Mundial 2026

La tribu de mi calle

El trabajador social y futbolero Sebastián Giménez, desde el rincón mundialista Un hincha que mira desde el sur, comparte sus primeras pinceladas sobre los partidos que empezaron a jugarse en la edición 2025 de la Copa del Mundo. EEUU, lo mejor que se vio hasta ahora.

Uno cuando mira fútbol suele remitir lo observado a vivencias propias practicando el augusto deporte. En el grupo de Whatsapp de amigos, si hay que repasar nuestras biografías de forma sincera habrá que decir que éramos unos troncos, como diría mi abuela Felisa de forma casi cariñosa.

El que más o menos podía jugar a la pelota era el contador, que se tomaba el bondi 181 desde Caseros y viajaba una hora y cuarto para jugar esos partidos de mierda. Era como la incorporación de lustre de nuestro equipo, como si hubiéramos comprado su pase con las criptomonedas de Adorni, siguiéndole el chiste a los genios de Sacachispas. Le  tirábamos la pelota con un mensaje explícito: hacé lo que puedas, hermano. Eludí a los tres rivales y picásela al arquero. Si no ¿para qué carajos venís desde tan lejos? Y el tipo corría solo a lo Claudio Paul esquivando patadas y se hacía mierda las rodillas aterrizando en el piso rugoso y áspero de la cancha.

El falso ingeniero podía jugar de 5 o de central, tipo rústico estilo Chavo Desábato o Flaco Schiavi. Tenía pinta de vikingo e imponía respeto, daba la sensación de que en cualquier momento te podía sacudir. El que esto escribe jugaba de tres cuidando su quintita, si se mandaba una vez al ataque no volvía más, lo relevaba Dios. El profesor patagónico solía jugar en la defensa también o en cualquier otro lugar del campo donde pudiera rascarse los huevos, jugar con displicencia sin ser exigido.

Uno observa, por ejemplo el Mundial, y lo pone en un gracioso espejo con el recuerdo de jugadas pasadas que protagonizó en partidos de barrio que no le interesaban a nadie. Y entonces mirás en el partido inaugural que los sudafricanos quieren salir jugando por abajo regalándole el primer gol a México y nos remitimos inmediatamente a una jugada en la que el profesor patagónico metió un taco displicente en nuestra propia área asistiendo al 9 rival, que fusiló al arquero. Nosotros y Sudáfrica sacamos del medio, la Tierra siguió dando vueltas y el Mundial continuó.

Los padres del profesor patagónico fueron un par de años a una misión salesiana delirante y altruista en Mozambique. Una vez nos contaron que los lugareños de esas latitudes jugaban al fútbol y no celebraban goles sino las cabriolas que hacían con la pelota. Se abrazaban y gritaban como un gol una pisada, un lujo, cualquier cosa que les saliera. Les chupaba un huevo ganar, empatar o perder. No decimos lo mismo del seleccionado sudafricano, que es profesional, pero el marco imponente del partido inaugural, los miles de flashes no los inhibieron de jugar el fútbol que sienten, y sobre todo sin demasiadas prevenciones.

En el segundo turno jugaron checos y coreanos. El falso ingeniero compartió entonces en el grupo de Whatsapp expresiones que fingían estupor ante la rusticidad del seleccionado europeo como si estuviera hablando un entendido. No tienen ninguno que amague o quiebre la cintura, cito textualmente. Ajá. Todos les seguimos por supuesto la corriente diciendo además qué partido de mierda, no juegan a nada mientras tratábamos de mantenernos despiertos, a las 23 horas arrancó y al otro día había que laburar.

Quiebre de cintura a lo potrero, y golazo de Corea.


Entonces el contador, el más racional del grupo, empezó a decir: miren cómo tocan los asiáticos, ojo. El contador, curiosa paradoja, tiene una faz menottista para mirar el fútbol. En el día a día suma, resta, firma balances, pero a la hora de mirar fútbol pregona la belleza como un mandamiento. Tocan lindo los coreanos, la pelota se la pasan los de rojo. Sin embargo, un lateralazo al área adelantó a los rústicos checos. El contador temía ver interpelado su paradigma de la superioridad europea y vivía una contradicción irresoluble porque su menottismo defendía a los coreanos. Pero hay europeos y europeos, claro, la familia es grande. Al ratito, empataron los coreanos con un golazo de antología, esos goles que nosotros sólo hacíamos en un picado cuando jugábamos entre nosotros. La picó como Walter Parodi, el 9 de Deportivo Español de los 80 el coreano, qué golazo. Y seguían jugando bien y ganaron con un desborde que conectó el centrodelantero a la red.

