Pensar desde la periferia: las ausencias y la trinchera del pensamiento
Fotos: Agencia AF.
Me encuentro hace dos largas horas divagando acerca de cómo escribir este texto. Primero pienso en aquello que leí de José Pablo Feinmann (a propósito, reflexiono sobre esos referentes lúcidos, irónicos y comprometidos de este lado del Río Bravo, de mirada nacional-popular, peronista, kirchnerista o como gusten, que nos van abandonando). Pienso también en el legado vivo de otro de los imprescindibles, Norberto Galasso, alguien que jamás abandonó el traje de sus ideas para ser historiador. Aún persisten los académicos, esa “intelligentzia” que alguna vez lo tildó despectivamente de “historiador militante” para intentar descalificarlo.
Galasso nos enseñó que siempre se escribe posicionado, desde un lugar concreto, y nos sentimos herederos de quienes lo hicieron con orgullo desde la periferia del mundo.
Volviendo a Feinmann, él solía recordar que “este es nuestro 11 de septiembre”. Claro está, la fecha quedó cooptada en la memoria global por el ataque al imperio, por las Torres Gemelas d rrumbándose como una pila de naipes tras el impacto de los aviones Boeing 767, un tercero contra el Pentágono y el cuarto en un campo de Pensylvannia. Aquel acontecimiento determinó, según el historiador británico Eric Hobsbawm, el final del siglo XX: Osama Bin Laden y el mundo entero televisando el impacto en el corazón mismo del imperio.
El otro 11 de septiembre: Salvador y la ilusión democrática
Pero vamos al nuestro, al 11 de septiembre latinoamericano; a otros aviones que en 1973 bombardeaban el Palacio de La Moneda para terminar con el gobierno y con la vida de Salvador Allende.
Ahí anda Salvador, el tercero de cuatro hermanos nacido en una familia de clase media-alta un 26 de junio de 1908 en un caserón de la calle España, en Santiago, aunque a él le gustaba decir que era nacido en Valparaíso. Era hijo de Laura Gossens Uribe, una ferviente católica, y del abogado y periodista Salvador Allende Castro, un laico comprometido. La diversidad de miradas en su seno familiar la completaba su abuelo Ramón Allende Padín, médico, abogado y Gran Maestre de la Gran Logia de Chile.
Tras completar su educación secundaria en el Liceo Eduardo de la Barra de Valparaíso y realizar el servicio militar en el Regimiento Coraceros de Viña del Mar, ingresó en 1926 a la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, titulándose como médico cirujano en 1932 con la tesis Higiene mental y delincuencia. Su paso por la dirigencia estudiantil en la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH) marcó definitivamente su pasión por lo social, la redistribución de la riqueza y la nacionalización del cobre.
Luego vino la aventura de la política grande: buscar la presidencia.
Tras ser derrotado en 1952, 1958 y 1964, una vecina de un barrio popular de Valparaíso solía decir: “Siempre voté por él, nunca por otro”. La cuarta fue la vencida. El 4 de septiembre de 1970, en una elección muy pareja, Allende se alzó con el triunfo al obtener el 36,3% de los votos.
Una anécdota pinta de cuerpo entero su austeridad: la noche del triunfo, al no tener auto para trasladarse al comando a dar su discurso, terminó viajando en el vehículo prestado por el hijo de 17 años de su armador político, Rafael Tarud.
La conspiración del imperio y el poder mediático
¿Cómo era la situación política de aquel Chile? La administración norteamericana había monitoreado de cerca el gobierno del demócrata cristiano Eduardo Frei (1964-1970) y su “Revolución en libertad”, toleraba todo en tanto no afectara los modos de acumulación capitalista ni el status quo. Sin embargo, el triunfo de la Unidad Popular encendió las alarmas en Washington: “No permitiremos otra Cuba en América Latina”.
Ese mismo 4 de septiembre de 1970, Agustín Edwards Eastman —dueño del diario El Mercurio y del Banco de Edwards— viajó a Washington para entrevistarse con Henry Kissinger. El poder mediático y el financiero operaron en un solo bloque. El Mercurio se convirtió en el gran campo de batalla contra la experiencia de la Unidad Popular, financiado con más de deiz millones de dólares de la CIA. El desabastecimiento, la inflación inducida, el boicot económico y las cacerolas de la alta burguesía fueron las armas invisibles de la desestabilización.
