Peluquería y literatura

Pablo Bigliardi tiene en el centro de Rosario una peluquería que también funciona como espacio cultural. Hay libros para todos y circulación de escritoras, poetas y editores. Mientras que en el salón una clienta se hace un baño de tintura, adelante, frente a la biblioteca, otros planifican presentaciones de libros y eventos culturales. Es fanático de Central, publicó cuatro libros y asegura que luego de vivir momentos muy difíciles durante la adolescencia y juventud, hoy disfruta un estado de felicidad.

Por Mariano Abrevaya Dios

Bigliardi es un peluquero de la Ciudad de Rosario que reparte sus horas entre sus clientas, la escritura, su familia y su rol de gestor cultural, una figura que no buscó pero que fue ganando cuerpo desde el momento que montó una biblioteca en su negocio. Hoy, en el ingreso a la peluquería, aparte de los libros, hay un mini bar en el que uno puede tomarse un café y hojear libros y textos de cocina, autoayuda, poesía, narrativa y política, y también revistas de moda y belleza, claro, hasta el momento que te llaman para pasar al salón y cortarte el pelo, hacerte los reflejos o un baño de tintura. Luego, si te place, ese mismo libro te lo podes llevar a casa, a cambio de que cuando lo termines, o largues, se lo entregues en mano a una amiga, un pariente; la idea es que el libro circule, dirá el entrevistado.

Pablo es un tipo muy amable, brindado. Tiene la risa fácil y una gran predisposición al trabajo, probablemente porque a lo largo de su vida, y en especial cuando todavía era un chico, o adolescente, e hizo de todo para sobrevivir. Nació en 1968 en el partido de Saavedra, al sudoeste de la provincia de Buenos Aires, pero también menciona la ciudad de San Antonio Oeste, en Río Negro, el lugar en el mundo en el que nació y vivió la parte materna de su familia, y él también vivió en algunos pasajes de su vida.

Cuando tenía catorce años su madre lo metió en la Armada, porque entendía que había que enderezarle ciertas inconductas, producto en parte de las secuelas que dejaba un padre –y esposo- violento. La democracia recién había sido recuperada. Luego de acumular una larga serie de reprobados en los exámenes, a propósito, para que lo expulsen, las autoridades de la fuerza lo enviaron a la cocina, a modo de castigo. Aprendería el oficio mientras navegaba el Mar Argentino, una y otra vez, entre Buenos Aires y Puerto General Belgrano, asfixiado por las paredes de hierro fundido de la cocina del buque y el vapor de una cena para medio millar de cadetes. Hoy recuerda con angustia la experiencia del paso por la ex ESMA.

A finales de 1988 dejó atrás la vida castrense, y ahí es que, en Bahía Blanca, finaliza el secundario, y luego de laburar de mozo, cartero y cocinero, hace contacto por primera vez con el oficio del peluquero, con un patrón que lo maltrataba, como su padre. En 1991 se instala en Rosario y se enamora, no solo de la ciudad –y del Canalla-, sino también de su actual compañera y esposa. En 1993 nacería su primera hija y un tiempo después comenzaría a estudiar Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario. Fue en esa época que comenzó a escribir, y no paró más. También tendría una segunda hija.

Bigliardi hoy tiene publicadas las novelas Determinación (El ombú bonsái, 2013), texto que le sirvió para exorcizar la lacerante experiencia naval, durante la adolescencia, El Santo de Saco Viejo (Último recurso, 2015) y los libros de cuentos REM (Último recurso, 2018) y Al pie del sillón, (Baldíos en la lengua, 2019). Aparte tiene por lo menos otros cuatro textos para sacar del horno, porque según cuenta la pulsión por escribir lo lleva puesto, desde que era un chico, y si no tuviese la posibilidad de publicar, lo haría igual, para los suyos, para sí mismo, en casa o en la peluquería.

En la peluquería las clientas se cruzan y mezclan con los y las escritoras que pasan por el local para dejar ejemplares de sus publicaciones, conversar sobre literatura, hojear unos poemas, armar una presentación o divulgar alguna movida cultural de la Ciudad, porque luego de que Pablo armarse la biblioteca, con ejemplares propios primero, y ajenos después (las editoriales de la Ciudad le envían ejemplares de sus nuevos títulos), las palabras pasaron a tener un lugar clave, privilegiado, en la peluquería.

Kranear contactó al escritor, peluquero y gestor cultural, para conversar sobre su vida, sus oficios, el negocio comercial convertido en espacio cultural, y los proyectos para el 2022, ahora que la pandemia pareciera quedar atrás.

Rosario Central, un asunto clave en la vida de Pablo.


Cuándo empezaste a escribir, y por qué.

Empecé en el pueblo en que nací, Saavedra, provincia de Buenos Aires. Lo hago desde siempre, no hay una fecha inicial, es algo que llevo conmigo sin necesidad de ropa o de dinero, pero sí de los afectos y de mi trabajo que me mantienen en un clima favorable para seguir en el asunto. Tuve la suerte de haber publicado mis libros, pero de no haberlo hecho, mi computadora seguiría como testigo única, guardando mis archivos de Word: y no pararía.

