Internacionales

El anuario del insecto

Roberto Baschetti escribe sobre el pueblo vietnamita, resistente y forjado en mil batallas, quien ha conservado e incluso acrecentado, a pesar de las agresiones de distintos imperios, en especial el yanqui, un espíritu muy especial.

Datos escalofriantes. Según una noticia dada a conocer en octubre de 1968. En los últimos tres años y nueve meses los Estados Unidos rociaron Vietnam del Norte con 700.000 toneladas de trinitrotolueno, pero no la sacaron gratis: esas incursiones le costaron unos mil aviones de guerra destruidos y la muerte o la prisión de 800 pilotos.

Dos años antes, para agosto de 1966, un portavoz norteamericano en Saigón informó que su país ya había perdido 4.400 hombres en Vietnam, cinco más que en su guerra de independencia contra Gran Bretaña en el siglo XVIII. (Las cifras con el fin del conflicto, según datos oficiales, ascendería a más de 58.000 soldados muertos, 1.700 desaparecidos y 150.000 heridos). 

Y un año más tarde –el 14 de noviembre de 1967- el general de división Bruno H. Hochmuth de 56 años, jefe de la Tercera División de Infantería de la Marina de USA, tendría el triste honor de ser el primer oficial superior norteamericano que moría en esta guerra de Vietnam al estallar el helicóptero en que viajaba sobre zonas que bombardeaban a mansalva.

Joven norteamericano reclutado. Tan cerca de una guitarra y tan lejos de un fusil. 


Pero una muerte en combate no necesariamente se traduce inmediatamente en honores para el caído. Una vez se prohibió la inhumación en el cementerio militar de Arlington de un héroe que había ganado la Cruz de Servicios Distinguidos porque descubrieron post mortem que era … ¡Comunista! Otro caso comentado por un diario neoyorquino sucedió cuando un teniente del ejército yanqui fue condenado a dos años de trabajos forzados y a la expulsión de las filas militares porque participó –vestido de civil- en una manifestación contra la guerra de Vietnam. Guerra que perdió el sentido de patriotismo de sus orígenes cuando a posteriori se supo que entre 50.000 y 100.000 ciudadanos estadounidenses emigraron a Canadá para evitar ser reclutados. Otros no pudieron hacerlo a tiempo: tres soldados –septiembre de 1966- fueron sentenciados con penas de 3 a 5 años por negarse a partir a Vietnam del Sur. 

En la hermosa ciudad de Saigón y de la mano de la degeneración de un imperio en decadencia, ya reinaba el contrabando, el mercado negro, la prostitución, el juego, el vicio y no quiero olvidarme de las drogas:

“Arrastró a un compañero herido hacia un lugar seguro; luego, se olvidó de sus propias heridas y se defendió del ataque Vietcong con una sola mano; pudo dar muerte a varios enemigos, quedar con vida. Este heroico acto tuvo como protagonista a Peter Lemon, 21 años. Su arrojo, sin duda, merecía un premio. Hace quince días lo convocaron a Washington para darle una medalla. ‘Advertimos que antes de la ceremonia, en la Casa Blanca, estaba algo raro; decía ‘Adelante’ y no cesaba de hacer el signo de la paz. Hubo que convencerlo, además, que se cortara el cabello, lo suficiente por lo menos para alcanzar la categoría de respetable’, deslizó un funcionario del Pentágono. Al volver del agasajo, Lemon aclaró: ‘Cuando gané el más alto honor militar de mi país, estaba bajo los efectos de la marihuana. Fue la única vez que combatí drogado’. Su foja de servicios no registra otro acto de valentía”. (Primera Plana n° 440. 6-7-71).  

Restos de avión de combate norteamericano en un arrozal de Vietnam del Norte. 


No parece un hecho aislado. Las altas autoridades militares del Pentagono comprobaban que entre las tropas de infantería comenzaba a darse un extraño cambio en sus hábitos primarios de lectura fácil. Los “pin-ups” de minas desnudas de “Playboy” y los héroes de los “comics” de las historietas, empezaban a ser reemplazados por la lectura de periódicos clandestinos confeccionados por los propios reclutas anónimos en una misteriosa GI-MOVEMENT que agrupaba a los de la Infantería, donde se hablaba de “pacifismo” y de “dar vuelta las armas” que se portan, o sea a apuntar a sus propios e inmediatos superiores que los mandan al matadero.       

