La comunidad desorganizada, argenta y triunfal
Los que mandan para Suiza sus millones, ¿qué son? Son ladrones, cantaba en los 90 Ignacio Copani y nunca perdió vigencia. El país europeo aparece desde hace mucho sindicado como paraíso fiscal, ecosistema amigable de cuentas offshore y refugio de los adinerados del mundo que no quieren pagar impuestos.
Otra característica más amigable del país europeo son sus relojes, famosos por su precisión y la artesanía con que son elaborados. Suiza, y el último antecedente que se nos viene a la cabeza fue haberlos cruzado en los octavos de final del Mundial 2014, en Brasil.
También pensamos en la previa de aquél partido que teníamos más, que los suizos eran un seleccionado más bien rudimentario si le poníamos enfrente la capacidad argentina, siendo que muchos de los titulares la rompían en los clubes de élite de Europa. Era también la confrontación entre un estilo de juego rústico versus la creatividad y el potrero sudamericano.
Sin embargo, el partido aquél fue un sufrimiento espantoso, con los brasileños hinchando por los europeos en esa rivalidad empecinada a nivel sudamericano entre la celeste y blanca y la verdeamarelha, alimentada por la creatividad popular hecha poesía y canción: que Diego te gambeteó y Cani los vacunó y nosotros los cuarentones siempre volviendo a Italia 90.
En esa época ya existía el grupo de whatsapp de amigos donde departíamos de distintos temas y por supuesto del Mundial de fútbol. Un partido que en la previa pintaba sencillo, pero por supuesto se complicó. Como Cabo Verde, como Egipto, como doce años atrás Suiza. Es que si uno analiza. ¿Cuándo fueron tranquilos los partidos eliminatorios para Argentina? Ni en el 86 goleamos en uno de esos cruces y en el 90 Goycochea se tuvo que revolcar unas cuantas veces, y así.
Partido peleado, áspero, nos dedicamos a putear a Ángel Di María durante prácticamente ciento veinte minutos, con la misma precisión y artesanía que los relojes suizos. El Fideo había alternado buenas y malas, pero en el momento de desesperación en que un error o la falta de contundencia te deja afuera, todos los hinchas nos volvemos un juez implacable que sólo mira lo que falta, más si en ese momento no habían logrado esos muchachos el hándicap de haber salido campeones del mundo.
Ellos eran las figuras de Europa, los campeones del viejo continente pero en ese momento tenían que revalidar sus pergaminos, como si fueran pura hojarasca que a nadie conmovía ni impresionaba. ¿De qué servían sus campañas deslumbrantes en Real Madrid, Paris Saint Germain, si ahí, con la selección nacional, desperdiciaba oportunidades como si se tratara de un jugador del montón de la liga local?
- Es un muerto - fustigaba el profesor patagónico.
- Miralo vos a este, tanto que hace en Real Madrid, ahora en el Pechege (acepción peyorativa del club parisino) - enarcábamos las cejas con el falso ingeniero.
No hace falta aclarar que también se veía impugnado por nuestros comentarios el más grande de todos ellos, Lionel Andrés Messi, y es bueno recordarlo cuando tantos se rasgan las vestiduras, como si hubieran ignorado que hubo un pasado marcado por relojes suizos y también argentinos antes del 2021, en que se logró la primera Copa América.
Ustedes eran chicos, podríamos decirles a las generaciones de ahora, que se preguntarán cómo era posible que este genio extraordinario fuera impugnado por esos cuatro tipos del grupo y también por muchos argentinos, que tenía más detractores que defensores casi y ni vale la pena recordar después de perder dos finales de Copa América consecutivas frente a Chile. Tanto es así que en 2016 el neurocirujano Facundo Manes publicó en la tapa de Noticias una nota sugestivamente titulada: El miedo a ganar.
Nadie resiste un archivo, y en el grupo de whatsapp nuestro de cuatro amigos ni les cuento.
Fue el Patón Bauza el que lo convenció a Lionel Andrés de que no le hiciera caso a los imbéciles, bueno es recordarlo hoy que atraviesa una situación delicada de salud el ex director técnico de la selección nacional. Si él no lo hubiera convencido, no existiría esta actualidad en que nos seguimos deleitando con el genio a sus treinta y nueve años. Tanto era cuestionado en esos momentos, que en el grupo de energúmenos del whatsapp, mientras el diez era absorbido por la marca de los suizos, enredado en su telaraña colorada, tuvo lugar una expresión que pasaría a la historia, y que recordamos como si se hubiera dicho ayer, entre amigos.
