Severino Di Giovanni y el teatro como experiencia de riesgo
Fotos: @pauacunzo
En “Un Hombre Peligroso”, mirar desde la platea ya no alcanza: hay que estar ahí. El cuerpo, la cercanía, los desplazamientos y la presencia de los intérpretes vuelven porosa esa frontera que el teatro tradicional suele mantener cuidadosamente delimitada.
La singular experiencia se presentó en el Centro Provincial de las Artes Teatro Argentino los días 12 y 13 de septiembre, en la Sala TACEC, actividad impulsada por la Comisión Provincial por la Memoria con la colaboración del Centro de Experimentación y Creación, en el marco del “Homenaje a Osvaldo Bayer: la voz rebelde que nunca se apaga”. Con entrada libre y gratuita, una propuesta nacida en el circuito independiente trasladó su dispositivo inmersivo a un nuevo espacio sin perder su principio fundamental: convertir al público en parte vital de la acción.
Basada en “El Idealista de la Violencia”, de Osvaldo Bayer, la puesta reconstruye la vida de Severino Di Giovanni desde su llegada a la Argentina, en 1922, hasta su fusilamiento en 1931. Pero no se limita a contar esa historia: invita al espectador a atravesarla: mítines, asambleas, imprentas, persecuciones, huelgas y situaciones de violencia dejan de ser acontecimientos observados a distancia para convertirse en experiencias compartidas dentro del espacio escénico.
El dispositivo sobre el que se erige una pieza que supera las dos horas y media de duración modifica las reglas habituales del teatro. Parte sustancial de la acción, porque así el compromiso ideológico lo amerita, los espectadores circulan, se aproximan, quedan expuestos y deben aceptar cierto grado de incertidumbre. También, de riesgo. La escena se transforma en territorio y la participación del público pasa a formar parte de aquello que sucede. Literalmente, un viaje en el tiempo.

Foto: @noelpueblaphotography
Para los actores, esa cercanía también supone una drástica modificación a las condiciones habituales de interpretar La distancia que ofrece el escenario convencional desaparece y con ella parte del control: una simple mirada o la reacción de un espectador pueden modificar la energía de una situación. Los trece intérpretes que participan de la puesta deben sostener personajes y acciones dentro de una maquinaria narrativa que admite una leve cuota de contingencia. Entre ellos aparecen las personalidades de América Scarfó, Mijaíl Bakunin, Roberto Arlt, Paulino y Alejandro Scarfó, Diego Abad de Santillán y Emilio López Arango. Cada función conserva algo de irrepetible.
Quizás allí resida una de las claves de la permanencia de “Un Hombre Peligroso” dentro de la siempre profusa cartelera de teatro porteño independiente. No ofrece solamente una reconstrucción histórica: propone una vivencia que no se contempla, se atraviesa. Y esa elección formal dialoga con aquello que la puesta nos cuenta.
En el origen de la dramaturgia, clave resulta colocar en perspectiva la figura de Bayer. Su investigación recuperó a un personaje incómodo de la historia argentina y lo devolvió a la discusión pública sin reducirlo a una única categoría. El homenaje al notable historiador e intelectual adquiere, así, un sentido que excede el recuerdo: volver sobre su mirada significa también volver a descubrir quiénes escriben la historia, quiénes son señalados como peligrosos y qué voces quedan fuera de los relatos oficiales.
Di Giovanni fue un militante anarquista que enfrentó al fascismo y a los poderes constituidos, convencido de que era posible construir una sociedad sin opresores ni oprimidos, basada en la libertad, la justicia y la solidaridad. Trabajó como tipógrafo, participó de organizaciones obreras, produjo publicaciones políticas y recurrió también a expropiaciones y atentados. Su trayectoria quedó marcada por la tensión entre el ideal emancipador y la violencia utilizada como instrumento de lucha.
Recuperar a Severino, un siglo después, obliga a mirar también el presente. No porque la sociedad contemporánea sea idéntica a la de los años veinte y treinta, sino porque algunos interrogantes persisten: qué sucede cuando una crisis se vuelve permanente, qué ocurre cuando el adversario político se convierte en enemigo, cómo se construye la violencia y qué lugar ocupan las ideas cuando una sociedad se polariza.
La palabra anarquía adopta, entonces, una dimensión particular. Reducida muchas veces a la idea de caos, también remite a una tradición política que cuestiona la autoridad y propone otras formas de organización social. La puesta se mueve, justamente, dentro de esa contradicción: entre el verticalismo y la horizontalidad; entre la búsqueda de libertad y las formas de alcanzarla; entre la resistencia al poder y la posibilidad de reproducir, desde la rebelión, nuevos sistemas de violencia.
La historia de Severino permite preguntarse qué ocurre cuando los estamentos de poder responden mediante la represión y quienes los enfrentan responden mediante la acción directa. No hay respuestas sencillas, la obra parece interesarse más por mantener abierta esa zona de conflicto que por clausurarla. ¿Es la anarquía la madre de todo orden? La vigencia de “Un Hombre Peligroso” radica, en buena medida, en ese cruce, generador de nuevas resonancias acerca de lo que entendemos por autoridad, justicia y desigualdad.

La propuesta reúne dramaturgia, dirección general e interpretación protagónica de Ariel Nuñez Di Croce, con producción de Vanina Santoriello. El carácter integral de la formidable puesta se completa con un elenco de trece intérpretes, cuya presencia se asume decisiva para sostener una experiencia en la que el vínculo con el público lejos está de constituir un elemento accesorio: incide en la condición misma del acontecimiento teatral.
Tal vez, la verdadera inmersión consista en haber ingresado durante un lapso de tiempo a un conflicto que parecía pertenecer exclusivamente al pasado y develar, al salir, que ciertas dinámicas del hecho social no han cambiado tanto. El teatro vuelve, entonces, sobre su propio confín; mientras la puesta invita a discutir los límites entre autoridad y libertad, orden y rebelión, al mismo tiempo desarma la distancia entre actor y espectador. La forma y el relato terminan encontrándose en un mismo hecho: obligar a quien mira a abandonar, aunque sea por unas horas, el lugar cómodo de quien observa desde afuera.
Funciones: viernes y domingos a las 21 horas, en Sigue la Polilla (Castro Barros 874, Ciudad de Buenos Aires). Entradas a través de TicketsLaPolilla.com
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