Mundial 2026

Argentinidad al palo

La final de la Copa del Mundo también fue comentada y sufrida por los amigos del grupo de Whatsap, tal como sucedió en los ocho partidos que jugó nuestra selección nacional, de la que el pueblo argentino está agradecido y orgulloso por su entrega y ratos de un futbol de primer nivel, con Leo Messi a la cabeza.

El martes pasado vimos y comentamos en el whatsapp del grupo de amigos algo de la otra semifinal del Mundial que enfrentaba a España y Francia.

- A la luz del partido que está haciendo Francia hoy contra un rival fuerte pienso en que su superioridad era más por los rivales que no se le animaron a jugar que por sus reales cualidades – analizó el profesor patagónico.

- Hace como veinte partidos que no pierden en mundiales - recordó el contador, y después describió -: el penal que le hicieron a Yamal fue de burro. Después de ese momento, empezaba otro partido.

Por una vez en el Mundial arrancaban abajo los galos, algo en lo que el seleccionado argentino está mucho más curtido.

- Pocas ideas tiene la escuadra francesa - aportó el falso ingeniero como contándole las costillas a los franchutes que nos hicieron sufrir en la final del 2022.

Un partido que parecía similar al que ahora estaban teniendo con España, borrados de la cancha y perdiendo dos a cero promediando el segundo tiempo. Cuatro años antes, los había metido en partido de vuelta Mbappe, pero esta vez no iba a ocurrir.

- Todo el Mundial diciendo pelotudeces los periodistas de la supuesta máquina francesa, que los franchutes esto, que los franchutes aquello, y en el primer partido en serio que tuvieron se cagaron encima - describió el profesor patagónico de forma inclemente.

- Chau - despidió a los franceses sin cariño el falso ingeniero.

Final del partido y nos pareció que concluyó un duelo de tenis o de dominó, arte en que dominan los gallegos. Los derrotados se fueron sin mostrar una sola lágrima en el rostro, los triunfadores con una sonrisa mesurada, como si estuvieran contentos luego de cumplir las horas de oficina.

- Qué poca sangre Europa - apunté en el grupo.

- Estado de bienestar. El fútbol es apenas un pasatiempo - refrendó el profesor patagónico con sorna.

En las conferencias después del partido, los periodistas casi que querían reponer una emocionalidad ausente, pero no lograban conmover a los protagonistas, muy circunspectos en el lado ganador. El perdedor también deambuló taciturno, como cansado de trajinar en un día de laburo agotador pero sin premio.

- Tienen agua mineral en las venas - acordamos con el falso ingeniero.

¿Se puede jugar al mismo deporte y sentir cosas tan distintas? Se puede, vaya que se puede. Pusimos en paralelo entonces la anemia observada e imaginábamos en esa misma situación a los jugadores argentinos llorando, emocionándose por ganar o por perder. No dudamos tampoco que en caso de ser derrotados la Scaloneta iría a la carga con todo revoleando cincuenta y cuatro centros al área rival y yendo a buscar con cinco delanteros, el masajista, el utilero y cuando el árbitro pitara el final imaginábamos a los muchachos desparramados por el suelo, destruidos luego de entregada la última gota de sudor.

Tal vez por eso, sentimos en aquél lejano 2002 que Marcelo Bielsa no representó cabalmente la idiosincrasia argentina cuando, promediando el segundo tiempo en el partido en que se estaba quedando fuera del Mundial, ordenó el ingreso de Hernán Crespo reemplazando a Gabriel Batistuta. Nueve por nueve, conservando el esquema hasta el final. La planificación encorsetada impidió el empuje para tratar de darlo vuelta, que si estabas perdiendo hermano hubieras puesto a cinco nueves y tirado veinticinco millones de centros. Si no salía y nos clavaban un contraataque no íbamos a decirte nada, pero fuiste a buscar por lo menos hermano.

Como fue a buscar Scaloni frente a Suiza, en que terminó con tres nueve en la cancha: Julián, Lautaro y el Flaco López. También estaban Messi, Thiago y Mac Alister. ¿Quién marcaba? ¿Cuál era el esquema? Vaya uno a saber pero fue a la carga. Y salió, menos mal. Y si no, no íbamos a reclamarle nada.

La humillación futbolística propinada a Inglaterra y la victoria se recordará por años, por generaciones, se la vamos a contar a nuestros hijos y nietos. Que sirvió además para malvinizar todo, al punto de que los máximos líderes políticos de ambos países tuvieron que hablar de Malvinas, y muy a su pesar Milei, que parece más inglés que los ingleses. Una foto que recorrió el mundo, un trapo pintado con aerosol que obligó a poner en agenda la supervivencia del colonialismo vergonzante en pleno siglo XXI. Hay banderas en tu corazón, como supo cantar el Indio Solari.