La dijo el profesor patagónico, mientras observaba con impotencia que no pasaba naranja en ese partido, que los minutos corrían en nuestros relojes y el corazón y sólo se destacaba la garra de Javier Mascherano para sostener la búsqueda del equipo y evitar los contraataques europeos.
- El mejor jugador del mundo es Mascherano - dijo y muchos asentimos, salvo el contador que nos recordaba que Lionel Andrés había metido cuatro pepas en la fase de grupos, lo que nos había permitido liderar el grupo e ir por ese partido supuestamente accesible.
Era una interpelación evidente contra la figura consagrada del Barcelona, Lionel Andrés, que resbalaba un poco en los momentos definitorios o que no lo hacía tanto pero habíamos dejado de apreciar su calidad por una comparación estúpida con Maradona que no les hizo bien a ninguno de los dos.
Los dos fueron y son argentinos, dejémosnos de romper los huevos y disfrutemos de la historia que nos enaltece y del last dance de Lio.
Y reconozcamos también a los que no ganaron, esas camadas que dejaron todo por la celeste y blanca en la cancha y sin premio: Javier Mascherano y también Antonio Rattin, un grande que hoy se nos fue, que aún siendo derrotado no se sintió vencido ni aún vencido, no se sintió esclavo ni aún esclavo, como encarnando los versos de Almafuerte y arremetiendo feroz ya malherido sentándose en la alfombra de la reina dejando marcada en la historia una actitud de rebeldía contra el poderoso.
Contra viento y marea, y cuando los relojes suizos y argentinos marcaban el minuto 117 de hace doce años atrás y el partido se deslizaba de forma ineludible hacia los penales, Lionel Andrés Messi asistió a Ángel Di María, y el Fideo definió con calidad.
- Gooooool - gritamos en el grupo de amigos en el whatsapp -. Di Maríiiiiiia, por fin te salió una la concha de la lora - celebramos el pase a cuartos de final con las pulsaciones a mil.
Doce años después, enfrentamos otra vez a los europeos con los piratas mirando el partido de reojo.
Supuestamente nos explicaron los detractores de la Scalonetta que íbamos por el lado sencillo de la llave del torneo, como si tuviéramos la culpa de que Uruguay no clasificara en un grupo que parecía accesible o que Portugal quedara en el camino. Tan sencillo como se consideraban en la previa los cruces contra Cabo Verde y Egipto, que nos dejaron al borde del infarto.
Seleccionados sin gran historia de fútbol salvo la figura del gran Mohamed Salah, que comandó el contraataque conjurado por un quite de Leandro Paredes digno de convertirse en tatuaje, pintura al óleo, estampita, calcomanía en el vidrio de ese vehículo llamado Scalonetta, que milagrosamente sigue andando. Que en la cancha se ven los pingos, y acá los antecedentes no cuentan. El fútbol es una exasperada coyuntura que se define en noventa minutos, en ciento veinte o en tiros desde el punto del penal.
Cantar los himnos y la pelota comenzó a rodar. Suiza se plantó de forma sorpresiva con una presión alta que incomodó al equipo argentino, que recurrió a los pelotazos para saltear líneas e ir por la segunda pelota. Pero los bochazos iban para un sacrificado Julián Álvarez, cuyo fuerte es la dinámica pero no el juego aéreo.
- No se puede tener la pelota en el medio - observó el falso ingeniero.
- A De Paul avísenle que empezó el partido - apuntó con sorna el profesor patagónico.
Ni De Paul, ni Mac Alister ni Enzo Fernández la podían agarrar. Leandro Paredes parecía que seguía jugando el partido contra Egipto, en que se ganó la titularidad definitivamente.
Sin embargo, logramos por una vez esquivar la presión suiza y ganamos un córner, bien ejecutado por Lionel Andrés peinándola Mac Alister y restando la defensa suiza perdiéndose la pelota por el segundo palo. El segundo córner lo vuelve a patear el diez y ganó en el primer palo Mac Alister marcando el primer gol del partido. El reloj suizo y argentino marcaban diez minutos del primer tiempo.
