Política Mundial 2026

La derrota que festeja el centro

La final del mundial y la balcanización colonial en América Latina. La derrota argentina frente a España expuso algo que excede al fútbol: la persistencia de una mirada latinoamericana que todavía encuentra en Europa el centro del prestigio y en sus propios vecinos un rival. Entre la balcanización histórica, la colonialidad del poder y el papel de las redes sociales, una final puede revelar cómo seguimos aprendiendo a mirar el mundo —y a nosotros mismos— desde la periferia.

25 de Julio de 2026

Por Víctor Sudamérica

El 19 de julio, en East Rutherford, Ferran Torres definió apenas empezado el segundo tiempo y esa pelota terminó adentro del arco de Emiliano Martínez. España volvió a ser campeona del mundo. Argentina se fue con las manos vacías después de noventa minutos en los que no logró ni un remate al arco, un dato que duele más que el resultado mismo. Dibu Martínez y Messi, en el entretiempo, arengaban en un vestuario con semblante de preocupación. Nada de eso fue lo más incómodo de esa noche.

En las tribunas de MetLife, banderas albicelestes colgaban inmóviles apenas terminó el partido, como si nadie tuviera fuerzas para agitarlas. Del otro lado, los españoles cantaban con esa mezcla de incredulidad y particular alegría de quien gana algo que todavía no termina de creerse propio.

Lo incómodo pasó en otro lado, en los días previos, en los timelines. Cuentas de Perú, de Chile, de Colombia, de México, de Venezuela, celebrando de antemano un triunfo español. No todas. Tampoco la mayoría. Pero suficientes, visibles, ruidosas, como para que cualquiera que mirara Twitter esos días notara algo raro: una parte de América Latina prefería que ganara España antes que Argentina.

La historia de América Latina está llena de guerras entre hermanos financiadas, alentadas o armadas desde afuera. La Guerra de la Triple Alianza dejó a Paraguay diezmado mientras Argentina, Brasil y Uruguay peleaban un conflicto que terminó beneficiando sobre todo a los bancos ingleses que lo financiaron. La Guerra del Pacífico enfrentó a Chile contra Perú y Bolivia por un salitre que explotarían capitales extranjeros. Cada vez que el continente se fracturó en el campo de batalla, hubo una potencia afuera cobrando la factura. El Mundial no dispara balas, pero organiza lealtades del mismo modo. Nos entrena para mirar al vecino como al enemigo natural y a la potencia lejana, cualquiera sea su bandera, como al árbitro que reparte prestigio.

España no fue, esa noche, más que el nombre de turno de un fenómeno que la excede. Pudo haber sido Francia, Alemania, o Inglaterra: el lugar del centro estaba vacante y España lo ocupó por noventa minutos y un gol de Torres. Reducir esto a España contra América es quedarse con la mitad más cómoda del problema. Lo que opera de fondo es Europa en su conjunto, no un país en particular, como el eje desde el cual todavía se reparte prestigio: qué es 'buen fútbol', qué universidad vale, qué modelo merece imitarse. 

Y ese reparto ya no depende solo de manuales importados o de la Liga los domingos por televisión: hoy lo administran las redes, que multiplican en tiempo real cada gesto de admiración hacia el centro y lo devuelven convertido en sentido común compartido por millones. Que gran parte del continente haya elegido, así sea por unas horas y por una final, ponerse del lado de esa potencia contra un país hermano, dice algo sobre cómo seguimos pensándonos casi trescientos años después de la independencia: seguimos necesitando un centro, y ese centro sigue teniendo, en general, el mismo domicilio postal de siempre. Entiendo que es fútbol y que existen rivalidades, pero esto fue mucho más allá durante la final.

Jorge Abelardo Ramos lo escribió hace décadas: América Latina es una nación inconclusa, partida en veinte pedazos por un proceso de balcanización que empezó con las oligarquías locales y que el imperio de turno supo aprovechar siempre con la misma receta, dividir para reinar. Cada república quedó mirando hacia el puerto, hacia la metrópoli de moda, en lugar de mirar al costado, hacia el vecino. Bolívar lo temía antes de morir, cuando decía que había arado en el mar. Ese reflejo no se corrigió nunca del todo y una final de Mundial, tan íntima y tan pública a la vez, lo deja ver con una nitidez que ningún tratado de historia consigue.

Abelardo Ramos.

A esa balcanización territorial que describió Ramos conviene agregarle hoy una capa que él no llegó a ver, y que aquí se propone como extensión y no como cita: una balcanización pedagógica, que ya no separa puertos sino sentidos, y que corre por otro canal. No hace falta un ejército extranjero ocupando una aduana para que cada república latinoamericana vuelva a mirar hacia una metrópoli distinta; alcanza con un timeline. Las redes cumplen hoy buena parte del trabajo que antes hacían el puerto y el manual escolar: fragmentan la posibilidad de un relato común y ofrecen, a cambio, veinte relatos nacionales que comparten, eso sí, un mismo lugar de admiración. Así Argentina se convirtió en la enemiga de América Latina.

Crecimos viendo la Liga española los domingos a la tarde, admirando el 'buen fútbol' europeo como estándar de calidad, mientras el fútbol propio se explicaba siempre en términos de carencia, de lo que le falta para parecerse a aquello, la disminución de nuestras potencialidades como condena histórica producto de la barbarie. Los técnicos jóvenes de las divisiones inferiores, en Quito, en Asunción, en Montevideo, repiten hoy fragmentos de charlas de Guardiola como quien recita un catecismo, mientras el potrero, esa escuela que dio a Maradona y a tantos otros, quedó relegado a folclore, a nostalgia de otro tiempo, nunca a método y a excepción latinoamericana. 

