Un tributo al Diego
22 de Junio de 2026
En Dallas, el partido está programado para las 20 horas. Nos importa muy poco la ciudad estadounidense, no le prestaríamos absolutamente ninguna atención si no es porque juega la Scaloneta. Acá en el sur, son las 14 horas de un día fresco, preludio del invierno. Día lunes, primer día de la semana, el desafío es gambetear como Messi a las actividades laborales, tan ajenas, tan extrañas en un día en que todo se paraliza por noventa minutos. El mundo podría perfectamente seguir girando y sobre todo la Argentina proseguiría su funcionamiento si los cuatro integrantes del grupo de Whatsapp de amigos dejaran de laburar cien minutos.
Por ejemplo, el profesor patagónico. Díganme a quién mierda le importaría que unos alumnos de Escuela o profesorado dejaran de practicar o entonar una canción el día lunes 22 de junio de 2026. A todos les daría exactamente lo mismo, y el profesor patagónico nos confirma que podrá ver el partido. Es la ventaja de los profesores nómades que van dos horas allá, tres horas por el otro lado y al final nadie se acuerda qué días tenía que ir y mucho menos en un día así.
El falso ingeniero puede perfectamente dejar de laburar que la cerealera tiene la vaca (o la soja) atada. ¿Qué puede importar que deje de registrar algo o elevar un informe? Están dentro de los dos o tres sectores favorecidos por la política aniquiladora industrial y del mercado interno de este gobierno libertario. No van a dejar de vender silos de cosechas en dólares porque se distraiga un rato mirando al equipo de Scaloni.
Al contador que no le rompan los huevos los alemanes dueños de la multinacional donde trabaja. Andá a saber qué hora es en el país teutón, allá ellos. Y de repente le puede llegar: necesitamos un reporte para hoy. Pero por qué no se van a freír churros, ustedes que están aliviados luego de que les bajaron los huevos de la garganta después de darle vuelta el partido a Costa de Marfil sobre la hora. No se hagan los pretenciosos ahora, dejalo al contador que vive en el sur mirar al equipo de todos.
22 de junio de 1986: Maradona le convierte dos goles legendarios a los ingleses.
Y este escriba también, el mundo, el país, el barrio, la manzana donde vive podría seguir adelante sin ningún inconveniente por interrumpir su supuesta productividad por noventa, cien minutos. Hablamos la semana pasada con la directora junto a otros docentes y le dijimos, medio risueñamente pero bastante en serio: lo único que nos interesa que gestiones el lunes es una pantalla para poder ver con los pibes y jóvenes alumnos de la Escuela el partido. Y que no nos vengan con que hay que buscarle la vuelta didáctica a la cosa. No estudiaremos la ubicación en el mapa de Austria, su historia, sus ciudades importantes, nos importa muy poco, para hablar con sinceridad.
Lo único que cuenta hoy es la historia futbolística, y tener la libertad de poder ver la pelota rodar en el césped junto a los pibes, los aprendizajes curriculares podrán esperar noventa minutos, que la cuestión no es la cantidad sino la calidad de los días de clase. Que algunos se rasgan las vestiduras por algunos días de paro, pero echan un velo sobre el vaciamiento continuo de la educación pública, los magros sueldos docentes y un aspecto también importante y diría fundamental: la mitad de la población o más en la pobreza debe tener bastante que ver con los a veces magros resultados educativos.
Por supuesto, el diálogo con la directora no se extendió tanto y fue más conciso, casi un telegrama: acordar lugar, proyector en la pared, cortinas que tapen la luz cegadora proveniente de los ventanales sin cortinas opacas, no íbamos a ver un carajo con tanta claridad, casi como una encarnación del dicho: no aclares que oscurece.
Otro aspecto importante a definir en la previa era el almuerzo siendo la sobremesa de dos horas por el partido. En estas humanidades de cuarenta y siete años, si ingerís una plancha de ravioles de almuerzo te vas a quedar dormido pase lo que pase y reproduzca lo que reproduzca el televisor: la llegada del hombre a la Luna, Star Wars, el partido de la Scaloneta o los goles del Diego a Inglaterra en el 86.
Hoy se cumplen justamente cuarenta años de aquél evento de leyenda. Imagínense el VAR anulando la mano de Dios, pero lo escrito es leyenda, no hay goles anulados retroactivamente, los ingleses quedaron afuera y el Diego tuvo cien años de perdón y la idolatría para siempre.
El falso ingeniero comenta con sorna respecto de los compañeros de trabajo que llevan para almorzar los días ordinarios comida integral, dietas equilibradas y ponen huevo duro en todos lados. Muestra con orgullo, manda foto de pizzas y empanas que disponen en la mesa del laburo. Dieta hipercalórica, hasta un alfajor de postre, hexágonos por todos lados en esos productos. Como si les diera culpa y para compensar pidieron botellas de agua sin gas para tomar.
El profesor patagónico degusta un sándwich que pidió en la YPF junto a la ruta en el lugar de siempre, en la mesa de siempre, lo único que varía es que se va a su casa a ver el partido. Si hay alguien ocupando su mesa en la YPF se queda mirándolo fijo como Jack Nicholson en Mejor imposible, hasta que el pobre susodicho se siente obligado a abandonar su lugar. El contador no dice nada, probablemente ruborizado porque está en la onda de comer huevos duros hasta de postre, o porque le pidieron lo alemanes inclementes un reporte, vaya uno a saber. El que esto escribe come lo que sirven en la escuela: lentejas.
El que no estuvo lento al principio fue el equipo argentino, que a los siete minutos puso a Lautaro Martínez de cara al gol y dos austríacos lo achuraron cruzando sobre la pelota y las gambas del futbolista argentina arrastrando todo.