Bueno, pero más allá de todos estos desaguisados que parecen parte del guión de la película cómica “M.A.S.H.” (Director Robert Altman. 1970. Imperdible de no ver), resulta necesario entender que ocurría con el contendiente armado que resistía la invasión del Amo Imperial. 

Josie Fanon, la compañera de vida de Frantz Fanon (“Los Condenados de la Tierra”), en 1972 llegó a Vietnam del Norte como periodista y observadora de la realidad a la vez. Comentó que aun en plena guerra en el mercado de Dong Son –que pertenece al Estado- las legumbres son hermosas, abundantes y baratas. Y que si bien existe racionamiento para ciertos productos imprescindibles (arroz, carnes, azúcar, materias grasas) dicho racionamiento se convierte en una repartición justiciera de productos alimentarios.

Desastre documentado en un medio gráfico estadounidense.


Es decir que todo el mundo satisface su hambre en Vietnam del Norte y la situación es mejor en el campo, donde los campesinos de las cooperativas cultivan junto a las tierras de la colectividad sus propios jardines-chacras y crían pollos y cerdos para su consumo. Y los dirigentes del gobierno no se distinguen en ese sentido del resto de la gente. No hay privilegios. “Nosotros somos pobres” dicen los vietnamitas, pero como se sabe la pobreza es un concepto relativo –asevera la periodista- Uno puede ser pobre en relación a otra cosa. En Vietnam no hay ni pobres ni ricos. No solamente las necesidades básicas son satisfechas, sino también las espirituales. Jamás la enseñanza, la cultura, el arte, han conocido un auge tan extraordinario- Además aquí –puntualiza- no hay desocupados, ni mendigos, ni analfabetos.

Y entre tanto, están en plena guerra contra la mayor potencia militar de la Tierra. Pero el pueblo lo sabe y se prepara en consecuencia. No por nada ya a lo largo de su historia por tres veces Vietnam expulsó a sus invasores extranjeros. Todos resisten y ya desde párvulos. Por ejemplo, los niños de cinco años en las guarderías de las cooperativas agrarias de Hoa Xa (provincia de Ha Dong), “se entrenan con seriedad y ardor tirando contra maquetas de aviones norteamericanos con sus fusiles de madera”. 

Y los mayores ni que hablar. Nguyen Huan Hien tiene 25 años y es originario de Cam Lao, provincia de Quang Tri. Relata un episodio que me atrapó:

“En abril de 1971 el enemigo envió al sector de Gio-Linh ocho grupos de ‘pacificación’. Cada uno estaba compuesto por 30 soldados escogidos. Se proponían desplazar a la población hacia el sur, a fin de crear una ‘zona blanca’ o liberada. Los ocho grupos estaban apoyados por una compañía de ‘boinas verdes’ de la CIA, otro de las tropas regulares y varios batallones de la primera división fantoche. En ese momento, los combatientes que se ocupaban de la propaganda política habían perdido el contacto con la población. Decidimos reagruparnos para restablecer el vínculo. Si caíamos sobre el enemigo, habría combate, la gente intervendría activamente. Yo soy de esa región, conozco a cada familia.

Logramos penetrar en un sector y restablecimos contacto con las ‘Bases de la Revolución’ (es decir familias que habían trabajado ya antes para la causa). En menos de una hora nos informamos completamente sobre los intrusos, sus efectivos, sus intenciones, su ubicación. Los campesinos vivían en el campo porque los soldados ocupaban sus casas. Decidimos atacar. Los soldados se creían muy bien protegidos, y pensaron que eran sus compañeros quienes los atacaban por error. Pedían a gritos que paráramos el ataque. Nosotros, por cierto, no les hicimos caso.

Entonces comenzaron a pedir refuerzos por radio, pero nadie les respondía. Decidimos redoblar el ataque. Eran las dos de la mañana: los grupos de pacificación huyeron y trataron de mezclarse con la población a fin de evitarnos. Entonces nosotros pedimos a la gente que hiciera sonar sus gongs, sus tambores. Todo lo que sirviera para meter ruido. Esto produjo una desbandada en el enemigo. Tuvieron 84 muertos, entre ellos el adjunto del comandante de pacificación. El jefe mismo fue herido en una pierna. Nuestros principios militares, los que nos permitieron vencer, fueron; primero, oponer el gran número un pequeño número. Y después golpear al enemigo en el lugar más sensible. Yo he participado en numerosas batallas, 26, y sólo en la última fui herido en una pierna. Nada grave, pero se me infectó”.   