¿Hiciste talleres literarios? Sabemos que estudiaste en Casa de Letras, ¿qué tal resultó aquella experiencia?

La experiencia de Casa de letras fue liberadora porque entendí que estaba encaminado y que aquello que permanecía en mi compu, con temor y correcciones miles, eran libros que estaban listos. Sólo necesitaba aquel empujoncito que me dieron Leopoldo Brizuela y Damián Ríos.

Luego asistí a talleres literarios, sí. Me quedo con el de Alma Maritano, con quien aprendí las primeras bases del oficio. Después de Casa de Letras, en el año 2009, hice una clínica de novela con Beatriz Vignoli, hoy una de mis mejores amigas. Con ella hablamos de literatura eventualmente, compartimos nuestra obra y la idea inicial. Pero los temas varían y se disparan para crear ficción, idear proyectos y tomar mucho mate, café o asados en casa. Le debo mucho y creo que es recíproco. Mi primera crónica periodística para la revista Barullo fue asistida por Beatriz para entender la diferencia de géneros y el asunto periodístico.

La transición de tu peluquería a un espacio cultural con peluquería, o si se prefiere, una peluquería con un espacio o centro cultural, ¿fue algo buscado, o se fue dando de manera natural?

Se fue dando de manera natural. Llegué de San Antonio Oeste en 1991, para estudiar Comunicación Social y lo hacía en el horario nocturno porque me bancaba trabajando para un peluquero del centro rosarino. Inicié mis primeras armas en un garaje, atendiendo desde las ocho de la noche en adelante, el resto del día continuaría de empleado. Mis amigos de la facultad iban a la peluquería del garaje para terminar algún trabajo práctico que solía durar hasta muy entrada la madrugada. Los primeros libros de aquellas cátedras, fueron quedando en los dressoir por olvidos. Poco a poco las clientas preguntaron y fui agregando los que terminaba de leer, los literarios. En aquella época mi biblioteca era muy pequeña, pero un canillita me asistía semanalmente con las colecciones de La Nación o Clarín. La década del ’90, fue muy fructífera en ese aspecto, los precios de los libros oscilaban entre un peso y cinco y mi biblioteca se llenó tanto que los compartía con mis clientas/es. Luego vino una catarata de sucesos asociados entre los que todavía sigo cayendo y el final del choque con las piedras del fondo todavía no lo puedo vislumbrar. El tope máximo llegó cuando superé los dos mil libros. Recibía libros de las clientas que no sabían qué hacer con aquellos heredados de sus padres o abuelos y los donaban. Entonces yo también empecé a donar a un comerciante vecino que tiene una especie de biblioteca en la calle y a varios personajes también de la calle que me visitan y con la venta de libros sobreviven. Aquellas clientas que se llevan los libros les pido que no los devuelvan, que los hagan circular dándoselos a amigas o parientes y el libro cobre vida en su recorrido.

¿En Rosario te visitan por esta misma particularidad?

Si, llegan escritores de la ciudad o de las ciudades vecinas de la provincia, también de Córdoba y otros de Buenos Aires que me visitan o envían sus libros. Suelen ingresar personas para cortarse el cabello o teñirse para conocerme, ¿por qué? Porque recibieron un libro de una amiga que les contó sobre el peluquero que regala libros, algo que bauticé como marketing colateral.

El año pasado la empresa Yellow me regaló los nuevos carteles de propaganda. Imprimieron en las vidrieras nuestro logo en un formato enorme que recita “Cuidamos tu cabello Peluquería & libros”, dentro de un fondo blanco y letras en magenta fuerte: ante esa cartelería no te podés quedar mirando, entrás y preguntás.

Peluquería y literatura.

Cuáles son los asuntos que te obsesionan como escritor.

Escribir mejor, o sea, perfeccionar mis métodos. Suelo molestar a camaradas escritores para que les echen un ojo a mis trabajos y aun así, nunca estoy conforme. Cuando releo mis primeros tres libros me doy cuenta de que estoy en la categoría B y para llegar a la primera A, debo seguir aprendiendo todo lo que pueda lo más rápido posible. Si tengo tiempo libre voy corrigiendo porque si bien esos libros iniciales fueron publicados, hoy no tienen editorial, por eso voy examinándolos sin apuro. Ahí se centra la segunda obsesión si fuera la palabra justa: quisiera publicar en una editorial con la que no tenga que trabajar tanto.

Tuve la suerte de vender más de 5000 ejemplares de mis primeros dos libros, “Determinación” y “El Santo de Saco Viejo”, pero casi todo lo hice yo: organizar las giras, las presentaciones, la distribución y la suerte de que mis clientas me compraran muchísimo. Pero no tengo el ánimo o la energía de aquella época entusiasta, ni tampoco el tiempo debido a mis actividades de periodista, escritor, gestor cultural de una biblioteca, recepción de libros y venta de los que suelen dejarme algunos autores; organización de eventos y a veces presentaciones de mis propios libros. Ah: peluquero ocho horas diarias y padre de familia.

