Economía Política

Sabemos mucho de pollos

El autor de la nota tiene un trabajo con el que viaja por el interior de la provincia de Buenos Aires, y a través de este relato, describe los padecimientos que está sufriendo la comunidad de Capitan Sarmiento, con el cierre de la Gran Tres Arroyos, que empleaba a mil vecinos y vecinas, de un total de quince mil, y que no cuenta con ningún horizonte laboral del que aferrarse.

15 de Septiembre de 2026

Por Mariano Jorge

Capitán Sarmiento es uno de los tantos pueblos de la provincia de Buenos Aires con pasos lentos, conversaciones livianas y calles silenciosas, despojadas de autos. A pesar de estar a poco más de 150 kilómetros y unas dos horas de viaje desde CABA, parece que la distancia y el tiempo que lo separan del ritmo frenético porteño fueran mucho mayores.

Al atravesar junto a mi hermano el partido de Pilar por la Ruta 8, con su collage de countries, fábricas y miseria, el paisaje despide a lo que todos llamamos 'conurbano' para ingresar en otra dimensión: el interior bonaerense. Un territorio alejado del radar narrativo de las redes sociales, los periodistas, los medios de comunicación, los políticos, los consultores, los influencers y cualquier otro tipo de líder de opinión.

Ahí estaba el pueblo y sus habitantes: calladito y discreto, vivito y coleando, hasta que la crisis de una empresa derribó buena parte de la vida cotidiana. 'Hay gente que está pensando en irse a Salto, porque allá hay varias empresas. Acá no hay laburo', desliza el verdulero del supermercado chino Ibis, en la esquina de una calle sin asfaltar pero con mejorado, mientras mira de forma compulsiva reels en el celular y no levanta la cabeza. El negocio está vacío. 

La desolación es una realidad que se repite en el resto de los autoservicios orientales —no llegan a diez puntos de venta— que concentran buena parte de la comercialización de productos de almacén del distrito.

Granja Tres Arroyos pagaba los sueldos a los premios. Debía aguinaldos, adelantaba vacaciones y las señales de alarma se acumulaban. Eran las postas previas que anticiparon la paralización de la compañía y el envío de las cartas que nadie quiere recibir. Los telegramas de despido.

'Sabemos mucho de pollos' era el jingle con el que la firma se promocionaba en radios y canales de televisión. Durante décadas, la empresa fue mucho más que una fuente de empleo. Era una parte clave de la estructura económica y social de Sarmiento. Una enorme cantidad de personas dependía directa o indirectamente de esa industria avícola. Tanto la población económicamente activa como niños y jubilados.

En un pueblo de menos de 15 mil personas, el mercado de bienes y servicios es necesariamente pequeño. Si el conflicto ocurriera en San Nicolás o Pergamino, ciudades con otro despliegue de empleo y actividad económica, sería otro cantar.

La empresa, en Capitán Sarmiento, echó a la mitad de la planta de trabajadores (500 sobre 1000).


La economía de las aplicaciones de viajes o de entregas a domicilio tampoco aparece como una salida de urgencia. Se dificulta la changa, el rebusque y cualquier alternativa que permita compensar rápidamente la pérdida de un salario. Pareciera que la opción más viable es mudarse a otro lugar. Abandonar la casa no es solamente cargar pertenencias en un camión. Es dejar atrás una red de vínculos, un hogar, una escuela, una rutina, una historia. Es un costo material, pero también social y psicológico enorme.

La Shell de la entrada de Sarmiento, en la esquina de 29 de Junio y Alem, tiene un restaurante en el salón. Ofrecen comida casera, lejos de las características hamburguesas o platos congelados recalentados servidos en bandejas de las estaciones de servicio. Pero ese día no atendía. Entonces la cajera nos presentó dos opciones: un restaurante relativamente nuevo de carnes ahumadas al estilo texano en diagonal, o la parrilla que ya habíamos visto desde la camioneta, a dos cuadras, con un pizarrón en la puerta que anunciaba el menú libre a razón de 25 mil pesos por cabeza. Terminamos gastando 60 mil pesos entre dos, con bebida y propina incluidas.

Antes de la comilona, pasamos de curiosos por el comedor de estética estadounidense y hablamos con la moza. Nos mostró el brisket y las ribs con mucho entusiasmo y hospitalidad. Pero nos inclinamos por los cortes ilimitados del otro sitio: asado, vacío, riñón, morcilla, chorizo y matambre de cerdo. Antes de despedirnos, le preguntamos cómo estaba el consumo debido al cierre de Granja Tres Arroyos. 'Es un desastre', respondió.

Sin embargo, aclaró que a ellos el impacto no los daña tanto porque solamente abren los fines de semana y buena parte de sus clientes llega desde CABA. Cuentan con un público de nicho y quienes cultivan interés a partir del contenido de Instagram.

En la parrilla nos sentamos cerca del asador. Sobre las brasas había poca mercadería y éramos los primeros comensales de la jornada. Un sábado de frio pero soleado a la una de la tarde. Raro.

A medida que llegaban comensales—muy pocos hasta que nos retiramos—, el parrillero agregaba tiras de asado para que no se pasaran y no sobrara comida. En el medio de un salón enorme y semivacío se sentaron, en la mesa de al lado, un hombre de unos sesenta y largos y su mujer, junto a un muchacho de cuarenta y pico y su esposa.

Mientras terminaba la primera vuelta de comida, escuchamos al pasar una palabra: 'Granja'. Interrumpimos la conversación de mesa a mesa para conocer sus opiniones y escuchamos.

'Los últimos días fueron muy duros'.

'El problema venía hace rato'.

'La gente está desconcertada, no sabe qué hacer y los negocios están vacíos'.

Con la sobremesa en su agonía, decidimos irnos. Al pedir la cuenta, la moza, de entre 20 y 30 años, nos contó que su papá había trabajado más de dos décadas en la empresa. Sufrió lesiones en los hombros y su vínculo contractual terminó con un juicio de por medio.

Tomamos la autopista rumbo a la bajada de Liniers en la General Paz. En el camino hablamos con mi hermano sobre la encrucijada de este laberinto laboral. ¿Cómo salir del gueto si no tiene puerta?

¿Hay que confiar en que la macroeconomía de Excel y sus métricas están diez puntos? ¿Muchos tienen que pasarla mal para que, en un futuro inexacto, aparezca una microeconomía ideal que haya dejado en el olvido los préstamos de Mercado Pago y los tarjetazos de crédito?

Sarmiento dirá.

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