La ironía es completa: aprendimos a admirar en otros lo que en algún momento fue también nuestro, exportado, traducido, devuelto con sello de garantía europea. Y esa ironía ya no se transmite solo por televisión los domingos: se retransmite en loop, se comenta, se viraliza, hasta convertirse en el paisaje mental con el que buena parte de la región mira el mundo.

Aníbal Quijano bautizó esto colonialidad del poder, colonialidad del saber, colonialidad del ser. La ideasostiene que la jerarquía racial y cultural inventada durante la conquista no terminó con las independencias, se mudó de forma. Sigue viva en la costumbre de medir el prestigio de una idea, de una universidad, de un equipo de fútbol, por su cercanía con Europa. Un relator uruguayo o un comentarista mexicano puede pasarse el partido elogiando la Roja con el mismo tono con que un funcionario colonial elogiaba antes la civilización de la metrópoli. Bajo esa lógica, ganarle a Argentina no le sirve tanto a un hincha peruano o colombiano como ver ganar al que siempre estuvo arriba en la tabla imaginaria de la civilización. Ese aplauso a la civilización, hoy, no ocurre en un salón ni en una tribuna: ocurre en un feed, se cuenta en likes, y se corrige a sí mismo cada vez que alguien intenta discutirlo, como si dudar del prestigio europeo fuera de mal gusto.

El pensador peruano Anibal Quijano.

Enrique Dussel iba más lejos todavía: para él, la modernidad se construyó poniendo a Europa en el centro de la historia universal y relegando todo lo demás a la periferia, a la exterioridad, a lo que existe solo en función del centro. América Latina quedó ubicada en ese afuera, incluso en su propio relato sobre sí misma. Por eso no resulta extraño que, ante la duda, buena parte del continente elija identificarse con quien ocupa el centro antes que con quien comparte su misma posición en los márgenes. Cuesta menos admirar al que gobierna el relato que reconocerse en el que sufre la misma exclusión. La final se jugó en Nueva Jersey, cancha neutral en apariencia, pero el centro simbólico del partido nunca estuvo ahí. Estuvo en Europa y sus academias que saquean talentos y que exportan el modelo que el resto del mundo copia sin preguntarse por qué. Las redes son hoy la principal correa de transmisión en términos simbólicos de esa academia difusa: no hace falta pisar Europa para reproducir su lógica, alcanza con seguir las cuentas correctas.

Alcanza con mirar alrededor durante un Mundial y contar cuántas camisetas de selecciones europeas circulan por las calles de Lima o de Bogotá comparadas con las de Uruguay o de Ecuador y observar cuantos pibes eligen la camiseta del Real Madrid por el club de su ciudad. Alcanza con escuchar los relatos de gol locales, todavía hoy, comparando cada jugada linda con algo que hizo el Barcelona o el Real Madrid, como si el propio fútbol necesitara siempre un espejo europeo para saberse válido.

El grito de Dibu Martínez en el entretiempo de esa final, esa desesperación por revertir lo que ya se veía perdido, tenía algo latinoamericano hasta el hueso: la épica del que juega de visitante hasta en su propia cancha, del que necesita gritar más fuerte porque sabe que el árbitro simbólico del mundo mira para el otro lado. Messi ya había ganado un Mundial. Esta vez no le alcanzó. Y en las redes, mientras Luis de la Fuente levantaba la copa entregada por el presidente de Estados Unidos en suelo estadounidense, muchos latinoamericanos, en sus propios países, celebraban esa entrega como si fuera propia.

Ninguna teoría alcanza para explicar del todo por qué duele más ver perder a Argentina que ver ganar a España, para quien no es de ninguno de los dos países pero vive a un océano de distancia del segundo. Pero todas esas teorías juntas, la nación inconclusa de Ramos, la colonialidad del poder de Quijano, la modernidad excluyente de Dussel, y la balcanización pedagógica que esas mismas ideas permiten pensar hoy, arman un mapa bastante preciso de por qué ese dolor ajeno resulta, para tantos, tan fácil de sentir del lado equivocado.

El partido terminó a los noventa minutos, con el gol de Torres sosteniéndose hasta el pitazo final. El otro partido, el que se juega hace quinientos años entre un continente que todavía no termina de reconocerse como tal y los centros de poder europeos que se turnan para ocupar el lugar del admirado, sigue en curso, y hoy se juega también, y quizás, sobre todo, en las redes. Mientras América Latina necesite la aprobación europea para sentir que algo propio vale, seguirá festejando derrotas ajenas como si fueran propias y llorando triunfos propios como si fueran ajenos.

El problema no es que una parte de la región haya querido que ganara España. Ese deseo, en sí mismo, no alcanza para condenar a nadie. El problema real es otro: que resulte tan natural, tan poco necesitado de explicación, que ni siquiera aparezca como pregunta, y que las redes se encarguen de que esa naturalidad se repita sin que nadie tenga que argumentarla. Ese silencio, más que cualquier marcador en una cancha de New Jersey, es el verdadero resultado de esta historia. Torres ya guardó la camiseta con la que marcó el gol. Argentina ya empezó a preguntarse quién dirigirá al equipo en la próxima Copa América. Y en algún timeline de este continente, alguien sigue festejando aquel gol como si hubiera sido propio, sin preguntarse todavía por qué, es el éxito de la balcanización pedagógica.

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