fueron leyendo sus textos. Algunos lo recitaron -como Nahuel Arrieta (@poesiadebarro21), de la villa 21/24, quien vestía una remera de Barracas Central-, otras lo cantaron, como Nahir Sánchez Romero (@nahirsanchezromero), del Barrio Fámita, de Villa Soldati, quien aparte acompañó las palabras con un bombo leguero; otros leyeron desde el frente, de cara a la platea, y otras lo hicieron desde alguna de las sillas, mezclada entre los vecinos y vecinas, amigos y amigas. Luego de los aplausos, cada uno de ellos llevaba una vela hasta el santuario que el colectivo había montado en la cabecera del salón y que fungió como el centro de gravedad del evento.
Se leyó desde el escenario, pero también desde la platea.
Un fragmento del poema Geografía, de Jorge Gustavo Torres (Maka), vecino de la Villa 21/24, hijo de inmigrantes paraguayos y militante del espacio artístico Orilleres (@maka_torres).
En el oeste o del lado de la plaza
está la calle Luna,
por el este o yendo a Pompeya
se encuentra Iguazú:
sería agua grande de la luna
ya sé, son paralelas
pero son poesía.
Fragmento de La sirena de los piletones, de Nélson Santacruz, paraguayo de la Villa 21.24, militante, docente y comunicador (@nelson_santacruz).
'Frente a la villa de Los Piletones, tiritan marrones,
los viejos juglares que cantan a orillas de un lago.
Una noche de eclipse un ritmo lloroso todo lo cambió:
Sus aguas eran cristalinas, las moscas luciérnagas,
la basura mutó en pájaros con enormes plumajes.
El santuario en el que depositaban las velas los y las poetas, estaba revestido con las consignas Nunca más y Ningún pibe nace chorro, las figuras de Eva, Cristina Libre y El Indio, una pelota y remeras de fútbol, banderas de Paraguay, Bolivia, Argentina y también la Wiphala, una estatuilla del Gauchito Gil, un par de zapatillas, flores, libros, fotos, un equipo de mate, y en el corazón del artefacto villero, un vitral iluminado por dentro con icónica imagen del Diego en su palco de la Bombonera, con la remera de Boca, un crucifijo en el pecho, un habano entre los labios y la gorra del Che en la cabeza. Mientras se sucedían las lecturas, en un pantalla gigante dispuesta en el salón, se transmitían imágenes aéreas de las villas porteñas.
El santuario coronado por el villero más famoso de la tierra.
La legislatura también es villera y marrón, decía el cartel que llevaba en alto una de las artistas, con la remera de número 10 del boliviano Etcheverry, mientras desfiló por el pasillo central del salón. Uno de ellos tocó la guitarra y otro, luego de leer, hizo sonar unos bongó. Otra de las chicas hizo un número de danza.
Fragmento del poema Farmacity, de Dina Choquetarqui, vecina del barrio Los Piletones de Villa Soldati, estudiante de la carrera de Sociología, en la UBA, e integrante del colectivo Escritores Villeres (@sangreaymara)
Quiero dejar de camuflarme en la ciudad;
que mi nacionalidad deje de ser insulto.
Quiero no usar más el acento porteño que bien aprendí
para cuidar que a mamá y a mí no nos traten distinto.
Que en el Farmacity, el guardia no me esté encima
pensando en que voy a robar algo,
sabiendo que tenemos el mismo color de piel.
Antes del cierre de la actividad, El Pitu volvió a situarse detrás del atril, agradeció emocionado la organización y realización del evento, pidió más aplausos, y le pidió unas palabras a César González, el escritor y cineasta del barrio Carlos Gardel del partido de Morón.
César ocupó el atril, y compartió un par de reflexiones punzantes, fiel a su estilo: “Los villeros nos podemos narrar a nosotros mismos, que somos capaces de escribir poesía, de hacer música y de contar nuestra propia realidad”.
En el cierre, con todo el colectivo de artistas de pie alrededor del santuario del Diego, Nahir cantó La mano de Dios, de Rodrigo, y todo el mundo cantó Maradó, Maradó.
Luego, por fin, la distensión, los abrazos, los besos y las fotos.
Fue ahí, en el salón ahora tomado por las felicitaciones, las vivas, las palmadas y las sonrisas, que Kranear conversó con algunos de los protagonistas e invitados.
Rodrigo Caballero, de 28 años, vecino de la Villa 3, un “peronista anti romantizador de la pobreza”, como se lo presenta en las biografías del poemario, un rato antes había leído frente a la platea, con una remera de River, la espalda recta y la voz firme.
