Militancia Literatura

Anatomía del horror

En su libro 'Matar', el periodista argentino Julio Spina, a través de distintos documentos e investigaciones, revela el accionar criminal de la organización parapolicial Triple A que funcionó como el sangriento preludio de la última dictadura cívico militar.

“Matar. La historia completa de la Triple A”, del periodista y licenciado en Letras Julio Spina, publicado este año por Sudamericana, reconstruye el nacimiento y el accionar de una de las organizaciones más oscuras de la historia argentina reciente. El libro arranca con el asesinato del cura villero Carlos Mugica, ocurrido el 11 de mayo de 1974, a manos de la Triple A. Menos de dos meses después, el presidente Juan Domingo Perón moriría y el salvajismo de dicha organización se intensificaría. Spina investiga de manera exhaustiva esos tiempos sumamente convulsionados a través de documentos, fuentes y testimonios, recorriendo una trama de violencia política desenfrenada.

Spina cuenta que durante el gobierno peronista que transcurrió entre 1973 y 1976 —el llamado “tercer peronismo”, que comenzó con la breve presidencia de Héctor Cámpora entre mayo y julio de 1973, continuó con el interinato de tres meses de Raúl Lastiri y luego con las presidencias de Juan Domingo Perón, desde octubre de ese año hasta su muerte el 1° de julio de 1974, y de quien fuera su última esposa y vicepresidenta, María Estela Martínez de Perón, Isabel, hasta el golpe del 24 de marzo de 1976— se perpetraron numerosos atentados y alrededor de un millar de asesinatos que suelen atribuirse genéricamente a la Alianza Anticomunista Argentina, conocida como la Triple A. “Sin embargo, no todos aquellos hechos de violencia fueron ejecutados por esta banda parapolicial. Se trata de un complejo entramado en el que participaron, desde la clandestinidad, decenas de otros grupos que actuaron en forma independiente y descentralizada, y con intereses diversos, aunque todos coincidieron en que se valían de la cobertura que les brindaba la estructura del Estado nacional, los estados provinciales e, incluso, los municipales”, afirma Spina.

El autor explica que la Triple A fue una organización parapolicial de ultraderecha cuyos integrantes provenían de distintos sectores vinculados con la violencia política, el sindicalismo y las fuerzas de seguridad. “Las distintas bandas, de las que la Triple A supo reclutar a muchos de sus miembros, solían estar conformadas por guardaespaldas, pistoleros, matones sindicales y lúmpenes en general, además de miembros de las fuerzas de seguridad, algunos dados de bajo por actos de corrupción aunque siguieran en actividad de manera embozada. En ese cóctel también se mezclaron miembros de organizaciones como la Concentración Nacional Universitaria (CNU), el Comando de Organización (CdeO) y la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN). Todos abrevaban en el anticomunismo”, dice Spina. La Triple A asesinó a artistas, sacerdotes, abogados de presos políticos, intelectuales, políticos de izquierda, estudiantes, historiadores y sindicalistas, utilizando como métodos las amenazas, las ejecuciones sumarias y la desaparición forzada de personas.

Sobre el origen de la organización, Spina sostiene que “la Triple A fue un plan diseñado por la Central de Inteligencia de los Estados Unidos, la CIA, aproximadamente dos años antes de la llegada del peronismo al gobierno en 1973, y su ministro de Bienestar Social, José López Rega, fue el encargado de ejecutarlo”. Según el autor, su centro de operaciones fue el propio ministerio, al que López Rega, el Brujo, uno de los personajes más siniestros de la historia argentina, fue poblando de una banda de mercenarios. “Las propias instalaciones ministeriales sirvieron como lugar de reunión y depósito de armamento pesado, municiones y equipos de telecomunicación”, cuenta Spina. En su reconstrucción, la organización aparece así vinculada con una estructura que se movía entre la clandestinidad y las propias instalaciones del Estado, y que encontró cobertura en distintos niveles de la administración pública.

Una de las partes más interesantes del libro es la reconstrucción de cómo López Rega conoció a Isabel Perón en 1965, cuando ella se encontraba en el país enviada por Perón —entonces exiliado en España— para reunirse con distintos líderes sindicales y referentes políticos. Un año después, gracias a la confianza que logró ganarse —a ambos les atraía el esoterismo—, el futuro ministro viajó a Madrid para estar junto a Perón y convertirse en su secretario privado. Hasta ese momento, López Rega era un cabo primero retirado de la Policía, pero con el tiempo se transformaría en uno de los hombres más poderosos del gobierno. Spina cuenta que toda la custodia del ministro, al igual que la de Isabel Perón, formaba parte de la Triple A, no así la de Juan Domingo Perón, que estaba compuesta únicamente por suboficiales retirados del Ejército que habían defendido la Casa de Gobierno durante el bombardeo a Plaza de Mayo en junio de 1955.

