Brasil: difícil, pero no imposible
12 de Octubre de 2026
Por Víctor Sudamérica
El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos válidos frente al 45,16% de Luiz Inácio Lula da Silva, una diferencia de poco más de 2,2 millones de votos. El Tribunal Superior Electoral confirmó que ambos se enfrentarán el 25 de octubre por la Presidencia. La fotografía es contundente, pero por suerte esta elección no se define en la primera vuelta.
Dos conclusiones incómodas
La primera es que el bolsonarismo sobrevivió sin Jair Bolsonaro en la boleta y para colmo de males amplió su capacidad electoral. El expresidente no pudo competir, pero su apellido volvió al centro de la escena a través de su hijo y demás familiares que fueron los grandes ganadores del domingo. La maquinaria política construida a su alrededor ya no depende de una única candidatura, hay una estructura de sensibilidad donde la derecha genera una pertenencia sólida.
La segunda conclusión es todavía más difícil de digerir: los buenos números de la economía del gobierno de Lula no alcanzan, por sí solos, para ganar una elección o quizás no fueron lo suficientemente buenos como para modificar la realidad de la mayoría de los brasileros. ¿La pregunta que cabe es hasta qué punto Bolsonaro podría mejorar las condiciones materiales del pueblo brasilero?
El supermercado también vota
La campaña de Flávio Bolsonaro llevó la discusión al terreno más inmediato, el bolsillo. Mientras el oficialismo buscaba poner en primer plano los resultados generales de la gestión, el bolsonarismo instaló una pregunta mucho más simple: ¿cuánto cuesta llenar el changuito? Y esa campaña fue efectiva.
El supermercado, el alquiler, el combustible, las deudas, los medicamentos y los pañales son experiencias concretas, y pueden convivir con una mejora de los indicadores macroeconómicos. Y acá identificamos uno de los grandes problemas de los gobiernos contemporáneos e incluso los de signo progresista: una economía puede mejorar mientras una parte importante de la sociedad siente que su vida no mejora al mismo ritmo. Ese desacople es políticamente explosivo. Quizás se necesiten otros métodos aún más profundos para mejorar las condiciones de vida de las mayorías.
Brasil no es una excepción. En buena parte de América Latina se viene produciendo una alternancia acelerada: los oficialismos tienen cada vez más dificultades para renovar su contrato con la sociedad. La economía importa, pero ya no alcanza, existen otras variables que apuntan a la insatisfacción. El votante compara, consume información a una velocidad inédita y cambia de opinión con la misma rapidez con que desliza la pantalla. La “cultura del scroll” también llegó a la política. Pero esa concepción también podría ser demasiado perezosa, los gobiernos progresistas deberán oponer un proyecto que convoque mayorías que ofrezca utopías realizables, en lugar de tecnocracia.

Bolsillo, identidad y rechazo
La derecha brasileña logró articular tres dimensiones que funcionan al mismo tiempo: el bolsillo, la identidad y el rechazo al adversario que se traduce en recelo y odio.
El antilulismo sigue siendo un componente decisivo como lo es y será el antiperonismo, pero explicar el resultado solo por el rechazo al PT sería insuficiente. El bolsonarismo construyó además una identidad política, hecha de seguridad, religión, meritocracia, valores tradicionales, crítica al progresismo y una idea particular de libertad económica. Es un universo discursivo que excede a la familia Bolsonaro. El elemento cultural del individualismo atraviesa nuestras sociedades más allá del componente de clase.
Las redes sociales son fundamentales promueven esa construcción. La política ya no es solo un discurso desde un escenario: también es entretenimiento, provocación, meme, influencer, video corto, la aparición de candidatos IA. El Movimiento Brasil Libre (MBL) y otros espacios de militancia digital entendieron hace tiempo esa transformación. El progresismo, en cambio, suele comunicar como si todavía existiera una sociedad dispuesta a sentarse una hora a escuchar una explicación. La derecha habla en treinta segundos, y treinta segundos alcanzan para instalar una consigna. Pero la pregunta que surge: ¿hasta que punto hay que seguir jugando el juego que quiere la derecha?
La paradoja del electorado
El electorado brasileño no se volvió necesariamente liberal ni homogéneamente de derecha. Puede ser conservador en lo cultural y, a la vez, defender un Estado fuerte en lo económico. Puede reclamar seguridad, valores tradicionales y meritocracia, y al mismo tiempo querer salario mínimo, salud pública, programas sociales y derechos laborales. Elementos que surgen de sociedades cada vez más complejas.
La contradicción es aparente, y es una de las claves del momento político latinoamericano: la gente no vota un paquete ideológico cerrado, vota problemas. Cuando un gobierno no logra responder a los que considera prioritarios, puede perder una elección aun con resultados positivos en otras áreas. Ese es el desafío central de Lula, repensar, analizar e identificar problemas, antes que sea demasiado tarde.