Mac Allister puso en 1 a 0 con un cabezazo en el primer palo, como se trabajo en la previa con Walter Samuel.
- Terminalo, hijo de puta - rogó el profesor patagónico desde el sur, como no queriendo repetir los anteriores sufrimientos, pobre de él.
Después, incluso se permitió pedir que liquidáramos el partido en la primera mitad para guardar piernas para las semifinales, como si estuviéramos en un universo paralelo y no siendo Argentina, donde si no sufrís casi que no vale.
Desde el minuto diez en adelante el equipo jugó a otra cosa de lo que pregona habitualmente Lionel Scaloni. No podía agarrar la pelota y recurría mucho al pelotazo para saltear la presión del rival y apostar a un contraataque que le quedara a un veloz y sacrificado Julián Álvarez. Una casi le quedó pero el delantero pifió una volea en una posición incómoda.
- Va a venir bien esta vez el cooling break para charlar y acomodarse un poco en el medio - apuntó el falso ingeniero.
- Tremendo el Dibu - apuntamos con el profesor patagónico, el arquero no iba a perder la oportunidad de poder ayudar a sus compañeros, como comentó al finalizar el último partido tal vez sintiéndose un poco en deuda en esta copa del mundo. Contagió seguridad en los centros además de responder con buenas tapadas.
- Muy bien los centrales, Licha y el Cuti se tienen que fajar con los delanteros suizos, que son bravos - apuntó el contador. Y era verdad. Muy bien el Dibu, muy bien los centrales, muy bien Paredes, después rendimientos mayormente regulares o flojos, incluso de Alexis Mac Alister, pese a haber convertido el gol.
Terminamos mal el primer tiempo, sin poder tener la pelota. Ya no parecía una estrategia para liquidarlo de contra y saltar la presión, el equipo jugaba largo casi que sacándose la pelota de encima. Abajo no sufría tanto por una defensa sólida, un equipo que parecía del estilo de Sabella o de Bilardo, la escuela pincharrata de la solidez defensiva pero resignando la pelota en el medio y permitiendo un dominio suizo que no nos gustaba nada.
Debatimos cambios para compensar el equipo.
- ¿No sacarían a Alexis por Lo Celso? - preguntó el falso ingeniero.
- Ni en pedo - respondió rápidamente el profesor patagónico. Y agregó-: Lo Pecho es un muerto, a De Paul hay que sacar. Y sugería incluir a Palacios, sin minutos en esta Copa del Mundo.
El equipo había jugado a otra cosa, de a ratos lo celebrábamos irónicamente aunque más no fuera para recordar al Narigón Bilardo y la selección argentina de Italia 90, que superaba cada instancia con mucha garra y poco juego.
Arrancó el segundo tiempo y el dominio suizo parecía total. Inclinaban la cancha no sólo con posesión de la pelota sino que empezaron a aproximarse al arco de un seguro Dibu Martínez.
- Está el empate al caer. No entiendo el planteo, la verdad - anticipó el falso ingeniero y no había que ser adivino para lanzar una premonición así en ese momento en que el equipo no podía agarrarla ni con la mano.
- ¿Hay planteo, en realidad? - se preguntó el contador.
- No hay planteo, no hay físico, están liquidados los nuestros - observó de forma lapidaria el profesor patagónico.
Y así fue. Se veía venir y Dan Ndoye marcó el empate cuando las agujas del reloj del partido marcaban el minuto 67.
Otra vez el dramatismo, el corazón latiendo a mil, la sensación de que nunca vamos a encontrar paz, ni el día en que habíamos encontrado un gol tempranero.
- El sufrimiento no tiene fin - apuntó el contador como si estuviera intentando inventariar lo que en realidad no puede registrarse cuantitativamente.
Entonces, en el minuto 72 Embolo, delantero bravo suizo, se hizo expulsar de forma infantil por una simulación. El partido se rompió, Suiza se retrasó y permitió el monopolio de la pelota del equipo argentino, que comenzó a empujar pero le costaba encontrar la precisión, como si se hubiera olvidado de cómo tratar a la redonda luego de un tiempo y medio jugando largo y no siendo fiel a su estilo de mucho pase y juego corto.
