La Patagonia no está en venta
29 de Abril de 2026
Por Víctor Sudamérica
El pueblo carecía de indicios para presumir que se estaba enajenando el patrimonio nacional y que alguna vez debería reconquistarlo con sangre o ser humillado hasta la casi esclavitud
Raúl Scalabrini Ortiz
Pasada la medianoche del 5 de abril de 2026, un jet privado Bombardier Global aterrizó en Ezeiza. Venía desde Miami vía Panamá —el avión no tiene autonomía para el vuelo directo— y a bordo viajaba Peter Thiel, cofundador de Palantir Technologies y uno de los ideólogos más influyentes del autoritarismo tecnológico occidental. No vino de paso: compró una mansión y se instaló con planes de quedarse al menos dos meses. Ese mismo día, la prensa fue expulsada de la Casa Rosada bajo excusas de seguridad militar.
El movimiento no es casual. La visita de Thiel coincide con maniobras militares conjuntas con Estados Unidos focalizadas en la Patagonia, con reformas legales que preparan al Estado argentino para recibir tecnología de vigilancia masiva, y con la venta acelerada de tierras quemadas en el sur del país a compradores extranjeros. El patrón es claro: se está negociando el patrimonio nacional sin debate, sin Congreso y sin que la mayoría de los argentinos lo sepa. Casi tan vergonzoso e irresponsable como el posicionamiento de Javier Milei en el conflicto Irán/EE.UU.
A qué viene Thiel
Thiel no es un inversor común. Es el arquitecto intelectual de lo que se llama cesarismo tecnológico: la propuesta de reemplazar la democracia por un sistema donde una élite de iniciados administra los recursos y define las reglas. Para él, la competencia es para perdedores, los monopolios son más eficientes que los mercados y los ciudadanos deben ser tratados como usuarios o clientes, no como sujetos políticos con derechos. Su empresa Palantir —cuyo nombre proviene de las piedras videntes de El Señor de los Anillos, que permiten verlo todo sin ser vistas— nació con financiamiento de la CIA y hoy opera en el corazón del aparato militar de Occidente.
Lo que Thiel ve en Argentina de Milei es un experimento: un Estado que se desarma voluntariamente, que desregula sin condiciones y que abre sus instituciones de inteligencia a actores externos. Según fuentes periodísticas, el gobierno viene adaptando la arquitectura legal del sistema de inteligencia —reformas en la SIDE, leyes antimafia, normativas de interceptación— para facilitar la integración de sistemas como los de Palantir. El reconocimiento facial ya opera en estadios y espacios públicos argentinos. La pregunta es quién controla esos datos y a qué fines. Un recorrido que pone en peligro la soberanía basada en el control poblacional. ¿Estamos ante la ingeniería de una nueva estructura represiva?
El sur como botín
La Patagonia no apareció en el radar de Thiel por azar. La ex jefa del Comando Sur de los Estados Unidos, Laura Richardson, enumeró públicamente sus recursos —litio, agua dulce, tierras raras, frío extremo apto para centros de datos— como bienes del hemisferio que su país debería aprovechar. La región que los argentinos conocemos como parte irrenunciable de nuestro territorio es, en el mapa del poder global, una reserva estratégica aún disponible.
Esa disponibilidad se acelera. Los incendios de enero y febrero de 2026 consumieron cientos de miles de hectáreas de Patagonia habitada. Lo que siguió fue una oleada de compras a precio de remate: tierras quemadas adquiridas por compradores de los Emiratos Árabes Unidos y del Reino Unido, documentadas en expedientes públicos. En localidades como Epulchún, quienes vivieron el fuego ven hoy cómo lo que quedó cambia de manos. Lo que hasta hace tres años era inusual —escriturar a nombre de un extranjero— se normalizó sin debate ni ley que lo justifique.
En ese contexto se inscriben las maniobras militares conjuntas Daga Atlántica y PASX, autorizadas por el DNU 264/24 —un decreto que evitó deliberadamente el Congreso, pese a que la Constitución exige su intervención para el ingreso de tropas extranjeras—. Un portaaviones y el destructor USS Gridley operan en el Atlántico Sur. Los escenarios conocidos son Puerto Belgrano, Moreno y Córdoba; los demás puntos del territorio donde se desarrollarán actividades permanecen bajo secreto militar. La población no sabe qué ocurre en su propio suelo.
