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Nos quieren sin la memoria de nuestras victorias

A cincuenta años del golpe, la historia vuelve a interpelarnos en presente: con Cristina Fernández de Kirchner presa por decisión de un poder judicial alineado con los poderes fácticos, este 24 de marzo marchamos para defender la democracia de un gobierno empobrecedor que habilita el negacionismo, ajusta a las mayorías populares, y clausura derechos consagrados. Marchamos para evitar que el Nunca Más se vacíe de sentido.

Hay una humedad que raja las veredas. Son las siete de la mañana y la militancia está reunida en San José 1111, a la espera de que Cristina salga de su departamento, donde la mantiene presa un poder judicial mafioso e impune. No la vemos, pero tiene una tobillera.  Rige sobre ella un monitoreo estricto de sus movimientos y de las visitas que recibe. A Cristina, los jueces que la condenaron, le impusieron condiciones más rigurosas que a los genocidas juzgados por delitos de lesa humanidad. 

Las dos veces presidenta de la Nación, y conductora del Partido Justicialista, va a ir a Comodoro Py a declarar en la causa Cuadernos. Hace varios meses que el diálogo con su pueblo está entrecortado. Se reduce a una serie de gestos, con la distancia que se extiende entre el balcón de su casa, en el segundo piso del edificio, y la calle, con esa esquina ya emblemática para la historia argentina. 

La custodia abre la puerta de San José, y Cristina sale a la calle. Es la primera vez en mucho tiempo que vuelve al llano. Que achica esa distancia, que los tiene a todos ahí, al alcance. Los mira, se conmueve, se sube al escalón del auto y saluda, tira un beso, hace la ve con los dedos. 

En su declaración, Cristina señala: “esto tiene que ver con un contexto. El correlato está en la historia constitucional de este país. En unos días más se van a cumplir cincuenta años del golpe del 24 de marzo de 1976, el más sangriento, el más terrible. Todo el siglo veinte se caracterizó, no solamente en la Argentina, sino en todos los países de Centroamérica y de América del Sur, por la interrupción de gobiernos populares y democráticos por parte de las Fuerzas Armadas. Eran el instrumento para destituir a esos gobiernos (...). Obviamente en el siglo veintiuno, no se podía seguir con esta metodología, y se sustituyó la intervención en la vida institucional de los países por parte de las Fuerzas Armadas, para hacerlo a través del Poder Judicial”.  

Cristina entiende más que nadie ese puente que existe entre los cincuenta años del inicio de la dictadura y su situación actual, que no es la de ella, sino de toda una sociedad que asiste a un formidable derrumbe económico, político, cultural y social. Un derrumbe que además es posible únicamente sacándola a ella del juego. Quien quiera oir que oiga. Este modelo no cierra sin represión, y tampoco cierra con Cristina activa. La Libertadora prohibió la pronunciación de cualquier palabra vinculada al peronismo, porque lo que no se nombra no existe. Hoy, a más de setenta años de aquel momento, la proscripción es por otras vías, aunque no menos obscenas o ridículas. 

“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires', escribía Rodolfo Walsh en el periódico de la CGT de los Argentinos en 1969, en el contexto del Cordobazo. Y sigue: “Así, la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan”. 

Nos quieren sin la memoria de nuestras victorias, porque no quieren que logremos repetirlas. 

Por eso, no nombrar hoy a Cristina, no alzar la voz en favor de su liberación, es perpetuar una derrota para el movimiento nacional, popular y democrático. Su injusta detención es un ataque a nuestra democracia, pero en especial, a la posibilidad de que la Argentina vuelva a atravesar un período en el que la distribución de la riqueza sea una realidad. 

Históricamente, la derecha requirió de la fuerza para implementar sus programas. Hoy, los tanques son la familia judicial y su alineamiento con los poderes fácticos. 

Cuando Cristina regresa a San José 1111 desde los tribunales federales de Comodoro Py, la escena se repite: hay un momento de adrenalina, de cantos y consignas que suben el volumen en medio de un enorme pogo irrefrenable, una comunión de abrazos, empujones, y un sudor peronista, bien de cabecita negra, de kuka, de manos que forman el corazón del festejo del Fideo Di María, de besos con los brazos extendidos, de la emoción de verla a Cristina ahí, tan cerca y tan lejos, de un paréntesis de la tristeza, el desánimo. 

Ponga huevo, huevo compañero, ponga huevo huevo sin cesar, que a Cristina cueste lo que cueste, a Cristina la vamos a liberar. 

Una emotividad que crece, quizás con el anhelo de que se sienta más, de que el mensaje de que no está sola le llegue un poco más. Del agradecimiento por la lealtad que ella tuvo con nuestra felicidad, por haber puesto su vida al servicio de eso. 

Es un contexto muy difícil, que tiene muchos frentes abiertos, que recorren un arco enorme, que va desde el negacionismo, hasta la perpetuación de una deuda que nos mantendrá en la vulnerabilidad durante largas décadas. 

Una etapa que deja un tendal ultrajado de victorias históricas y derechos consagrados. 

Durante estos largos años de democracia, la Argentina supo lograr acuerdos. Uno de esos consensos era el de no volver al uso de la violencia política. Sin embargo, Milei y Villarruel encarnan el proyecto económico y represivo de la dictadura, cada cual en su metié. Después de cuarenta años de democracia ininterrumpida en nuestro país, llegó a la vicepresidencia una mujer abiertamente negacionista y defensora de los genocidas. Esto nos habla de que hay que permanecer obstinados en mantener viva la memoria. Porque a pesar de la voluntad y la convicción política de los gobiernos de Néstor y Cristina, que hicieron carne las demandas de los organismos de derechos humanos, e impulsaron la nulidad de las leyes de punto final y obediencia debida y otras tantas políticas de memoria, verdad y justicia, los coletazos están ahí, solapados y al acecho. 

Por eso este 24 marchamos. Marchamos por los 30.000, para mantener viva su memoria, para gritar bien fuerte que Nunca Más puede suceder el horror en la Argentina, que hay un pueblo determinado a llevar a lo más alto las banderas de memoria, verdad, y justicia. 

Marchamos porque Cristina está presa, y eso nos habla de la fragilidad de nuestra democracia. Por eso marchamos también: para recuperar su sentido más integral y pleno.

 Marchamos en una coyuntura política muy adversa para las mayorías, porque gobierna la ultraderecha, con el mismo programa económico que implementó Martinez de Hoz y que solo fue posible con la diseminación del terror, con secuestros y torturas, con centros clandestinos de detención que funcionaron a plena luz del día en avenidas transitadas, al lado de colegios. Una maquinaria del exterminio, la burocracia al servicio de la muerte. El mismo programa que después implementaron  Menem, y De La Rúa y también Macri, en un linaje histórico que solo trajo pobreza y desempleo.

Marchamos para que no nos quiebren la autoestima, porque ningún pueblo triste vence. Y nosotros sabemos que nuestras marchas son festivas, porque como dijo H.I.J.O.S., nuestra única venganza es ser felices. 



author: Celeste Abrevaya

Celeste Abrevaya

Licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires, especialista en Políticas del Cuidado con perspectiva de género por CLACSO y Diplomada en Género y Movimientos feministas (FFyL).

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