Pintadas de violeta
4 de Junio de 2026
Por Guadalupe Giménez y sus compañeras de quinto año del Instituto Sagrado Corazón de Almagro. Foto portada: Mariela Sánchez.
La plaza del Congreso está pintada de violeta. Mujeres de todas las edades, hombres que acompañan, niñas y niños con la cara pintada de glitter verde y púrpura. Pañuelos, música, estribillos, parlantes, stickers y carteles que transmiten mensajes impactantes.
Pero en todo ese torbellino de gente viva, luchando, cantando y marchando, hay un gran sector sumido en un silencio profundo. A lo lejos ves las velas prendidas y cuanto más te acercás más sentís el fuego en el corazón, la bronca latente en el alma. Ahí en el suelo, un camino infinito de rostros de niñas, adolescentes y mujeres asesinadas. A su lado están sus familiares con rostros destrozados y miradas vacías de tanto llorar, que con las pocas fuerzas que les quedan sostienen el nombre de sus hijas, nietas, amigas y hermanas. Y vos querés acordarte de todas, porque estás desesperada por no olvidarlas, porque nadie las olvide, porque si mañana fueras vos la de esa foto tampoco querrías que te olvidaran.
Y quizás eso hace este día tan profundo e importante. Porque ni una menos no es un nombre al azar, sino que nace de todas esas chicas a las que les quitaron la voz. De todas esas a las que no les creyeron al denunciar, de todas esas que no se animaron a hacerlo, de todas esas que las hicieron sentir culpables de su propio abuso y de todas esas que incluso muertas las siguen juzgando.
Porque lo primero que preguntan cuando nos matan no es quién fue, sino qué hicimos para merecerlo.
Muchas veces, cuando se habla de Ni una menos, parece algo lejano. Una marcha más. Una noticia más. un tema del que ya se habló demasiadas veces.
Pero para muchas de nosotras no se repite lo suficiente.
Porque seguimos viendo nombres nuevos. Seguimos viendo familias destruidas. Seguimos viendo historias que podrían haber tenido otro final.

Porque incluso nos imponen manuales para ser buenas víctimas:
- no salgas sola y, por supuesto, no vuelvas tarde.
- no te juntes con desconocidos, no confíes, no respondas.
- no te pongas esa pollera, no te pongas ese short. no te vistas con cosas que sabes que los provocan.
- no subas esa foto, no poses así, cuidate.
- no le contestes al tipo que te grita en la calle, baja la cabeza, no es tan grave.
- no tengas una vida sexual activa, no disfrutes como ellos lo hacen, cuidate.
- no te drogues, no tomes, no salgas de fiesta. después te meten una pastilla y es tu culpa por tomar.
- no seas tan libre.
- no seas como quieras ser.
- no vivas.
- no lo denuncies tan tarde, porque, ¿por qué esperaste tanto?
- no lo denuncies tan rápido, porque, ¿por qué no darle otra oportunidad?
- no exageres, no te quejes, no quieras llamar la atención.
- no seas una pesada, no seas una intensa.
- no seas una loca.
- mejor no seas mujer.
Y cuando hagas todo eso bien, cuando cumplas con cada regla, cuando te esfuerces por no molestar, no provocar, no existir demasiado, recién ahí vas a ser la víctima que “no lo merecía”. Una que vale la pena buscar. Una por la que valga la pena indignarse.
Porque no solo vivimos con miedo y cuidándonos desde chiquitas, sino que aún muertas nos siguen hostigando. Aún asesinadas, violadas y tiradas en un descampado tenemos que seguir justificando, sintiendo vergüenza y rogando empatía.
A veces creemos que estos temas no nos afectan directamente, pero vale la pena preguntarnos: ¿a qué mujer de tu vida le tiene que pasar para que tomemos conciencia? ¿a una amiga? ¿a una hermana? ¿a una prima? ¿a una mamá? ¿a una hija?
La violencia deja de parecer lejana cuando tiene el rostro de alguien que queremos.
Y quizás lo más duro es que muchas de las chicas cuyos nombres escuchamos tienen edades parecidas a las nuestras. Tienen la edad de nuestras compañeras, de nuestras amigas, de nuestras hermanas. No es normal que una chica de 14 o 17 años aparezca asesinada y que, unos días después, su nombre sea reemplazado por otro en los titulares. No es normal acostumbrarnos a escuchar estas historias como si fueran parte de la rutina.
Cada 31 horas ocurre un femicidio en Argentina. Esta semana fueron Agostina, y Dulce. La semana pasada fueron otras. Y antes fueron muchas más.
Por eso este día no se trata solamente de recordar a las que ya no están. También se trata de tomar conciencia, de escuchar más, de juzgar menos y de entender que detrás de cada nombre había una persona con sueños, proyectos, amistades y una vida entera por delante.
Ojalá llegue el día en que ninguna familia tenga que sostener una foto en una marcha para pedir justicia. Mientras tanto, que no nos gane la indiferencia. Que no olvidemos a quienes ya no están y que hagamos todo lo posible para construir una sociedad donde nadie tenga que vivir con miedo por el simple hecho de ser quien es.
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