Dos colonizaciones, la inglesa y la española, el rival de la final del Mundo. Don Pedro de Mendoza la pasó como la mierda cuando fundó Buenos Aires en 1536. Quisieron someter a los pueblos originarios sin éxito aquélla vez, y los querandíes le impusieron un bloqueo que los gallegos se terminaron comiendo hasta los zapatos. Se tuvieron que rajar con el rabo entre las patas, como ratas por tirante y en el lugar quedaron unas pocas vacas, toros y caballos, que luego se reprodujeron en estas tierras yermas.

Deseábamos que sientieran lo mismo sus herederos al enfrentar al equipo argentino, un asedio que no los dejara tocar la pelota tranquilos como tanto le gusta. Por supuesto que además de la colonización, los españoles e italianos también fueron la gran inmigración, cuando llegaron a nuestro país con una mano atrás y otra adelante y este suelo les dio la oportunidad de vivir y desarrollarse.

Era un partido también un poco contra la tierra de nuestros bisabuelos, a los que les guardamos por supuesto un gran cariño.  

Era también cantar el himno tarareando un poco la marcha de San Lorenzo, que avanza el enemigo a paso redoblado, al viento desplegado su rojo pabellón. Y rogar que nuestros granaderos jugadores, aliados de la gloria, inscriban en la historia su página mejor. O juremos con gloria morir, se entonó acompañando la voz de María Becerra. La pelota y la historia, a rodar otra vez contra la potencia colonial de antaño. Nos chupaba un huevo que en la tribuna estuviera Donal Trump, desde el sur y en cada país del mundo donde hubiera argentinos o nacionalidades hermanas o amigas, estuvimos expectantes de lo que pasara mirando al equipazo que nos supo representar como auténticos embajadores de la argentinidad.  

Los once que entraron contra España.

Antes de empezar el partido, el contador me envió un mensaje de que quería dejar en claro que estos jugadores ya ganaron y que para ellos sólo cabían palabras de agradecimiento, pasara lo que tuviera que pasar. Era la repetición de esa sensación que teníamos luego de estar 0-2 con Egipto y con Inglaterra en el segundo tiempo cuando no quería entrar. Quería que constara en actas el contador, y así se hace.

Corrían diez minutos y el falso ingeniero se empezó a preocupar.

- Despierten, nos matan con las paredes por el medio de la cancha. Una vez a los soldados de San Martín, los españoles los sorprendieron durmiendo en la batalla de Cancha Rayada, que fue una derrota del ejército patriota. Que no todo es siempre ganar, ni ayer ni ahora.

- Ellos retroceden mal - apunté recordando la jugada que por poco no le quedó a Julián Álvarez rechazando el arquero Unai Simón como líbero, en posición arriesgada. Nosotros somos del fútbol de antaño, no entendemos esas pavadas del arquero siendo último hombre como un jugador más, que para algo tiene las manos.

- A Nicolás González le pegó en la espalda - nos lamentamos cuando desperdiciamos una réplica que no pudo dominar nuestro carrilero sacrificado. Vamos a ahorrar citar los epítetos descalificatorios que se compartieron en el grupo en honor a tipos como él que nos dieron mucho.

- Tagliafico y Lisandro partidazo - observó el falso ingeniero expresando el consenso general -. Muy bien los de atrás, expectantes los de adelante, pero el medio brillando por su ausencia. Y los españoles partiéndonos al medio pero sin ser contundentes, como observando cierto respeto por el campeón del mundo.

Así terminó el primer tiempo, sin encontrarle la vuelta el equipo ni Scaloni. España monopolizaba la pelota, era mejor, le faltaba ser más agresivo, llegar más, y se había encontrado con una muralla defensiva sólida pero la pelota resbalaba en el mediocampo. Ya se empezaba a agigantar la figura del Dibu Martínez.

Tagliafico merece un renglón aparte, tuvo que bailar con la más fea de marcar a Lamine Yamal y lo marcó muy bien, poniendo hacha, tiza y huevos. Gran partido de Lisandro, que salió lesionado hacia el final del primer tiempo, comenzándose a agotar los recursos físicos del equipo y los cambios de Scaloni.

- Tiene que entrar Paredes - pedimos a Scaloni que hiciera el cambio en el entretiempo.

- O Simeone - propuso el contador. No sonó descabellado, incluso en virtud de lo que pasaría después.

Paredes por Nicolás González el cambio. A los pocos minutos el recién ingresado tiró una especie de cambio de frente que casi le quedó a  ellos en tres cuartos de cancha y a los cinco minutos se hizo amonestar. Cuando las cosas no salen, es así. Al equipo no le salía un pase a dos metros, casi literalmente.

- Me parece que el partido con Inglaterra no fue gratis. Ni física ni mentalmente – arriesgó el falso ingeniero -. Pero ¿quién nos quita lo bailado a los piratas? Todos lo volveríamos a querer revivir por la eternidad.  

