Política Feminismo popular

Cuidémonos entre nosotros

La crueldad ya no tiene dueño. También anida entre quienes dicen defender el cuidado, los derechos y la justicia social. Una senadora con un embarazo de riesgo pidió poder votar sin poner en peligro su salud. La respuesta fue un escarnio colectivo. Cuando el sacrificio vuelve a convertirse en la medida de la militancia, quizás sea hora de preguntarnos quiénes somos y qué quedó de aquella idea de que lo personal también es político. ¿Qué proyecto estamos construyendo cuando una mujer embarazada deja de ser una persona para convertirse apenas en un voto?

Una senadora mendocina por Fuerza Patria mira a cámara. Explica que, a sus 42 años, cursa un embarazo de riesgo, que el médico le indicó reposo, que no puede trasladarse. Es para cuidarse ella y también para cuidar a su bebé. Esto le va a impedir estar presente en una votación que define la aprobación o no de una ley de envergadura para los destinos de la Argentina. En el video, le solicita a la vicepresidenta del Senado Victoria Villarruel que arbitre los medios necesarios para poder ejercer su voto de forma virtual. 

Hace un año, durante una sesión en el recinto del Congreso de la Nación, esta misma senadora, Anabel Fernández Sagasti, atravesó un aborto espontáneo de un embarazo avanzado. Una compañera de su mismo bloque, Juliana Di Tullio, lo contó ayer en una entrevista que le hicieron los periodistas Gabriel Sued y Noelia Barral Grigera. ¿Era necesario compartir esa información? Aparentemente sí. Lo contó porque durante toda la jornada, aunque principalmente en redes sociales, Anabel fue objeto de críticas severas por parte de quienes se identifican o dicen conformar el amplísimo espectro del movimiento nacional y popular (feminista, coma había sugerido incorporar Cirstina Fernández de Kirchner). 

En Twitter/x, la palabra traidora fue tendencia en Argentina. ¿El motivo? El voto de la senadora mendocina es clave en la sesión que tendrá lugar el jueves en la cámara de senadores para dar tratamiento a la Ley de Tierras, un proyecto del gobierno de Javier Milei que busca derogar la ley de 2011 y eliminar el tope del 15% de extranjerización. Esto habilitaría la compra de territorios estratégicos como lagos, acuíferos, cordillera minera y zonas de frontera. Además derogaría el artículo que protege cuerpos de agua permanentes, y flexibilizaría el decreto de 1944 sobre tierras limítrofes. Una catástrofe sin precedentes.

Todavía hay senadores peronistas cuyo voto respecto de esta ley en particular es una incógnita, y sin embargo Twitter argentina decidió descargar toda su ira contenida y su frustración de pseudo intelectuales en una senadora de trayectoria intachable que siempre usó su banca en favor de profundizar derechos para las mayorías populares, y opuso resistencia al avance de la derecha y el ajuste, que además de todo está exigiendo poder participar de la sesión para votar en contra.  

¿Enserio si la Ley de Tierras sale van a culpar a una senadora con un embarazo de riesgo? ¿Qué les pasa? ¿A dónde dejaron su humanidad? ¿No hay un análisis del contexto? ¿Un preguntarse cómo llegamos al punto de que una ley de esta magnitud dependa de un solo voto? ¿Cuál es el camino recorrido que nos lleva a encontrarnos en esta disyuntiva? Hubo reclamos que fueron desde pedirle que renuncie a su banca, lo cual implicaría retroceder años de avance en la victoria de demandas feministas y tensionar a una mujer en la decisión de maternar o representar, hasta exigirle a la senadora que viaje desatendiendo las indicaciones de su obstetra, relatos en primera persona de mujeres que con embarazos avanzados se subieron a aviones, hicieron largas caminatas en lugares turísticos. 

Otros, en cambio, adujeron tener derecho a exigirles a los senadores 'lo que se les canten las pelotas', reproduciendo, en una copia berretísima de uno de los dogmas del capitalismo neoliberal, la idea de que quien es dueño de algo —en este caso, de un voto— puede hacer con ello lo que quiera, como si ese poder fuera absoluto. O incluso periodistas (?) de streamings compañeros (?) que dijeron que “ahora parece no les podemos reprochar nada porque no se qué”, dixit. Ese “no sé qué” es la salud y la vida de una mamá y su hijo. Pero bueno, en la época en que la crueldad se filtró por los resquicios más finitos, pareciera que se puede decir cualquier cosa, sin que haya consecuencias, sin que importe el interlocutor. 