En el primer turno del segundo día fue para un ominoso partido entre canadienses y bosnios que casi no mereció comentarios en el grupo salvo sobre las imprecisiones de ambos, la rusticidad alevosa y la observación lapidaria de que no jugaban mejor que nosotros.

En el último turno en cambio, llegó acaso la primera vez en que la geopolítica se iba a mezclar con el fútbol. El país potencia imperial versus el seleccionado paraguayo. Íbamos con todo con los guaraníes, salvo un poco el contador, más globalista, más de disfrutar el juego y no enemistarse innecesariamente con los gringos a los que después les terminamos siempre pidiendo guita.

El profesor patagónico y yo, por el contrario, hacíamos del partido la reactualización dramática de la guerra de la triple alianza, donde los ingleses abuelos de los yanquis ayudaron a destruir al Paraguay potencia industrial. Vamos el Mercosur, Francisco Solano López y coso. Hablando futbolísticamente, conocemos un poco a los paraguayos por las eliminatorias. Siempre equipos esforzados, duros, ordenados. De los yanquis, sólo recordamos a Alexis Lalas y Balboa, dos rústicos del Mundial 94.

El seleccionado de Pochettino, por ahora, lo mejor de la primera ronda.


Pero hace un par de años el profesor patagónico tiró en el grupo un video de Youtube de un tal Pulisic. Esos videos enlatados, en que sólo se reúnen goles y asistencias y omiten deliberadamente cuando al tipo la pelota le rebota en el talón o patea un rito libre y la cuelga de la tercera bandeja. El profesor patagónico es especialista en enviar esos videos falopa y vimos la estampa del jugador bien gringo pero no yanqui, hasta en el apellido. Lo bautizamos enseguida, de ahí en más: el yugoslavo.

Nos importa una mierda que el país líder del grupo de los no alineados del mariscal Tito haya dejado de existir, nos dimos cuenta enseguida que un tipo que tuviera sangre yanqui no podía jugar bien al fútbol. A ellos les tirás la pelota y te la devuelven con la mano, amantes del fútbol americano y del básquet.

Pulisic, en efecto, tiene sangre croata en sus venas. Y la rompió en el primer tiempo versus Paraguay. Nunca estuvo tan lejos todo el rodeo místico y la épica de la geopolítica que imaginamos en la previa del partido de lo que en realidad pasó en la cancha: la superioridad abrumadora de los yanquis liderados por el yugoslavo. Nos fuimos a dormir rápido desconéctándonos del whatsapp justo antes que al contador se le ocurriera postular la abrumadora superioridad norteamericana como nuevo paradigma.

A todo esto, el seleccionado argentino es una enfermería. Afuera Balerdi, adentro Senesi. Varios averiados o que no están a pleno. Y no tardaron en aparecer en el grupo el profesor patagónico y el falso ingeniero soñando con la remake del Mundial 90. Postulando un deseo: quiero que lleguen a la final jugando como el orto. Queremos a Messi con el tobillo hecho una sandía, abrazándose con el utilero como el Diego con Galíndez. Mística del 90, toda actualidad nos remite a recuerdos y a utopías retro.

El 2022 dejó acaso la vara alta, pero también fue descargarse una mochila demasiado pesada que no dejaba disfrutar.  Otro capítulo se abrirá este martes. Con la albiceleste en el pecho, con la pelota al pie. Como dijo el Indio, estaremos atentos a ver qué escribe en la pared la tribu de mi calle. Porque acá miramos el Mundial pero desde el Sur. Desde nuestros sueños e ilusiones y también desde nuestra Argentina rota que duele. Usando un poco como bálsamo esa pasión bien argentina que despertará seguramente nuevas cosas para decirse, para entretenerse y compartir con otros. Que eso puede ser acaso lo más lindo del fútbol.

author: Sebastián Giménez

Sebastián Giménez

Escritor y trabajador social. Autor del libro Victoria siempre (Editorial Sudestada), y de relatos cuervos y otros libros setentistas.

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