¿Por qué te parece importante que el colectivo de artistas haya ocupado un espacio como el Salón Dorado de la Legislatura Porteña?
“Es importante que nuestros vecinos sepan que tiene la posibilidad de ocupar esos espacios, de hacer arte, de que la poesía sea accesible para ellos. En mi caso, gracias a los centros culturales que hay en mi barrio, a la militancia política, a gente con empatía que se acerca al barrio para darnos una mano, hoy tengo esta herramienta. Ahora el objetivo es que los villeros y villeras podamos seguir expandiendo esto”.
¿Hace cuanto escribís?
“Diez años”.
¿Tenés ganas de publicar un libro?
“Me encantaría”.
Poemas sobre la realidad de los barrios populares.
Gabriela Borrelli Azara, escritora y crítica literaria, que llegó al evento con Julia Mengolini, también conversó con Kranear: “Me parece que lo poético es una dimensión humana que todos tenemos, y que quien decide qué es o no literatura, qué es o no es arte, es una institución burguesa. Acabamos de escuchar poesía hermosa, profunda, bien escrita”.Aparte, lo hicieron con una vehemencia a la que no estamos acostumbrados, ¿no?“Sí, totalmente. Con pasión. Y la verdad que una de las mejores cosas que tiene el arte es que gestiona los sentimientos más hermosos pero también los peores, es decir que la violencia, la bronca, se gestionan a través del arte, y hoy vimos como toda esa violencia recibida desde siempre, ese estigma, puede que no se resuelva, pero sí se gestione, se vehiculice a través de la poesía”.
A la directora de Futurock, Julia Mengolini, le pedimos unas palabras sobre el Pitu Salvatierra, a quien conoce de cerca por haber compartido, durante cuatro años, su programa Habana y Segurola.
“Estoy muy emocionada porque me parece que el Pitu le da distintas capas y distinta profundidad a su tarea legislativa, y de representación, en definitiva. Él se encarga de redactar proyectos que le mejoran la vida, o que intentan mejorarle la vida materialmente a la gente, como por ejemplo el drama de las personas endeudadas, y al mismo tiempo se encarga de mostrar la belleza y la creatividad que hay en las villas, por ejemplo a través de la poesía”.
¿Qué balances haces de la actividad?, le preguntamos a Nahir Sánchez Romero, maradoneana, asesora del Pitu en la Legislatura y la responsable de haber motorizado el hecho artístico y político. “La actividad salió maravillosa, ya que en el cumpleaños del villero que más amamos todos, pudimos volver a decir sí, nuestra identidad es villera, por más que quieran utilizar la palabra villera de manera estigmatizante, tanto el gobierno porteño como el nacional, por más que nos quieran esconder, nosotros somos villeros, y los villeros somos sobrevivientes y tenemos una cultura y una identidad diferente que nos hace ser parte de esta sociedad, pero nos distinguimos por ser solidarios, por entender que el otro también necesita de nuestra mano, nuestro apoyo, y repito: somos sobrevivientes, y eso es un orgullo”.
¿Cómo se organizó la actividad?
“Todos los que están en el escenario son amigos míos, artistas villeros con los que nos fuimos cruzando en otros escenarios, y cuando El Pitu Salvatierra nos convoca para armar un poemario villero, dijimos, bueno, presentémoslo a lo grande, haciendo de cada lenguaje artístico un lenguaje artístico villero, y con villeros y villeras de muchos de los barrios populares de la Ciudad.”
Nahir realizó el trabajo de articulación con los artistas villeros.
Con Soledad López, vecina del Barrio Padre Carlos Mugica (ex Villa 31), y vestida con una remera de Boca, conversamos en la calle, mientras fumaba un cigarrillo, muy relajada luego de la exposición que significó ponerle el cuerpo, la voz y la cara a la lectura.
“Es la primera vez que leo los textos que escribo, y lo hice porque sentía que en el texto lo escribí en un momento en el que me estaba haciendo muchas preguntas”.
¿Cuándo fue eso?
“Durante la pandemia”.
¿Y hace cuánto escribís?
“Más o menos desde que conocí a La Garganta, en el 2015, cuando empecé a escribir notas periodísticas, y la poesía se me vino un poquito después, pero tampoco es que hago poesía, sino más bien una especie de catarsis de las cosas que me pasan y me atraviesan y un poco de eso se trató mi texto”.
¿Habías venido a la legislatura?
“Para ver a otros amigos”.
¿Te sentiste bien? ¿Te hizo bien?
“Sí, la verdad que sí, fue liberador”.
Remeras de fútbol, guardapolvos blancos, Diegos y la palabra poética.