A veces pienso –al igual que la periodista de marras- que este pueblo resistente forjado en mil batallas ha conservado y acrecentado un espíritu muy especial. Digno de comentarlo.

Foto histórica que recorrió el mundo. La guerrillera vietnamita Nguyen Thi Kim Lai de tan solo 17 años y una estatura de 1,47 metros, conduce prisionero al piloto estadounidense William Andrew Robinson, que medía 2,01 metros y pesaba más de 100 kilos. Se le respetó la vida e increiblemente 30 años más tarde, él fue al Vietnam liberado y se sacó una foto con su captora.     


Han soportado bárbaros bombardeos de forma continua. En la provincia de Vinh Linh durante cuatro años consecutivos cayeron siete toneladas de bombas por habitante. ¡¡Siete toneladas de bombas por habitante!! Y pese a todo, la gente acrecienta su combatividad, conserva su humor y tiene confianza en el futuro que se traduce en un slogan que se repite constantemente por todos los agredidos: “Cubrir el ruido de las bombas con el de las canciones”.  Increíble.   

Y todo lo transforman por muy malo que sea, para que se convierta en algo positivo y a su favor. Y lo hacen saber. El uso constante que se hace en su patria constantemente agredida, por ejemplo, de los restos físicos de los aviones derribados por el fuego antiaéreo vietnamita: “Los norteamericanos han querido hacernos retroceder a la edad de piedra. Pero, gracias a ellos, hemos llegado a la edad del aluminio”. Además, heroicos hasta el mito, saben y proclaman –sin faltar a la verdad- que algunos de los helicópteros artillados de USA fueron derribados mediante rifles o granadas de mano.

Y que la resistencia al invasor fue de mil modos diferentes. 

El Vietcong utilizó la milenaria y antigua guerra de guerrillas y trampas artesanales que causaron hasta el 17% de las bajas de los marines norteamericanos. Como principio evitaban el combate abierto y preferían ataques sorpresa y emboscadas rápidas. Construyeron redes subterráneas kilométricas para esconder tropas, vivir semanas y reaparecer sin ser vistos. La paciencia extrema y el conocimiento de la selva anularon la enorme superioridad tecnológica de Estados Unidos, cuyos soldados a la larga tuvieron en muchísimos casos graves trastornos psíquicos de los que no pudieron recuperarse nunca.

Trampas caseras en la jungla.


Por ejemplo, el “pincho punji” que eran estacas de bambú afiladas y ocultas en pozos, a menudo untadas con excrementos para provocar infecciones mortales. O el temible cepo vietnamita que eran placas de madera con clavos que se cerraban como mordazas al pisar un resorte oculto, en el medio de la selva, en el medio de la nada. Y también los guerrilleros reciclaban bombas francesas y estadounidenses que no habían estallado para fabricar minas caseras.

El colmo del ingenio y del aprovechamiento de potenciales ventajas ocultas en la propia naturaleza se dio cuando el Vietcong utilizó un arma inesperada de efecto letal. Juntó avispas, las entrenó de manera conveniente a sus fines y luego las soltó en enjambres sobre el campo adversario en tanto ellos se lanzaban al ataque convenientemente protegidos por máscaras y otros adminículos caseros. Los estrategas militares norteamericanos una vez más burlados por esos bajitos y esmirriados campesinos en armas cuya altura promedio era entre 1,60 y 1,64 metros de altura; solo atinaron a decir que enfrentaban una “diabólica invención”. 

Ninguno de ellos sabía qué en su propio país, en 1952, en Washington, el Departamento de Agricultura del lugar, había editado un libro que llevaba por título “Anuario del Insecto”. Premonitorios y visionarios los muchachos. 

author: Roberto Baschetti

Roberto Baschetti

Sociólogo, historiador, investigador. Autor de más de 50 libros sobre el peronismo revolucionario. Socio fundador de la editorial Jirones de mi vida.

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