Las tapas de El Mercurio anunciaban “desabastecimiento agudo”, “desastre nacional”, “Hiperinflación y descalabro” y “Clima de ingobernabilidad”, en una campaña de saturación diaria. Se cuentan entre 700 u 800 tapas. En los 1100 días que duró el gobierno, El Mercurio salió a diario, con sus ediciones vespertinas. Lo suficiente para amplificar los problemas y lograr una percepción ampliamente negativa del gobierno.

Fidel, un aliado de Salvador.
Rodolfo Walsh, enviado por la revista Panorama a cubrir los primeros meses del gobierno socialista, escribió: “La experiencia chilena es apasionante porque demuestra que el camino de la revolución no está predeterminado por dogmas rígidos. Lo que Allende intenta es una respuesta original a los problemas de su pueblo, desde las instituciones democráticas pero con sentido revolucionario”.
Aparecía allí la gran encrucijada: la tensión entre respetar la institucionalidad y enfrentar a un enemigo que golpeaba sistemáticamente por debajo de la mesa. En ese mismo sentido, Jorge Abelardo Ramos apuntaba desde la Izquierda Nacional: “Salvador Allende encarnó el heroísmo de un patriotismo latinoamericano inquebrantable. Sin embargo, la vía chilena al socialismo padeció de una ilusión fatal: creer que las instituciones del Estado oligárquico y sus Fuerzas Armadas podían ser el vehículo pacífico de la liberación nacional”. La respuesta a esa incógnita histórica, quedó escrita con fuego.
La "fórmula para el caos" y el desenlace en La Moneda
Henry Heckscher, jefe de la estación de la CIA en Santiago, bautizó como “fórmula para el caos” al conjunto de operaciones encubiertas, sabotajes y atentados para empujar el quiebre. Tras el intento fallido de golpe en junio de 1973, el “Tanquetazo”, Allende depositó su confianza en la jefatura militar de Augusto Pinochet, creyendo en su lealtad constitucional.
El martes 11 de septiembre, la sublevación militar comenzó a las 6 de la mañana con la toma de Valparaíso por la Armada. Allende, informado de la noticia, se trasladó a La Moneda junto a su escolta personal, a las 8.30 y la Junta Militar exigió su renuncia; a las 10 las tropas y tanques cercaban el palacio bajo fuego cruzado. Fue en ese momento cuando Allende emitió a través de Radio Magallanes su histórico mensaje: “Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y su destino...”. Tras el feroz bombardeo aéreo de los cazas Hawker Hunter y con el edificio envuelto en llamas, pasadas las 14:00 las tropas de infantería ingresaban al palacio mientras el legítimo presidente se quitaba la vida en el Salón Independencia.

Los golpistas bombardearon la Casa de la Moneda.
El eco del horror y la afrenta del presente
Cincuenta y tres años después, la sombra de aquel drama latinoamericano proyecta provocaciones inadmisibles en la política regional. La reciente visita del presidente Javier Milei a Chile, en el marco de un foro de la ultraderecha internacional, (Foro de Madrid) constituyó una abierta afrenta a la memoria y a las democracias del continente. El Presidente reivindicó explícitamente la dictadura sangrienta de Augusto Pinochet y calificó el derrocamiento como el inicio de una “etapa de estabilidad”. Milei no solo cruzó un límite diplomático e histórico, sino que exhibió la cara más cruda del negacionismo contemporáneo.
Reescribir el terrorismo de Estado, la tortura, las desapariciones y el bombardeo a la democracia bajo el ropaje del 'éxito económico' es el intento deliberado del neoliberalismo por borrar el dolor de los pueblos e inculcar la resignación. Ante el avance de quienes ensalzan a los verdugos, volver a La Moneda no es un ejercicio de nostalgia: es una necesidad política y ética. Defender la memoria de Salvador Allende y de miles de patriotas latinoamericanos es recordar que la dignidad de un pueblo no se negocia y que, tarde o temprano, las grandes alamedas volverán a abrirse para el paso de un hombre nuevo y libre.
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