Se lesionó el Cuti Romero, se seguían perdiendo cambios, se quemaba la pizarra, se agotaban las fuerzas físicas.

- Los cambios están bien, ahora hay que ver si el medio agarra alguna y tratar de jugar - aportó el profesor patagónico. Pero la pelota seguía siendo de ellos, y las llegadas.

Entonces, sobre llovido, mojado. Y roja a Enzo Fernández por una llegada a destiempo que terminó revoleando a un español por el aire. Qué sé yo, fue jugando que recibió la sanción, no por insultar a uno tapándose la boquita. Que se llevaran la marca de los tapones de recuerdo por lo menos. Que el campeón del mundo no se iba a entregar así nomás.

- Tuvo la peor tarde. Y la culminó haciéndose echar - graficó la realidad el profesor patagónico.

- Esto sí es sufrir de verdad - apuntó el contador con los huevos en la garganta luego de otra oportunidad desperdiciada por los gallegos.

Entonces, ante la realidad cruenta, empezamos a delirar casi como mecanismo de defensa y refugiándonos en pasados gloriosos y queridos.

- Necesitamos una bilardeada, una atropellada a lo Matador Kempes, el glorioso campeón del 78 que estuvo en la previa del partido ingresando con la Copa del Mundo que se ponía en disputa.

Comenzó entonces el alargue, una especie de yapa seguir vivos después de un partido en que fuimos casi completamente superados. La añorada bilardeada nos hacía ilusionar con pensar en los penales, y que el Dibu agigantando su figura nos volviera a hacer felices vistiéndose otra vez de Goycochea, que a los cuarentones nos vuelve siempre la imagen del equipo del 90, al que consideramos casi de forma predilecta, como apunté al iniciar estas crónicas que hoy escriben acaso su último capítulo.

- Un equipo de gladiadores. El Dibu haciendo tiempo, bien - apuntó el profesor patagónico.

- Esto es el equipo del 90. Ellos patearon veinte veces y nosotros ninguna - sacó la cuenta el contador.

Pero seguíamos vivos de milagro.

- No dan más - comprobó el falso ingeniero.

- Terminalo, hijo de puta - le rogábamos al árbitro aunque faltaran eternos veinte minutos.

- Bien el Cholito - reconoció el contador.

Entonces, el gol de Ferrán Torres. Uno a cero merecido para los españoles, los argentinos sabemos reconocer cuando el rival es mejor. Eso no significa resignarse, darse por vencido es otra cosa.  

- Huevoooooo - alentamos todos acompañando los últimos intentos del equipo herido, prácticamente muerto pero que seguía dando manotazos de ahogado, una cosa increíble. Con la dupla central saliendo por lesión, con diez jugadores, un gol abajo, siendo superados durante ciento diez minutos en el juego. Agarrar la lanza e ir para adelante. No sintiéndose vencidos ni aún vencidos, como rezaban los versos de Almafuerte.

Desborde del Cholito, centro de rastrón y la salvada de España fue milagrosa. Pero ¿cómo estos tipos siguen yendo?, ¿qué hay que hacer para que no se levanten más?, se preguntaron acaso los gallegos. Porque siguen yendo al humo como caballo desbocado y con Lionel Andrés de abanderado, con treinta y nueve años y lanzando acaso sus últimos piques con la celeste y blanca surcándole el corazón.

¿Y si mañana es el último concierto?, le preguntaron al Indio Solari, que respondió: Bueno, festejemos.

Eso, celebremos lo logrado, viejo, dejémonos de romper los huevos con el resultadismo vacío y chato, porque hay formas también de perder. Que por algo los amigos cuarentones seguimos recordando el honor de la Selección argentina de 1990, que fue subcampeona. ¿Que nadie se acuerda de los segundos? Las pelotas. El oro, la plata y el barro, y a estos pibes no los vamos a olvidar. El último córner le quedó al Cholito, que le pegó con alma y vida pero por arriba del travesaño. Gracias, muchachos. Gracias por las alegrías que no sepultan la tristeza de hoy. Gracias por hacernos sentir identificados, retomando los versos de Almafuerte: trémulo de pavor, siéntete bravo, y arremete feroz ya malherido. Gracias por la arremetida final.

No se pudo contra España.

Las lágrimas de los muchachos, de Lionel Andrés y de Scaloni son también las nuestras. Que se llevan con orgullo. La gente que concurre al obelisco a homenajear a nuestros gladiadores que buscaron casi sin fuerzas físicas y en inferioridad de condiciones pelear hasta el final. Gracias por haber escrito una página épica de la historia del fútbol y de nuestra patria cayendo con dignidad. Por llevar la argentinidad al palo, otra vez.  

author: Sebastián Giménez

Sebastián Giménez

Escritor y trabajador social. Autor del libro Victoria siempre (Editorial Sudestada), y de relatos cuervos y otros libros setentistas.

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