Al final, la violencia que ejerce el Presidente Milei desde la primera magistratura no sólo legitimó a los suyos, sino también a los nuestros, o los que creíamos nuestros, que ahora también se indignan con una senadora que gana 12 millones de pesos (otra vez la discusión sobre por qué un representante del pueblo debería tener un buen salario zzzzz), y que entonces debería estar obligada a sacrificar su bienestar físico. Habría que tomar nota de ello. No es menor que también en nuestras propias filas tome cuerpo y se reproduzca el discurso de la casta.

A todo esto, la presidenta del Senado, Victoria Villarruel, aprobó el pedido de Sagasti, poniendo en jaque un debate que se excedió por la virulencia que lo acompañó. Se desató un escarnio público, una turba iracunda. Porque da igual si cancelamos a Rosalía, a Samuel Jackson, o ahora a Anabel. Se les hace agua la boca twitteandose encima, creyendo que así van a salvar la Patria. Destilan su odio sobre una mujer embarazada, y siguen leyendo su librito o viendo su serie, cuentan los likes que sumaron, y así van por la vida desde la comodidad de sus teléfonos inteligentes. 

La pregunta que surge es, quizás, por la responsabilidad del cuidado. La verdadera corresponsabilidad. Poder, de una vez y para siempre, entender al cuidado como una responsabilidad social, no individual. Parece Disney, pero el cuidado del bebé de Anabel Fernández Sagasti, no es -o al menos no debería serlo-, una cuestión meramente individual. Sagasti está ubicando la problemática en el plano de lo político y lo colectivo, y del otro lado le están respondiendo con un cachetazo

¿Cómo logramos que una madre pueda seguir trabajando? ¿Es un problema sólo de ella? ¿Tendría que haberlo resuelto con una renuncia como sugirieron? ¿No podemos aprender a darle un cauce colectivo a una problemática que también lo es? ¿O lo personal no era político? ¿Cómo logramos militar o trabajar sin que se nos vaya ahí la salud, los amores, las amistades? 

El cuidado es una responsabilidad social, pero estamos lejos de ese escenario, y aún más si nos situamos de forma específica en el escenario político.

Otra figura retórica a la que se apeló en esta discusión, fue la imagen de Eva, sostenida por un cabestrillo para desfilar junto a Perón arriba de un auto, mientras el cáncer la carcomía por dentro. ¿A eso queremos volver 70 años después? ¿A ese nivel de inmolación? ¿No vamos a evolucionar? 

La persistencia de una lógica sacrificial en la política hace mucho daño, convierte a los dirigentes en seres automatizados, alejados de las realidades de las personas, obligados a relegar el cuidado de sus hijos, de sus pares, de sus familias. Una narración hecha en función de parámetros éticos y morales, un deber ser tan gigantes como la clásica iconografía peronista de los dorados 40. 

¿No deberíamos poder lograr un equilibrio que no nos arroje como resultado un grupo de tecnócratas que trabaje de 9 a 18, pero sí personas que puedan tener un involucramiento más comprometido también con su vida personal o familiar? ¿Cómo logramos hacerle frente a la caída de la tasa de natalidad si insistimos en estigmatizarla y obsatculizarla?

Cuánta importancia cobra en esta lectura la Ley de Cupo en su momento, y la Ley de Paridad en ámbitos de representación política hoy, teniendo en cuenta la feminización del trabajo de cuidados y el sesgo de género que se desprende de ello.  

¿Dónde quedó la reivindicación del derecho a cuidar, a ser cuidado y al autocuidado? 

Hace unos años, en 2021, cuando Cristina Fernández de Kirchner presidía el Senado, Esteban Bullrich decidió renunciar a su banca a causa de su enfermedad. En esa sesión, el senador Mayans, del bloque peronista, advirtió que ellos no querían que tuviera que irse, que había formas que se podían explorar para que siguiera trabajando desde su casa como había sucedido durante la pandemia. 

Cristina lo acompañó en esa misma línea, y sostuvo que como presidenta no tenía ninguna objeción: “No importa si un legislador hace su trabajo parado o sentado, sino en si expresa su voluntad racionalmente”. Una clase de institucionalismo, un ejemplo de ética, y de profundo amor por la democracia. Es la lucha eterna por privilegiar la condición humana. Cuidémonos entre nosotros, como dijo el Indio Solari. 

author: Celeste Abrevaya

Celeste Abrevaya

Licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires, especialista en Políticas del Cuidado con perspectiva de género por CLACSO y Diplomada en Género y Movimientos feministas (FFyL).

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