Para Eduardo Galeano, América Latina no es subdesarrollada, es saqueada. La pobreza no es un punto de partida sino un resultado. Cada recurso que enriquece al centro empobrece a la periferia que lo produce. El canto de sirenas del ecosistema digital nos quiere hacer creer que hay una suerte de destino irreversible y vamos hacia una distopía algorítmica imposible de detener, nuevamente bajo el paragua de “la modernización” surge el nombre nuevo del saqueo. Thiel llega con promesas de desarrollo y se va con recursos. La diferencia es que ahora el recurso no es solo material: son los datos, la arquitectura de vigilancia, la infraestructura digital.
La soberanía que se erosiona por decreto
Hay una forma antigua y visible de perder soberanía: la derrota militar, la ocupación, el tratado forzado. Y hay una forma nueva, silenciosa y mucho más eficaz: la acumulación de cesiones que cada una, tomada en forma aislada, parece menor. Un decreto que evita el Congreso. Una reforma legal que flexibiliza la extranjerización de tierras. Una modificación en la estructura de inteligencia que abre la puerta a tecnología extranjera opaca. Una visita sin prensa.
Esa es la lógica que opera hoy en Argentina. Milei no negocia con Thiel en términos de igualdad soberana: le ofrece un territorio desregulado, una institucionalidad debilitada y una población disciplinada por la urgencia económica. A cambio recibe crédito político externo para compensar el que perdió internamente. El país como moneda de cambio para sostener un gobierno. Ya no se la ofrece a una nación, sino a un apellido, a un tecnócrata, fondo de olla de una entrega sin precedentes.
El plan que dura más de un mandato
Thiel no viene a firmar contratos de cuatro años. Su interés, según quienes lo siguen de cerca, es estructural: condicionar la Argentina por décadas, instalar una arquitectura de datos y vigilancia que ningún gobierno posterior pueda desmontar fácilmente, y asegurarse de que el marco normativo favorezca la libertad absoluta del capital transnacional por encima de cualquier regulación estatal.
La dimensión electoral forma parte del mismo proyecto. Las herramientas de Palantir permiten una segmentación de votantes de una precisión que supera con creces lo que Cambridge Analytica hizo en 2016: mensajes individualizados, perfiles psicológicos construidos con datos cruzados de salud, finanzas y desplazamiento. Una oposición que enfrente eso en 2027 no compite en igualdad de condiciones: compite contra una maquinaria diseñada para que el resultado sea predecible.
El vínculo de Thiel con J.D. Vance —el actual vicepresidente de Estados Unidos, a quien financió desde sus primeros pasos universitarios hasta su campaña política— es el seguro geopolítico del gobierno de Milei: si Trump no completara su mandato, la línea directa con Vance convierte a Thiel en el acceso más valioso que Argentina puede ofrecer a cambio de respaldo internacional. El país como ficha en una negociación que ocurre por encima de él.
Lo que está en juego
El pensamiento nacional siempre supo que la soberanía sobre los recursos naturales no es una abstracción ideológica: es la condición material de cualquier proyecto de desarrollo autónomo. El litio patagónico, el agua, la capacidad de instalar centros de datos en zonas de frío extremo, la infraestructura satelital de ARSAT —cuya visita ya estaría siendo gestionada por el entorno de Thiel— son el patrimonio del que depende la posibilidad de un país que produzca, que distribuya, que decida.
Ceder ese patrimonio sin debate, sin ley, sin que la sociedad argentina pueda pronunciarse, no es eficiencia ni modernización. Es entreguismo con tecnología de punta. La forma cambia; el fondo es el mismo de siempre: recursos que se van, decisiones que se toman afuera, y una población que queda al margen de lo que le pertenece.
La Patagonia no está en venta. O no debería estarlo. La pregunta urgente es si todavía estamos a tiempo de que esa frase sea algo más que un deseo. La pesadilla de la entrega sigue, los argentinos deberán tomar nota, antes que sea demasiado tarde.
Sigamos conectados. Recibí las notas por correo.