Penaaaaallll, gritó el profesor patagónico dos minutos después, que el wifi anda lento y los mensajes provenientes desde el sur llegan con retraso. Lo hachan sin pelota, certifica el falso ingeniero.
¿Qué van a revisar, carajo?, interpelamos en el grupo hasta el contador. Se ve que los alemanes lo dejan ver el partido. Siete minutos parado el partido, ya parece fútbol americano esto, se desilusiona el falso ingeniero. Penal, entonces.
Almada abrió las piernas y el 10 definió de zurda con el blondo arquero europeo a contrapierna.
Y el genio toma la pelota, trotecito hacia el balón, preparamos la garganta en el grupo de amigos de Whatsapp, en la Escuela, en Buenos Aires, en la Quiaca, en la Patagonia. Y el genio Lionel Andrés medio que amaga, la agarra mordida, la pelota dibuja una trayectoria parabólica completamente inofensiva para el arquero.
Uhhh, gritamos con los pibes de la Escuela. En el grupo de Whatsapp sólo hay un mensaje, del profesor patagónico mientras los austríacos ya estaban sacando desde el arco. Bue…
Para los que no nos conocen, esa expresión denota una gran tolerancia para con el jugador que malogró el penal. Si supieran los juicios lapidarios del profesor patagónico, del falso ingeniero, del que esto escribe para con jugadores incluso consagrados cuando malogran oportunidades. Mbappe es un muerto, pónganle, solemos decir cuando erra un gol o no puede dominar una pelota. El único amigo que se mantiene en su quicio es el contador, el más racional del grupo.
Cero a cero el partido y los austríacos ponen, son duros. El contador apunta que no podemos agarrar la pelota en esos primeros minutos luego del penal. Sin embargo, cuando la agarra Lionel Andrés termina llegando casi bajo el arco. En la primera, luego de una pisada se la puntea justo un defensor rojo y no la puede controlar para definir. En la segunda, lo termina tapando el arquero sin mucho ángulo.
- Tiene que afilarse – apunta sobre Messi el profesor patagónico, como si se tratara de un pibe que se está formando y no de un hombre maduro de treinta y nueve años.
Desborde por izquierda, centro a ras del piso como en el potrero, Thiago Almada que hace una asistencia por omisión dejando pasar la pelota, y al diez le queda para la zurda en el punto del penal.
- Golazo - apunta el falso ingeniero mientras los pibes de la Escuela gritan dando un alarido y abrazándose con el que tienen al lado.
La cuarta fue la vencida para el genio. No nos extendamos en elogios para él porque ya es redundante, ni siquiera probablemente se hayan inventado las palabras todavía para describir a este animal. Después del gol, el equipo mete Tiki Tiki y los pibes de la Escuela gritan Ole.
Son duros los austríacos, yo lo dije, se ufana el profesor patagónico. Bien Lautaro ayudando, apunta el falso ingeniero. ¿Goles en mundiales?, pregunto provocador. Ninguno, certifica el contador. El penal contra Holanda, loco, que culminó la definición desde el punto del penal para pasar a semifinales en 2022. Estadística Martínez, lo bautiza sin piedad el falso ingeniero: Lautaro acumula gran cantidad de goles en la Selección, una especie de misterio para nosotros en este grupo de amigos, porque tiene decenas de conquistas y sólo recordamos la de la final de la Copa América. Pero ayuda en defensa, se sacrifica que esto es un equipo carajo.
Partido peliagudo, peleado, áspero, algunos argentinos le llegan por el ombligo a algunos austríacos lungos, duros, fuertes. Corren los minutos del segundo tiempo casi sin emociones. Porque los austríacos intentan arrimar pero el Dibu Martínez probó las manos sólo una vez, demostrando que no hay acaso rastros de la lesión en el dedo que lo tuvo a maltraer.
Se queda el partido, transcurre en cierta tensión por lo exiguo del resultado. Últimos minutos, y un cabezazo de ellos se va cerca. Respiramos, los últimos segundos pasan. Equipo casi agotado por más que haya entrado el correcaminos Nico González, parecía que ya nada más podía llegar a pasar.

En su segundo gol, Lío Messi agrupó y desparramó a cuatro rivales.
Empiezo por el final, terminaré en el principio, como supo cantar el querido Indio Solari. La imagen final muestra a cinco austríacos derrumbados en el césped y al hombre maduro de treinta y nueve pirulos celebrando con la celeste y blanca surcándole el pecho. El principio fue acaso un bochazo hacia la derecha que el genio domina con pasmosa facilidad. Con la misma naturalidad con la que ponemos mensajes irónicos en el grupo de Whatsapp de amigos, tira una asistencia a Julián Álvarez, que remata apurado y sobre el cuerpo del arquero, en quien rebota la pelota. El rebote le queda a Paredes y el genio de treinta y nueve se la pide como si hubiera entrado hace cinco minutos. Ya los austríacos habían logrado volver, lo rodean en el espacio del área cinco con el arquero. Cuarenta años después, y casi como un conmovedor tributo al Diego, gambetea hacia la izquierda y le pega, dando en un defensor la pelota. Imantada, la redonda vuelve hacia él, para que le dé de nuevo y logre superar a cinco austríacos casi él solo. Cinco por uno, no va a quedar ninguno. Golazo. Todos se rinden ante el genio. Las palabras, los elogios sobran. Sobremesa hermosa de lunes, penal errado, partido áspero, gol de potrero y al final un hermoso tributo a cuarenta años.
Que el tiempo pasa para todos, menos para vos, parece, Lionel Andrés.
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