Apuntes sobre Fuegia y su reedición
Civilización o barbarie, la dicotomía que retorna una y otra vez, incluso hasta el presente, cuando el jefe de gobierno de la ciudad más rica del país la utiliza para fidelizar a su electorado en tiempos de crueldad y deshumanización. Con esa doble categoría histórica y política trabajó el puntano Eduardo Belgrano Rawson, hace treinta y cinco años, su reconocida novela Fueguia.
Por estos días, en los que una buena parte de la sociedad argentina está tomada por la apatía y la insensibilidad, el sello editorial Clubcinco la reeditó y distribuyó en las bateas, quizá, por lo menos en parte, porque el autor, a través de un texto de ficción de enorme calidad literaria, elije las colonizaciones y sometimientos de pueblos originarios de parte de Inglaterra, a final del siglo XIX, como marco geográfico y político para desarrollar su relato.
La historia está protagonizada por un puñado de personajes, y en especial, por una pareja de indios patagónicos, que tal como hicieron sus antecesores, emprenden una huida de la isla ante el avance del hombre blanco que desembarcó en la zona -extranjeros y también criollos y de países limítrofes como Chile-, primero bajo la fachada de misión anglicana, y luego ya sin caretas ni doble discurso, de modo violento y para apropiarse de los recursos naturales de la isla.
Camilena, una valiente y carismática joven canalense, el pueblo originario de la isla, es una de las personajes que principales. Lo mismo su esposo, Tatesh, quien le cuenta historias a sus hijos frente al fuego que crepita, durante las noches, frente a su hogar, una choza que el autor denomina, arbitrariamente, y como parte del universo ficcional que crea para el libro, Kauwi. En uno de los capítulos ella sufrirá una experiencia aberrante -muy naturalizada en aquel tiempo histórico- y será su compañero quien jurará -y concretará- la venganza, en contra de un grupo de cazadores de ballenas y lobos marinos que habían arribado a la isla en búsqueda de comida.
A través de estos dos personajes, Belgrano Rawson recrea la vida, los sueños, las aspiraciones y también las contrariedades de una comunidad que se ve amenazada por el conquistador que expande su dominio y alimenta su ambición. Tal como les sucedió a sus padres, deben huir junto a sus hijos de su lugar en el mundo, para evitar así la colonización, la esclavitud o la muerte, en todos los casos, de la cultura occidental.

Clubcinco reeditó el texto 25 años después de su edición original.
El autor va al pasado para narrar las penurias que sufrió Tatesh durante su infancia. Preso junto a su padre, con el frío y la lluvia sobre sus espaldas, aparece la figura de un juez, quien en Inglaterra, y también en estas tierras colonizadas, ya ostentaba un poder supremo. Se recrean varios diálogos entre el magistrado y el doctor del pueblo acerca acerca del mundo en el que viven y que dominan, y sobre la otredad que representan los aborígenes, a la que la mayoría de las veces no comprenden.
Belgrano Rawson apela a una riquísima paleta de términos, vocablos, expresiones y modismos para pintar la aldea que presenta en su novela. Con un lenguaje preciso y florido, ubica al lector en un paraje recóndito, doscientos años atrás, y no solo nutre el relato con descripciones de la fauna, la flora y la geografía, sino también del comportamiento de sus personajes, que sobreviven en una isla del fin del mundo, azotada por un frío criminal, en la que grandes y chicos viven de la pesca o caza de fauna marina y se untan la piel con grasa de lobo marinos para no fallecer de hipotermia.
Otro de los protagonistas que ponen en movimiento la trama es la viuda del último cura que tuvo la misión inglesa en estas tierras del fin del mundo (algunos críticos y lectores sitúan la historia en Tierra del Fuego, y el autor la denomina Abingdon). Una misericordiosa mujer que se desvive, con la poca fuerza y los pocos recursos que le quedan, por los aborígenes que todavía habitan la isla, mientras sufre el asedio de la sombra de su esposo, un hombre que entregó hasta el último suspiro para predicar la palabra del Señor, convertir al catolicismo a la indiada, y en muchas ocasiones, abusar del poder que le otorgaba la poderosa iglesia anglicana.
El reverendo solía chocar con su mujer por las diferencias que tenían a la hora de dirigir la misión y hacerle un lugar a los habitantes originarios. Él se asombraba de que los canaleses hablasen unos arriba de los otros, como si no importase el entendimiento, y en cambio, para su esposa, ellos no hablaban solo para comunicarse, sino también por el gusto de hablar. Decía que la voz de los nativos era tan dulce que sus discusiones sonaban como un poema de amor.
“En la playa, las mujeres llaman a los gritos al doctor de la misión. Sobre la arena yace el cuerpo de un nene ya muerto. Ya no solo no puede hacer nada, sino que intuye el horror que se avecina: una epidemia. Enseguida le avisan que en otra choza hay un nene que también está mal. ‘El resto abandonó la playa, como las pulgas que dejan un pájaro muerto’”, describe el autor, para dar cuenta de los fenómenos que podían conmover la vida cotidiana del pueblo canalés.

El puntano Belgrano Rawson.
La viuda del reverendo Dobson se dispone a escribir una carta para contarle al mundo que una epidemia esta arrasando con el pueblo de nativos. Los primeros muertos son nenes. Y se acuerda que su marido era muy bueno para escribir cartas en las que torcía la realidad que interpretarían en el viejo mundo.
Los capítulos del libro están titulados con nombres o lugares mencionados en la historia, e ilustrados con una foto en blanco y negro en las que se ve a los personajes de la novela siendo muy chicos. Todo remite al tiempo histórico en el que transcurre la novela: doscientos años atrás.
Otro de los personajes que aparece en la historia es un comerciante de apellido Larch, quien llega a la zona en un barco a vapor, atraído por la riqueza que ofrece la llanura de aquella tierra todavía virgen: ovejas, tierras, lana, poder económico. Junto a su fiel perro, este hombre encabezará otra vertiginosa persecución contra un grupo de indios que tuvieron la imperdonable osadía de robarse unos animales (que servían para alimentarse pero también para abrigarse).
Eduardo Belgrano Rawson nació en San Luis en 1943. A los dieciocho años se instaló en Buenos Aires. Fue guionista de historietas y trabajó en la revistas Primera Plana. Escribió su primera novela, No se turbe vuestro corazón (1974), mientras trabajaba como periodista para el diario La Opinión. Luego publicó El náufrago de las estrellas (1979), y recién once años después llegó el momento de Fuegia (1991), que recibió el Premio de la Crítica y fue traducida a varias lenguas. Publicó Rosa de Miami (2005), los cuentos de El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos (2006) y la novela El sermón de La Victoria (2012).
En la actualidad, vive en Buenos Aires y debe estar muy satisfecho con la iniciativa de Clubcinco de reeditarle la novela. Una decisión editorial que se puede ser interpretada como un posicionamiento no solo estético sino también político, en un presente en el que un trapo con la consigna Las Malvinas son argentinas, exhibido por los jugadores de la selección nacional, luego de derrotar a Inglaterra en la semifinal de la reciente Copa del Mundo, generó tanto pero tanto revuelo que el gobierno entreguista de Milei tuvo que sacar de su agenda parlamentaria la derogación de la Ley de Tierras.
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