¿Aparece mencionada, en alguno de tus textos, tu actividad de peluquero?

En el tercer libro de cuentos de nombre REM, empieza el esbozo de lo que fue Al pie del sillón, mi último libro publicado cuyo título lo dice todo, incluso hay algunas clientas con sus nombres originales, a otras las bauticé con un seudónimo para evitar ofensas. Hay un ejemplar en cada dressoir de la peluquería (que son nueve) y ver a las lectoras reírse me produce una enorme cantidad de sensaciones liberadoras de endorfinas y de una felicidad controlada por el apuro de atenderlas a todas sin fallar, porque la belleza se produce con las manos de mis compañeros de trabajo y mías y el descuido es un error irreparable. En otras ocasiones, más divertidas aun, alguna lectora pregunta sobre esas clientas y suele haber alguna heroína que le dice: “Chunchina soy yo”, o “Gloria soy yo” y nos vemos en la circunstancia de explicar la historia verdadera del relato y cómo se fue mezclando con la ficción. A lo que la lectora pregunta: “Ah, ¿no es verdad esta parte?”

¿Qué estás leyendo?

En estos días a Mariana Travacio que me maravilló, a Wachi Molina por su originalidad y Santiago Alassia. A Mariana Enríquez y Kafka, siempre. También a muchas/os escritoras/es que envían sus obras o las llevan a la peluquería y aleatoriamente, en la medida en que las clientas me lo permitan, los leo. En esa velocidad de apuro subo a las redes sociales una foto del libro en la biblio peluqueril más otra foto del escritor junto a una breve reseña de no más de mil caracteres. Puedo nombrar muchos, los últimos recibidos de la semana pasada son dos poetas maravillosos: Celina Racca y Ramiro García. Que me perdonen los cientos recibidos, la lista sería muy larga.

El otro día vimos una foto de la poeta y novelista Beatriz Vignoli en tu boliche, sentada en un sillón de peluquería, leyendo un libro. ¿Son frecuentes las visitas de personalidades de la literatura, la cultura rosarina?

Sí, son frecuentes. Hay veces en que nos visitan dos escritores en un solo día. Otros empezaron a ser clientes de la peluquería, se cortan el cabello o llegan acompañados de sus compañeras/os, para trabajos grandes como tinturas o reflejos. Beatriz es periodista cultural, trabaja para el suplemento Rosario 12, también revistas o diarios digitales. Todos los viernes viene retirar los libros recibidos o las novedades como revistas culturales o fanzines. Al lado de la biblioteca coloqué dos mesas y sillas tipo bar y si hay tiempo nos sentamos a tomar un café con leche con galletitas o facturas para engordar y conversamos. Con ella creamos la última movida del circuito: en vez de enviar los libros a su casa, o a la redacción del diario, les pasa la dirección de la peluquería a las/os escritoras/es. Es cuando les saco fotos y trato de leer sus libros y reseñarlos a través de las redes sociales. Recibimos libros de todas (todas) las editoriales.

La transformación a espacio cultural es constante. En enero de 2022, presentamos “Viernes”, la poesía reunida de Beatriz. María Gómez, directora de la editorial Nebliplateada, me pidió el espacio y todo resultó estupendo. Hay muchas ideas y proyectos para este año. Esperemos que el Covid nos lo permita.

Antes de la pandemia, Bigliardi presentó su último libro de cuentos.

Contanos de tus proyectos para el 2022.

Publicar mis próximos cuatro libros. Tres novelas y un libro de cuentos. Tres coquetean con el género fantástico y otro es realismo puro. Una novela corta (no doy nombres porque están pendientes del fallo de concursos), es de ciencia ficción. La siguiente novela es larga y raya en algunas partes el género fantástico aunque un realismo general se la lleva puesta y la última todavía no la terminé y como no está pendiente de ningún fallo puedo decir que trata sobre mi paso por la secundaria que me llevó nada menos que diez años. En ese tiempo viví en muchas ciudades, trabajé en varios oficios y voy preparándola con el cuidado que requiere lo autobiográfico, que suele ser tedioso y por eso miento a rabiar porque me produce el entusiasmo de crear ficción. El libro de cuentos ronda entre lo distópico, lo maravilloso, insólito, etc. Obedece a sueños que tengo asiduamente, que me perturban, que comparto con Beatriz, que anoto rigurosamente en mi diario y que vivo como una realidad que ayuda a transformarlos en ficción.

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EN LA PELUQUERÍA DE BIGLIARDI

Hay cinco flores blancas en medio de todas las palabras,
blancas casi verde silencioso.
Copiado al espejo triangular son diez diamantes
y eso significa.
Alrededor sostienen la tarde como pueden,
van soportando el tiempo
con palabras sencillas por donde respira
el aire de los cuerpos.
Tratan de olvidarse de la muerte, del sol que resplandece
allá afuera después de la tormenta.
Pero hay un silencio que rompe con todas las cosas.
Cinco flores blancas casi verdes lo recuerdan.

Beatriz Vignoli
Del libro: Luz Azul.
Editorial Bajo la Luna, 2017

El frente del negocio.

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