El reloj comenzó a jugarnos en contra, por la ansiedad por no poder perforar la defensa suiza y los minutos que transcurrían de forma inexorable. Fin de los 90 minutos.
- Hay que reconocer que el equipo va y va - dijo el profesor patagónico. Una obstinación, un empuje sin claridad, rodeando la manzana del área suiza superpoblada.
Pateó de media distancia Thiago, la pelota dio en la parte externa de la red. Muchos gritamos gol. El equipo comenzó a desordenarse y también lo hace Scaloni, que en el segundo tiempo suplementario incluye al flaco López por un extenuado Paredes. Había un triple nueve en la cancha, más Messi, más Thiago. Casi que se jugó como un 4-2-4 como el Brasil del 70, todos a la carga y que se la arregle Alexis Mac Alister en el medio como pudiera.
- Nico González es el Piojo López, electrizante cuando arranca y la termina como el orto - comparó yendo y viniendo en el tiempo el falso ingeniero. Pero insistía Nico y todo el equipo argentino con Messi intentando enhebrar las jugadas, paredes que no prosperaban por la superpoblación del área. Y la solución iba a venir desde afuera, o desde lejos. Le había pegado muy mal Julián unos minutos antes.
- Jullián nunca hizo goles desde ahí - apuntó el profesor patagónico y era una verdad de perogrullo, la había pateado el delantero llevado por la desesperación de rebotar una y otra vez contra los zagueros aguerridos suizos.
Hasta que el reloj marcó el minuto 112, así como doce años atrás había marcado el minuto 117. Sufrir antes, después, toda la vida. Nunca un partido que durara noventa minutos. Y entonces el chutazo de Julián tomó un chanfle hermoso, cayendo la pelota por detrás del vuelo estéril del arquero e incrustándose en el arco.
Julián clavó su derechazo y desató la locura en las tribunas.
- Goooool, carajo, y la puta que lo parió, festejamos en el grupo y nos abrazamos con nuestras familias. Comenzaron a escucharse los gritos de los vecinos, la alegría invade la ciudad en plena función de trasnoche, la gente se prepara para arrimarse a los lugares de celebración.
Luego, aguantar los embates de Suiza y pidiendo desesperadamente que terminara de una vez el sufrimiento. Entonces, el contraataque que fue desordenado pero aguerrido como el andar del equipo en el suplementario, y entonces Thiago Almada no quebró la cintura sino que chocó de frente con el arquero como contra un muro de concreto, pero no se inmutó porque el rebote le quedó a Lautaro, que le pegó mordido, como en chancletas para marcar el tercero. Ya el delirio en el estadio, en el norte, en el sur del país, en el vecindario y en el grupo de whatsapp era total y ya nos permitía acudir a la ironía.
- Qué bien el planteo de Scaloni - apuntó irónicamente el falso ingeniero.
- Siempre creímos en vos - dijimos risueñamente respecto de Lautaro Martínez.
De repente, los goles definitorios los marcaron los centrodelanteros, que hasta el momento parecía que habían funcionado sólo para arrastrarle las marcas a Messi. El equipo prescindió mucho rato de la pelota no jugando como lo hace habitualmente la Scalonetta. Y la inclusión de cinco hombres de ataque en el suplementario demostró que la desorganización podía ser casi completa, pero la garra y los huevos siempre están.
Argentina fue probablemente todo lo contrario a la precisión de los relojes suizos y lo terminó superando acudiendo a un desorden virtuoso, creativo pero impulsado por la fuerza a que la empujan miles de corazones desde la cancha y millones desde el sur, incluso en este partido en que fue un poco el reino del revés y Lionel Andrés Messi no metió un gol pero terminó feliz abrazado a sus compañeros.
Tal vez se lo haya reservado para la próxima estación, las semifinales con Inglaterra. El miércoles, cuando febo asome, los once muchachos encarnarán el sueño de millones de argentinos de vencer a los piratas que tanto sufrimiento nos causaron y volver a encarnar el sueño de que los débiles, los humildes puedan humillar a los poderosos.
Con la pelota bajo el pie, con la celeste y blanca surcando el corazón. Para hacernos ver, sentirnos orgullosos una vez más y mostrarle al mundo que el que no salta es un inglés.
Cuarenta años después, y con la patriada del Diego ne la memoria colectiva, volveremos a enfrentar a Inglaterra.
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