La violencia política se desarrollaba, además, en medio de una profunda fractura del peronismo entre sectores de derecha y otros vinculados con posiciones de izquierda y cercanas al comunismo. El 21 de noviembre de 1973 se produjo un atentado contra el senador nacional Hipólito Solari Yrigoyen, quien sobrevivió después de que una bomba explotara en su automóvil. Este fue el primer atentado firmado por la Triple A,  Spina también reconstruye el segundo intento de asesinato contra el senador, del que volvió a sobrevivir, y su posterior secuestro durante la dictadura, hasta que pudo emigrar a Venezuela. Además, aborda la muerte de José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT, asesinado por Montoneros el 25 de septiembre de 1973, haciendo hincapié en que había significado un golpe muy duro para Perón, quien afirmó: “Me mataron a un hijo”.

El Brujo López Rega.


Otro momento decisivo ocurrió el 1° de mayo de 1974, durante la celebración del Día del Trabajador en Plaza de Mayo, cuando se desató el recordado enfrentamiento entre Perón y la Juventud Peronista vinculada a Montoneros. Fue entonces cuando el presidente los llamó “estúpidos” e “imberbes”. Montoneros, además de rechazar la figura de Isabel, sostenía que Perón estaba influenciado por el ala derechista del movimiento, personificada, entre otros, en López Rega y sectores de la dirigencia de la CGT. Dos días después de aquel discurso, Perón ascendió a López Rega a comisario general de la Policía Federal. La interna peronista se había convertido en una disputa cada vez más feroz, atravesada por asesinatos, atentados y una creciente persecución contra quienes eran considerados enemigos.

En ese escenario, Perón había nombrado, al asumir su tercera presidencia, jefe de la Policía Federal al general Miguel Ángel Iñíguez, un peronista nacionalista. Sin embargo, según la reconstrucción de Spina, Iñíguez fue boicoteado por los ministros de Bienestar Social, José López Rega, y del Interior, Benito Llambí. Finalmente, renunció el 10 de abril de 1974 y Alberto Villar asumió en forma interina y, a partir del 10 de mayo, como titular. Desde ese momento, la Triple A pasó a manejarse con suma violencia e impunidad. Como ya se dijo, Perón murió el 1° de julio y, después de su fallecimiento, la situación se agravó todavía más. El año 1975 fue el más sangriento de la organización y el último eslabón de brutalidad antes del horror de la dictadura. Bajo esta perspectiva, las acciones de la Triple A pueden pensarse como un antecedente inmediato de la represión que se profundizaría después del golpe de 1976, cuando los Grupos de Tareas del Ejército emplearon métodos similares.

El asesinato de Mugica, los atentados contra Solari Yrigoyen y la persecución de artistas, sacerdotes, abogados, intelectuales, estudiantes, políticos y sindicalistas forman parte de una sucesión de hechos que muestran la extensión de la violencia parapolicial. Paralelamente a estos hechos, la difusión de comunicados públicos para adjudicarse diferentes atentados y amenazar a nuevas víctimas se convirtió en una práctica recurrente de la organización. Spina examina una infinidad de episodios trágicos, cuenta quiénes estaban detrás de ellos -revelando el protagonismo de figuras como Aníbal Gordon o el mencionado Alberto Villar- y describe un país atravesado por el terror y por una impunidad que alcanzaba diferentes estructuras estatales. Un hecho trascendental y que rompió con el silencio mediático de la época tuvo lugar el 6 de julio de 1975, cuando una columna publicada en el diario La Opinión denunció por primera vez que López Rega comandaba la Triple A. Poco después, el 19 de julio, el Brujo huyó del país acompañado de sus colaboradores más cercanos, mientras que otros miembros de la banda regresaron a la Policía Federal.

Julio Spina es licenciado en Letras.


En definitiva, el libro de Spina no se limita a contar la historia de una organización clandestina, sino que también intenta reconstruir el entramado político, policial, sindical y estatal que permitió su funcionamiento. En el capítulo final, Spina cuenta los últimos años de López Rega, tanto su vida en el exterior como su extradición a la Argentina en 1986. El Brujo, que había concentrado un enorme poder durante los últimos meses de vida de Perón y durante el gobierno de Isabel, nunca reconoció ante la Justicia haber sido el jefe de la Triple A. El 9 de junio de 1989, tras estar casi tres años preso y sin condena, López Rega falleció. Finalmente, recién en 2006, la Justicia declaró los crímenes cometidos por la Triple A como delitos de lesa humanidad y, por lo tanto, imprescriptibles. 

author: Franco Alinovi

Franco Alinovi

Comunicador y docente. Críticas de películas y libros. Entrevistas a escritores y escritoras.

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