El número que puede cambiar la historia
Un dato impide dar la elección por cerrada: en la primera vuelta la abstención fue del 21,08%, más de 33 millones de electores. La diferencia entre Flávio y Lula fue de unos 2,2 millones de votos, y el universo que no participó es mucho mayor.
Convertir abstención en intención de voto sería un error: esos electores no son automáticamente votos disponibles para Lula. Pero sí son un enorme universo que todavía no expresó una preferencia. Lula necesita convencer a quienes votaron a otros candidatos –seguramente la tarea más difícil- y, además, lograr que parte de quienes no fueron a votar decidan hacerlo. Eso exige política, pero también territorio: transporte, militancia, organización, presencia en las periferias y capacidad de hablarle a quienes sienten que ninguna de las dos opciones los representa.
Cambiar la conversación
A Lula ya no le alcanza con defender la gestión, todo un problema de las fuerzas progresistas cuando se plebicitan a la reelección, Lula necesita hablar de futuro, seguridad, empleo y precios, y explicar qué hará con la economía cotidiana, en un lenguaje distinto. Ya comenzó a modificar su estrategia digital, con formatos más directos y una comunicación menos institucional, para disputar el terreno donde el bolsonarismo se siente más cómodo. También necesita ofrecer señales de previsibilidad económica.
En ese ese marco la respuesta de Lula a la derrota del 4 de octubre llegó por la calle. Miles de personas llenaron la Avenida Paulista, en San Pablo, en la llamada Marcha por la Democracia, el acto central de su campaña desde la primera vuelta, con el rojo del PT como color dominante. El escenario adquiere simbolismo, la Paulista queda en la ciudad donde Flávio se impuso, y Lula fue a disputarla y representa el corazón de la elección, Pero lo más relevante fue el mensaje. Remarcó la necesidad de salir a conversar con la ciudadanía, en particular con quienes no fueron a votar en la primera vuelta, ese universo de más de 30 millones de ausentes que es el verdadero margen del balotaje.
A la convocatoria le sumó una propuesta material, la ampliación de los días de descanso laboral, que presentó como línea divisoria con su rival, y la advertencia de que el ajuste de Flávio sería parecido al de Milei en Argentina, según reportó El Destape. Mientras tanto, Flávio estuvo también en San Pablo, reunido con alcaldes de la región metropolitana. Habrá que ver si el entusiasmo militante se traduce en votos, no hay estimaciones independientes sobre la cantidad de asistentes, y una movilización multitudinaria no equivale a un resultado en las urnas. Pero la señal es clara: Lula entendió que el partido se juega saliendo a buscar a los que no estuvieron, y con una propuesta que se note en el bolsillo.
El equilibrio es delicado: conservar el respaldo de su base histórica sin perder la posibilidad de acercarse a sectores moderados que no se identifican con el PT. No se trata de abandonar una identidad, sino de ampliar la conversación, de llegar a los que no pudo, es una carrera que Lula va desde atrás.
Más que Brasil
Lo que ocurra el 25 de octubre excederá las fronteras brasileñas. Brasil es el país más grande de Sudamérica, su principal economía y un actor central en cualquier discusión sobre el rumbo político del continente. La región atraviesa un período de fuerte volatilidad electoral y las sociedades cambian de signo con una rapidez que hace unos años parecía impensable. El péndulo se mueve, y muchas veces no porque una sociedad haya abrazado una ideología, sino porque castiga al gobierno que tiene delante.
Ya no alcanza con ganar una elección: hay que sostener una expectativa, demostrar resultados, comunicarlos y lograr que se reconozcan en la vida cotidiana, sobre todas las cosas ofrecer futuro.

Difícil, pero no imposible
Lula empieza segundo. El rival ganó la primera vuelta, el bolsonarismo consolidó posiciones institucionales, la derecha ordenó buena parte de su voto y hay sectores que reclaman alternancia.
Pero una elección de dos vueltas no es una repetición de la primera. Cambian los candidatos disponibles, las alianzas, los incentivos, los discursos y, sobre todo, la pregunta al elector, es necesario modificar el humor del votante y que la tendencia se altere.
Ahí aparece el margen, aunque no hay que confundirlo con certeza. Los más de 33 millones de abstencionistas no pertenecen a ningún candidato, los votos de las terceras fuerzas tampoco, y las encuestas no reemplazan a las urnas. No se trata de decir que Lula va a ganar ni de dar la elección por definida, sino de entender que la disputa sigue abierta. Es difícil, muy difícil, pero no imposible.
Porque la política, como el fútbol que Lula eligió como metáfora, tiene una regla simple: mientras el partido no termina, todavía hay partido. Y en el Brasil del 25 de octubre, todavía quedan noventa minutos.
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