No estamos todas
Foto portada: Luis Robayo.
Te paso a buscar por la Escuela, papi. ¿Y quién le va a decir que no a una hija? Mitad de semana, mitad de la década del 40 que ya pasó en la edad cronológica de uno y el cuerpo empieza a veces a pesar. Pero vamos, llevame donde quieras, muchacha.
Tres de junio más vigente que nunca por los crímenes aberrantes sobre el cuerpo de las mujeres, algunas de ellas niñas. Salir de la escuela, ella viene ataviada con un pañuelo violeta surcándole el cuello y que lleva con orgullo. Mi guardapolvo combina con la jornada, que la educación tiene mucho que ver con lo que nos pasa como sociedad. Tomarse el subte línea E rumbo al Congreso. Los carteles violetas de los nombres de las estaciones hacen juego también perfectamente con la fecha. Bajarse en la estación Entre Ríos / Rodolfo Walsh también, vaya que también.
Hace 49 años atrás el prócer se batió solo contra los milicos aguantando con un arma modesta a la patota. Le cuento a mi hija quién fue, que todo tiene que ver con todo. Que aquellos años de silencio impuesto dieron paso cincuenta años después a estas marchas que levantan a las oprimidas de siempre, al subsuelo de la patria sublevándose frente a la sociedad patriarcal.

El gobierno de Milei desfinanció todas políticas públicas que tenía el Estado para enfrentar la violencia de genero.
Caminar por avenida Entre Ríos y ver cómo la cotidianeidad de muchos quiere seguir tozudamente adelante caminando por veredas estrechas por la cantidad de gente que circula y donde todos los caminos conducen al Congreso. La congregación genera incomodidad como toda gran aglomeración. Más en este caso, la piedra en el zapato de la sociedad patriarcal que cada cual mamó de chico y que tiene muchas pervivencias actuales.
Por eso viene bien esto, recordar lo que a veces parece obvio con tozudez, que de los contrario no se desarman así como así prejuicios y sojuzgamientos de años.
Después de avenida Independencia, ya directamente es caminar por la calle. Un vallado que hace desviar a la multitud, que tiene que dar un pequeño rodeo para entrar a la plaza. La proximidad de innumerable gente contribuye a entrar en clima, que el recuerdo y la actualidad de los temas se construyen con las otras muchas personas que participan.
Cambia la temperatura, los colores, aparece la música: Aquí está, la resistencia Trans, cantan las representantes de esa diversidad antes de desembocar en la Plaza y mezclarse con el resto.
Mujeres de todas las generaciones, prendas y carteles de todos los colores. Hay partidos políticos, sindicatos, agrupaciones diversas. Hombres que acompañan. Choripanes, pañuelos, música, estribillos, parlantes, stickers, pancartas que transmiten mensajes contundentes, como una trompada al mentón: Un estado ausente es un estado femicida. La ausencia, cuando no la abierta hostilidad del Estado actual, se ve compensada con este abrazo solidario bajo el sol casi primaveral, el amucharse para ser muchas y ser más fuertes.
Un Estado que mira para otro lado o incluso enfrenta, un gobierno que dio la espalda desde el primer momento a la agenda de género y los feminismos. Que además da vergüenza ajena pretendiendo avanzar en el palacio legislativo con un proyecto para sancionar las falsas denuncias de violencia de género, mientras las mujeres continúan recibiendo violencia.

Decenas de miles de jóvenes participaron de la concentración frente al Congreso.
De frente al Congreso la congregación de miles frente a las decenas de representantes que muchas veces no los representan. La democracia de la calle, iracunda, interpelante, alegre, y las butacas de diputados y senadores ausentes, alejadas del llano. El Palacio y la calle.
No estamos todas, reza otra pancarta. Queriendo tal vez alzarse sobre esas ausencias, estas múltiples presencias de personas dispuestas a decir que no les da lo mismo, que cada víctima duele, y que es necesario seguir hablando y avanzando en las conquistas para que veamos de una buena vez en el trono a la noble igualdad.
Todos los estados de ánimo surcan la plaza, la alegría, las canciones, la empatía, el respeto, también la emoción o la tristeza al ver en un semicírculo bien organizado y que la muchedumbre numerosa respeta, donde se exhiben fotos y recuerdos de nombres de mujeres que lamentablemente ya no están pero que siguen presentes. Evocación popular conmovida, sincera, solidaria. Que el dolor no nos sea indiferente. Una pancarta casi que le habla a mi hija: Quiero ver a mis amigas egresadas, no asesinadas. Casi que la hubiera firmado, cursando ella quinto año.
Se vuelve más espesa la multitud, caminar ya parece imposible sin rozar el cuerpo del otro, la gente ocupa cada espacio y se congrega haciendo lugar a todos. Con la frente alta, marchan con orgullo, sin pedir permiso, exigiendo justicia, que se respeten sus derechos, empoderadas, el subsuelo de la patria sublevado otra vez.
Tomo a mi hija de la mano y dejamos que la multitud nos lleve donde quiera. En ese torbellino donde se mezcla lo individual con lo colectivo, los anhelos, las tristezas, las ilusiones, las pérdidas, las alegrías, las tristezas, todas tomadas de la mano en un menjunje que puede parecer enloquecedor pero es fraterno. A veces las transiciones son rápidas y el río desemboca en la cotidianeidad. Surcar la avenida, subir a los codazos al subte, seguir cada uno parece en lo suyo.

Sebastián y Guadalupe Giménez.
Pero cada 3 de junio nos recuerda esa incomodidad, esa injusticia flagrante del sometimiento con el que tenemos que seguir lidiando en la diaria y por ahora. Una lucha que se renueva en la organización de los colectivos feministas, de las minorías sexuales reivindicadas, en la empatía necesaria para intentar avanzar en la igualdad. La multitud evoca, recuerda, pero interpela también por una agenda de futuro. Hay que dejarse llevar por la multitud. Sabiendo que el 3 de junio se acaba, pero esto sigue.
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